martes, 30 de diciembre de 2025

Convertido en humo.

 

Cada noche. Se sentaba en el sofá tan solo diez minutos. Después de finalizar su jornada. Tras haber cenado junto a su esposa y atender en el telediario a las noticias más relevantes del día. Aprovechando que Irene, se retiraba muy pronto a descansar.

Arsenio, repetía ineludiblemente la costumbre de despedir su viaje diario antes de ir a dormir. Aquel hábito lo aprendió de su abuelo materno.

Siendo una práctica sin pretensiones, que tan solo ensayaba para recapitular su última jornada. Resumir aquello que había sucedido en el transcurso del día.

Únicamente para tonificar sus ideas, saber qué es lo que había hecho de provecho, quien le había engañado, donde no había estado correcto, o a quien había defraudado en alguno de los instantes del día.

Lo normal en aquellas personas muy equilibradas, metódicas y quizás algo exageradas.

Había llegado a esa representación. Ese instante, en la noche del treinta de diciembre. Un día antes de finalizar aquel año.

En el que de momento tenía vida.

Quizás fuera uno de los últimos que le quedaban por disfrutar.

Aunque esa fecha jamás la conoce nadie con seguridad, hasta que la flaca, se presenta de sopetón y se queda en la postura de tener una pierna a cada lado del que viene a recoger. Lo que se conoce por estar a horcajadas.  

Suspiró al ocupar su butaca cavilando: a ver de qué me arrepiento hoy. <pensó al dejarse caer sobre aquel sillón>.

Iniciando su recapacitar desde el comienzo de aquella mañana, quedando ensimismado en el esfuerzo.

Su familia, repartida por medio mundo, gozaba de salud. Detalle que en la cena lo había comentado ampliamente con su esposa. Que justo habló con todos ellos, aquella misma tarde, y le informó con pelos y detalles.

Aprovechando en ese contacto telefónico, el dar las felicitaciones del año que debía entrar en nada.

Arsenio vivía con Irene, su mujer. Ocupaban la quinta planta del edificio Washington de la ciudad de Viena. Desde hacía la friolera de cincuenta y dos años, al haber heredado la vivienda de sus padres en el momento de su enlace matrimonial.

Ocupaban solos aquel apartamento, demasiado grande para ellos. Al haber quedado desocupado y libre, por el devenir de la vida y haberse vaciado desde que el último de sus hijos se emancipó. Les sobraba la mitad del espacio en el que solo accedían para hacer la limpieza.

Frente al sofá, y desde tiempos inmemoriales había permanecido sobre el aparador una foto, que nadie hacía caso alguno, por la costumbre de mirarla sin verla desde hacía años.

Tan solo la trasteaban cuando le quitaban el polvo, sin apreciar quien estaba fotografiado, porque ni tan siquiera la observaban.

Eran unos invitados de piedra que estaban allí, siendo perfectamente invisibles, ¡Como si no estuvieran!

Era la figura de sus padres, que la tenía enmarcada en un tamaño apreciable, y reposaba sobre la misma estantería donde radicaba un aparato de radio antiguo. De la marca y con el logotipo conocido de Marconi.

Equipo de radio arcaico que hacía años no funcionaba, pero mantenían en el lugar que ocupó siempre. Por el recuerdo de uno de los regalos que les hizo un querido familiar que ya no estaba con ellos, al nacer su primer hijo.

Se acomodó buscando la pose y no tardó en amoldarse entre aquellos cojines de plumas que sobresalían de la piel oscura del butacón.

Cuando iba a iniciar sus tribulaciones escuchó un susurro penetrante, que percibió muy claro desde una distancia no lejana.

Sin alterarse quiso saber dónde se inició aquel silbido chicharrero que notó y giró el cuello tras de sí, sin saber ni entender de donde provino el bisbiseo.

Imaginó fuera alguno de los crujidos o vibraciones que hacen los muebles en ocasiones, o fuera producto del asentamiento en su acomodo, y quiso centrarse en lo que le ocupaba.

Iniciando el análisis del compendio diario desde que se despertó aquella mañana del penúltimo día del año.

Sin embargo el susurro cada vez tomaba más altura y notó que aquel sonido provenía del Marconi, que se había conectado de buenas a primeras automáticamente, sin razón alguna.

Perplejo y atónito, miró fijamente al emisor, viendo que estando averiado, los parlantes comenzaron a emitir mensajes. Escuchando lo que transmitía, sin dar crédito a lo que estaba viviendo.

— No te asustes Arsenio, soy mamá. Arsenio observó la foto y notó que tenía movimiento, escuchando la auténtica voz de su madre, que se trasmitía por el Marconi.

— Quería agradecerte el detalle que tuviste antes de ayer, al recordar el día de mi aniversario, y el beso virtual que me enviaste. El que nos emocionó tanto a papá, como a mí. Gracias cariño—. Siguió aduciendo aquel receptor los mensajes que enviaba aquella foto.

—Sabes que de haber vivido, hubiese cumplido ciento doce años. Recordarás que nací el día de los Inocentes. Menuda inocentada que la vida le dio a tu abuela.

Arsenio sin saber que pensar, ni dónde ubicarse ni ponerse por su recelo preguntó bastante nervioso.

        — No entiendo nada mamá, como habéis podido comunicaros, ahora después de tantos años que faltáis. Esto debe ser irreal. No he oído jamás a nadie que le pasara semejante cosa.

— No lo sé, —contestó la madre—como hemos llegado a este punto, pero que sepas que nosotros nunca nos hemos ido del sitio. Siempre hemos estado en la foto que nos ves. Encima de la repisa, justo al lado de la Marconi—siguió hablando.

— Estamos presentes en todos los eventos que vivís en este domicilio. Nos enteramos de todo cuanto pasa alrededor vuestro, y lo disfrutamos o lo padecemos y normalmente ocupamos poco espacio. ¡Poquísimo! —interrumpió su cháchara para decirle.

—Espera que tu padre quiere saludarte. Y se iluminó el retrato con movimiento de su papá.

— Hola Arsenio. Hijo. Que gusto me da saber que nos escuchas a través de la radio que te regaló tu tía Gracita, cuando nació Rodolfo, tu primogénito. Lo ¿Recuerdas?

El incrédulo de Arsenio, miró a la foto y también notó que su padre dentro del marco se movía y sonreía, gesticulaba al hablar como si fuera cosa de brujería. El hijo lo interrumpió de raíz, preguntándole repentinamente.

— Papá. Esto que está pasando es verdad. No lo entiendo. Dime como es ese mundo. Nos veis a los vivos, podéis adelantar ¿los hechos que se han de suceder.?

Su padre le dijo a su hijo con mucho cariño y sin querer asustarlo.

— Hijo mío, el morir es perder la presencia personal, dejar la carne y los huesos que nos abandonan llegado un periodo. ¡Nada más! —y siguió en su explicación.

— Para engendrarnos de forma metafísica en una especie de humo, o quizás llámalo esencia transparente, que nadie puede percibir ni el olor, ni la aureola, ni nuestra presencia.

En ocasiones de forma sensorial, a según que personas les da un escalofrío y llegan a tener algún ramalazo. Llegando a notar que estamos alrededor vuestro. Dudan y lo dan por imposible.

Sin embargo al revés lo escuchamos todo y lo vemos también perfectamente.

Arsenio quiso saber aun más y preguntó a su padre.

— Papá—. Cuando nos veremos. ¡Dime. ¿Me queda mucha vida?

 

Cuando le iba a responder a la duda, se escuchó de forma repentina un ruido y una voz que pertenecía a Irene, asustada.

Indagando fuera de sí, y zarandeando al esposo.

        — Que te pasa Arsenio, estás bien o te has vuelto loco. Llevo cinco minutos hablándote y tu como si nada. Medio loco, imbuido en otro mundo. Con los ojos en blanco, y sin saber dónde mirabas. ¡Al frente, al techo, a ninguna parte...!

Ido de remate y diciendo cosas que ni entendía ni quiero. ¡Estás loco!

He oído que hablabas solo y me he preguntado. Este se ha dormido y está soñando. Al llegar a tu altura, ¡Menudo susto.! Llego y te veo temblando, casi levitando y charlando con nadie. Riendo con risa nerviosa y diciendo cosas incoherentes.

— Puedes decirme que te pasa.

— Sí que te lo voy a contar—le dijo su esposo—, pero vamos mientras tanto a dormir y en esas te lo explico. Te va a costar creerme, pero sí. Te lo he de contar, porque igual lo que me ha pasado es cosa de locos. Por cierto, ¿La radio Marconi que está en la estantería funciona?

— No recuerdas que se estropeó hace más de quince años, se le fundieron las válvulas y dijimos que no valía la pena repararla—. Comentó Irene.




 










autor: Emilio Moreno

domingo, 28 de diciembre de 2025

Medio siglo para abrazarse.

 

Aquella mañana sin precisar leía los artículos, reseñas, propagandas y ficciones que suelen darse en las aplicaciones a las que tenía costumbre revisar.

Llegando a entrar en una web perteneciente a los vecinos del barrio donde se crio de chiquito. Donde había encontrado a sus primeros amigos y disfrutado de sus originarias ilusiones. Donde a pesar de los años guardaba los mejores recuerdos del inicio de su infancia.

En aquella dirección solía entrar, porque siempre se enteraba de alguna de las noticias del distrito donde estaba bautizado. Demarcación recordada por haber sido donde fue al colegio. Con suerte y aquellas fantasías que jamás se pierden, poder hallar alguno de aquellos colegas con los que había jugado.

Lejos de prever lo que iba a suceder en los siguientes minutos, relajado leía y veía las fotos allí expuestas. Hasta que en un momento pudo divisar, una instantánea tomada con la entonces famosa: máquina de fotos. La popular Werlisa. En película kodak de blanco y negro, en la que reconoció alguno de los vecinos que posaban, justo en el soportal de la que fue su casa.

Toda aquella desazón y distraimiento que le embargaba, le sumió en un submundo casi olvidado, mientras su compañera estaba en la peluquería.

Su impronta quedó en segundo plano, al ver fotografiados a los allí reflejados con sesenta años menos—. Pensó sin dar crédito al tiempo pretérito.

Añadiendo en aquel, su concurso de recuerdos. <Bien es verdad que las casualidades las pintan calvas, y en aquel instante su destino le ponía frente a sus ojos, un recuerdo>.

Memoria que le despertaba el interés por seguir buscando aquellos compañeros con mucho ahínco. Sin llegar a que fuera de forma obsesiva.

Sin más pretensiones, Eliot veía y leía: sobre aquel perímetro y buscaba detalles de la página al efecto y aquella foto le despertó el interés. Sin pretender más que distracción y asueto. No sin despertar cierta curiosidad, la que le llevó a perseguir.

Hasta que tropezó con uno de los apellidos que recordaba firmemente, perteneciendo aquella descendencia a James. Amigo con el que dejaron de verse de forma imperativa por desalojo de domicilio, de la familia del atónito Eliot.

Dejaron de atenderse, jugar y hablarse de forma repentina. Costumbres que llevaban a cabo desde que iban al colegio de los hermanos de la Salle.

El silencio imperó durante los próximos sesenta años. Ni James ni Eliot se localizaron jamás. La distancia, el devenir de sus vidas, y el destino no les fue propicio para tropezar, en ningún sitio. Por ello dejaron de relacionarse.

Aquel linaje que pertenecía a James, lo puso en marcha. Fue alertado por el nombre de pila, el que conocía de verdad.

Rememorándolo en aquella web supuestamente por una descendiente. Una señorita. Sin duda y con muchas posibilidades ser, o por lo menos, se acercaba a ser familia de James.  

Aquella referencia, la llevaba a Mirna, que por lo que desprendían sus lazos no había dudas que algún parentesco había con James.

Los apellidos coincidían y esa nombradía no era de las que suelen ser vulgares.

Acto no programado en aquella mañana de noviembre, el poder reencontrarse con un amigo que igual, ya ni se acordaba de Eliot.

En ocasiones lo había buscado sin suerte. No se veían desde el año mil novecientos sesenta y dos como mínimo. Sin contacto, ni referencia en absoluto, durante ese periodo.



En aquella época no existían las redes sociales, ni teléfonos inteligentes. Por no haber, ni había teléfono en todos los hogares. Aun menos se podía presumir de las tantas aplicaciones de contactos, que te permiten llegar en minutos a la facilidad de hacerte visible tan fácil como ahora.

Ni confianzas para poder encontrar lo que buscabas con facilidad. Todo era diferente. Casi en su totalidad, estaba prohibido, o era pecado y a la mínima las fuerzas de seguridad de entonces, te visitaban dándote el susto de tu vida.

Lo permisivo más bien era poco y ese poco lo podían disfrutar los acomodados, enchufados o gente poderosa, que de esa especie: han existido siempre

Era un apellido de estirpe de guerreros y templarios, que pertenecía a James. Un chaval con el que compartieron muchas peladillas, juegos y chiquillerías.

Además entre otras muchas cosas ir al mismo colegio de curas que existía en la barriada cercana a sus domicilios.

En un acto de valentía y arrojo Elio, decidido le mandó a Mirna una nota y una pregunta

—Perdona Mirna. No quisiera molestarte. Aunque me embarga una duda, la que sería bueno descifraras.  

—¿Eres quizás sobrina de James? La interrogación quedó en el aire, esperando a ser respondida. La que no tardó en alcanzar a Eliot.

—No. No, ¡Soy su hija! James es mi padre.

El efecto que tuvo Eliot, de saber que lo había encontrado, al leer el mensaje fue inmediato. Manteniendo con Mirna un par de pormenores para tener la certeza que era la persona por la que preguntaba y correspondía al amigo de la infancia. Pronto Eliot quiso certificar aquella coincidencia y tan pronto como pudo escribir la nota se la remitió.

— Hola Mirna. Pues mira y perdona. No quisiera molestar pero al ver tu apellido, he recordado que James tu padre, y yo éramos amigos.

Fuimos juntos al colegio de los Hermanos de la Salle, y me ha chocado el ver reflejado su alias e la web. Como no sabía si se trataba de la misma persona, de ahí mi interés.

— Sí. ¡Es verdad! Por lo que me cuentas se trata de mi padre. ¡Seguro! Ya hablaré con él y se lo contaré. Ha sido una casualidad, pero no deja de ser agradable. Con seguridad le gustará. En cuanto se lo comente, se lo hago saber sin retrasos. ¡Bien gracias!

— Si me lo permite—dijo Eliot—. Le mando mi dirección y lo mismo podemos quedar para vernos, tomar un café y recordar aquellos momentos. De entrada te envío unas fotos que guardo de aquel tiempo, donde verás a los primos de tu papá. Si no le parece mal a James, hablamos en su momento.

No hubo necesidad de esperas prolongadas. La respuesta de Mirna no se eternizó, y por mensaje separado envió el número telefónico del padre.

El que había sido informado por su hija y por suerte recordaba al amigo. 

— Me ha dicho que te mande su teléfono y habláis. Fue como un delicado suceso que pasaba en viernes a media mañana, sin esperarlo ni mucho menos, cuando dos personas que hacía nada más que sesenta y dos años, se habían separado por motivos de exigente circunstancial.

Fue inmediato.

Al Eliot de setenta y cuatro años, se le dispararon las efemérides, y comenzó a perpetuar detalles que casi nadie podría imaginar, dadas las edades que tenían en aquellos años.

Resonando en su entelequia la figura de los abuelos de James, y de sus tíos. Que eran muy buena gente. Procurando beneficio para los menos pudientes del barrio. Desde la iglesia donde su abuela mantenía una especie de corporación de misericordia que facilitaba comida, y apaños a los menos afortunados.

Viniéndole a la mente de Eliot, el aspecto de sus padres en edad juvenil.

Plenos de vida y de genio, con sus regaños y advertencias.

Vivencias que sin la colaboración de Mirna, jamás se hubieran producido.

Por la tarde, una vez había recapacitado Eliot sobre lo acontecido, y teniendo el número de teléfono de James, le mandó una WhatsApp para saber si podía llamarlo y charlar un rato.

Fue eléctrico. Tras el mensaje, sin hacerse esperar más, tuvo respuesta. ¡Sonó el teléfono de Eliot.! ¡Era James.

— Hola. Soy James. Que tal estás Eliot, cuanto tiempo.

— ¡Madre mía.! James no puede ser, como han ocurrido los hechos.

— Sí. Sí, lo ha comentado mi hija. Se ha emocionado, como yo. Así son las cosas. El destino que trabaja en silencio.

— Que es de tu vida—. Preguntó Eliot—. Sin saber muy bien cómo llevar aquella conversación de un encuentro nada establecido. Divagando entre: el que pregunto y como lo hago.

Hasta que le cedió la palabra a su comunicante.

— Y tú, como estás —. Preguntó James—. Cuando te marchaste, recuerdo que quedé un poco solo, hasta que me rehíce.

— Sí. Fíjate. Mi familia tuvo que marcharse por asuntos de la vivienda. Ya sabes, o puedes imaginar. Nos quedamos casi en la calle. Aquellos tiempos. Donde los milagros no existían, épocas duras donde casi todo era pecado y estaba prohibido lo vital. Donde las gentes con menos preparación que en la actualidad, cargaban con el silencio de los poderosos.

Hablaron de compañeros comunes de la Salle, del vecindario, de los personajes que ocupaban entonces sus abuelos, tíos y padres, de Adelita Roberto y demás. Quedando en que se irían llamando para ver si buscaban una fecha y poder se ver, tomar un café. Darse un abrazo, sabiendo que desde el cielo sus madres los estarían viendo. Participando del encuentro de aquellos niños entonces que se encontrarían cuando ya eran abuelos.

Fue Eliot el que llamó al poco. Dos días, para proponer a James un encuentro. Verse en aquel mismo mes de noviembre. En aquella mítica plaza perteneciente al barrio de su infancia.

James no dudó, y aceptó quedando para entonces.

Fue un catorce de noviembre y puntuales se distinguieron aquellos colegas.

En cuanto se vieron a pesar de haber pasado tantos años, se reconocieron y se estrecharon en un fuerte abrazo.

Eliot recordaba, que James era de niño un chaval alto y espigado, rubiales, y algo vergonzoso.

Al que no tuvo problemas para identificar en cuanto lo tuvo a veinte metros, justo al salir de la boca del metropolitano.

No había conversación fluida, por lo obvio que estaba pasando pero el recuerdo y las ganas de reencontrarse no faltaron.

Las figuras de James y de Eliot, no eran aquellas de los chavalillos de once años, que un día se dijeron hasta mañana y ese mañana tardó sesenta y dos años.

No hubo más tiempo. Solo para tomarse un par de cafés, y de dar un paseo por la barriada que recordaban de cuando eran chaveas.

Quedando para verse a partir de entonces con la frecuencia que jamás habían dispuesto.

Para Eliot, quedó como el mejor recuerdo amistoso de aquel año que se acababa, el año de 2025.


autor : Emilio Moreno




viernes, 26 de diciembre de 2025

Sepelio accidentado.

 

Aquellas dos amigas compartían su amor con una minina de angora en color pardo grisáceo que les tenía el sentimiento empeñado. La gata Meliana, era para sus amas un hechizo muy considerado. que sabía cómo hacerlas felices con sus lametones aceitosos y llenos de enjundia.

Era sublime y se comportaba dentro del domicilio como todos los astutos. Silenciosa, disimulada y limpia como un cielo arqueado en un anochecer veraniego.

Las conocía tanto a Marcela y a Rosinda, que solo tenía que echar un vistazo de soslayo para entender que tocaba en aquel momento.

Más que un felino para ellas, era como una querida ahijada natural.

Desde que salieron en las últimas fechas de San Juan, las dos amigas con su mascota y visitaron durante una semana Torremolinos. Meliana, no se encontraba demasiado ágil, ni en condiciones de salud sobresalientes.

Con lo que ya Rosinda la llevó al veterinario del complejo hotelero, donde no supieron delimitar con certeza cuales eran los síntomas que afectaban a la minina.

Durante todo el trayecto de vuelta para las dos amigas fue un suplicio mantener con vigor a Meliana, que a medida que pasaban las horas se notaba más y más enferma.

Ya en su residencia habitual la llevaron al facultativo que siempre había tratado a la gatita, el que les auguró malos contratiempos.

Meliana padecía de malestares insufribles. Surgidos de una especie de dolencia cardiaca, que la llevaría a un final irremediable en pocas fechas.

Poco se equivocó el zootecnista. Aquel fin de semana Meliana dejó de quejar y de maullar, dejando a las veteranas y protectoras Rosinda y Marcela, con una pena extraordinaria.

Meliana era una gata de un tamaño y peso importante. La habían mimado y mantenido con los mejores manjares gatunos y ella, al ser una minina agradecida, doméstica y considerada se hizo vieja y grande.

Había engordado y llenado la casa con el pelaje lanudo y con el manto único, sedoso y lacio que engatusaba a sus amas.

El disgusto para las señoritas fue escandaloso. Habían compartido las tres amigas, por más de nueve años, casa mesa y fantasías.

Con lo que aquella despedida era dolorosa y desagradable. Llegando a tener que decidir como se desprendían del cadáver de Meliana, que no podía ser de cualquier forma. Evitando en lo posible hacer grandes dispendios ni dar propagandas a nadie, ya que a la gente no le importaba ni poco ni mucho, si Meliana estaba fallecida.

Así que decidieron amortajarla en una bolsa preciosa de viajes; color rojizo. Adornada con diademas a modo de trenza y transportarla con disimulo, discreción y anonimato.

Esperando fueran unas horas de la noche, donde no llamaran la atención y darle suelo. Enterrarla en uno de los jardines poco cercanos que el cabildo destinaba para semejantes sucesos.

Rosinda y Marcela, querían que el sepelio fuera anónimo, y al no estar demasiado cerca el lugar donde iban a sepultarla, se vistieron aquella noche de verano con unos pantaloncitos cortos, y unas camisetas llamativas, para evitar el demasiado calor mientras hacían la fosa que serviría de sepulcro.

Dentro de la mochila colocaron una picoleta y una pala y lo dejaron todo dispuesto.

Llegadas las doce y media de aquella noche calurosa, salieron las dos mujeres enseñando su palmito por la calzada que bordea la costa, que las llevaría al perímetro donde iban a proceder con los despojos de Meliana.

Las camisetas refulgentes y el brillo de las piernas de las féminas se distinguían desde lejos, mientras iban caminando y asiendo entre las dos, la talega que emergía brillante en el lumínico de la noche. Gracias al relumbrar de la luna y a los farolillos del borde de la carretera.

No había testigo que lo pudiera certificar. Tan solo un ruido a lo lejos procedente de una moto de gran cilindrada que se les aproximaba cada vez mas cerca. Rosinda se giró para ver como aquella motocicleta pasaba de largo, y dejarlas más tranquilas en su futura tarea de sepultureras.

Súbitamente y para sorpresa de ambas. Los dos ocupantes con pasamontañas de la Bultaco 500, se acercaron tanto y tanto, que de un tirón y sin mediar palabra alguna, les arrancó con fuerza bruta a las damas, aquel bulto rojo con trenzas, la picoleta, la pala y el cuerpo de la gata Meliana.

Desclavando de las manos a Marcela y a Rosinda, y sin detener la moto, desaparecer con el botín para perderlo de vista en aquella noche.



autor Emilio Moreno





miércoles, 24 de diciembre de 2025

Recompensa inmerecida.

 







Se celebraba aquel día, la tómbola de la rifa de Navidad. A la misma hora poco más o menos, en que accedía aquel diseñador a las dependencias de su trabajo.

Cuando le vino a su memoria al amigo Virgilio el recuerdo de aquella fecha memorable. Día inolvidable para él. Porque la Diosa Fortuna, quiso palparlos a él y a su compañero, con su batuta fantástica. Sin darse la circunstancia, por motivos desquiciantes.

Aquel sábado 22 de diciembre del año de 1990: fue agraciado el Premio Gordo con el número 32.522.

Boleto del que deberían haber llevado en condiciones normales un décimo cada uno. El destino caprichoso no cumplió con aquellas máximas y Virgilio se quedó sin décimo, sin amigo y sin saber nada más del pajarito de Marcel.

El disgusto fue monumental, pero como dicen: el tiempo todo lo borra, aunque cueste olvidar según que detalles, que quedan grabados para siempre jamás.

 

Mientras llegaba a tomar el ascensor recordó, todas aquellas circunstancias que dado el soniquete de la música que cantaban los niños del Colegio de San Idelfonso, y que se dejaba oír desde la radio reverberó aquel disgusto.

Jugábamos a un número diferente desde quien sabe. Pensó Virgilioque lo venía declarando en voz alta, desde que accedió a la cabina del ascensor de las instalaciones de aquella firma de moda.

Recordando exactamente la primera fecha de participación y por qué aquel año jugaron a un guarismo diferente.

De aquello hace ya, la friolera de veinte años.resonó en la cabeza de Virgilio y siguió hablando para sí mismo, sin pensar que la gente lo escuchaba.

Dolor ya no me produce. ¡Cómo pasa el tiempo.! Ya no he vuelto a ver más a Marcel. Menudo pájaro, la verdad es que no sabes nunca con quien tratas.

¡Qué habrá sido del tipo aquel. Tan artista y preparado, del que aprendí tanto y tanto daño me produjo dejándome en la estacada.

Le perdí la pista y no supe nada más. Entonces ambos colaboramos en plantilla de empleados. En la empresa de Modelos Man & Women Masculinos.

En aquel tiempo, éramos tan jóvenes que era maravilloso vivir.

Dio por finalizado aquel comentario hecho para si mismo, sin la precaución de hablarlo en voz baja. Con lo que Nabile pudo escuchar aquella reflexión que él mismo reveló.

Virgilio volvió a la realidad, entrando por el pasillo del recibidor de visitas de la firma donde actualmente dispensaba sus aportaciones, como asesor de moda y descubridor de nuevos valores.

Estaba distendido y ya detenido en la sala de lectura, miraba la última revista de las nuevas vedettes que participarían en el siguiente pase de modelos de Ciudad del Cabo, cuando se le acercó una mujer de unos cuarenta años, alta bien parecida y elegantemente vestida que le preguntó.

— Usted es Virgilio Orlando, el famoso diseñador de ¿confección femenina.? Aquel sujeto quedó sorprendido porque no la había visto aparecer y fue alertado sin esperarlo, con lo que respondió.

— Tanto como famoso la verdad, es que no. ¡Estoy seguro que no.! Pero sí respondo, por el nombre que usted ha mencionado hace un instante.

Alegó amable, a la vez que se la miraba de arriba abajo, con un descaro inenarrable, y a renglón seguido curioseó.

— En qué puedo servirla. Me conoce de algo. Preguntó el modisto.

Aquella señora, no titubeó en decirle sin preámbulos.


— Usted pensará que soy una persona escasa de educación, pero de verdad. Sin quererlo, he escuchado las manifestaciones que venía hablando usted solo, sin interlocutor y me ha parecido que por los detalles que ha dicho. Creo conocer a la persona que jugaba con usted aquel famoso número de lotería.

Virgilio, sonrió y antes de expresar nada, pensó. <Las paredes oyen en esta oficina...> A lo que sin detenerse dijo con educación.

— En primer lugar. Quien es usted. y como puede llegar a semejante conclusión. Con tan solo unas frases dichas por mí. En voz alta, que le hayan hecho creer que conoce a la persona que en mis fantasías aludía.

Sin haber hecho nombradía personal del sujeto que compartía conmigo aquella historia.

Le vuelvo a repetir que perdone, pero al escuchar que nombraba la fecha del sorteo del año noventa, he recordado lo que le ocurrió a Marcel, que así se llamaba mi pareja en aquellos tiempos.  

Virgilio reconoció que a su colega le llamaban Marcel y fue cuando se interesó algo.

Bien pues usted dirá. ¡Qué es lo que quiere.! Dígame lo que deba, y no se corte por favor. Veo que posiblemente conociera a mi excolega.

A Marcel Donhauste le suministré las papeletas yo misma. El propio Marcel me dijo que una era para entregarla a un colega que compartían oficio en las dependencias donde trabajaba. Sin embargo creo que no llegó ni a dársela.

No. No me la entregó. Comentó Virgilio. Ni tan siquiera se la aboné, por lo cual, jamás reclamé nada. No podía hacerlo. Desapareció sin dar señales y hasta ahora que usted lo destapa sin más.

Los dos décimos se los entregué, aseguró Nabile, justo en la víspera del sorteo, y ni los cobré. Tampoco hacía falta. No era caso, cobrar de inmediato. Estábamos viviendo juntos. Compartíamos vivienda y cama con lo que pensé… hizo un receso y sin más dijo.

No pensé nada. Al día siguiente salió de casa, antes del comienzo del sorteo y desapareció. Jamás volví a saber nada más de él.

Aquellos décimos jamás fueron cobrados. La cuantía del premio tampoco te hacía rico, pero sí; tapaba unos cuantos deseos, deudas o caprichos. Era un buen pellizco. La verdad. Nabile continuó diciendo.

Lo busqué durante más de un año, por todos sitios, más que nada porque me había dejado en estado y tenía necesidad de decírselo.

No hubo manera, nadie lo conocía, ni supo darme indicaciones. Aquella mujer, instaba a Virgilio por si con alguno de los recuerdos que tuviera pudiera rehacer el hilo del motivo de su desaparición.

Con lo que Virgilio comentó que tampoco sabía absolutamente nada de Marcel, al igual que ella, y comentó.

Nos despedimos la noche antes del sorteo y hasta ahí. Ella continuó informando.

Hará unos dos meses, el investigador que le había contratado durante un periodo, que por cierto fue sin suerte. Hasta que desistí en buscarlo más. Me llamó y me comunicó que lo habían encontrado muerto en la habitación de un Motel de carreteras, con graves lesiones, las que le causaron la muerte.

Pude personarme a identificarlo y la policía me dio toda su documentación. Dentro de su cartera llevaba los dos décimos sin cobrar de aquel famoso sorteo celebrado hace más de cuatro lustros.


autor: Emilio Moreno.



 

 


domingo, 21 de diciembre de 2025

la astuta filipina.

 

Ambos eran hijos de unos migrados del sur, que se habían hecho y adaptado perfectamente bien al entorno. Por haber crecido en aquella comunidad gala. Muy próxima a la capital de la nación. La idiosincrasia de sus caracteres la llevaban implícita, como cualquiera. Aunque ellos al estar versados y educados en colegios municipales de la república. Ganaban de buen trecho a la preparación de sus padres Carioco y Enara., educados poco y mal.

A pesar de las costumbres inolvidables, miedos e inseguridades del todo palpables de sus padres iban subsistiendo. Los que se radicaron desde hacía muchos años a orillas del Sena.

Jamás se adaptaron al nuevo distrito de la ribera “Isla de Francia”. Conocida originalmente como (Île-de-France)

Serván y Sherezade, hijos de aquel matrimonio tan poco maleable, llegaron en su tierna infancia y supieron conectar con las normas, los caprichos y detalles habituales de su nueva ubicación. Reconociendo y admitiendo con el paso del tiempo, que eran muy de allí y se notaban completamente enraizados dentro del conjunto del paisaje y costumbres.

Fueron cumpliendo edad, entre dilemas y vicisitudes. Alegrías y algún que otro disgusto que propina el devenir de la vida. Y sin percatarse habían pasado veinte años de aquellos inicios.

Declarándose un mimetismo especial en aquellos hermanos, que sin llevarse demasiada edad, tampoco eran todo lo afines que pudieran. No compartían anhelos, amigos ni diversiones.

Viendo el proceder de sus padres cada vez más alejado de lo que ellos pretendían, cada uno a su manera se buscó su vida y aun y viviendo en la misma casa, eran extraños y no semejaban llevar entre ellos el mismo genoma heredado.

Acabando Serván el menor de la saga su licenciatura, y según decían sus papás se facultó en la escuela de ingenieros. Estudios que de tenerlos jamás los utilizó para su devenir profesional diario. Ya que estaba empleado en un centro comercial de abastos, como reponedor y cajero.

En el caso de Sherezade, derivó su preparación intelectual a sendas fáciles y poco constructivas. Debido a sus pocas luces, carácter de grandezas y condición emocional despectiva. Aparte de la facilidad sexual y su deseo insaciable que repartía con según que pandillas por todas las discotecas parisinas. Ella, fue la primogénita y no se complicó la vida. Vivió su juventud con sus llamados camaradas.

Dentro de las licencias permisivas del tiempo, abundancias de vicios, y apegos sexuales en demasía. Sin recato y beneplácitos dados por la llamada fiebre de una libertad mal administrada.

Hasta que cansada de ir de cama en cama, de desprecio en desprecio y harta de aguantar vilipendios y ultrajes, conoció a Davis. Un buen muchacho al que le costó poco engañarlo. Lo cameló sin apenas esfuerzos y lo llevó al altar, sin llegar a quererlo jamás. A pesar de los muchos agasajos que Davis, y sus padres le hacían a la entonces joven Sherezade, para tenerla contenta y a la vez llegara a hacer feliz al bueno del esposo.

Pareja que se mantuvo durante once años, sin escándalos y sin hijos. Además de alguna que otra prórroga por no ser el instante adecuado para la desunión programada.

Hasta que se le acabó la paciencia y el tolerar la presencia del esposo, por parte de la dama, que una noche le dijo a su cónyuge que se fuera de casa.

Esperaba visita de un compañero allegado. Demostraba ser más que un conocido y habitual dependiente de su departamento. Su amante. Su nuevo deseo y apasionado amor. Un cariño encontrado en el snack bar donde trabaja, y Davis, sobraba en aquel triángulo.

Cuando se enteraron de la noticia de la separación. Enara y Carioco, quisieron fundirse como el estaño con el fuego. El padre se tomó la noticia muy mal, fuera de norma. Descabalgándolo de sus medidas, e imaginando cual sería el costo del capricho de Sherezade.

Provocándole una sinrazón por lo egoísta y tacaño que era. Además de no saber capear de forma sutil la amistad que habían tomado con los consuegros. Padres del ahora exmarido de su nena.

Relación de afecto, que no podía borrarse de la noche a la mañana por motivos obvios. Las apariencias siempre debían ir por delante de la auténtica verdad.

Circunstancias que debían estudiar para quedar lo mejor que pudieran y a poder ser, culpabilizar a Davis de la ruptura. Dejando otra vez a Sherezade como si fuera una dulcinea.

Lo analizaron muy mucho los papás. Siendo gente tan cínica y engañosa, debían encontrar la forma más creíble para informar a la familia. Pretendiendo ocultar la verdad. No era posible decirlo a bocajarro, y sobre todo procurar el disimulo con los amigos y conocidos. No fuera que pensaran mal de su hija, a la que habían ensalzado de forma engañosa.

Así fue entrando en aquel modo de “Encogimiento por los actos impuros” de Sherezade, el codicioso y sórdido de Carioco.

Al que le comenzaron a dar ciertos ataques, en principio débiles de depresión. Acarreados por la vergüenza y el miedo de justificar la decisión de la hija.

Aquella descendiente de su sangre. La misma que en tiempos no muy lejanos, habían ponderado falsamente como mujer de un solo hombre.

En cambio a Enara la madre, que siempre había mantenido con Sherezade cierta distancia y poco auxilio, no le fue difícil admitir, lo que se había buscado su hija.

El pormenor del divorcio la dejó flemática. Como imaginándose que pasaría. Esperando ese trance de ruptura de un instante a otro.

No musitó palabra alguna. Se mantuvo sin opinión. Escasamente le afectó aquella disolución del estado de su primogénita en lo concerniente a la intimidad de su hija y su yerno.

Otro cantar y sensación era el desasosiego que mostraba con los forasteros y amistades. Por pretender demostrar al mundo, ser una afectada afligida. Queriendo echar las culpas al destino, y pretendiendo quedar como una sufrida mamá.

Serván había festejado con una española, que lo abandonó a los seis meses de relación. Sin poder sacarlo de una incapacidad que lo sometía. Pretendía pasar el mes con el mínimo gasto. Estaba enfermo por el ahorro.

Se traía cada noche, del supermercado donde laboraba las viandas que quedaban caducadas o no se vendían en el comercio, para consumirlas en su casa. Imposible ser normal. Ni haber disfrutado de algún viaje de placer o diversión juntos. Aquello no podía continuar. No era vida.

Adujo Carmela a sus conocidos a modo de excusa por aquel desencuentro previsto en la pareja, que el bueno de Serván, la dejó por ser una derrochadora y pretender vivir gastando más de lo que ganaba. Catalogando con pena la buena de Carmela a su ex, como un aburrido que repetía los extravíos de su padre.

Dejaron el alquiler de la vivienda y cada cual se buscó la vida por su cuenta. Como Serván no iba al cine, ni a bailar, ni tan siquiera a tomar alguna copa a los pubs y bares de la ciudad, ahorraba lo que deseaba y se notaba feliz.

Estuvo un tiempo viviendo con sus padres y controlándoles los gastos generales del domicilio.

Vegetando con ellos sin soltar ni un franco. Se encontraba acertado ahorrando dólar por dólar a medida que iban pasando las semanas

Un buen día conoció a Sindhi, una filipina sumisa que parecía seguirle los pasos a Serván. Coincidió con ella en la parada del bus, repetidamente los días de una semana, y la dulce asiática se le acercó y dándole conversación llegaron a intimar en aquellos encuentros matutinos.

Ella la guapa Sindhi, decía ser hija de un potentado de Cavite, bien relacionado en París. Gente bien acomodada y con recursos sibaritas. Detalle que al amigo Serván, ahora oficialmente acompañante de Sindhi. Le parecieron favorables y muy prósperos cara a aumentar su cuenta de ahorros y se unieron como pareja de hecho. Sin hacer las previas comprobaciones se liaron con un amor impensable para lo que se esperaba del joven avaro, que todo lo calcula.

Un apartamento moderado en Montmartre, el barrio más famoso de la capital, pudo ocupar la pareja, gracias a los devengos de la niña oriental, que parecía beber los vientos por aquel hombre. Vivieron durante ocho meses felizmente enamorados hasta que un buen día el hijo de Carioco fue a reintegrar una cantidad con su tarjeta bancaria, y no tenía saldo.

Creyendo fuera un error, se dirigió a la Banca de Marsella, y le informaron que Sindhi Mirren Clowns había ido haciendo reintegros de efectivo, hasta que dejó la cuenta con treinta francos franceses. Le escatimó más de ciento veinte mil euros ahorrados con sudores.

No pudo volver a encontrar a su amor de ojos rasgados, y por aquella confianza que le fue ganando al mismísimo desconfiado, lo arruinó. Vaciando la cuenta corriente y desapareciendo. En la denuncia que pusieron en la Gendarmería del Sena, los agentes de la Securité, y por mediación de fotografías descubrieron que la tal Sindhi, era la estafadora china, Chin Ti Ling. Buscada en media Europa. Comunicando a Serván que podía dar gracias al cielo de estar vivo. Ya que esta delincuente, tenía por norma antes de saquearlos, envenenar a sus parejas y sacarles lo productivo de sus ahorros.


autor: Emilio Moreno.