sábado, 17 de noviembre de 2018

Virgitanos en Sant Boi, nueva versión





                  


Como cada año en el mes de noviembre, nos juntamos los amigos. Aquellos que nos han rodeado casi toda la vida. Aquellos que saben más de nosotros que uno mismo, aquellos que cuando entornamos los ojos saben que es lo que nos duele y de que nos aquejamos. Aquellos que a medida que vamos cumpliendo meses, no notamos lo que dejamos en el camino. No apreciamos que en el arcén se nos van quedando las esencias y ya no se podrán reeditar las batallas y los desmanes de otros tiempos.




En este año 2018, tan solo hemos asistido cincuenta y una personas. Amigos y amigas, parejas, algunos, casados otros, solos también han habido, todos ellos simpáticos como cuando contábamos con cincuenta años menos que ahora.


No os penséis que voy a contar penas ni tampoco explicaros aventuras de las cuales nadie tiene porqué saber, sin embargo se me ocurre una muy venial; que os la voy a relatar porque sé que los protagonistas no se van a enfadar ni siquiera la recuerdan, (Con toda seguridad), porque pasó de una manera tan sumamente suave que ni las hojas se movían por el viento, ni las nubes nos tapaban el horizonte.

Estaban dos de los presentes hoy en la comida, en el Acuartelamiento de Soldados en San Clemente de Sesseves, provincia de Gerona. Corría el año de mil novecientos setenta y uno. Mes de abril y recién llegados al Campamento de Reclutas del Ejército, nos acomodábamos a las disposiciones del mando militar.
Cuando de buenas a primeras se dio un brote de una afección que se llama Meningitis y las autoridades sanitarias nos arrestaron en los barracones en una medida de protección en lo que se le llamó una Cuarentena.

Todos quedamos asustados pero a la vez con ganas de no creernos la importancia de lo que podría haber pasado, a pesar que en otras refugios, ya estaban un par de reclutas afectados por esa achaques.
La cuestión es que cada cual juraba en hebreo como sabía y como podía, menos uno que sacando lápiz y papel se puso a escribir una carta a su novia de esas que son larguísimas y excelentísimas por contenido y por erudición. Que duró los nueve días que estuvimos retenidos en las barracas.
El protagonista de la carta y la que entonces era su novia—hoy su esposa—Estaban los dos en la comida de hoy y además no faltan ningún año.
Del contenido de la misma nos hemos ido enterando todos los que conocemos este hecho, porque le decía al final de las cuartillas, antes de despedirse de ella, con la intención de verla muy pronto.—( Te querré siempre y seremos muy felices. Juntos andaremos por el mundo y compartiremos todo aquello que se nos ponga por delante).

Hoy me los miraba mientras reían, se divertían y gozaban del momento y he vuelto a recordar aquel instante, aquellos momentos encerrados en aquel barracón, que fui a preguntarle—¿Qué estás haciendo—y él me respondió sin que yo pudiera entender lo que me decía hasta esta misma tarde.
Disfrutar del momento y dar gracias por todo lo que tengo.
Os dejo alguna foto del grupo de amigos y recordar aquello tan simple que si lo llevamos como norma nos facilita la vida. ¡Disfrutar y hacer gozar al que te rodea!





Noviembre 2018
Virgitanos en Barcelona




1 comentarios:

Eduardo dijo...

De todo esto que nos cuentas, Emilio en este breve relato tan bien narrado hemos sido protagonistas los dos, tú me lo asignas a mí y a Isabel pero se podía haber dicho lo mismo de Emilio y Ana.
Es maravilloso el recuerdo, déspues de tantos años que hasta parece increible que la mente llegue hasta ahí.
Gracias a este gran amigo, han aflorado estás vivencias que él ha relato aprovechando el encuentro de amigos de Berja.
Bonito acto, en el que se ha participado con bastante alegría y se demostrado la simpatía entre los concurrentes.
Ciertamente hemos disfrutado y gozado de todos los que nos rodeaban.

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