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martes, 4 de agosto de 2026

Vamos al parque...ese

 





Llegados los primeros días de agosto, Manfredo Morientes, esperaba la fecha para felicitar a Doménico Plazuelas. Allegados laborales y colegas del alma, durante media vida.

Los que desde que se jubilaron, se felicitaban como mínimo en los aniversarios—y eso fue… antes de la primera decena del presente siglo. Iniciando esa costumbre, que se trasformó en respeto.

Aquellos amigos, en un principio se conocieron en la sede central de una prestigiosa empresa multinacional alemana, que se distinguía en la ciudad más importante y a la vez era capital del país.

Donde ambos pertenecían a la plantilla fija de peritos empleados y especialistas estadísticos. Detalle que se les daba a los entonces pioneros informáticos.

Su primer contacto fue muy breve. Sin embargo, resultó ser para siempre.

 

En aquel año de 1977, cuando Manfredo tuvo que viajar, a la sede central para participar en un curso de adaptación profesional, que se celebraba para técnicos en sus dependencias principales se conocieron.

Fue el inicio de sus inquietudes laborales y particulares entre aquellos hombres que el destino había agrupado.

Inicialmente se trataron como partícipes del curso, y sin dudar se cayeron muy bien, por similitud de principios, carácter y denuedo por el desempeño de la labor que la empresa les había encomendado.

Lo que produjo una reacción intermitente y se hicieron buenos camaradas inseparables en aquella profesión.

En aquel mundo empresarial despiadado, donde se masticaban los secretos, las alianzas entre jefes relumbrones, y entre tanta codicia perversa de nacidos sin alma. Que rebozados de aquella maldad pululaban y se podía rasgar dejando mella, con el filo de una navaja.

Simplemente, por conseguir o mantener el estatus en el oficio, entre siervos con estudios mínimos, sin aptitudes y habituales a la delación y chivateo.

Aquellas clases de entrenamiento y preparación dieron su fruto para ambos participantes.

Doménico, se quedaba en el departamento de datos de la central, y Manfredo volvía a provincias para seguir batallando con las recomendaciones de la multinacional, en una comunidad bastante mezclada con desenlaces políticos acuciantes.

La relación entre ambos fue notoria, y diaria. Para poder desarrollar la labor entre dependencias filiales, que conseguían a base de empeño.

El trato era completo, diario y además entre ellos el respeto habido, lo hacía ameno. Llegando a ser la relación laboral intensa, pues a pesar de la distancia entre localidades, existía la correspondencia y el apego, y porque no decirlo; el afecto. Que fueron siendo partícipes de sus comportamientos.

Eran cordiales y aliados en el arduo camino, enderezando los muchos problemas que existían en las incipientes redes de procesos.

El trato constante, daba paso a conocerse más allá de las calamidades de la oficina.

Asuntos diversos y embarazosos, los hacía cómplices. A pesar de saber nadar y guardar la ropa, detalles que comentaban en privado, por disquisiciones y escenarios no claros, en el devenir diario y por un enchufismo declarado existente. Exponiendo las consecuencias de lo peor, que puede darse en cualquier profesión. La falta de profesionalidad.

La inutilidad de los que mandan. Jefes que no estaban preparados para el equilibrio de una equidad necesaria entre empleos. Como solía darse y de hecho se daba; esta incompetencia de gerencia y gestión en todos los escalafones y categorías profesionales.

Así que la cotidianeidad no se hacía fácil y estar feliz y confiado en el trabajo, era una odisea.

Precisamente por los responsables colocados a dedo, las divergencias entre sueldos, en currantes que no cumplían. Hacía que la convivencia en el tablón del trabajo técnico administrativo, se hiciera pesada.

Siendo una prerrogativa inimaginable poder aliviar opiniones y consejos con alguien de confianza, como lo hacían Doménico y Manfredo.

Detalles estos, semejantes y por su enjundia, a otros niveles, igual padecían los poderosos socios y accionistas de la sede. Que iba perdiendo fuelle en el mundo empresarial, hasta que desde Alemania dijeron basta.

Donde la salud de la firma se resentía y sin dudar no lo aprobaba. Porque de un modo u otro los objetivos se iban cumpliendo, aunque cada día con menos beneficios al ser conseguidas las cifras y gananciales con pinzas. Cosa que para los accionistas eso no era negocio.

Hasta que llegaron las <vacas flacas>, y padecieron un par de regulaciones de empleo, con despidos para los currantes. Afectados los de siempre, claramente los que doblaban el lomo y cumplían. Los trabajadores de la multinacional. Muchos de los cuales se quedaron sin empleo.

Sería por su profesionalidad, por su valía, o porque Dios así lo quiso, aquellos amigos se salvaron de la quema y pudieron prejubilarse con las condiciones que en aquel momento ofrecía la empresa.

Aquel trato, una vez fuera del precinto empresarial jamás se acabó.

 

Manfredo, felicitaba a Doménico, siempre el primero por la fecha de su cumpleaños y su colega Doménico pasadas dos semanas, hacia igual acción por semejante motivo. Ejercicio que se venia cumpliendo desde hacía ya, más de veinte años en esa misma fecha, repitiéndose en casi todas las ocasiones los mismos deseos y prerrogativas.

Cuantas risas, apostillas y desaciertos llegaron a comentar referente a las vicisitudes pasadas en su periodo laboral. La cantidad de anécdotas fatales protagonizadas por los muchos enchufados que tenían una nómina sin merecerla, y la de versiones que ilustraron sobre aquella ralea de jefes sinvergüenzas y malnacidos que vivían a costa de la empresa, hasta que dieron al traste con la tranquilidad.

Cada cumpleaños, comentaban entre los dos colegas, alguna incidencia y reían a base de bien por lo vivido que no fue poco. Eran supervivientes de un fin y comienzo de época
.

Hasta este mismo año que… —pensó Manfredo—. <sin imaginarlo se llevó una penosa conclusión por el estado de salud de Doménico> 

Al llamar a su colega y amigo y preguntarle por la vida… como hacía en todas las ocasiones, saber de sus días…e interesarse por su vida y salud.  

— Cuantos cumples—. Preguntó Manfredo a Doménico, en aquel día cuarto de agosto del año en curso.

Siendo la respuesta por parte de su colega inaudita.

—Me encuentro muy bien. Vamos todos los días al parque ese, subiendo la carretera del cerro... y se callaba, haciendo mutis por el foro.

—Pero bueno…—apeló su comunicante—. No eches pelotas fuera Doménico, te pregunto que cuantos cumples y no me vengas con chácharas, que si me engañas yo lo sé bien.

La respuesta tras una pausa interminable fue de nuevo…

—¡Que alegría Manfredo, hoy vamos al parque ese, subiendo la carretera del cerro!

—Doménico. Te encuentras bien—. repitió con coraje Manfredo. Creyendo en otra nueva mofa de su amigo y exigiendo una respuesta clara por parte de su compañero.

—O es que quizás, me vuelves a hacer la pirula como de costumbre... Recalcó el comunicante esperando una réplica llena de gracia.

Tal como solía hacer en tales circunstancias, su colega. Completa de chispa y de burla.

La respuesta que obtuvo Manfredo fue dolorosa, volviendo a escucharla nuevamente, a cada una de las interpelaciones que le hacía

No sin desvelo el amigo quiso indagar, por si no supo entender lo que le refería su colega y preguntó para saber… 

—Escúchame. Doménico. ¿Es que ya no vais a la casita de campo, como solíais hacer en verano? Esa que tenías en el cerro, camino a la miranda. Además, imagino que todos estáis perfectamente de salud, ¿Verdad? 

Al cabo de unos segundos, que le parecieron a Manfredo interminables. Su amigo Doménico, aquel dicharachero que siempre tenía un chiste, un acudido gracioso le respondió para acabar la charla.

—¡Que alegría Manfredo, hoy vamos al parque ese, subiendo la carretera del cerro!

 


autor: Emilio Moreno




miércoles, 22 de mayo de 2024

Puede darte un rancio.

 




Fue como volver al pasado.

Retrasar el tiempo en muchos años.

Reencontrarse en la abundancia de aquella época excitante ya finita.

Que a menudo perpetuaba con añoranza.

Era como si se caducara el permiso para volver a vivir de nuevo la década del medio siglo.

Niveles que cuando se sueltan o te dejan.

Entras en el ciclo del mustio y arrugado preludio.

Resolviendo desde el pedestal de los setenta aquellas dudas que quedaron impregnadas e irresolubles, bien por falta de experiencia o por necedad y escasez de enjundia.

Sin pretenderlo se vio inmerso en semejante tesitura. 


Aquella alborada parecía ser uno de sus mejores despertares. No había dormido demasiado, pero el descanso encajado por aquel extracto de hierbas mezcladas con brandy que ingirió poco antes de acostarse hizo milagros. Pronto concilió el sueño y quedó en brazos de Mabel, una desconocida con la que solía tener ilusiones eróticas desde que volvió de las milicias.

Detalle que jamás había confesado a nadie, desde que se produjo la primera ofuscación obsesiva. Creyendo era fruto de su imaginación sensorial sonámbula.

Suceso que se producía de tanto en vez y tan siquiera jamás lo reveló, ni a los amigos ni a sus allegados. Y a la que entre tinieblas y sombras buscaba denodadamente sin poder hallarla y siempre intentando compararla con aquellas que habían incidido en su trayectoria existencial.

 

Saltó del jergón directo a la ducha, un café a sorbos cortos mientras se vestía para salir de su casa antes de que hubiera levantado la jornada. Ya en el trayecto a la oficina, notó una presencia en la parte trasera de su automóvil, que no conocía.

Al girar la calle el semáforo rojo le hizo detenerse en la travesía. Fijándose más en lo que al principio le había parecido un acto reflejo muy anormal.

—¡Oiga!¡Quien es usted!, y como ha entrado en mi vehículo sin autorización. Gritó con onda deprimente. Voz que emerge en algunos desequilibrados o los que recién erguidos de una colchoneta pretenden armonizar vocablos exuberantes.

Forzó mirando por su retrovisor y ya, no percibía a nadie sentado en la plaza trasera del utilitario. Aunque hubiese jurado advertir instantes antes la presencia de una acompañante, un pasajero acomodado.

De pronto dudó al notar que hablaba solo. Pensando para sus adentros. La tonta confusión que le avivó sin causa alguna. Desorientado, sin precisar, disminuyó su frenesí buscando en el receptor del automóvil una emisora de noticias.

Cuando y por sorpresa, una frecuencia no derivada de la emisora le advertía que ya estaba en verde el semáforo.

Confuso por lo ocurrido con la presencia y el consejo que el locutor sin venir a cuento le exigía, cambió de marcha y sin escoger cadena de radio alguna reanudó su camino.

Volviendo a mirar por el espejo hacia atrás y notando que Mabel, iba conforme en la plaza central y le ordenaba.

—No mires hacia atrás, limítate a conducir hasta el próximo poste en rojo. He de dispensarte un recado que veo no aciertas en adivinar en los mensajes que te envío en tus sueños.

Atolondrado parpadeó y llenándose los pulmones del oxígeno limpio que entraba por la ventana se notó en la avenida llegando al cruce.

Las luces de precaución dejaron de fulgurar y al pronto un disco purpúreo apareció como un lucero sobresaliente.

Detuvo el coche y antes de poder hablar escuchó de nuevo aquella voz, sin descubrir figura alguna acomodada en su Chevrolet, que le advertía.

— A partir de mañana, vivirás alegre y a lo peor, despreocupado de la parte que te quede de vida.

Aquel eco invisible siguió notificando y matizó.

—A los cien años, no llegarás. Te lo advierto porque igual no lo piensas y no te imaginas que tu desgaste puede acabar contigo ahora. Procura ser feliz. A fin de cuentas, aunque lo logres a momentos, será lo que te llevarás y por lo único que no se abona peaje.

 

Se hizo el silencio y de nuevo el semáforo lució en verde esmeralda, más poderoso que lo había notado jamás.

Prosiguió con su marcha y creyó que aquellos consejos los había escuchado fruto de su imaginación natural.

Cuando llegó a su mesa de trabajo, sonó el teléfono y el número que se dibujaba en el panel procedía de la centralita de la empresa.

Tres signos muy raros. Enigmáticos dígitos desconocidos en la telefonía. Símbolos con interrogación, sospechosos, inauditos y gráficamente acentuados. Impropios de cualquiera de las llamadas corporativas existentes.

Levantó el auricular y sin pronunciarse, escuchó.

— Recuérdalo, no suelo repetir conceptos.

 

 

De pronto un empellón lo devolvió al mundo.

—¡Que te ocurre abuelo! —. Le espetó su nieta.

—Menudo susto me has dado colega—. Siguió reprochando.

—Pensaba que te morías.

¡Estas bromas no las repitas conmigo porque no vuelvo más a esta cutre residencia a verte!

 

—Quién eres. ¡donde estoy! ¡Qué me ha pasado! —Preguntó el abuelillo.

—Tú sabrás jodido—. Le recriminó la fantástica nieta

—Colega te has fumado toda la mierda que traía y has dejado temblando mi petaca de ginebra—. ¡Eres un capullo! No ves que te puede dar un rancio.




Emilio Moreno

mayo de 2024, dia 22



lunes, 31 de enero de 2022

Enero no fue fructífero.

 









Enero está cesado y un soneto,

retumba en mi cabeza por lo exhausto

de sus días y noches, tan vetusto.

Llevándose a Fructuoso por completo.

 

Lápiz singular, con todo respeto,                                  

por tantos poemas, de profundo gusto                  

y, por baladas en su tiempo justo.

Con mi soneto, te dedico escueto,

 

toda admiración por tantos anhelos,

por su ausencia, y que todos, no mueren.            

Logrando estar sin ser; desde los cielos.

 

Espera; yo iré junto a los que lleguen,

y creo serás, quien brindes consuelos.

Aguarda un poco, hasta que nos llamen.

 

 

 







A: Fructuoso García Escobar,

Con una tristeza enorme,

Por su pérdida.

 


viernes, 24 de abril de 2020

Campeón apenado, adiós.




 
Pentasílabo y campeón

A menudo estoy
y me equilibro
Celebrando hoy
fiesta del libro
siendo como soy
me noto esbirro
y lo que no doy
es mi calibro
al ser de San Boi
no es nube, es cirro.




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Hexasílabo apenado

No es menor mi pena
porque sea una norma
y engorden la trena
mientras se transforma
mi calle es serena
rechaza y deforma
cuan, desoxigena
pisarla inconforma
es la cuarentena
del Covid que adorna.


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Heptasílabo del adiós

Otro amigo se marcha
semejante y, robusto
la cultura sin racha
fue su a dios, con un susto
que destroza, con hacha
desde el virus injusto
inesperada escarcha
que me deja un disgusto
y su dolor me empacha
dejando un luto augusto.







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