jueves, 20 de febrero de 2025

Aplicación y chispas integradas

 


Solicitó uno de esos vehículos modernos. Esos que se contratan por la red o el teléfono y te recogen en la puerta de tu casa. A la salida del cine o en el mercado de abastos y te trasladan donde les digas, siendo la factura más económica que los taxis de toda la vida. Así que un buen día el amigo Patricio quiso llegar todo lo pronto que pudiera al punto donde le esperaban. Finalizó su revisión y al salir de la sesión de control con su terapeuta, usó esa posibilidad para conseguirlo.

Agotó aquella visita con su psicólogo, un tipo muy conocido, popular y famoso en aquella ciudad, por haber sido tertuliano en una cadena de televisión donde trataban casos de personas coléricas, que residían al borde de sus conductas. Un doctor reconocido que trataba a Patricio, como paciente desde hacía muchos años. Encuentros que comenzaron debido a unos síntomas emergentes, que no le dejaban centrarse en sus asuntos propios como debiera. Consiguiendo el paciente, ganar en salud, estabilidad y sosiego con esas curaciones que le favorecían y afianzaban sus deseos.

Se detuvo al salir de la consulta y antes de cruzar el umbral de la puerta. Contactó con la empresa que normalmente le servía para desplazarse de un punto a otro por la ciudad, cuando el transporte público, le quedaba lejos o fuera incómodo el llegar al punto que pretendía. En la Hoover Asocietions, no tardaron ni diez segundos en atenderle. Era cliente asiduo y conocían de sus gustos. Una voz de esas enlatadas que solemos escuchar en las películas de acción se puso en contacto con el solicitante del servicio.

—Buenas tardes, que tal estás Patrice, soy Romina. —Le comunicó aquel tono inarmónico. —Donde quieres desplazarte. Observo que justo ahora, estás en la confluencia de las calles Monterde y Parlamento. No padezcas, que de inmediato te atendemos y en breve te trasladamos. Siguió solicitando detalles la vocecita ronca de Romina, sin detenerse ni respirar y siguió exigiendo.



—Sé tan amable de indicarnos tu próximo destino, para establecer la ruta más adecuada y puedas llegar en el mínimo intervalo. Sabes y conoces, de nuestra profesionalidad por lo que solemos analizar cualquier inmediatez o circunstancia, para haceros la arribada al punto de destino, con la comodidad adecuada. Además y sabiendo que estás al corriente, solicitamos estos detalles como seguridad y caución. Recuerda tu password o palabra clave, que el conductor te la solicitará en cuanto accedas al utilitario.

—Hola Romina. —aclaró Patricio.

—Parece que me hablas del ultramundo. Te escucho y noto una onda incrustada. ¡Vaya. Das miedo! Cómo sabes mi apelativo familiar.

—No lo comprendo. Porque ese dato, tan solo lo dominan los muy allegados y no creo que en la Hoover, lo tengan registrado.

—¡Que sepas mi nombre!, puedo llegar a entenderlo y a las evidencias me remito. ¡Sin embargo chica! —continuó diciendo.


—Estar al tanto del mote con que me citan mis inmediatos. Es inverosímil. Diría, que casi imposible lo sepáis. No entiendo como tenéis a mano semejante dato. Con lo que me encantaría saber cómo coño lo habéis conseguido. ¿Quién os lo ha dicho?, porque imagino y entiendo, que en mi llamada, ves mi número de celular pero que llegues a saber dónde estoy ahora. Se me hace muy fuerte… tía. —prosiguió con sus dudas y se quejó.

—Porque aún no he abierto la boca ni de momento he solicitado servicio alguno y vosotros ya sabéis sin más, lo que requiero. —Finiquitó su locución, pidiendo explicaciones.

—¡Ya me contarás! Estoy alucinando. Con un retardo de tres segundos aquel tono que le adosaron a Romina contestó.

— No te asustes Patricio, mi querido Patrice. Tu teléfono nos ha dado las coordenadas del lugar donde te encuentras y en tu psiquis auto concentrada, consta que tan solo nos llamas, para desplazarte de un lugar a otro. El nombre lo sabemos porque tu celular al contactar con Hoover, nos remite todos los datos necesarios, para el control de la asistencia que nos solicitas, y cuando digo todos. Son todos.

No me vengas con ignorancias, porque estamos al corriente de tu vida. Sueños, deseos, contradicciones, amarguras, indelicadezas, fraudes, fracasos, engaños y detalles que omito, que tu bien sabes. Patricio quiso responder con eficacia a la aseveración super ingrata añadiendo.

—Pues la verdad. Si te soy sincero lo desconocía. No sabía yo, que estuvierais tan informatizados, y conocierais tantos datos de vuestra clientela. Me pregunto si es legal ésta normativa de la Hoover Asocietions. ¡Lo tendré en cuenta! Sin embargo me desagrada que con tantos avances, no podamos tener algo de intimidad. Serenó su impronta y solicitó el servicio.

—Bien, pues quiero que me recoja un vehículo medio, para llevarme al otro lado de la ciudad. A mi domicilio, que no os digo la dirección porque imagino ya la conocéis.

—De acuerdo, pero es condición indispensable, nos adelantes la dirección de final de trayecto. Por lo que ruego—exigió aquella voz—nos la indique de inmediato. Además ya conoce usted Patrice, que el servicio se abona tan solo depositando la huella digital, en el datáfono, o por su aliento en el blíster storage del reposacabezas delantero. Como viene siendo costumbre en nuestra empresa Hoover.

Cuando salió del portal del licenciado, y siguiendo los consejos de Romina, un auto diminuto, de la Mercedes Benz en color negro, aparcaba frente a él, haciendo luces a Patricio, indicándole, que era su transporte.

Ascendió al asiento posterior y sin más el auto arrancó expedito a la dirección dada con antelación por el cliente. En cuanto se acomodó y colocó los cinturones electrónicos de aire en suspensión para su seguridad. Se percató que aquel vehículo, no llevaba conductor y al ir a exclamar, un sonido espeluznante le impidió su queja.



— Tranqui Patrice, no te alteres, que parece no hayas tenido bastante con lo que te ha dicho el psiquiatra esta tarde. No comprendes que tu voluntad, nos importa un bledo. Aclimátate a la evolución, que pareces nacido en los años cincuenta del siglo XX, y vivimos desde hace algunas décadas en el año 3025.



autor: Emilio Moreno
20 de febrero de 2025

martes, 18 de febrero de 2025

Pajaritos. - Morimos cuando nos olvidan -

 





Lo conocíamos por
“Pajaritos.” 

Era un tipo que sobresalía de lo habitual. 

Ya en su ancianidad, era perseguido por las miradas de cuantos niños lo observaban, y por los juguetes que de tanto en vez repartía. 


Se le notaba en cada uno de los sorteos de la lotería de Navidad, en la puerta del Palacio Real madrileño, donde se hacía notar antes y después de la rifa.

Era un personaje especial, y tan singular como pocos. 

Salvador Benítez Griñó, apodado también como “El loco del Matarraña.”

Dentro de un par de meses, hará ya veinte y un años que nos dejó.

Falleció un dos de abril del año 2004. En su localidad de residencia francesa. Céret. Población ubicada en el Midí francés. 

Situada en el departamento de los Pirineos Orientales de la región de Occitania.

Capital de comarca del Vallespir, a la que se conoce de forma popular como la capital de la cereza. Cuando murió contaba con 86 años, y fue diagnosticada su defunción como paro cardíaco.


Salvador Benítez, el loco del Matarraña, era muy conocido por vestir y presumir con trajes de casaca, rebozado de botones multicolores, que lo acompañaba con un sombrero de copa en color rojo chillón y un paraguas no menos discreto. Llamando la atención al mundo entero por su indumentaria. 

Presumía con su apariencia en muchas de las efemérides que se celebraban en España, como el sorteo navideño de Lotería, en Madrid, y en diversos lugares europeos.

Nació en Valderrobres, provincia de Teruel, un 1918, año de la Pandemia española. 

En su juventud estuvo exiliado en Francia, al finalizar la guerra Civil en 1936, huyendo de la represión política del tiempo. 

Cuentan los historiadores que en Francia, se incorporó a la Resistencia y luchó contra la ocupación alemana.



Fue prisionero y lo recluyeron durante un tiempo en el campo de concentración de Mathausen donde fue liberado por la victoria aliada. Acabó residiendo en la capital francesa, París. 

Ocupándose en una labor como pintor en un taller de vehículos, trabajo que le duró hasta su jubilación. Que fue anticipada, debido a las secuelas que le dejó la guerra y su posterior internamiento en el campo de concentración.

Retornó a su tierra, Valderrobres. Tras todos sus obstáculos, en un alarde de atrevimiento, con una visita efímera y anónima. Poco antes de la muerte de Franco. 

Llegada la apertura y con la llegada de la democracia, viajó con frecuencia a España donde se hizo popular por su vestimenta y sus atuendos de botones y sus paraguas.

Con su específica indumentaria, participó en las fiestas de su pueblo y también se hizo notar en los sorteos de Navidad, así como en el último mes de la anualidad, el día 31 de diciembre, en la celebración del año nuevo, correteando por los aledaños de la Puerta del Sol de Madrid.


La prensa, local y nacional y las cadenas de las televisiones estatales lo captaban a menudo en lugares insospechados y originales, siempre ataviado con su uniforme de actuación, que era el célebre traje y paraguas. 

Aprovechando sus viajes frecuentes a lugares donde se celebraba algún acontecimiento donde se apiñara mucho gentío, y poder actuar frente a los niños, abuelos y demás simpatizantes.

Dejó advertido, que su cuerpo fuera incinerado y posteriormente, sus cenizas esparcidas en el río Matarraña desde el puente de piedra, en Valderrobres.




Dicen que morimos cuando nos olvidan. 

Sin embargo aquellos que en un momento o circunstancia nos hicieron partícipes de su comportamiento, merecen ser recordados de tanto en tanto. 

Por haber sido parte de los acontecimientos ocurridos en nuestras vivencias, nuestras aventuras o nuestros pueblos.

 

 






Gran parte del texto, está recogido de la prensa nacional
o de blogueros populares de la zona del Matarraña,
las fotos son originales, hechas en el año 1997.


viernes, 14 de febrero de 2025

San Valentín. ¡Genuino!














Una y otra vez tropiezo en febrero

con fecha del afecto, que anda lejos

Lo recuerdo con pasión, y así espero.

Con mudo rubor. Verte en mis espejos.

 

Aquel navegante de sueños, la citaba.

Todas sus noches, y adrede la nombraba.

Sabiendo y quizás sin “consuelo”,

permanecía sentada en el banquito de la plaza.

Esperando que apareciera al fondo.

 

¡Ay si yo te contara!

 

A lo lejos de aquella playa,

mojado de pasión y de rabia,

por la distancia, y nacer de la nada.

Lejos de su cabaña.

 

¡Ay si yo te contara!

 

La de veces que lloré por tu calma,

por tu espera, por mi causa.

Iluso, te sueño templada,

Atrapada estás, en tu dique, sosegada

que embravecido por aguas bravas,

surca en olas de mi entereza.

Atracado en tu horma y mallas, se afana.

 

¡Ay si yo te contara!

 

Ajeno a ti, y encadenado,

por siempre quedara.

Debajo y muy dentro de tu saya,

inspirando aquel fruto verde

el aroma de tus pliegues.

Esos frunces, de papaya,

para que yo me empape y moje.

Levitando con besos que desmayan.

 

¡Ay si yo te contara!

 

Aquella distancia tan grande,

no por el camino y trecho,

es ofuscación clandestina.

Insalvable.

 

¡Ay si yo te contara!

 

La diferencia de nexo,

con tu ensueño y mi contraste,

dislate rayano y pequeño.

Perdido en mi sueño, ya sin fragancia,

ni triste ni alegre, escaso y risueño.

Efímero y pasajero me siento,

cual marinero que fui, sin consonancia.

Aunque siempre existas en mi pensamiento,

y llevarte en mi pecho sin arrogancia,

con ansiosa unción, y mi lamento.

 

¡Ay si yo te contara!

 

Volando sin alas al viento,

delirando con tu sonido del alma

y al despertar, tenerte en mi almohada.

Sin palabras pensar. ¡Cómo te siento!

A oscuras, y sin temblor, ver tu reflejo.

 

¡Ay si yo te contara!

 

San Valentín. Valeroso impulso.

que torna todo apego profundo.

Patrón de enamorados difuso.

Dueño de la pasión que circundo,

fuerza y ternura, furor confuso.

San Valentín, como siempre rotundo.

En mí, con tu encanto, ¡Que no excuso!

 

¡Ay si yo, no te imaginara!





Autor: Emilio Moreno.
14 de febrero de 2025.

 

lunes, 10 de febrero de 2025

Cómo atraviesa un tren la estación abandonada

 





Cuando se nace con la condición de alevoso, jamás puedes cambiarla. Una de las ramificaciones de la circunstancia mencionada, es la envidia. Es una deficiencia habitual, bastante extendida en gente desleal. Difícil de combatir, ya que los afectados intentan disimular sin querer demostrar que ellos la padecen. Como siempre vemos la mota de polvo en ojo ajeno.

Esta historia que quiero contar es muy vieja. Se ha repetido en la historia muchas veces y en todo tiempo. Creo que todos la conocemos, o la hemos padecido cuando no haya sido en ocasiones, protagonizada por nosotros mismos. Que todo se puede dar.

Decía, que es difícil de advertir cuando se ha de soportar, y si viene intrínseca y atribuida en los hábitos, sin que la divisemos, es dolorosa para el que ha de sufrirla.

Sin embargo, ¡Ay! Cuando la padecemos en nuestras almas, y no sabemos detectarla ni reconocerla. Que por desgracia, suele pasar más a menudo de lo que imaginamos. Por ello, siempre deberíamos ser más cautelosos, mas humanos y sobre todo menos presumidos.

Era la maldición que le perseguía al ínclito Rigoberto Postey. Un individuo, que se las tenía de súper hombre, siendo un ser desteñido. Mostrando siempre unas apariencias falsas e impostadas, que no le correspondían. Creyendo que era una especie de soberano de la verdad y sus cualidades le llevaban a querer destacar como gran emprendedor.

Existiendo ahora desfasado, en un tiempo, que los héroes tan solo los vemos en las películas, y Rigoberto, como actor, pues la verdad. No daba la talla.

Lo poco de lo que presumía y que decía conseguir, para aquella corporación que trataba de dirigir, era valiéndose de la gente. Unos más honrados que otros, apegados que le rodeaban y quizás lo soportaban, viendo la clase de astucias que practicaba por si en algún instante ellos mismos, pudieran aprovecharse de alguna ventaja que les conviniera. Otros se separaban de su derredor, sin dar señales para que no tomara represalias, por aquello del rencor, que les tenía a los que se independizaban de su devoción.

Los que no querían romper la relación por intereses o prebendas, lo dejaban por imposible, y lo ignoraban a todas luces, esperando que en algún momento se diera el tortazo contra la pura realidad. Aunque el señor Postey, se daba cuenta y en su presencia no se notaba su inquina. Sin embargo cuando se quedaba con sus adláteres de confianza, los ponía a caer de un burro. Añadiendo vejaciones inexistentes e invenciones nefastas para dejarlos descalificados y siempre, siempre resarcir su impronta. Pretendiendo en todo momento destacar como bienhechor de cualquier causa, hablando por supuesto en primera persona, y denostando a todos los que le habían intentado decir la verdad, y que fuera más humano, y menos sátrapa.

Ya en su juventud, se percató el desafortunado Rigoberto, que allí en su región, no pasaría de ser un simple empleado en la aserrería del pueblo. Pretendiendo ser desde muy temprana edad, una especie de mesías con tendencias a lo pomposo, y lograr algo más de lo que había conseguido su padre. Un honrado funcionario del ayuntamiento del pueblo de “Maja de luna”. Sito en las serranías portuguesas. Migrando en cuanto pudo a la gran ciudad, con lo que conlleva una residencia y adaptación por la vía de urgencia. Sufriendo y pasando lo impensable, tragando aquello que siempre había aborrecido, y que por adaptarse y tomar ubicación soportaba.

Resistencia a cambio de beneficio personal, y en eso no cabe la duda fuera milagroso. Poder reaccionar y reencaminar sus deseos, para encontrar un empleo que de momento, le diera para mantenerse en aquella urbe y fuera encontrando la experiencia en qué, cómo y dónde dedicaría su futuro.


Durante años no pasó de empleado en una factoría mecánica, en la cual se encargaba del horno para endurecer piezas de los artilugios que fabricaban. Sin embargo el señor Postey, donde presumía era en la Asociación del Tango, de donde era presidente y tesorero. Cargos que utilizaba como si fuera el plenipotenciario de los asuntos ministeriales de la nación. Dándose el bombo que le apetecía y sacando la cabeza del tiesto cada vez que se presentaba un político, un empresario o un adinerado a aprender a bailar el tango. Mostrándose el más atento de los nacidos, hasta que lo ponían en su sitio sin contemplaciones, ya fuera por discrepancias en el pensar o en las siempre críticas renovaciones del cargo. Donde pretendía ser el presidente inamovible.

No tardó en tropezar con Gumersinda Romerales, la que sería su media costilla, el resto de sus días. Casualmente una señorita entonces. De gustos muy semejantes al de Rigoberto, con la cual de entrada obtenía amparo, compañía, y casa donde alojarse. Sin tener en cuenta aquello que llaman amor.

Ella con tendencias semejantes al recién tropezado, era áspera, desleal, y pérfida. Con anhelos de protagonizar siempre y ser el centro de atención de cualquiera de los saraos que pudieran corresponder. Creyéndose la reina de los mares, utilizaba a Rigoberto, intentando atraerlo hacia ella, y le diera en aquel club del tango, relevancia en los concursos, participaciones en el jurado de competición y mil cosas más, que quedaban en el anonimato de aquella pareja de truhanes.

Con los días, no demasiados, unieron sus vidas y juntos abordaron la situación incómoda, para saber hacerse llegar los condicionantes para medrar.

Se dieron cuenta que eran el uno para el otro, que igual serían felices destrozando a los demás y sentirse ufanos de lo cosechado.

En la intimidad Rigoberto, la llamaba Gump y ella lo citaba como Rigo, hasta que se quedó en cinta una y otra vez, hasta llegar a parir cuatro hijos, los que se criaron con caracteres parecidos a los de sus padres y con el tiempo tomaron caminos muy diferentes.

El tiempo pasó como atraviesa un tren la estación abandonada en el trayecto desde un punto al otro, sin hacer amigos, sin apego por la familia y sin detalles honrosos que les hiciera ser considerados como buena gente.


Éxito en el trabajo tuvo, manteniendo por más de treinta años el empleo en los hornos de aquella firma anglosajona. La que le permitió como a cualquier obrero, su pensión al cumplir la edad reglamentaria.

Fueron consumando y gastando calendarios, y se hicieron veteranos, sin llegar a las expectativas que se habían marcado, y se mudaron de pueblo, de ciudad y de país, sin llegar a encontrar aquella dicha, que se refleja en el rictus facial, de por lo menos ser o haber sido felices por algún instante en la vida.

Siguen maltratando a sus semejantes con vilipendios y mentiras, aunque ahora lo hagan en otro idioma. La gente que los conoce, sus vecinos, sus conocidos, los soportan, los aguantan, pero cuando se dan la vuelta piensan aquello de <menos mal que se han ido> y no tenemos nada que ver con estos fanfarrones.




Autor: Emilio Moreno
febrero de 2025
 




viernes, 7 de febrero de 2025

Las culpas de Jaqueline

 

Aquella anciana se mostraba orgullosa y cínica. Tratándole de perdonar la vida al prójimo, por las desatenciones sufridas, que según ella, se habían cometido. Pretendiendo no dar ningún tipo de pena, ni compasión hacia su destino.

Lucía muy serena, con su peinado natural, elaborado por un moldeado que le encajaba con su perfil. Cabello níveo muy poblado y pulcro. Movía su lengua constantemente, saliendo y entrando de la cóncava cavidad de su boca. Como si estuviera degustando un delicioso manjar. Sin embargo todo obedecía a la molestia que le daba su dentadura postiza, que le venía amplia y no quedaba sujeta al arco de su paladar.

De cejas muy crecidas. Su espesura violaba la laguna del entrecejo. Nariz asimétrica con deformidades y labios carnosos en forma de arco. Una apariencia femenina indelicada, fruto de la dejadez evidente, por la falta de esmero familiar. Sus ojos pequeños muy hundidos y estrechos, en la profundidad de sus oquedades, miraban siempre con egoísmo, a todo lo que su curiosidad enfocaba. Reflejando una clara sensación desconocida de recelo, tras el conocimiento claro, de lo que había protagonizado.

A su modo contaba detalladamente la película de su crimen. El que había cometido sobre su propia hija. Considerando que en su foro interno, se encontraba feliz y encantada con todo el proceso que había preparado para resarcirse de los dolos que se habían sucedido hacia ella.

—Sí. yo la maté. —le indicó al agente de policía, y siguió tan campechana relatando, sin un rubor de nerviosismo.

—Por desobedecer durante tantos años, y no estar dentro de las normas de nuestros principios. Lo urdí con tiempo y cuando fue el momento oportuno la dejé sin sentido y la envenené de forma indolora, pero eficaz.

Se estaba convirtiendo en un ser despreciable, sin apego a sus mayores y sin metas. Se enamoró de un indeciso sinvergüenza, y muy perro que vivía a su costa. Me ofendía el hecho de ser despreciada y arrinconada en mi propia casa. Se llenó los pulmones para proseguir.

—Llegado el momento, emprendí mi tarea. —dijo la señora Jaqueline Montmartre, y constató. — Que en aquella casa. Se hacía tan solo y a sus órdenes, lo que mi hija mandaba. Acatando caprichos a conveniencia suya, sin entender, que vivían de prestado en mi morada. ¡Me harté!

Cuando aquel par de ocupas acordaron decidir sobre mi vida. Reaccioné en silencio, sabiendo que pretendían que saliera de mi casa. En la que había vivido sesenta años, con mi difunto, para ingresarme en la Residencia de los Sueños Dorados. Decidí definitivamente acabar con aquella tragedia y comencé a preparar la escena de lo que debía suceder. La interrumpió la agente de la gendarmería y sin pestañear respondió.

—Con el compañero de su hija, que sucedió. —preguntó Eva, la agente de la policía de la comisaría del departamento parisino.

—En cuanto se enteró del fallecimiento de Brigitte, el muy sinvergüenza se buscó a otra insatisfecha y se marchó sin más.

—Pues sepa usted, Jaqueline, que no damos con su paradero. Expuso la funcionaria. Inquiriendo en su duda y repitió.

—Quiere decir usted que no miente. Que dice toda la verdad, o también le sesgó la vida al compañero de Brigitte.

—Si fuera tan real, eso que dice usted señora gendarme, ¿Cómo me lo hubiese quitado de encima?, al desgraciado aquel, una vez muerto. Dónde lo hubiese escondido, estando sola e impedida. No es fácil hacer desaparecer a un tipejo de dos metros de largo, que debe pesar cien kilos. Busquen bien que seguro lo encuentran dándole calor a otra infeliz.

—En qué forma se gana la vida Brigitte. Preguntó Eva

—La verdad, es que no lo sé muy bien, porque se tiraba temporadas que no venía ni a visitarme. Podríamos decir que aparecía de uvas a peras y a menudo acompañada de tíos raros.

—Cuanto hace que no ve a su marido. Cambió de tercio la agente, y la señora sin menoscabo ni apreturas, respondió con el desprecio que segregaba.

—Aquel también era para un apuro. Desapareció de casa hace cinco años, sin dar explicaciones.

Se hizo un silencio, programado por Eva, gendarme de la comisaría parisina y de facto, profirió.

—En vista que no nos está diciendo la verdad, y dada su poca movilidad, nos vemos obligados a llevarla a las dependencias policiales, para que aclare todos estos puntos que no están nada justificados. Sepa usted doña Jaqueline que hemos estado investigando, sobre la trayectoria suya y la de su esposo.

Su médico, fue el que nos puso sobre una pista y comentó que desapareció en unas condiciones muy raras. El propio galeno nos ha dado toda clase de información y todo apunta a que usted tuvo mucho que ver con su desaparición.

Sin acaloramiento, la tal Jaqueline, hizo saber lo que pensaba y con desprecio adujo.

—Hagan su trabajo y no quieran solucionar las ausencias, acusando a una vieja indefensa. Salgan a la calle y trabajen que para eso les pagamos con nuestros impuestos. La agente calmó los ánimos, por ver si aclaraba algo más el nudo de aquella circunstancia y reformuló una nueva pregunta.

—Según dice usted fue enfermera especialista, en ayuda a cirujanos en los diversos quirófanos del hospital Saint Laurent de Paris. Con lo que no le debe ser dificultoso, preparar un jarabe o alguna pócima y dejar fuera de órbita a quien se lo proponga.

—Le repito agente, que salgan a la calle y busquen, encuentren y no acusen al primero que les viene en gana, tan solo por finiquitar un trabajo imperfecto.

 Se la llevaron detenida y al cabo de unos días, cuando estuvo frente al fiscal en una vista previa al juicio, este le sonsacó toda la verdad a la señora Jaqueline Montmartre de Montre.

—Se llama usted Jaqueline—preguntó el ministerio fiscal

—Así me llaman, pero no vaya usted a darme la tabarra, con tantas monsergas. Hoy estoy abierta y ligera, y quiero acabar con este tema. Dejar esta mandanga y como pueden imaginar, quiero acabar de una vez, con toda esta acusación. Asintió la susodicha.

— Empezaré por el principio. Después ustedes buscan y averiguan, y se montan el ceremonial que deseen. Comentó ufana, y valiente después de llenarse los pulmones de oxígeno.

—A mi marido, me lo cargué, harta de aguantar sus bravatas, borracheras desprecios y engaños. Lo embolsé en un baúl que envié a Marsella.

Dirección que tuvo de soltero, sin saber si llegó a término, se quedó por el camino y se perdió o que pasó. Jamás he sabido ni tenido noticias, ni denuncias. Con ello dejé de relacionarme con Jean Nouveau. Han pasado cinco años y nadie se ha quejado. Ni tampoco nadie lo ha echado a faltar. —sonrió brevemente de forma visible y prosiguió.

Al compañero de mi Brigitte. —Siguió argumentando, con un desprecio notorio, que le revertía los colores de la cara en rojeces.

—Ese tipejo deleznable de dos metros y cien kilos, una tarde que me sacó de paseo con la idea de llevarme al Crédit Agricole, donde recibo mi pensión y deposito mis ahorros, lo abaraté. Supuso que podría engañarme y sablear mi cuenta para conseguir unos euros. Antes de acceder a la entidad, lo invité en la cafetería Blonde, de la Rue de la Grupeare, lugar donde sé positivamente, que no tienen cámaras de vigilancia y jamás ninguna persona podría asegurar, que me vieron con él.

En un momento que fue al excusado, aproveché el lapsus y en el cubata, le eché una fermentación infecta y letal, que guardaba en un frasco diminuto. Al regreso y sin imaginar que iba a ser su punto y final, quiso bromear conmigo. En el primer trago, imaginó que estaba frito, por el rictus de su expresión una vez ingerido, sin poder siquiera balbucear sonido alguno. Yo sonreí mientras la pelechaba y en breve, lo dejó inmóvil, recostado en el butacón. Momentos precisos, que usé yo para desaparecer. Después de dejar sobre la mesa, veinte francos. Moneda que en Francia ya es caduca.

Las noticias dijeron algo sobre un vagabundo y en la cafetería Blonde, no supieron jamás quien le acompañaba al entrar.

 

El homicidio más sencillo fue el dedicado a mi hija. Anotó la abuela Jaqueline—, que fue la última en fallecer, y la que menos sufrió. Pausó de nuevo su detalle de agravio, y finalizó como lo que era. Una dama delincuente de pro, que arguyó como escena final.

— Los detalles no los descubriré ahora. Los dejo para que ustedes, los forenses lo vean, lo intuyan y aclaren. Mientras movía su lengua, surgiendo y entrando de su ofensiva boca, para finalizar con su última sentencia.

Con esto quedo a la disposición de la justicia.