martes, 30 de diciembre de 2025

Convertido en humo.

 

Cada noche. Se sentaba en el sofá tan solo diez minutos. Después de finalizar su jornada. Tras haber cenado junto a su esposa y atender en el telediario a las noticias más relevantes del día. Aprovechando que Irene, se retiraba muy pronto a descansar.

Arsenio, repetía ineludiblemente la costumbre de despedir su viaje diario antes de ir a dormir. Aquel hábito lo aprendió de su abuelo materno.

Siendo una práctica sin pretensiones, que tan solo ensayaba para recapitular su última jornada. Resumir aquello que había sucedido en el transcurso del día.

Únicamente para tonificar sus ideas, saber qué es lo que había hecho de provecho, quien le había engañado, donde no había estado correcto, o a quien había defraudado en alguno de los instantes del día.

Lo normal en aquellas personas muy equilibradas, metódicas y quizás algo exageradas.

Había llegado a esa representación. Ese instante, en la noche del treinta de diciembre. Un día antes de finalizar aquel año.

En el que de momento tenía vida.

Quizás fuera uno de los últimos que le quedaban por disfrutar.

Aunque esa fecha jamás la conoce nadie con seguridad, hasta que la flaca, se presenta de sopetón y se queda en la postura de tener una pierna a cada lado del que viene a recoger. Lo que se conoce por estar a horcajadas.  

Suspiró al ocupar su butaca cavilando: a ver de qué me arrepiento hoy. <pensó al dejarse caer sobre aquel sillón>.

Iniciando su recapacitar desde el comienzo de aquella mañana, quedando ensimismado en el esfuerzo.

Su familia, repartida por medio mundo, gozaba de salud. Detalle que en la cena lo había comentado ampliamente con su esposa. Que justo habló con todos ellos, aquella misma tarde, y le informó con pelos y detalles.

Aprovechando en ese contacto telefónico, el dar las felicitaciones del año que debía entrar en nada.

Arsenio vivía con Irene, su mujer. Ocupaban la quinta planta del edificio Washington de la ciudad de Viena. Desde hacía la friolera de cincuenta y dos años, al haber heredado la vivienda de sus padres en el momento de su enlace matrimonial.

Ocupaban solos aquel apartamento, demasiado grande para ellos. Al haber quedado desocupado y libre, por el devenir de la vida y haberse vaciado desde que el último de sus hijos se emancipó. Les sobraba la mitad del espacio en el que solo accedían para hacer la limpieza.

Frente al sofá, y desde tiempos inmemoriales había permanecido sobre el aparador una foto, que nadie hacía caso alguno, por la costumbre de mirarla sin verla desde hacía años.

Tan solo la trasteaban cuando le quitaban el polvo, sin apreciar quien estaba fotografiado, porque ni tan siquiera la observaban.

Eran unos invitados de piedra que estaban allí, siendo perfectamente invisibles, ¡Como si no estuvieran!

Era la figura de sus padres, que la tenía enmarcada en un tamaño apreciable, y reposaba sobre la misma estantería donde radicaba un aparato de radio antiguo. De la marca y con el logotipo conocido de Marconi.

Equipo de radio arcaico que hacía años no funcionaba, pero mantenían en el lugar que ocupó siempre. Por el recuerdo de uno de los regalos que les hizo un querido familiar que ya no estaba con ellos, al nacer su primer hijo.

Se acomodó buscando la pose y no tardó en amoldarse entre aquellos cojines de plumas que sobresalían de la piel oscura del butacón.

Cuando iba a iniciar sus tribulaciones escuchó un susurro penetrante, que percibió muy claro desde una distancia no lejana.

Sin alterarse quiso saber dónde se inició aquel silbido chicharrero que notó y giró el cuello tras de sí, sin saber ni entender de donde provino el bisbiseo.

Imaginó fuera alguno de los crujidos o vibraciones que hacen los muebles en ocasiones, o fuera producto del asentamiento en su acomodo, y quiso centrarse en lo que le ocupaba.

Iniciando el análisis del compendio diario desde que se despertó aquella mañana del penúltimo día del año.

Sin embargo el susurro cada vez tomaba más altura y notó que aquel sonido provenía del Marconi, que se había conectado de buenas a primeras automáticamente, sin razón alguna.

Perplejo y atónito, miró fijamente al emisor, viendo que estando averiado, los parlantes comenzaron a emitir mensajes. Escuchando lo que transmitía, sin dar crédito a lo que estaba viviendo.

— No te asustes Arsenio, soy mamá. Arsenio observó la foto y notó que tenía movimiento, escuchando la auténtica voz de su madre, que se trasmitía por el Marconi.

— Quería agradecerte el detalle que tuviste antes de ayer, al recordar el día de mi aniversario, y el beso virtual que me enviaste. El que nos emocionó tanto a papá, como a mí. Gracias cariño—. Siguió aduciendo aquel receptor los mensajes que enviaba aquella foto.

—Sabes que de haber vivido, hubiese cumplido ciento doce años. Recordarás que nací el día de los Inocentes. Menuda inocentada que la vida le dio a tu abuela.

Arsenio sin saber que pensar, ni dónde ubicarse ni ponerse por su recelo preguntó bastante nervioso.

        — No entiendo nada mamá, como habéis podido comunicaros, ahora después de tantos años que faltáis. Esto debe ser irreal. No he oído jamás a nadie que le pasara semejante cosa.

— No lo sé, —contestó la madre—como hemos llegado a este punto, pero que sepas que nosotros nunca nos hemos ido del sitio. Siempre hemos estado en la foto que nos ves. Encima de la repisa, justo al lado de la Marconi—siguió hablando.

— Estamos presentes en todos los eventos que vivís en este domicilio. Nos enteramos de todo cuanto pasa alrededor vuestro, y lo disfrutamos o lo padecemos y normalmente ocupamos poco espacio. ¡Poquísimo! —interrumpió su cháchara para decirle.

—Espera que tu padre quiere saludarte. Y se iluminó el retrato con movimiento de su papá.

— Hola Arsenio. Hijo. Que gusto me da saber que nos escuchas a través de la radio que te regaló tu tía Gracita, cuando nació Rodolfo, tu primogénito. Lo ¿Recuerdas?

El incrédulo de Arsenio, miró a la foto y también notó que su padre dentro del marco se movía y sonreía, gesticulaba al hablar como si fuera cosa de brujería. El hijo lo interrumpió de raíz, preguntándole repentinamente.

— Papá. Esto que está pasando es verdad. No lo entiendo. Dime como es ese mundo. Nos veis a los vivos, podéis adelantar ¿los hechos que se han de suceder.?

Su padre le dijo a su hijo con mucho cariño y sin querer asustarlo.

— Hijo mío, el morir es perder la presencia personal, dejar la carne y los huesos que nos abandonan llegado un periodo. ¡Nada más! —y siguió en su explicación.

— Para engendrarnos de forma metafísica en una especie de humo, o quizás llámalo esencia transparente, que nadie puede percibir ni el olor, ni la aureola, ni nuestra presencia.

En ocasiones de forma sensorial, a según que personas les da un escalofrío y llegan a tener algún ramalazo. Llegando a notar que estamos alrededor vuestro. Dudan y lo dan por imposible.

Sin embargo al revés lo escuchamos todo y lo vemos también perfectamente.

Arsenio quiso saber aun más y preguntó a su padre.

— Papá—. Cuando nos veremos. ¡Dime. ¿Me queda mucha vida?

 

Cuando le iba a responder a la duda, se escuchó de forma repentina un ruido y una voz que pertenecía a Irene, asustada.

Indagando fuera de sí, y zarandeando al esposo.

        — Que te pasa Arsenio, estás bien o te has vuelto loco. Llevo cinco minutos hablándote y tu como si nada. Medio loco, imbuido en otro mundo. Con los ojos en blanco, y sin saber dónde mirabas. ¡Al frente, al techo, a ninguna parte...!

Ido de remate y diciendo cosas que ni entendía ni quiero. ¡Estás loco!

He oído que hablabas solo y me he preguntado. Este se ha dormido y está soñando. Al llegar a tu altura, ¡Menudo susto.! Llego y te veo temblando, casi levitando y charlando con nadie. Riendo con risa nerviosa y diciendo cosas incoherentes.

— Puedes decirme que te pasa.

— Sí que te lo voy a contar—le dijo su esposo—, pero vamos mientras tanto a dormir y en esas te lo explico. Te va a costar creerme, pero sí. Te lo he de contar, porque igual lo que me ha pasado es cosa de locos. Por cierto, ¿La radio Marconi que está en la estantería funciona?

— No recuerdas que se estropeó hace más de quince años, se le fundieron las válvulas y dijimos que no valía la pena repararla—. Comentó Irene.




 










autor: Emilio Moreno

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