miércoles, 14 de septiembre de 2011

Síncopes


Tengo miedo de cerrar los ojos
y cuando los abra ser, un despojo.
Dudo de mis memorias,
¿Será que llegó el crudo invierno?

Volver a quedarme helado,
frente al espejo escarchado,
y  hables sin esperar respuesta,
ni permisos, ni licencias. Solo tinieblas.


Tengo miedo de mirarme dentro,
con soberbia y saberme incierto,
sin el mutismo del cuadro expuesto,
mostrando  cara de abatimiento.

Pánico atino en mis sueños,
porque ahora no duermo,
ya todo es lamento.
Padezco y la  nada es suplemento.
Confieso lo poco que entiendo.

¿Quién no tiene miedo?
Tras el paseo que nos da la vida,
sin causa todo y sin freno más.
Debo ser yo solo quien tema.
A ese futuro que se presenta. 


Miedo ¡De qué! ¡De todo!
De perder la vida sin divertirla,
A la sazón no existes,   ¡Qué desconsuelo!
Aún no he labrado el huerto,
déjame ese hilo, yo mismo lo enredo.

¡Es miedo a quedar herido!
y no valer para enfermo,
de dar disgustos ciertos,
mientras llega el tiempo y,
dejar vacío este gran desierto.

¿Es cobardía tener este miedo?
Revelar el poco talento,
asentir mis amarguras
y no expresar con palabras,
lo que siento muy dentro.


Miedo,  de creerme loco
cuando estoy tan cuerdo.
Encender tu fuego y quedar exento,
que una lluvia fina apague mi verso.
advertir  ese todo y, estar muerto.

A menudo tengo miedo,
de tener miedo.
Ese, que creemos amigo nuestro
y siempre me persigue cuando no le espero.


martes, 13 de septiembre de 2011

Un museo especial


En la mañana habíamos decidido, vernos los amigos habituales. Esos que recorremos distritos, términos, suburbios, barrios y monumentos. Buscando ese sabor a recuerdo. Esa esquina, ese margen que evoca el Neocentismo, aquella calle que tiene un recoveco y que casi nadie se fija en la estatua, que perpetúa aquel monolito, obelisco, pirámide. ¡Por fín! nos reunimos ¡además! para saborear ese pulpo al ajillo y perejil tan sabroso y sápido que sirven en Badalona, en la zona del Bufalá. ¡Divino! Octopus vulgaris cocinado en su punto. Se saborea con un buen vino para hacerlo más llevadero y que su deglución sea de lo más sabrosa. Todo ello lleva implícito el congregarnos con ese cariño que desprenden las amistades legítimas y auténticas. Aprovechando tales parámetros y convergencias, se decide visitar de una vez por todas el Museo del Emigrante. No queda a demasiada distancia del lugar donde a esas horas ya se disfrutaba de los comentarios inauditos, geniales, paradógicos de los allí reunidos. Tras haber degustado de ese manjar marino, que estaba para chuparse los encantos solemnes de los sentidos y sin perder demasiado tiempo en advertencias, anécdotas y glosas, salimos en busca de nuestro objetivo. El museo del tren del emigrante. Aquel que hacía la ruta entre Andalucía y Cataluña. El famoso "Sevillano", que además de todos los recuerdos que nos retiene, añora y evoca, nos traslada a una época nuestra en la que nada sobraba y las dificultades de la escasez en las familias evidenciaba las causas por las que muchas personas habían de marcharse de sus pueblos y dejar todo lo querido, lo cercano buscando otra forma de ganarse la vida y pertrecharse un porvenir.
José Añez el promotor de esta idea, quiere plasmarla en su rincón literario, en su página de la "Plaza de de Benínar, incluirla dentro de su cuadrícula, "La Vegueta" haciendo una crónica historiada de como eran aquellos años que aún no distan demasiado lejos de nuestros recuerdos. Trabajo que dedica a sus paisanos de Benínar y que estará reflejado como lo apunto.
Juan José Pérez López, "El de la placetilla", nuestro entrañable amigo y camarada, iniciador de posibilidades y consecuciones, aquel que sabe darnos con su labia y su agrado, datos de lo que pensaban nuestros abuelos y ancestros. Aportó con sus intuiciones, discernimientos, prudencias y su memoria privilegiada, detalles, ocurrencias y virtudes de toda aquella amalgama de situaciones dignas de mención por situarlas siempre dentro de la cordura, la cultura y la realidad.
No quedaba más que la tarea encomendada a un servidor, que no fue otra que dejarse llevar por los laberintos del bienestar y el gozo con tanto arcano, sigilo y entresijos, tantos recuerdos y nostalgia, haciendo un pequeño resumen en vídeo de todo lo que les intento explicar.
Trabajo que ha de servir para documentar el ya mencionado trabajo de nuestro ínclito amigo Jose Añez.

Aquí dejo algo de la certidumbre y cuatro detalles de lo que pudimos encontrarnos en aquel recinto museístico, cuando reverdecieron los recuerdos de un tiempo pasado que sin duda nos dejó merma.
Dados los detalles minuciosos del Museo, guardando toda clase de objetos afines a esos trayectos mencionados y que con un escenario tan estupendo, fácil lo tenemos los que aplicamos la pluma en descripciones detalladas y concisas. Por la teatralidad de lo que se quiere representar, es un digno y fehaciente escenario. Dentro de un vagón de ferrocarril, de finales de los años cuarenta y cincuenta. Se han instituido, toda clase de detalles, se ha reorganizado una infraestructura de coleccionista, pudiendo disfrutar del sonido de un tren, de los propios traqueteos que hacía el convoy durante el viaje, de la clase de personas que en él viajaba y de las costumbres traídas.

Agradeciendo a los cuidadores del Museo del Emigrante, las facilidades y el apoyo, trato excelente mientras anduvimos por las cuidadas instalaciones.
Por todo ello y en honor a estos emigrantes. Dejo mi reconocimiento y mi poema titulado: Emigrantes del pasado



Caminos de esperanza,
tomaron sin ganas.
Mañana me marcho
lejos de mi casa

Es una partida
valiente y con riesgo,
nadie asegura,
que hallemos arreglo.

Dejando la casa cerrada,
duerman los recuerdos.
Intentaré volver,
no puedo saberlo


Buscaba trabajo,
cobijo y empleo.
Tenía deseos y saqué ingenio.
La suerte no existe,
por eso la invento.

¡Señor! Dame fuerzas,
aunque si pagan, las vendo,
no estoy deprimido,
lo apuesto, me arriesgo.

Llegando a esta tierra,
donde nada tengo,
habré de inspirarme.
Adaptarme a prisa,
para sentirme dentro.


No tengo complejos,
no tengo bolsillos
y si los tuviese
estarían vacíos.

No tengo vergüenza,
ni vengo a llorar,
tengo mucha hambre
aprenderé a nadar.

El tren que me trajo,
me dijo al oído,
no tengas más miedo
toma ese camino.


Esfuerza y trabaja,
si no en esta finca
amarra las barcas,
que un día sereno
vendrá la esperanza.

El tren que me trajo
me lleve de vuelta,
con pan bajo el brazo
y la vida resuelta.

Por eso me vine
querido compadre,
a ver si desligaba
el destino y  el hambre.




No estoy depresivo,
entiendo y merezco,
defectos que amparo,
llevaré sin embargo.

El tiempo ha pasado
desde que aquel tren nos trajo.
Al que le amargue el vino,
es que no supo frenarlo.

Recuerdo aquel día,
llegué empapado,
con miedo evidente,
quedó demostrado.



Aquel tren fue el motivo,
de agrandar mi rambla,
recojo con gusto,
fruta, cosecha y gracias.

Aquí posé mis reales ganas,
donde vi crecer mis frutos en calma
tras haber fecundado
a mis hijos del alma.

Tengo dos ciruelas, ya maduradas,
que son el orgullo, lo refleja mi cara.
Los ojos se nublan, respiración grata,
presencian mi vida. Sin ellas ¡Nada!





Tristezas y risas,
tantas cosas raras.
Al cabo de una vida,
son del todo olvidadas.



No he sido emigrante
de lugar ni de posada,
más tengo a mi gente
con la blusa quemada.
Por haber vivido
quimeras ingratas.



Bienvenido ¡Amigo!
que vienes de otra cantonada.
Te brindo mi amparo, amistad
mi techo y almohada.











jueves, 8 de septiembre de 2011

Llamadas en su buzón de voz



Llegó a la casa de su amigo con la noticia, lo daba como un hecho consumado y solicitaba consejo o igual quería pulsar, como caería la noticia entre los colegas, amigos y familia.
_ Creo que está en cinta.
_ ¿Se ha hecho las pruebas en la farmacia?
_ No de momento. ¡Realmente no lo sé! Creo que podríamos decir que es un hecho
_ Esa no es respuesta, los asuntos no se aventuran antes de que se produzcan y cuando son realidad se ha de buscar la mejor solución, pero el que me digas, “que no sabes”, es como ir a ciegas sin importarte lo que sucederá. _ Ella que dice.

_ ¡Nada, se ha quedado muda! Tendré que casarme con ella, ¡qué voy a hacer!
_ No dices, que ella, no ha dicho nada, como es que ya tomas sin contar con nadie tal decisión.
_ ¡Tú qué harías!

_ A mí me preguntas, ¿qué es lo que haría? Sin duda es una decisión que os compete a los dos, a ti y a tu chica. Supongo que sabíais a lo que os exponíais, ¿Verdad?, o es que estabais borrachos o drogados los dos mientras chingabais.
_ Para nada, me dejé llevar por el ambiente, ardiente y descosido.
_ ¿Es una relación estable y duradera?, o por lo menos ¿prevés un futuro?
_ ¡No sé lo que es! Lo que si te puedo decir es que yo ahora, no esperaba un palo como este, he de continuar con los preparativos de la instrucción de Inspector de Hacienda y he de viajar a Segovia.
_ ¡Y lo dices tan pancho! ¿Y las medidas para evitar todo esto? ¿Donde están? Las consecuencias ya las conocerás y, son detalles bastante importantes como para haberlos tenido en cuenta.
_ Ella me dijo, que no tuviera miedo, que todo estaba controlado.
_ Por eso mismo te acabo de preguntar: que es lo que dice ella, o no me has escuchado.
_ En fin, mala leche, ya nos veremos y te contaré, ahora me marcho, tengo que darme prisa que he quedado para cenar.
_ ¿Crees que dominas este asunto? Te veo algo irresponsable y es muy serio. …Intuyo que poco te importa. ¿Tienes las ideas más o menos claras?
_ No he de tardar, lo sabes. Ya se me ocurrirá algo. En cuanto sepamos algo del Predictor.
_ ¡Suerte, amigo! La necesitas y pon medios, que existen._ Se dieron un fuerte abrazo y se cerró la puerta tras los rápidos pasos que le movían.

No era una relación amorosa fija, ni de tiempo, sin lazos cariñosos. Se habían conocido un domingo en la pista del Montecarlo, una sala de baile de la ciudad, que albergaba a mucha juventud, mujeres y hombres de toda la comarca. Afamado recinto por la calidad de los artistas y orquestas que albergaba en sus verbenas y fines de semana, dando un colorido a la población excepcional, por la diversidad de gentes que acudían. Tras la música y los espectáculos.
Habían transcurrido unos días y parecía que todo estaba en el olvido. Una tarde de sábado el timbre de la puerta, iban a quemarlo, llamaban de forma exaltada y no le daban tregua a la bobina del zumbador a que recuperara el sonido feo y estridente de la resonancia.

_ ¡Ya voy! Un momento quien sea. ¡Que no se quema nada! _ Toribio abrió la puerta y frente a él, estaba su buen amigo Doménico, con una sonrisa abierta, indecente, mostrando aquellos dientes que penosos por abandonados y perjudicados por los rigores del tabaco no los hacían precisamente, ni esclarecidos ni aseados. Desgalichado y mal vestido, con barba de más de dos días y atufando a alguno de aquellos licores o bebedizos que suelen meterse entre esófago y abdomen. _ Cuantas prisas, debe ser muy urgente, lo que llevas entre manos, _ replicó, no sin compadecerse del amigo.
_ ¡Que pasa tío! Donde te metes, que tardas tanto en abrir a los colegas. _ balbució Doménico, a la vez que saltaban de su boca tantos esputos salivares, como chispas en una fogata con leña humedecida, yendo todos ellos a depositarse en la cara de Toribio, que aguantaba estoico aquella presencia.
_ ¿Te ocurre algo?

_ ¡Sí! Estoy ya muy despreocupado, que aquella alarma ya no es tal. Le ha venido a visitar la roja. ¡Ya me entiendes! ¡Le están pintando el garaje! Le llegó a saludar Don Menstruo. _ Decía Doménico a Toribio y éste no llegaba a entender, no encadenaba a que venían aquellas alusiones, más al pronto, _ ¡Ah ya! Acabáramos, ahora mismo no te deducía, con tanto jubileo y tanto enredo. ¡Pues bien! ¿No? …Es una obligación que quizás sea pronto para ti. _ Concluyó Toribio, mirándole de arriba abajo, con cierta angustia. _ Sin embargo, siguió argumentando muy serio, _podrías calibrar las consecuencias. Si se hacen las cosas sin más, “Aquí te pillo; allí te mato”, lo normal es que vengan los sustos y las contrariedades. Sin necesidad.
Siempre ha habido medios, pero ahora, son mucho más efectivos y seguros, por lo que no deberíais olvidarlo. Primero por aquella tranquilidad y sobre todo por la propia seguridad e higiene. Nunca se sabe Doménico ¿No lo crees?
_ Por mi no era, más que nada por Rita, que me decía que no pasaba nada, que lo llevaba atado, que estuviera despreocupado. Ella, sabía lo que hacía, que confiara; luego vi que de controlado poco y nada. Bastante sorprendida se quedó al ver que era negativo el resultado y, ese detalle aunque dice que le quitó un peso de encima, llegó a descentrarla a ojos vista en su comportamiento. Sabía de mis pocas ganas de ser progenitor, además que le había hablado de mis expectativas en mi puesto de trabajo, esa promoción y la situación definitiva en Hacienda.

Rita, una muchacha joven, estatura media y de tez clara, cabellera a los hombros en tono azabache, cejas arqueadas muy finas y ojos grandes expresivos y saltones. Lista y avispada como los “ratones colorados”, con una imaginación fuera de lo común y singularmente ingeniosa. Su flaqueza le hacía quizás algo más alta de lo que representaba. Hija de una familia numerosa de nueve hermanos. Sin oficio reconocido, ni trabajo defendido. Con una infancia en el anexo de soportar discusiones, entre sus padres por motivos diversos. Consecuencias repartidas entre la pareja, por desavenencias frecuentes dado el pasotismo del papá, del juego de naipes hasta altas horas de la madrugada con apuestas ilegales y los derivados del vicio.
Esposa defraudada y descaradamente indolente e insensible. Teniendo que trabajar en lo que sale, al cuidado de ancianos, limpiezas esporádicas, prestándose como dependienta en la pastelería del distrito, en las cocinas del colegio de Enseñanza Media Ramiro de Maeztu. Cobrando soldadas de miseria y sin Seguro Social.
Hijos criados por el propio instinto de pervivencia, con absentismo escolar pronunciado, con exceso de horas de callejeo sin control.
El cabeza de familia, funcionario de juzgados, con un horario de trabajo reducido como su sueldo, sin expectativas profesionales, pero que le permite desarrollar por horario y por gusto con todas sus exageraciones, yendo a la oficina sin dormir, porque la timba de cartas duró hasta las tantas de la madrugada, con salidas frecuentes a la barra de la cantina del complejo de la Ciudad de la Ley. Tragos cortos y potentes de “Barrecha”, (bebida espirituosa compuesta de coñac de garrafa y anís de a granel mezclados entre sí), y aproximaciones esporádicas a palpar las teclas de la “tragaperras”. Apostando hasta el último de los empeñados suspiros.
Pasaban más necesidad que el ladrón de guante blanco Arsenio Lupen, sin embargo en la casa se aparentaba que las cosas eran bonitas y brillantes, que la felicidad era parte de esa falta de realidad y que a todos ellos, les estaba esperando en la esquina un golpe de suerte que les sacaría de aquella situación. Escondían los malos tragos y los nefastos instantes derivados de aquel engaño que suele pasar en no pocas familias, nacidos de las envidias, de los celos y de los asquerosos rencores y desprecios.
_ De todas formas, amigo Doménico, no creo que vayas por esos mundos inmisericordes, relacionándote con muchachas, que a lo mejor, ni les gustas a ellas y por supuesto, ellas no serán ni de largo la mujer que esperas.
_ Lo dices, por el susto que me di, el otro día, cuando vine a pedirte algo de consejo. Ya sabes, con los de casa no me entiendo, no pueden ofrecerme respuestas.
_ No pueden darte respuestas, porque tú, no las pides y te comportas como un extraño con tu gente. Estoy seguro que exageras.
_ Puedes decir lo que quieras, prefiero contártelo a ti y que ellos sigan su vida.

Aquella reunión se mantuvo hasta que Doménico recibió una llamada de teléfono urgente, que le hizo deshacer el encuentro y partir en busca de algo que se había suscitado de improviso y que le convenía.
_ Mira, Toribio, he de marchar, ya nos iremos viendo ahora ya sabes llevo los asuntos muy superficiales y no puedo dedicarles demasiada atención; ¡ la que me gustaría!
_ Cuando quieras, ya lo sabes, aquí estoy. Sin embargo no iría mal, que te anunciaras con antelación, a veces como sabes el presentarse sin previa cita, desconcierta al más pintado.
_ Lo comprendo, amigo. No sufras por eso, recojo el guante que me lanzas y creo llevas mucha razón. No me acompañes a la puerta conozco el pasillo de salida.

Desapareció tras la puerta y Toribio, quedó pensativo y analizando todos los comentarios que habían hecho, sin encontrar demasiada credibilidad ante tantos datos sin aparejo y todos los inconvenientes y contradicciones que acarreaba.
Toribio conocía a Doménico desde la infancia, sus familias se relacionaban, por el mero hecho de ser vecinos y el trato diario les llevó a tomar ciertas confianzas y mucha comprensión al cabo de los años.

Joaquín el padre de Doménico, un hombre bastante especial, creyéndose gracioso y resultón, en su interior era un ser despótico, que se quería él solo y siempre encontraba defectos en los demás, sin verse los defectos cerebrales propios, que acarreaba y sobresalían de forma descriptiva. Carácter agresivo y fugaz, dubitativo y poco seguro de sí mismo. A los hijos no les prestaba el necesario apoyo por ello, habían dejado de confiar en aquel personaje, que vivía sumido en un mundo irreal y que por nada se enfadaba, gritaba y se desahogaba insultando y faltando el respeto al más pintado.
Marcela su madre, una mujer de las que no quieren problemas, que siempre buscan echar las culpas a los demás y esconder la joroba para evitar complicaciones y tareas extraordinarias. Conocía bien el perfil de su marido y le toreaba, a pesar de confundirse por la señora sumisa y sufridora. Sin que nadie lo advirtiera y de una forma subliminal, movía los hilos y llevaba al pelele de su esposo por el camino que ella marcaba, sin concesiones, consentimientos ni compadecerse de los propios hijos. Enferma irreal, hipocondríaca, de las que parece van a morir, pero en la realidad se burlan de todos, porque acaban por estar mejor que nadie. Comediante y embustera teatral.
La llamada de urgencia que había recibido mientras estaba Doménico en casa de Toribio, no era más que una excusa, para verse con Rita y sus amigos en el Montecarlo. El ambiente aquel viernes, estaba que rompía de alegría y de lujo, la orquesta Maravella, tocaba a gusto de los allí presentes y combinaba los boleros, con la música más rápida, haciendo que el alcohol de las bebidas se mezclara más pronto en la sangre y el consumo aumentaba a medida que pasaban las horas.

_ Rita, te presento a Eladio, un amigo entrañable. Es militar y está destinado en el cuartel de la Remonta; por cierto está muy a gusto entre nosotros._ Dijo Doménico, con énfasis
_ Hola, _ ella se levantó por educación. _ Me llamo Rita, tanto gusto._ Se saludaron con alegría y se volvieron a sentar en el lugar que ocupaban.
_ ¿Tú no eres de aquí, verdad?, _preguntó Rita, mirándole a los ojos fijamente.
_ ¡No! Soy australiano, pero estoy criado en Torrejón de Ardoz, mi padre era diplomático y residimos entre Madrid y Brisbane.
_ ¡Si es qué! No puedes disimular. Eres de la tierra de los canguros, _ dijo con guasa Doménico, queriendo ser gracioso
_ ¿Cómo conociste a Doménico? _ preguntó Rita, sin haberle inhibido miradas a Eladio.
_ Si quieres que te diga la verdad, exactamente no podría precisar, pero seguro que fue en una de esas farándulas que nos montábamos hace un tiempo y que están relacionadas con la juerga, el juego y los vicios,_ matizó sin importarle un bledo al sargento.

Aquella noche los tres se lo montaron mayúsculo y tomaron de todo lo que puede transitar por las vías venosas y las de deglución, al estilo de los irresponsables y siempre como norma: el disfrutar a tope y nunca parar hasta que caigas mordido al suelo. Se despertaron en casa del sargento, desvestidos y al cabo de dos días del comienzo de aquella bacanal sustanciosa. Todos ellos fuera de control y con apariencias de recién llegados de otro planeta. No recordaban absolutamente nada, tan solo como había comenzado el ferrete aquella noche de viernes.
Se despidieron sin mediar demasiadas palabras ni concesiones, dado que las horas se les habían echado encima y cada cual debería dar explicaciones donde fuera menester, tras tan cochambrosa y larga parranda.

_ ¡Dominguín, cariño!, He de decirte una cosa importante, _ dijo Rita haciéndole un gesto sensitivo y mordaz. _ Ya me lo dirás esta noche, mientras tomemos unos cubatas en la terraza del Price, que estaremos relajados y cómodos, _ le dijo Doménico sin demasiadas ganas de escuchar los sermoneos de Rita.
_ Cariño, es muy importante que lo sepas, esta vez es con certificado de autenticidad y sin errores farmacéuticos ¡Mi amor!
_ ¡No estarás en cinta!
_ Sí cielo, el Predictor me ha conformado la sospecha y como no quería errar, he ido a la farmacia del Señor Raúl y él personalmente me ha practicado la prueba.
_ ¡Pero bueno! No quedamos en que llevaríamos cuidado y que tú lo ¡Controlabas todo! De nuevo este lío ¡Qué ha pasado!
_ ¡Eso dímelo tú! Que pasó aquella noche de hace tres meses, en el cobertizo de tu amigo, el militar, ¡Que pasó! ¿Lo he de explicar? ¿Quizás se te va refrescando la memoria? ¿Creo que fue gordo el cachondeo? ¿Recuerdas que nos despertamos en pelotas?

La línea de ferrocarril entre Barcelona y la playa de Mataró, iba aquella mañana completa, los convoyes de cercanías transitaban con algo de retraso, debido al flujo de personal que ya vacando quería disfrutar de los baños. En uno de los apeaderos, tomó el tren Toribio que disfrutaba de unos días de reposo tras haber acabado el proyecto de trabajo que le llevaba de coronilla. En aquel vagón y ensimismado viajaba Doménico, que ultimaba asuntos profesionales desde uno de los bufetes de Vilasar.

_ Hola, compañero ¡Cuánto tiempo!
_ ¡Hey! Toribio, a ti quería hablarte hace días._ le replicó el amigo, _ ¡Que buenas nuevas me querías contar! _ preguntó Toribio, con un agrado especial, siguiendo su interrogatorio inicial. _ ¿Cómo tu por aquí? ¿Tan alejado? De tus cuevas de diversión noctámbulas.
_ Voy de trabajo, he de gestionar unas fianzas de un estafador conocido, que la administración lo ha pillado en un desfalco en sus arcas y eso está penado.
_ Tú verás, a ese pájaro, ¡se le cae el pelo! ¡Seguro! _ Añadió Toribio preguntando seguidamente._ ¿Qué querías contar? ¡Habla!
_ ¡Voy a ser papá! Sentenció Doménico, sin alegría.
_ ¡Otra broma de tu novia! No padezcas, que verás cómo es una bola, para que le prestes atención.
_ ¡Nada de eso! ¡Ojalá!


Se casaron sin el concurso de la familia paterna, los cuales no asistieron más que una exigua representación. Todos los amigos y colegas olvidaron ese día, excepto Toribio, que con bastante pena, aportó lo que pudo para acercarle algo de dinero efectivo y regalar su presencia en los actos religiosos. La fiesta no pudo ser sonada ni alegre, sin excesos, en ella solo aparecieron los allegados de Rita que, fueron los que le dieron la nota de color proponiendo la alegría medida y gastando toda la comida y bebida que sirvieron en el banquete.
Una vez enlazados, Doménico tuvo que partir al curso de intendente, propuesto por el ministerio de Hacienda, previsto desde hacía un tiempo, quedando Rita con sus padres y hermanos, esperando que volviese a tiempo para el nacimiento de Filonila.
A los cinco meses del casorio y acabada la instrucción de Doménico, nació Nila. Una niña preciosa, que no fue la mediadora de los conflictos. No unió a la familia ni a la pareja, distanciando aún más las posturas y las sinrazones. Haciendo de la vida en común como un martirio difícil de soportar.

Aquella tarde el teléfono no dejaba de sonar, los mensajes iban quedando establecidos dentro del editor de llamadas del equipo para que fueran atendidas en su momento. Desde la puerta de acceso al edificio de su vivienda escuchó el timbrar del teléfono. Cuando volvió a escuchar repetidamente el zumbido de llamada entrante. Ascendieron por el montacargas los dos pisos que distanciaban la puerta de su vivienda.

_ Tiene tres llamadas. Para escuchar sus mensajes pulse…. _ Se escuchó a la operadora informar después que Rita descolgara el aparato, procediendo a saber quien había llamado._ Llamada número uno, establecida hoy a las diez y cinco; para escuchar pulse uno, para guardar..._ Rita pulsó directamente la tecla para oír quien llamaba sin dejar acabar al mecanismo dijera toda la retahíla mensafónica, _ escuchando los avisos, _ Rita por favor ¡Llámame! soy Eladio, no sabía cómo ponerme en contacto. Llámame he de hablar contigo, te dejo este aviso y donde llamar…_ Aquella mujer continuó atendiendo al siguiente recado que aún estaba por escuchar, sin más acción que la de pulsar nuevamente el cifrado que la operadora le indicaba y seguir los pasos interminables descritos. _ Rita, soy yo de nuevo; Eladio, me trasladan de país, no me marcharé sin lo que es mío. Llámame o se lo contaré todo a Doménico.
Impasible borró las tres evocaciones almacenadas y dispuso a su hija en la cuna y las viandas que había comprado en la nevera.
Cuando lo tuvo todo pertrechado y a Nila, durmiendo después de la degustación de su papilla, descolgó el teléfono y marcó con pausa el número que le había proporcionado la última llamada que atendió.

_ ¡Hola! ¡Qué te pasa ahora! ¿Puedes decírmelo? ¡Que significa que, se lo vas a decir todo a mi marido! ¿Quieres buscarme más problemas de los que tengo? O, te ha dado un rancio y estás paranoico. No quedamos en que nunca me llamarías, que lo llevaríamos en privado.
_ ¡Espera Rita! ¡Deja hablar! ¡Escucha! Las cosas se han torcido y no podremos llevar a cabo el plan como lo teníamos previsto. Me trasladan a Toronto ¡Ya!
_ Pero, ¡Cómo!, sin avisarte con tiempo, para prepararlo. ¡No me lo creo!
_ Has de resolver el asunto en tres semanas, no hay más prórroga. Mi guarnición parte en misión especial a Canadá y no quiero dejarte aquí, ni a ti ni a mi hija Filonila.




sábado, 3 de septiembre de 2011

Aquel abrazo del retorno


Un taxi le dejó en la nueva terminal. Tras mucho correr, llegó a validar el pasaje de su vuelo; que salía justo en treinta y seis minutos. Anduvo, hasta la puerta de embarque y allí se percató, por los altavoces de que en el último momento, se retrasaba la salida del JKF216, con destino a la capital.

Tras cruzar los fielatos de seguridad; tomó asiento en una de aquellas filas de sillones de la sala de tránsitos.
Frente a él; en el pasillo, dos personas se abrazaban con tristeza y lamento, sus sonidos sollozantes, le sedujeron y le llevaron muchos años atrás, a unas imágenes que estaban olvidadas.
Aquel hombre, tropezó con unos episodios lejanos que lo trasportaban en el tiempo para soportar de nuevo una pena desgarradora.
Su recuerdo, le asistió en silencio y le trajo a la mente aquellas secuencias vividas en su infancia.

_ Su cabeza le obligó a recordar y entre sí... Susurró _ Ni por asomo, no tienen la misma fuerza los abrazos, ni las ansias que emplean son igual a lo que recuerdo.
No tenía relación con éste episodio. ¿Verdad?, ¿Recuerdas aquel abrazo? Aquel llanto y ese dolor que te quedó impregnado. ¡Lo habías olvidado! …pensaba taciturno, recordando con detalle, las caras de aquellos hermanos, que no se vieron en veinte y tantos años.
Los ojos se le vidriaron y quedó inmerso en sus recuerdos; volviéndose a repetir, aquella vivencia...
... ... .... ... ¿...shiiii...?...




Se escapó con unos parientes liberales que estaban a punto de ser apresados por motivos políticos. Las cosas no deparaban del todo bien. La guerra civil, estaba llegando a su fin.

La ciudad, a punto de ser tomada, las tropas entraban por el norte del barrio del Torrent. Las partidas moriscas arrollaban, se temía por las mujeres y chavalas, el caos era grande y no se sabía, que iba a suceder.

Marcó, el número de teléfono del hospicio, en busca de su hermano, que no tardaron en localizarlo.

_ ¿Palmira? ¿Eres tú? ¡Sucede algo importante!

_ Paquito; ¡me marcho con la familia del Brigadier!

_ ¡Dónde vas! con el follón que hay montado. ¡Estás loca!

_ Creo que nos fugamos a México

_ Pero tú sabes lo que hablas ¡Se lo has dicho a la mama!

_ ¡No! …No me ha dado tiempo.

_Que no te ha dado tiempo, o no tienes “agallas” y te largas así como si nada y a nosotros que nos zurzan ¿verdad?

_ ¡Paco! No tengo tiempo, he de dejarte, Ángel, está contigo ¿No es cierto?  ¡Cuídale!  En cuanto acabe todo esto, volveré.

_ No te vayas ¡joder! ¡Esto lo hemos de pasar juntos! O es que no piensas más que en tí.

_ Si me quedo, al haber estado sirviendo en casa del Comisario, creerán que era otra vividora y me pueden hacer cualquier faena. Cuando solo les he quitado la mierda.

_ ¡Palmira! te digo; que no te vayas, piensa un poco en nosotros y olvídate de pirártelas. Tu madre, está trabajando como una miserable por nosotros y tú, solo piensas en salvar tu culo.

_ Paquito, ¡Os quiero! – Los sollozos al colgar aquel teléfono fueron muy dolientes, ninguno de los dos podía tragar aquella baba que se había vuelto caldo agrio avinagrado. La hermana cortó y siguió con la mirada perdida, agobiada por la huida.

Les esperaba un Citroën negro, conducido por un chofer del partido, que los llevaría al puerto, para embarcar en un navío con destino a México.
No podía dar más rodeos, si quería que la incluyeran, en esa tocata y fuga, para viajar a un paraíso desconocido, en busca de una supervivencia más aliviada, dejando aquí el hambre, el rencor y a su familia.
Con lo puesto y un hatillo con ropa y zapatos, montaron en el vehículo y se dirigieron hasta embarcar en el “Moll de la fusta”, frente a las Atarazanas donde tenían pasaje en el : «Wons Meyer», hasta Marsella.

La Casa de la Misericordia de Alella, albergaba a dos niños de corta edad, Paco de 14 y Ángel de 9, hermanos de Palmira y residentes en ese asilo.
Recluidos en régimen de carentes, intentaban sobrevivir de la mejor manera que, era la de pasar mucha miseria, frío y maltratos. Encerrados desde casi el comienzo de la contienda, pasaban los días sin saber nada de su familia. Su madre, paupérrima, sin posibles, haciendo de tripas corazón y sustentándose del trabajo diario, en el trueque, estraperlo, venta de tabaco y miserias varias por entonces habituales en la clase baja para poder mal vivir.

Esa madrugada emergía con mucho frío, Paco; no encontraba a su hermano y nada hacía pensar que estuviese en lugar seguro, dadas aquellas fechas de deportaciones que se realizaban. Su desazón y angustia era evidente, inquieto y nervioso removió y revisó todas las estancias.
No le localizaba, por ningún lugar de aquel flemático y desaborido orfanato y desde la ventana, divisó un Hispano Suiza, esos camiones grandes; los T66, usados para el movimiento de tropas. Con sigilo recolocaban a los niños por edades, como si tuvieran que marchar de excursión. Sin pensarlo, bajó como un relámpago en busca de lo que resultó un hecho.

_ Ángel, ¡dónde estás!_ Llamó con voz en grito.

_ ¡Aquí Paquito! ¡Estoy aquí! En el altillo detrás del fardo de paja, para que no me vean, me he escondido, sabía que vendrías _ Replicó el chiquitín, con levedad, como si estuvieran jugando al escondite

_ ¡Salta!, corre, que te ayudo.

Se abrazaron como si les fuera la vida, rompiendo a llorar amargamente; los dos recordaron a Palmira y a su madre, que todavía desconocía la tragedia.
Ocultos entre unos fardos de paja, que servía para azuzar el fuego y alimentar alguno de los animales de las cuadras, hasta que pudieron poner distancia; viendo como los demás niños iban subiendo como borreguillos para el degüello. Llorando algunos y otros mudos por el terror a distanciarse de sus padres.

_ En cuanto tengamos lleno el remolque, arrancamos y nos vamos, que el navío Magallanes espera para llevarlos a los puertos de Feodosia y Odessa en Rusia. _ Decía uno de los agentes políticos.

_ ¿No tenían que pasar por Tarragona y Valencia? Cargar más niños de la zona y aprovechar el viaje _ Le preguntaba al brigadier una militante de la CNT, escupiendo groseramente en el suelo.

_No puedo darte esa información, desde Presidencia se ha decidido que sea así, que los niños cuanto antes para Rusia, que los fascistas entran con los batallones Moriscos y según parece arrasan. _Voceó el militarizado uniformado.

En cuanto estuvo completa la carga, comenzaron a contar y faltaban cinco o seis párvulos de las listas que llevaban. Los más atrevidos pudieron escabullirse de entre todo el lío que reinaba, saltando de aquel furgón, que les había de transportar hasta el muelle.
Aquellos milicianos del ejército popular, intentaban hallar junto con los celadores del hospicio, los chiquillos ausentes y comenzaron a buscar y a pasar lista de los inocentes, que ya estaban sentados en aquella gran cesta de mercancías del camión. El tiempo les era valioso, con lo que optaron por sustituir aquellos muchachos por otros niños, elegidos al azar.
Entre tanto miedo desorden y sorpresa, Paquito y Ángel, huyeron de la inclusa, yendo a buscar a su madre que no podía suponer, ni adivinar todas aquellas inconveniencias.


En la Habana esperaron cuatro días, hasta tener los visados de la Embajada y la entrada en franquía, del país al que solicitaban amparo. Fue cuando la Presidencia de la República Mexicana, gobernada por Lázaro Cárdenas, dio el visto bueno para que los refugiados, procedentes de España, auspiciados por Negrin, pudieran acceder al territorio y establecerse entre sus gentes, para comenzar en algunos casos, nueva vida y en otros una esperanza sin temores hasta que la contienda finalizara. Poder volver de nuevo donde les esperaban, sus familias y sus raíces.
Palmira; la linda joven, morena, simpática, supo ganarse el cariño de los que la rodeaban, mezclándose con usanzas, rutinas y costumbres, granjeando todo su cariño a la muchedumbre diversa que con agasajos y simpatías la iban admitiendo a medida que pasaban los meses. Adoptando como suyas las fiestas y tradiciones, hasta tal punto que sin tardar, estaba entre los componentes de asociaciones de baile autóctono poniendo su granito de arena y disfrutando de todo cuanto la vida le regalaba. Llegó a pertenecer en un tiempo record al Orfeó Catalá en el exilio, atenuando de esa forma las posibles carencias y costumbres de su terruño de nacimiento.

Trabajó en lo que pudo, adaptándose a lo que hubiere y sin el más mínimo desprecio, queriendo tanto al país que la acogió como al suyo propio. Oportunidades no le habían de faltar y se acomodó con dulzura y agrado hasta llegar a conseguir un empleo en el entorno textil.
Con los años de estadía, contrajo matrimonio con un apuesto joven. Nieto de españoles, por parte de padres, descendientes de una familia de rancio abolengo asturiano, que fue a hacer las Américas a finales del siglo XIX.
Por parte materna, una familia mexicana, de un linaje francés de la Borgoña. Asentados durante las explotaciones mineras de la península de Baja California y Sonora, estableciéndose con las comunidades francesas en las ciudad de Loreto. Estos llegaron a México después de las guerras napoleónicas y fueron protegidos por el emperador Maximiliano de Habsburgo para que se establecieran sin problemas.

Así pasaron sus mejores años verdes, con la alegría propia de una mujer agradecida y amante de su nueva familia y con la distancia y la ausencia de su tierra sus hermanos y su madre.

Paco; una vez terminada la contienda, hizo de su vida una resignación y el trabajo honesto ocupó su tiempo, pasando de grandes pretensiones y bienestares irreales. Vivieron de las cartillas del racionamiento popular, de las colas para obtener lo esencial, de los mendrugos de pan duro, de la crianza del pollo en una caja de madera en el patio de la casa. Del “ ¡ Sí señor… lo que usted mande !”, de la tutela de Acción Católica, los pantalones remendados y las alpargatas de esparto.
Cumplió con su Servicio Militar, contrajo matrimonio y tuvo sus hijos. Designio de cualquier obrero de la época.

Ángel, siguió un poco siendo el lazarillo de todos ellos, continuando y admitiendo las expectativas, que veía dentro del seno familiar. Arrugado de por vida, por no exteriorizar su carácter y sus realidades perentorias y siempre estando como el mozo de estoques de la gran corrida de toros.

La madre tuvo que reponerse de la ausencia de su hija, de una forma que no llegó jamás a perdonarle, ni a admitir el que se marchara en el momento y en la forma que ella decidió.
Siempre puso en tela de juicio las noticias que le llegaban, sobre el bienestar de su Palmira; sosteniendo una impresión, que su hija en el exilio no era feliz ni estaba contenta como aparentaba. Preguntándose, si lo hubiese sido con ella; a su lado, dónde las cosas no eran celestiales y menos en un tiempo que a las mozas de clase baja no les esperaba más y con suerte; que, encontrar marido para desposarse y ser la madre y la criada de toda la plebe, engordar y obedecer debidamente sin rechistar, ni exigirle más a la vida.

Jamás se volvieron a encontrar, el exilio y la ausencia les ganó y la falta de dinero y el escaso deseo, dilató demasiado la urgencia de volver a reunirse.

Una mañana de lluvia pertinaz, con una tormenta de rayos zigzagueantes y relámpagos con descarga de fusilazos y chispas, donde hasta la luz diurna faltaba y el frío calaba los huesos; sepultaban a la mama.
Dejó de existir. Le daban suelo en la fosa común del cementerio de “Can Túnez”

Murió; sin ruido, sin reclamar nada, sin el roce de su hija, sin participar en sus venturas. Con su pena.
Fue su destino, quien le volvía a dar un zarpazo y, una enfermedad se la llevó con premura. La apartó de la vida, dejándola descansar para los restos.
Víctima de la poca fortuna, de la soledad y quien sabe que otras amarguras.
Al borde de aquella fosa, empapados por un diluvio, estaban; Paco y Ángel, repitiendo aquel abrazo, ese estrujón, agrio, sollozando la pérdida de su madre, sin la presencia de Palmira.
No importaban las desnudas vergüenzas de llorar frente a extraños, porque no sobraban los acompañantes.


Saltaron bastantes inviernos del almanaque, tantos que Ángel, vivía en París, desde hacía años, con su familia y la caterva de hijos que tenía. Buscando trabajo y bienestar, tuvo que ser el segundo en cruzar la frontera para poder comer, realizarse y vivir.

Paco; igual, con más tesón, ganas o astucia, supo abrirse paso en la gran metrópoli y desde haber estado trabajando en la “Lata”; unos talleres metalúrgicos, de la calle Espronceda. Pasar por el empleo de tranviario; ( conductor de tranvías ), llegó a estar empleado como oficial mecánico en una empresa de nombradía semi relevante.

Las posturas políticas en el país estaban más suavizadas, la gente hacia horas extraordinarias a “tuti ple” los obreros querían comprarse con esos dispendios que ganaban en horarios tiranizados, ese terreno en la playa, quizás cerca de la urbanización en la montaña, otros querían llegar a motorizarse y tener aquel seiscientos que tanto “molaba”, o la “guzzi” de 49cc, la del cambio de marchas, de palanquita cerca del manillar y que tantas alegrías consiguió.

El turismo hacia furor en la península ibérica, llegaban gentes de todas las latitudes. España, estaba de moda, a pesar de las estrecheces cerebrales, el miedo al pecado, las represalias y la política  implantada.
Sin embargo, comenzaban a plantearse las bondades del clima, de la cocina admirable, del carácter de los celtíberos, del agrado de sus gentes, de lo bueno y barato que se encontraba todo aquello que hacía feliz a la mayor parte de Europa.
Entonces cuando las aperturas políticas incipientes comenzaban a resurgir, cuando los escenarios de opinión, no eran tan herméticos; es cuando desde América, da señales de retorno Palmira.
Retornaba; pero esta vez, sin escalas en la Habana, ni Marsella, sin temores de nadie, sin ataduras, sin visados ni permisos de adopción, sin aquel hatillo de la ropa precaria y precisa. Sin escapar pitando. Sin miedo.
No había dudas. Vuelve a casa; visitaba a su tierra con pasaje de ida y de vuelta.
Cinco lustros desde que Paco, se enteró que; Palmira se fugaba y salía soplando, prácticamente sin decir adiós. Volvía tras tantas decepciones, soledad y amarguras del pasado. Tantas alegrías, tantos buenos momentos, tanto cariño de su nueva familia, tanto agrado, dejando tantos amigos y sobrada de amor.

Era una mañana de primavera de un día abierto, claro y despejado, en el aeropuerto, 23º grados centígrados, sin nubes; el gentío se aglomeraba tras aquellos cristales desde dónde se divisaban las pistas de aterrizaje.
De nuevo los altavoces, comunicaron la llegada del vuelo procedente de Madrid, que es de donde enlazaban las llegadas transoceánicas y sin demorarse mucho, se observó un Iberia Spantax que tomaba tierra. Un recorrido hasta el final de la pista y quedó anclada una nave majestuosa.



_ ¡Esa es!  La del traje grisáceo, ¡mi hermana! ¡Es Palmira! _ Exclamó Paco, con una risa nerviosa y gotas de llanto visibles en los ojos.

_ ¡Es ella! No hay duda, no ha cambiado nada, está mayor; pero es la mismita. ¡Es ella!

En el hall de llegadas, al acercarse los dos hermanos se habían reconocido y en sus pupilas, se bordaba la humedad que producen las lágrimas.
Tantos reproches que hacerse, tantas alegrías que contarse, tantas penas que tragarse, todos recuerdos imborrables e imperecederos. ¡Tanto tiempo perdido! ¡Cuantas incógnitas indescifrables!  

_ La mama; se quedó con las ganas de verte, antes de morir._ Asintió Paco, en cuanto se le acercó,  recriminándole sin perder tiempo.

_ ¡No pudo ser Paco! Es difícil de explicar, no lo entenderías. ¡Dime! como está Ángel, ¿Tienes contacto con él?_ queriendo cambiar un poco de tema, dijo; la hermana recién llegada.

_ Debe estar bien; hace meses, que no escribe; ya sabes como es. Si no dice nada, es que no nos necesita._ Contestó Paco, queriendo retomar el primer asunto, no dejándolo que se pudriera entre sus rabias contenidas.

_ Sabes lo que hemos tenido que tragar y el hambre, que hemos pasado, ¿Lo imaginas? Además, tú, lejos y con pocas noticias.


_ ¿Si me hubiese quedado, no habríais pasado calamidades? ¿Ni hambre? ¿Soy yo la responsable de tus penas? ¿Has sido desgraciado por mi culpa? Tuve que espabilarme solita, sin ayuda de nadie y nunca me he quejado.
¡Paquito! La vida no es fácil para nadie. ¿Crees que yo no he tenido dificultades? ¿Piensas, que no tengo corazón? Y no he sufrido por aquellos momentos y los que vinieron después._ Matizó Palmira, con resignación y sin esperar que la comprendiera.

_ ¿Qué tal te fue la vida, allá tan lejos? Sin familia, sin amigos, ¡Buscándote una desgracia! _ dijo Paco con disgusto y sin mirarle a los ojos, mientras ella, tranquila le respondía con naturalidad, como si aquella escena la hubiese ensayado mil veces.

_ Me fue, mucho mejor que si me hubiese quedado. Familia no tardé en hallarla, ya sabes que con frecuencia hacen más la buena gente que te rodea, que los que te tocan por sangre. Procuré rodearme siempre de buenas personas, nunca imaginé lo tanto que me han respetado, cosa que si hubiera permanecido aquí, igual no se hubieran cumplido esos privilegios que me otorgaron lejos del lugar donde nací. Cuando es necesario aprietas los dientes y te muerdes los labios, recuerdas las cosas que han ido bien y los que fueron errores. No me arrepiento de lo que hice, lo volvería a repetir si se diera el caso. _ Aclaró tajante Palmira con genio sosegado.

_ ¿Por qué, quisiste escapar? Contigo no iba la cosa, tú; no eras más que una niña._ habló el hermano ya con más pena que exigencia.

_ Era una niña, pero estaba abandonada. Estábamos solos, yo sirviendo en unas condiciones inconcebibles, vosotros en el hospicio dejados de la mano de Dios y mama, sin aparecer en ningún momento. Que podía pensar cuando me ofrecieron la posibilidad de romper con toda esta mierda y marchar a un lugar que además de estar en paz, demostraba que eran civilizados y no se mataban entre hermanos.

_ ¡Tu sitio estaba entre nosotros!

_ ¡No Paco! Aquí, no teníamos sitio nadie, aquí solo había desconcierto y algo más que ya no nombraremos por respeto a los que ya no están ¿Crees que no releía entre líneas? tus cartas y comprendía, que lo estabas pasando peor que mal. ¿Qué hubieras hecho conmigo? Tú que tuviste que cargar con el peso de la situación. Hubiese sido un problema añadido a los que, ya teníais y mientras yo; hubiese acabado en cualquier alcantarilla. ¡Lo sabes bien! Con que ahora no pretendas querer disimular los hechos. Me las he arreglado siempre, he trabajado mucho, sin descanso para tener lo poco que tengo, pero ¡es mío! ¡Me lo he ganado! y estoy orgullosa de haberme dirigido en la forma que siempre lo hice.




El abrazo, fue de los que no pueden explicarse entre renglones de tinta muda, los que consiguen hacer flaquear los amarres de serenidad, los que inducen al auténtico llanto por sentimiento verdadero.









... ... .... ... ¿...shiiii...?...


Al pronto, se escucharon de nuevo los avisos, para pasajeros rezagados.

¡¡ Último aviso a los pasajeros del JKF216 !!

_ ¡Señor; por favor reaccione!  Todos los pasajeros están acomodados para partir. Sólo falta usted ¿Está indispuesto?   ¡Se encuentra bien!
_ ¡Si; por supuesto! Perdona, estaba involucrado en un recuerdo especial, especulando y se me fue el “Santo al cielo”. Tanto que me dormí. ¡Disculpa!

_ ¡No para nada! Por favor, tenga la bondad de darse un poco de prisa, que todos le esperan ya embarcados. ¡Sígame! Yo misma le acomodaré en su asiento.


_ ¡Gracias, es usted muy amable!