Cada noche.
Se sentaba en el sofá tan solo diez minutos. Después de finalizar su jornada.
Tras haber cenado junto a su esposa y atender en el telediario a las noticias
más relevantes del día. Aprovechando que Irene, se retiraba muy pronto a
descansar.
Arsenio, repetía
ineludiblemente la costumbre de despedir su viaje diario antes de ir a dormir. Aquel
hábito lo aprendió de su abuelo materno.
Siendo una
práctica sin pretensiones, que tan solo ensayaba para recapitular su última
jornada. Resumir aquello que había sucedido en el transcurso del día.
Únicamente
para tonificar sus ideas, saber qué es lo que había hecho de provecho, quien le
había engañado, donde no había estado correcto, o a quien había defraudado en alguno
de los instantes del día.
Lo normal en
aquellas personas muy equilibradas, metódicas y quizás algo exageradas.
Había
llegado a esa representación. Ese instante, en la noche del treinta de
diciembre. Un día antes de finalizar aquel año.
En el que
de momento tenía vida.
Quizás
fuera uno de los últimos que le quedaban por disfrutar.
Aunque esa
fecha jamás la conoce nadie con seguridad, hasta que la flaca, se presenta de sopetón
y se queda en la postura de tener una pierna a cada lado del que viene a
recoger. Lo que se conoce por estar a horcajadas.
Suspiró al
ocupar su butaca cavilando: a ver de qué me arrepiento hoy. <pensó al
dejarse caer sobre aquel sillón>.
Iniciando su
recapacitar desde el comienzo de aquella mañana, quedando ensimismado en el
esfuerzo.
Su familia,
repartida por medio mundo, gozaba de salud. Detalle que en la cena lo había
comentado ampliamente con su esposa. Que justo habló con todos ellos, aquella
misma tarde, y le informó con pelos y detalles.
Aprovechando
en ese contacto telefónico, el dar las felicitaciones del año que debía entrar
en nada.
Arsenio
vivía con Irene, su mujer. Ocupaban la quinta planta del edificio Washington de
la ciudad de Viena. Desde hacía la friolera de cincuenta y dos años, al haber
heredado la vivienda de sus padres en el momento de su enlace matrimonial.
Ocupaban
solos aquel apartamento, demasiado grande para ellos. Al haber quedado
desocupado y libre, por el devenir de la vida y haberse vaciado desde que el
último de sus hijos se emancipó. Les sobraba la mitad del espacio en el que
solo accedían para hacer la limpieza.
Frente al
sofá, y desde tiempos inmemoriales había permanecido sobre el aparador una foto,
que nadie hacía caso alguno, por la costumbre de mirarla sin verla desde hacía
años.
Tan solo la
trasteaban cuando le quitaban el polvo, sin apreciar quien estaba fotografiado,
porque ni tan siquiera la observaban.
Eran unos
invitados de piedra que estaban allí, siendo perfectamente invisibles, ¡Como si
no estuvieran!
Era la
figura de sus padres, que la tenía enmarcada en un tamaño apreciable, y
reposaba sobre la misma estantería donde radicaba un aparato de radio antiguo. De
la marca y con el logotipo conocido de Marconi.
Equipo de
radio arcaico que hacía años no funcionaba, pero mantenían en el lugar que
ocupó siempre. Por el recuerdo de uno de los regalos que les hizo un querido
familiar que ya no estaba con ellos, al nacer su primer hijo.
Se acomodó
buscando la pose y no tardó en amoldarse entre aquellos cojines de plumas que
sobresalían de la piel oscura del butacón.
Cuando iba
a iniciar sus tribulaciones escuchó un susurro penetrante, que percibió muy
claro desde una distancia no lejana.
Sin
alterarse quiso saber dónde se inició aquel silbido chicharrero que notó y giró
el cuello tras de sí, sin saber ni entender de donde provino el bisbiseo.
Imaginó
fuera alguno de los crujidos o vibraciones que hacen los muebles en ocasiones,
o fuera producto del asentamiento en su acomodo, y quiso centrarse en lo que le
ocupaba.
Iniciando
el análisis del compendio diario desde que se despertó aquella mañana del
penúltimo día del año.
Sin embargo
el susurro cada vez tomaba más altura y notó que aquel sonido provenía del
Marconi, que se había conectado de buenas a primeras automáticamente, sin razón
alguna.
Perplejo y
atónito, miró fijamente al emisor, viendo que estando averiado, los parlantes
comenzaron a emitir mensajes. Escuchando lo que transmitía, sin dar crédito a
lo que estaba viviendo.
— No te asustes Arsenio, soy mamá. Arsenio observó la foto y
notó que tenía movimiento, escuchando la auténtica voz de su madre, que se
trasmitía por el Marconi.
— Quería agradecerte el detalle que tuviste antes de ayer, al
recordar el día de mi aniversario, y el beso virtual que me enviaste. El que
nos emocionó tanto a papá, como a mí. Gracias cariño—. Siguió aduciendo aquel
receptor los mensajes que enviaba aquella foto.
—Sabes que de haber vivido, hubiese cumplido ciento doce años. Recordarás
que nací el día de los Inocentes. Menuda inocentada que la vida le dio a tu
abuela.
Arsenio sin
saber que pensar, ni dónde ubicarse ni ponerse por su recelo preguntó bastante
nervioso.
— No entiendo nada mamá, como habéis
podido comunicaros, ahora después de tantos años que faltáis. Esto debe ser irreal.
No he oído jamás a nadie que le pasara semejante cosa.
— No lo sé, —contestó la madre—como hemos llegado a este punto,
pero que sepas que nosotros nunca nos hemos ido del sitio. Siempre hemos estado
en la foto que nos ves. Encima de la repisa, justo al lado de la Marconi—siguió
hablando.
— Estamos presentes en todos los eventos que vivís en este
domicilio. Nos enteramos de todo cuanto pasa alrededor vuestro, y lo
disfrutamos o lo padecemos y normalmente ocupamos poco espacio. ¡Poquísimo! —interrumpió
su cháchara para decirle.
—Espera que tu padre quiere saludarte. Y se iluminó el retrato con
movimiento de su papá.
— Hola Arsenio. Hijo. Que gusto me da saber que nos escuchas a través
de la radio que te regaló tu tía Gracita, cuando nació Rodolfo, tu primogénito.
Lo ¿Recuerdas?
El incrédulo
de Arsenio, miró a la foto y también notó que su padre dentro del marco se
movía y sonreía, gesticulaba al hablar como si fuera cosa de brujería. El hijo
lo interrumpió de raíz, preguntándole repentinamente.
— Papá. Esto que está pasando es verdad. No lo entiendo. Dime
como es ese mundo. Nos veis a los vivos, podéis adelantar ¿los hechos que se
han de suceder.?
Su padre le
dijo a su hijo con mucho cariño y sin querer asustarlo.
— Hijo mío, el morir es perder la presencia personal, dejar la
carne y los huesos que nos abandonan llegado un periodo. ¡Nada más! —y siguió
en su explicación.
— Para engendrarnos de forma metafísica en una especie de humo,
o quizás llámalo esencia transparente, que nadie puede percibir ni el olor, ni la
aureola, ni nuestra presencia.
En ocasiones
de forma sensorial, a según que personas les da un escalofrío y llegan a tener algún
ramalazo. Llegando a notar que estamos alrededor vuestro. Dudan y lo dan por
imposible.
Sin embargo
al revés lo escuchamos todo y lo vemos también perfectamente.
Arsenio
quiso saber aun más y preguntó a su padre.
— Papá—. Cuando
nos veremos. ¡Dime. ¿Me queda mucha vida?
Cuando le
iba a responder a la duda, se escuchó de forma repentina un ruido y una voz que
pertenecía a Irene, asustada.
Indagando fuera
de sí, y zarandeando al esposo.
— Que te pasa Arsenio, estás bien o te
has vuelto loco. Llevo cinco minutos hablándote y tu como si nada. Medio loco, imbuido
en otro mundo. Con los ojos en blanco, y sin saber dónde mirabas. ¡Al frente,
al techo, a ninguna parte...!
Ido de
remate y diciendo cosas que ni entendía ni quiero. ¡Estás loco!
He oído que
hablabas solo y me he preguntado. Este se ha dormido y está soñando. Al llegar a
tu altura, ¡Menudo susto.! Llego y te veo temblando, casi levitando y charlando
con nadie. Riendo con risa nerviosa y diciendo cosas incoherentes.
— Puedes
decirme que te pasa.
— Sí que te
lo voy a contar—le dijo su esposo—, pero vamos mientras tanto a dormir y en
esas te lo explico. Te va a costar creerme, pero sí. Te lo he de contar, porque
igual lo que me ha pasado es cosa de locos. Por cierto, ¿La radio Marconi que
está en la estantería funciona?
— No
recuerdas que se estropeó hace más de quince años, se le fundieron las válvulas
y dijimos que no valía la pena repararla—. Comentó Irene.

.jpg)
0 comentarios:
Publicar un comentario