lunes, 15 de diciembre de 2025

¡Pasión! Gracias al payaso.

 

Estaban reunidos celebrando el cumpleaños de una de las amigas más delicadas del grupo. Una señorita exclusiva por su buen gusto. Su belleza y donaire, la hacía emerger aún más de lo que se considera distinguida. Con una intuición y destreza propia de la espía más delatora. Una mujer de las que todos admiran, pondera y desean.

Era su treinta aniversario, y todos aquellos amigos la premiaron con un presente, a cuál de ellos más gracioso, curioso y distinguido. Aprovechando que lo celebraba en su propio domicilio, todo era más sencillo para poder agasajar directamente a la felicitada con aquello que cada uno decidía.

Hugo le regaló una efigie, preciosa. Un payaso de porcelana bañado en marfil, con unos ojos exorbitantes que resplandecían al mirarlos. Reflejando un espejismo interior insoslayable. El clown Ruperto.

— ¡Qué cosa más bonita. —expresó Lucía Martina—, al recoger aquel detalle ofrecido por su antiguo pretendiente. Aquel que aún notaba su perfume en las noches de deseo.

Lucía había rechazado a Hugo por estar prendada de Herbert, un chulapo que no le hacía puto caso, del que estaba enamorada desde que era una niña. Sucesos que pasan en la juventud y que no en pocas ocasiones contraen dificultades en el futuro, con sus consabidos rencores.

Aquel capítulo había quedado en el pasado, casi en el olvido de Lucía, pero jamás en la psiquis de Hugo, que normalmente se compadecía a sí mismo, deseándola.

Ante el bonito obsequio Lucia supo apreciar el detalle y lo celebró de momento con una alegría demostrada, ofreciéndole un abrazo sincero y unas palabras de gratitud.

— Tiene un cargador adaptado. —Le dijo Hugo. —Si está a tope luce con un tono agradable en lo más oscuro de la noche, y sirve para iluminación tenue de la estancia, aunque tiene una duración bastante larga. Puede aguantar sin perder luminaria, sobre tres semanas, incluso más.

—Es muy curioso. ¡La verdad.! Comentó Lucía, y siguió con los piropos hacia el payaso.

—No sé; pero me atrae mirarlo fijamente. Esos ojillos pardos y brillantes parece que me escudriñan el alma. Son dos faros vitales que marcan y destacan mi presencia. Me encanta, y los orejones que presenta, son como altavoces de la verdadera sinceridad. ¡Me gusta mucho.! Has tenido tanto gusto. ¡Como siempre.! ¡Gracias; Hugo! Dándole un beso en la mejilla recogió su presente dejándolo a buen recaudo en su aparador, frente a su alcoba, y siguió atendiendo a los demás colegas que a su vez la abrazaban, estrujaban y con mucho afecto le regalaban sus presentes.

Marianela, su mejor amiga, le acompañaba en su recorrido por la conversación mantenida con todos aquellos distinguidos amigos, a los que Lucía, siempre recurría en sus encuentros y salidas. Aunque el apego que mantenían aquellas dos señoritas, venía desde su tierna infancia, y permanecía a lo largo del camino.

Senda que cada una de ellas había emprendido en direcciones opuestas.

Aquel cumpleaños fue precioso. Todos rieron y disfrutaron hasta altas horas de aquel viernes de puente. Por ser las fiestas de la Inmaculada y juntarse todas aquellas fechas con el festejo de la Constitución. Sumado al fin de semana de asueto que gozaron a placer.

Llegada la despedida, todos fueron pasando a dar un beso y una consideración a Lucía Martina, que acompañada de Marianela, despedían con gratitud a los de siempre, a todos los amigos considerados que ellas tenían.

Una vez se quedaron a solas, fueron finiquitando todo el desmadre que suele darse cuando hay mucha gente reunida en casa. Recogiendo regalos y tirando los envoltorios de cuantos paquetes cubrían aquellos presentes.

Marianela preguntó llegado un instante a su amiga.

—Te han gustado los regalos que te han hecho, desde luego algunos son preciosos.

—¡Claro que sí! —respondió Lucía.

—Cada cual regala lo que puede y tampoco vas a ponerte a valorar cuál de ellos tiene más relevancia. Para mí todos son bonitos y entrañables. El problema es que al final, no sé dónde los voy a colocar. Ya tengo demasiadas cosillas y luego para quitar el polvo, me tiro el tiempo del mundo.

—Tienes razón nena. —le dijo Marianela.

—El que me ha sorprendido, ha sido el payaso que te ha traído Hugo. ¡Menuda figurita preciosa! Comentó la amiga con entusiasmo, a lo que Lucía respondió con su encanto.

— Es muy fina, y le ha debido costar una pasta. Es un buen tío Hugo. Conmigo se porta siempre de diez. Es educado amable y lo valoro mucho, después del chasco y desprecio que le di en su día. No ha dejado de tenerme presente. Recordó Lucía Martina a Marianela.

— No crees que sigue enamorado de ti. Comentó su amiga. Te mira con esos ojos de pavo degollado, que yo diría que te sueña. ¡Sigue estando por ti! Finalizó aquel pensamiento Marianela dejando que la agasajada diera su parecer.

— Y mira por dónde, —comentó dolida Lucía.

—Lo rechacé. Creyendo que Herbert, me iba a escoger a mi como novia y pasó de mis encantos. Susurró abiertamente añadiendo.

— Te lo llevaste tú, y ve a saber que le concederías o como lo camelarías. Sabiendo que yo estaba loca por él. —Hizo una pausa y siguió.

— Me quitaste el amor de mi vida y reconozco que me enfadé mucho contigo. Aunque ahora te doy las gracias, porque me hubiera hecho lo mismo que te hizo a ti. Engaños, adulterios, amarguras y deudas.

 

Habían pasado dos horas desde que la fiesta había finalizado, y aquellas jóvenes seguían dándole vueltas al tiempo pasado, recordando citas, líos y escándalos, cuando Hugo conectó en su ordenador personal, el contacto con aquel regalo hecho a Lucía. El famoso Clown Ruperto.

Ingenio que conectaba por tecnología con el móvil y el ordenador de Hugo.

En el instante de la conexión hizo una especie de sonido, que las dos mujeres escucharon sin saber de dónde procedía aquel pitido corto y delicado que las alertó, sin imaginar que el bueno del muñeco Ruperto comenzó a mandar imágenes y sonido al equipo de Hugo.


 — Has oído ese ruidito, preguntó Marianela.

— No he oído nada. A que ruidito te refieres. insistió Lucía.

— ¡No nada.! No me hagas caso, he percibido como el ruido de una cafetera, pero habrá sido imaginación. Exclamó Marianela.

Hugo ya las observaba y escuchaba sin ninguna reserva, mediante la red y el contacto que suministraba el Clown Ruperto.

Las dos amigas sentadas en el sofá despachurradas, charlando de secretos personales y enseñando muslos y mini braguitas, sin imaginar que estaban emitiendo una película real de sus comentarios, gracias al regalo que les pareció tan sublime.

creyendo que nadie las observaba, mostraban sus entretelas que recogía los ojos vidriosos del Clown.

Lucía Martina de buenas a primeras le preguntó sin cortarse a su amiga Marianela. Queriendo continuar con el principio de la conversación que habían dejado aparcada, por el ruidito auscultado.

— Una cosa que siempre me ha tenido pillada fue el cómo y porqué dejaste a Herbert, con lo cachas que es, y lo bueno que estaba. Imagino que te haría alguna cosa desagradable.

— Ya que estamos en la sinceridad te diré, que fui la causante de desviar el interés de Herbert hacia tu persona. Me gustaba como a ti, y sin querer hacerte daño. Te lo hice. ¡Fui una irresponsable.! Cuando me di cuenta, nos habíamos enrollado una noche de copas y aquello lo repetimos en más de media docena de ocasiones. Creí me había dejado en cinta y no tuvo más remedio que tragarme. Estuvimos juntos año y medio y de embarazo nada. Siguió haciendo de las suyas, tirándose a esta y aquella. Un día lo pillé en mi cama con una prima mía y fue el punto del final. No era mal tío, pero se pasaba con los enredos de las mujeres. Ahora está con una tía madura, que lo mantiene y así van. 

Lucía puso de su parte y entró en sus remordimientos. Diciendo un detalle que jamás había revelado a nadie.

— No sabes lo arrepentida que estoy de haber ofendido a Hugo, y haberle dado calabazas. Es una cosa de las que me arrepentiré toda mi vida. ¡Hoy mismo, me lo hubiera comido.! Está como siempre, y es ahora cuando me he dado cuenta que es un tipo estupendo. ¡Me hubiera cuidado toda la vida.! ... ¡Dios que tonta fui.!

Acabó diciéndole a su amiga Marianela, con aquella coletilla.

— Cuando me ha dado el abrazo, después de regalarme el bonito payaso. Lo hubiese besado. Me he quedado con ganas de amarrarlo.

Si el destino nos volviera a juntar, sería un milagro de la naturaleza. Su amiga, quedó estupefacta y le comentó.

— Quien sabe nena. A veces las paredes oyen, y transmiten los mensajes. Igual le llega ese S.O.S. que le estás mandando.

 

Aquellas amigas aun estuvieron un buen rato de charla, y Lucía Martina le dijo a Marianela que se quedara en su casa a pasar la noche, ya era demasiado tarde, y no eran horas para que saliera sola a la calle.

Sobre las dos de la madrugada sonó el teléfono de Lucia Martina, y pensó … —<quien será a esta hora… > Exponiéndole a su amiga que sorprendida como ella se quedó mirándola a ver qué decisión tomaba.

 — No levanto el teléfono. No sé quién puede ser. Quien sea llamará mañana si es que le apetece.

El mensaje quedó grabado en el buzón del teléfono de Lucía.

La voz quedó registrada de modo que pareciera que era un impulso repentino de Hugo, sin confesarle que el payaso Ruperto, fue el chivato que le daba luz verde para atreverse a referirle aquella confesión de amor, y dejó grabado. 

— Soy Hugo. No podía quedarme dormido sin que supieras una cosa.

Perdona, pero si no confieso que me importas me moriré de padecimiento. Además de darte las buenas noches y las gracias por haberme invitado en tu cumpleaños. Quiero que sepas que me incumbes, me importas y te quiero. No he podido olvidarte jamás. Sé que poco te importo, sin embargo no quiero morirme sin que lo supieras. Me conoces y sabes que no soy demasiado atrevido para confesártelo sin más.

Pasados unos minutos Lucía vio que la llamada intempestiva dejó un mensaje en su contestador y lo escuchó en compañía de su amiga Marianela.

Ambas se quedaron perplejas al atender el desahogo de Hugo. Bien parecía que las hubiera percibido de sus bocas. 

— ¡Que hago.! Dijo Lucía, indagando en Marianela

— Pues tu verás. Si tanto lo deseas, no esperes a mañana, no sea que se enfríe el niño. Además si es cierto lo que me has confesado antes, estás enamorada de él, con lo que sería tonto obviarlo. ¡Llámalo ya. Ahora.!

Hugo seguía viendo la película de la reacción de las dos amigas que frente al Clown Ruperto, estaban hablando sin cortapisas, diciendo cosas agradables y otras que no lo eran tanto, pero Hugo se estaba empapando.

— Entonces tú Marianela, le llamarías.

— ¡Yo. Seguro.! ¡Lo despertaba.! ¡Sí me interesara como te atañe a ti.! No perdería el tiempo y lo sacaría de la cama. ¡Es más; haría que viniera esta misma noche y me amara.!

  Me da vergüenza. No sé como hacerlo. Y quiero que sepa que yo siento lo mismo que él. Marianela se preparó para volver a su casa y dejar que Lucía y Hugo se encontraran, recomendándole que le llamara sin falta.

Mientras Marianela salía por la puerta, Lucía marcaba el numero de Hugo, y este se preparaba para recibir la llamada.

Dejó que el sonido del teléfono sonara seis o siete veces y descolgó el auricular, como si no fuera con él.

— Dígame. Notó una respiración jadeante al otro lado del aparato y como no hablaba Hugo, fue el que le dijo.

— Lucía. Sé que eres tú. ¡Habla.!

Al cabo de unos segundos se escuchó el murmullo que decía.

— Hugo, te espero esta misma noche. ¡No tardes, voy desnudándome! Por cierto, es como si el destino nos juntara para siempre. ¿No crees que puede ser así.?

— Puede ser, así como dices o puede ser diferente. Le aseguró Hugo, de forma clandestina y sin descubrir, que estaba muy contento, por como se habían sucedido los hechos.

La señorita emocionada volvió a preguntar a Hugo.

— Quien crees que nos ha alertado esta noche, de nuestra decisión. ¿Podría ser el destino. Verdad Hugo? Y Hugo le contestó sinceramente.

— Te quiero mucho. Espérame que llego, y que sepas que todo esto se ha dado gracias a un payaso.








autor: Emilio Moreno.

 

 

 


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