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sábado, 13 de julio de 2013

El sonámbulo


Estaban en aquel barracón militar, los reclutas del ejército de tierra. Eran voluntarios que se disponían a hacer el campamento en aquel pueblo cerca de la frontera francesa. Ciento diez hombres hacinados en aquel perímetro, donde únicamente había literas y un olor a pies rancios que te echaba para atrás, mezclado con el bálsamo de la sobaquina daba un cóctel perfumado que en según qué momentos podía llegar a matar el hambre.

¡No había más!, obligados por una parte a cumplir con la nación y soportando sin salida a aquellos que no se husmean, ni piensan en que si no se lavan llegan a apestar.

Aquel recinto tendría unos cincuenta metros de largo por treinta de ancho, barracas hechas de madera, con techumbres de uralita y de prefabricados, recogían parte del grueso de aquella  división, que voluntariosos todos, tendrían que prestar su persona para el adiestramiento y puesta en forma.

Tres meses de instrucción antes de que fueran repartidos por la geografía. Donde adquirirían aquel valor aparente que se les supone a los soldados y estar al corriente, para usar todas las herramientas armamentísticas caso de conflictos de guerra.

Nadie era nadie. No había preferencias. Todos tenían un número de reclutamiento, todos eran bultos sospechosos, a razón de la arenga que soltó aquel sargento primero. El genio y los cojones, se podían quedar no, a la puerta del barracón,  a la entrada del Centro de Instrucción. Allí no había robos, podían perderse objetos únicamente por extravío, por despiste o por dejación, pero según el instructor que sermoneaba, no había chorizos ni mangantes ni carteristas. No habían salvadores, ni advenedizos, ni hombres mágicos que hacían milagros.

Todos estaban obligados a obedecer las órdenes de cualquier superior, además sin rechistarlas, ni obtener explicaciones por las mismas.  

Un pasillo central amplio, dejaba tras de sí, al portón amplio que vigilado constantemente por un cuartelero, era la única entrada en aquel dormitorio de campaña. Adosados a las paredes en forma longitudinal, unas literas de a dos pisos, numeradas y vestidas con sábanas y una manta, que separadas cada par de ellas por unos ventanales, recibían la luz, el frescor o el calor, según se mirara.

Sin taquillas, sin armarios, sin nada absolutamente que pudiera camuflar los cachivaches de cada cual. A la entrada una especie de receptáculo para el armamento, que una vez resguardadas y pasadas por unas gruesas cadenas, quedaban suficientemente protegidas por las baldas y por el ojo vigilante del soldado de puertas. Los petates_ sacos de los reclutas, donde guardaban sus prendas y particularidades_,  a los pies de cada camastro, asidos por un candado a la parta del tálamo.

Absolutamente nada más que imaginación y conformidad, cabían allí dentro, era el lugar para reposar_ es un decir muy amplio y amable_, en las noches, estar vigilante siempre y soñar con un ojo abierto. Despertar al toque de diana, y salir pitando como te encontrases, vestido, desnudo, solo se obligaba a ir cada cual, con sus botas. Lo demás era optativo.

Además de las bombillas que lucían desde el techo del largo pasillo del barracón, en la parte superior del acceso de entrada, había una lámpara roja, adosada al principio y al final del refugio que servía para orientar en las noches. Prestación que se daba por los vigilantes cuarteleros que a turnos, custodiaban las noches y trataban de poner algo de orden. Serenos de la tranquilidad.
 

La retreta la había presidido el Alférez en el escampado de la 13 Compañía. Pasando lista y leyendo las efemérides del día, contando a todos los esfuerzos militares y las guerras, que habían acaecido en tiempos pasados. El quinto batallón estaba formado y dentro de este escuadrón, estaba el quinto pelotón, que es donde radicaban todos estos fieras, amantes de las aventuras y de los imponderables, algunos venidos de la cena un poco chispados y ayudados por los compañeros podían aguantarse semi derechos, sin levantar sospechas hasta llevarles dentro del barracón para meterles en la cama.
 

La noche estaba serena, después de apaciguar a tanta juventud, tanta impertinencia y tanta alegría. Los más efusivos habían acabado con sus chistes, otros ya se habían despedido de sus novias cerrando el sobre de su carta quedando lista para el envío a la siguiente jornada y los demás ya hacía tiempo que dormían. Se quedaba aquel perímetro, con la luz difusa, únicamente lucían los dos pilotos rojos, aquellos que únicamente servían para las urgencias y para dar situación. El centinela se quedaba despierto y cada dos horas, era relevado por otro compañero que le permitía a él descanso y dormir por espacio de algunas horas. 

Ronquidos, ruidos guturales, explosiones estomacales, siempre las habían pero dado el gran ejercicio que llevaba la tropa durante las horas diurnas, lo normal era que el más fuerte quedara como un tronco, en cuanto se apagaban las bombillas de iluminación. Entonces es cuando aprovechaban los más traviesos para pintar a los que dormían las uñas de los pies, o tintarles el pelo, con laca roja inalterable. 

En el turno de escolta para aquella ocasión le tocaba como tercera imaginaria a Martín Tórtola, por lo que delante de él, le precederían dos compañeros: Agustín Vives y José Yeste, y cerraría el turno de centinela, Diego Salazar, más conocido entre ellos como: el colilla. Amigos ya todos, por provenir del mismo lugar, de la misma ciudad y que además ellos irían con el destino fijo, quedándoles una vida por delante, tanto militar como individual. 

El silencio imperaba, eran en el reloj del albergue las tres de la madrugada, Yeste, se acercó al jergón de Martín y le despertó, diciéndole, que le tocaba hacer su turno de imaginaria. Este se levanto rezongando, mientras José se estiraba vestido sobre su colchón, quedando fuera de órbita. Martín se alzó sin premuras, ni despeluzamientos, y sin más quedó tocado por el gorro de faenas, yendo a ocupar en la entrada de la barraca, el lugar que el cuartelero utilizaba para leer, bajo aquella luz roja, sentado sobre un taburete mas viciado que un pesebre. 

Todo estaba en calma, dio un paseo por el pasillo central y observó que todos descansaban, dormían sin más, una vez que tocó con la realidad, se dirigió a su puesto, muy cerca de donde se custodiaban los fusiles, que todos debidamente atados por sus cadenas, esperaban las prisas del día siguiente. Rellenó el formulario de sin novedad en el cambio de guardia y se sentó tranquilo bajo aquella difusa luciérnaga roja que le adormecía más que le llevaba a estar franco. 

Al pronto, escuchó un susurro procedente de las literas del centro izquierda del albergue, voces claras de alguien que hablaba solícito y apresurado. Sin mediar espacio de tiempo, salió en busca de lo que ocurría y se encontró con una conversación, que mantenía Carlos Rosa, en solitario consigo mismo. Plantado al pie de su cama, en calzoncillos hablaba solo, con los ojos cerrados y gesticulando como si fuera realidad. Le sobrecogió un susto a Martín, que tardó breves segundos en reaccionar, tratando de no despertar a aquel hombre que sonámbulo, charlaba y trataba de pasear quien sabe por dónde y creyendo sería bueno dirigirle hacia su camastro, le interrogó con voz tenue_: ¿Quién eres un espíritu?_ dirigiéndose hacia el dormido y este sin pereza y con descaro le contestó sin abrir los ojos_ No soy ningún ángel, soy el mediador entre tu conciencia y la mía.  

El imaginaria Martín Tórtola, creyendo era una broma de Carlos Rosa, le instó con gracia a que depusiera su burla y se acostara en su camastro_. ¡Anda Carlos acuéstate!, no me jodas que esto me da mucho “yuyo” y después tiemblo de miedo, ahí sentado solitario, esperando que me releven. Deja de hacer putadas y acabemos esto por favor.

Antes que acabara la frase, Carlos completamente ido le hizo una pregunta a Martín, que lo dejó atacado. 

_ ¿Por qué vas descalzo, del pie izquierdo?, y tu bota la llevo yo colocada y atada, ¿aún sigues creyendo que esto es  una comedia? Desaparece de aquí y ve a tu guardia, que me caes bien. 

Martin se miró los pies y no iba calzado de ninguna forma, se había levantado de la cama cuando le habían indicado y sin más, se colocó la gorra de lona y se puso a su quehacer en la imaginaria. Despreocupado de todo, ya que Martín sabía que esta guardia, le finalizaba a las cinco de aquella madrugada y sería relevado por “el colilla”, volviendo a dormirse. Sin embargo, cuando miró a los pies del sonámbulo Carlos Rosa, llevaba colocadas unas zapatillas blancas de bailarina, y unos sujetadores en el pecho, que relucían entre aquella penumbra, dejándole extasiado incrédulo y con zozobra. 

Martín cagado de miedo y con las prisas de dejar aquella conversación cuanto antes, le preguntó al dormido con temor.

_ ¿Qué quieres de mi? _  

_ ¡La pala! _ expresó el sonámbulo andante, con mucha convicción y sin disimulo

_ ¿Para qué quieres ahora una pala?

_ La quiero para enterrarme_  

Tórtola, no creyendo lo que estaba viviendo, se dio la vuelta, y con pasos acelerados llegó a la altura de su puesto en la entrada del barracón, tratando de olvidar aquel episodio, bajo la luz apagada y traicionera, cerrando los ojos y esperando una explicación mental a lo que acababa de vivir.

Invocando estaba, cuando una mano le tocó el hombro derecho y le sobresaltó con un medio grito apagado. ¡Ayllu!

_ Que pasa machote_ le señaló Diego, “el colilla”, sacándole de aquella experiencia, que ocultaría a todos, para siempre _. No me vas a avisar del relevo, o es que quieres comértela tú toda la imaginaria.

_ Anda, ve a dormir, que estás temblando.

 

 

 

 

 

 

 

lunes, 27 de agosto de 2012

Pintemos Ángeles bellos

 
 
_ A ver Chavalín, búscame a dos pintores y les acompañas a mi casa y os miráis el pabellón que necesita un coloreado completo.
_ ¡A sus ordenes mi Sargento¡  y cuando pretende usted que lo hagamos, porque ahora mismo, todos los pintores están destinados a carros, pintando tanques y a tope de curro, con el desfile militar, poco tiempo queda para desplazar a dos que sepan y pinten en condiciones, sin que el Capitán, pregunte y debamos aclararlo.
_ ¡Eres idiota, o te entrenas! ¡Busca a dos brochas gordas!  Y te vas a la carrera, si no quieres que te empapele y te meta en la prevención hasta que te pudras de viejo
_ No se hable más mi Sargento, a sus órdenes.
Aquel cabo furriel salió tan a prisa como le permitió su confianza y su experiencia, haciendo ver que estaba esclavo de aquel sargento chusquero, buen estratega y mejor negociador furtivo,  Don Eladio Díaz,  Cuerpo de Caballería. Alto, espaldas recargadas, jorobado.  Enjuto,  delgado, afilado y estrecho. Con un bigote de los de pelo de alambre.  Patizambo y muy gracioso. Dado muy poco al bar y a las copas entre pasillos, colega legal y nada jactancioso a costa de las desgracias de los demás. Sin embargo, nada tonto para dejarse camelar ni chotear por listillos con galones o, estrellas en las hombreras.
No tardó más que el tiempo necesario, para no enojar al suboficial, que esperaba en su despacho, atendiendo quehaceres de carácter militar.
_ Mi sargento lo tengo todo dispuesto para comenzar de inmediato. He seleccionado a dos decoradores, y un peón, que estaban en los talleres casi escaqueados y camuflados, viviendo de la vida loca.
_ ¿Pero son pintores, son profesionales?
_ Mejor que eso mi sargento, son unos sinvergüenzas de tomo y lomo que lo dominan todo, hasta la forma de despistar los materiales, como esmaltes, papeles decorado, masillas, aparejos y accesorios necesarios de los almacenes de la Subayudantía.
_ ¡Chavalín estás en todo! Por ello te libras del puro que te tenía preparado. Por cierto, y escucha bien lo que voy a decirte_, siguió balbuceante Don Eladio, disparando cardenales salivares mientras hablaba_. Cuando Micaela, mi mujer, te pregunte lo que sea sobre mí, espero sepas dejarme en buen lugar y además sepas convencerla. ¡Que no te será fácil!  Ya sabes lo que te juegas, ve con “pies de plomo” que la jodida es muy astuta y huele a los embusteros a mucha distancia. Si te interroga sobre mis andanzas, ya sabes cuál es el mandamiento que dicta el decálogo militar. Ni salgo del cuartel, y soy un profesional muy comedido y abnegado con los deberes de la Patria. Ella, para que lo sepas es hija de un General de División, ya en la reserva, que fue un gran  soldado y una bella persona. Por ese motivo se conoce todos los entresijos de pasillos y de costumbres castrenses. Además de una imaginación perversa y creerse que soy un poco beodo, fullero y faldillero.
_ No sabrá nada de usted que ya no conozca y menos de mi boca. ¡Mi sargento!  Usted sabe que en esta compañía somos como tumbas y estamos preparados para dar la vida como héroes por nuestros mandos y deberes sin pedir nada a cambio.
_ Menos lobos y usa el mismo poder de convicción que te he visto, en momentos jodidos, ante el capitán defendiendo a tu escuadra, con un par de “huevos” y jugándote los pases pernocta y el propio calabozo.  Resuelve cualquier contingencia y doblega al pelotón de hombres que te acompañaran a mi casa y procura que quede preciosa, no uses mucho tiempo y no marees demasiado a mi mujer.
_ ¡A sus órdenes, mi sargento!  ¿Ordena alguna cosa más?
_ Mañana a primera hora, os presentáis. Yo hablaré con Micaela y le diré que os desplegareis sobre las 9 en punto y con el Capitán para teneros cubiertos mientras dure el aderezo de mi pabellón. Tendrás el Jeep tres cuartos camioneta a tu disposición para que carguéis cuanto os haga falta y aprovechando que entro de guardia, y estaré de puertas, no habrá problemas al partir cargados hasta los dientes de todo lo que imagino necesitáis. ¡Ah por cierto!  Siguió charlando, el sargento_, no te pregunto quienes son los mozos que llevas a mi casa, ¡Tú mismo! Te juegas que te lleve al paredón.
 
La dotación estaba compuesta por Diego Salazar, alias “el colilla”, pulidor, pintor de brocha gorda, colocador de parquets en fines de semana, un pollito redomado nacido en Cardona, hijo de un minero emigrante, empleado en las minas de potasa de Sallent. Embaucador, gracioso, y re modelador de voluntades.
Isidro González, alias “el chacho”, un artífice de las bromas, artista, soñador, chapucero y decorador de salones de juego. Hermano de un gran pintor reconocido en medio país, empleado en una empresa de tejidos e hilaturas. Dilucidado de líos programados y mediador en causas y casos perdidos, un jugador experto.
Carlos Rosa, alias “el sonámbulo” presencia agradable, fino y selecto, actuaría de tercero, si se diera cualquier tipo de conflicto. Dicharachero y zumbón. El alias, no era por herencia, lo tenía merecido por sus actuaciones en vivo y en directo, en los barracones de la compañía del campamento de reclutas, a altas horas de la madrugada, para susto imborrable de los imaginarias de la guardia. Paseos dormidos, hablando de ideas inconexas, desnudo integral y conexión directa con el más allá de las haciendas terráqueas. El sonámbulo, actuaría de peón de brega, además de sus intervenciones de chico de recados. Agárrate a la brocha que me llevo la escalera. Limpia y da esplendor al parquet, y lleva y trae la lata de pintura.
 
El zumbador del timbre de la vivienda pabellón del sargento, sito en la parte del ensanche de la gran ciudad, sonó estridente, no dejando dudas que se estaba llamando a ese departamento. El reloj del furriel marcaba las ocho cincuenta y cinco minutos.
_ ¡Sí!  ¿Quién llama?
_ ¿Es usted la mujer del sargento Eladio?
_ ¿Sois los pintores?
_ ¡Sí; señora!  Somos los decoradores del acuartelamiento.
La cancela de la puerta se abrió mediante el impulso eléctrico que Micaela desde la puerta de su casa transmitió. Aquellos muchachos habían ido acopiando todo el material y herramientas que habían transportado en el jeep Cherocky color caqui, mientas el cabo,  aquel chavalín mano derecha y amparador del sargento subía por el ascensor hacia el cuarto piso para presentarle los respetos a la muy honorada señora esposa de Don Eladio.
La puerta del montacargas se abrió bruscamente y al fondo, en la entrada del departamento tercero, esperaba una mujer de unos cincuentas años, vestida con un mínimo quimono, que le transparentaba su cuerpo debido a la luz diurna procedente de un ventanal amplio que justo alumbraba a las espaldas de la fémina. Con los brazos apoyados en el quicio de la puerta a la altura de la cabeza, dibujando a lo lejos unos poderosos pechos que pendían sin sujetador y unas piernas potentes que entreabiertas permitían el paso del albor entre ellas, demostrando el calibre gastado. Descalza sobre un suelo de parquet anaranjado muy brillante, dando un tenue contraluz que se colaba por entre las pantorrillas llegando hasta la altura de la cintura, proyectando el contorno del esqueleto de aquella digna señora.
_ Buenos días señora. ¡A sus órdenes!
_ ¿Vienes tu solo, soldadito?
_ Negativo, señora, mis compañeros están descargando el jeep de transporte, mientras yo he venido a pedir permiso para acceder a su domicilio, hiciera las preguntas pertinentes y mostrarles los permisos del cuartel que su esposo mi sargento Don Eladio, nos ha dispuesto.
_ ¡Joder! Si que les dais vueltas a las cosas. Yo solo quiero que pintéis las paredes de este apartamento y decoréis sus estancias. Sin que lo dejéis lleno de mierda, ni de restos de pintura.
_ Señora, más que nada, estos trámites se hacen por seguridad.
_ ¡Déjate de ostias! y acércate a que te vea mejor y compruebe esos pases.
_ ¡A sus ordenes!
_ ¿Dejarás de hacer el ridículo pronto?  ¡¿No?! Te prohíbo que a todo lo que te pida o pregunte me respondas como si fuera tu dueña. Trátame con respeto y punto. Esas chorradas se las dices a Eladio, que a él, sí le ponen.
Una vez repasó y observó con atención las acreditaciones mostradas, comprobó el grado de cada componente de la expedición y donde cumplían su servicio, retornó los documentos al soldado.
_ ¿Tú eres el cabecilla de esta panda? ¿Cabo?
_ ¡Sí; señora! Respondió dando un taconazo en el suelo y poniéndose en posición de firmes ante ella.
_ ¿No me dirás que a cada cosa que te pide Eladio, das esos pisotones de baile flamenco?  Que sepas, no los voy a tolerar. Muéstrate formal y normal y haz que tu pelotón de hombres lo cumplan también. Puedes ir en su busca y comenzáis cuanto antes.
El cabo volvió a la entrada del edificio y en pocos segundos informó al resto de los compañeros de lo que había sucedido en el primer contacto con la sargenta.
_ Ya me habéis escuchado. Nada de trato militar con ella. Amables, reservados y punto. Pocas bromas y a lo nuestro, nos podemos encontrar con un arresto a la primera de cambio, si quiere algo, que se dirija a mí, que llevo el mando. Espero, no me hagáis poner borde, que no quiero tampoco amargaros. ¡Estamos!
_ ¿Está buena la tía, por lo menos? _, preguntó “el colilla” haciéndosele la boca agua, y mirando al resto de los compañeros, que de soslayo le retornaron un sesgo maligno.
_ ¡No empecemos Diego! ¡Yo que sé! ¿Crees que he tenido tiempo de analizarla? _. Replicó sin decir la verdad, ni siquiera hacía diez minutos, le había recorrido el cuerpo al completo con la vista, ayudado por el trasluz del ventanal que inerte le mostraba sus redondeces_. Venga vamos a subir y comenzamos rápido para poder ir a desayunar cuando lo tengamos todo dispuesto._ ¡Cabo; no has respondido a mi pregunta! ¿Está buena la sargenta?_, insistió “el colilla”, y por el gesto de los demás, todos esperaban la respuesta para convencer a su ávida imaginación.
_ Es una tía madura, pero no está nada mal, cuidado con las miraditas y los suspiros, que es la sargenta, y no tiene miramiento para decirte una fresca_, sonriendo respondió el cabo. Sabía yo, que ésta paya, tenía un revolcón_, acabó la charla Diego, claramente emocionado.
 
¡Buenos días! Contestaron todos al gesto que les hizo Micaela, cuando les vio entrar uno tras otro al pabellón. Ya vestida de otra guisa, aunque no se había pasado ningún peine por su escarolada melena, que no le caía sobre los hombros por no ser lo suficientemente poblada.
Les indicó el lugar donde podían cambiarse, ponerse el mono de trabajo a cambio de la ropa militar con que se presentaron. No sin antes advertir con crudeza_ Ojito con las botas, no me ralléis el parquet que os fundo y encima mando a Eladio que os arreste.
Aquellos militares de leva, tuvieron suficiente respuesta a todo lo que les había advertido el cabo, momentos antes del primer aviso para navegantes. Se miraron entre sí; haciéndose cargo de lo que se iban a encontrar mientras estuvieran decorando y adecentando la estancia.
Entretanto que la tropa especialista se mudaba con la ropa de trabajo. El furriel preguntó a la señora, qué idea tenía ella, como le gustaría quedaran las paredes, los techos, los colores que iban a emplear, si habían de ser iguales para todas las habitaciones.
_ Mi idea es que quede limpio y desinfectado, en color blanco, techos y paredes, puertas y marcos barnizadas, en el mismo tono que tienen de origen. Por supuesto, la casa completa.
_ En alguna zona, tendremos que emplearnos a fondo y rascar, veo que la humedad en ciertos sectores ha pasado factura.
_ A vuestro aire, espero seáis pulcros y sobre todo profesionales. ¿Por cierto tú cómo te llamas cabo? No pretenderás que te distinga por el cargo cada vez que deba dirigirme a ti.
_ Me llaman “Furri”; señora, así me conocen en el cuartel.
_ ¿Tú eres ese “chavalín” que siempre tiene en la boca, Eladio?
_ Sí; señora a sus… pies_. Cambió en el último momento la palabra “órdenes” por “pies”; saliéndole su pronunciación de forma automática y poco real.
_ ¡Coño nene, como he de decirte las cosas!
_ Perdone usted, es la costumbre, disculpe no pasará más.
_ ¡Otro detalle importante! Espero que no eche a faltar nada, que no desaparezca ningún objeto personal, ni dinero y que no salgan de aquí conversaciones que ni os van ni os vienen y menos llevadas al cuartel, para escarnio o burla del sargento. Tú eres el responsable de todo, aquí tienes las llaves del departamento para que podáis entrar y salir, sin que yo os tenga que abrir o cerrar las puertas. Porque además yo no siempre estoy visible ni en casa ¿De acuerdo?
_ Señora; no pase cuidado, sabemos estar en nuestro cometido, yo y mis hombres. Respondo por ellos y por mí. Es más, cuando mi sargento me ha ordenado, el pasar por su hogar, será porque, confía en mí, tras tantos meses a su servicio.
Al cabo de cuatro días, aquel grandioso pabellón comenzó a tomar un aspecto decoroso, se habían lucido los techos y pintado las paredes, reparando desperfectos y enmasillando algunas zonas para igualar tabiques. Mientras Diego el “colilla” e Isidro González el “chacho” pintaban, el amigo Carlos Rosa el “sonámbulo”, iba limpiando y acercándoles los entresijos. El cabo furriel bastante tenía con llevar la dirección de toda aquella remodelación y con atender a los caprichitos de Micaela, que cada vez pasaba más tiempo con el militar.
La dotación de militronchos artistas, echaba el resto, en pro de que, aquel departamento volviera a retomar su aspecto luminoso, que en otro tiempo debió tener y que a medida que iban pasando las fechas, realzaba con cada brochazo que se le daba, con cada detalle que se le incluía y con el gusto de aquellos hombres, que a pesar de no hacer el trabajo con demasiada convicción, por cómo les había llegado el encargo, si sabían cumplir con creces, las órdenes dadas por su mando militar superior, sin rechistar y sin tan siquiera, interponerse en que aquello llegara a buen puerto. También era notorio lo que aquel cabo, estaba consiguiendo para sus hombres, trato especial, obtención del pase de pernoctación fuera del cuartel, permisos acumulados que el sargento concedería, a medida que veía y escuchaba el agrado que su señora esposa tomaba por la decoración de su pabellón. En el que con seguridad, aún debería pasar en él, por un periodo superior a cuatro años, que es tiempo que le quedaba a su sargento, para el próximo ascenso, a no ser que se presentara de motu proprio a las pruebas voluntarias.
En una de las ocasiones, que el cabo furriel, indicaba a sus hombres, que el tono del comedor debía ser más claro, para conseguir mayor calidez, la señora de la casa, le llamó desde otra dependencia de la casa, desde la cocina que es donde ella se estaba tomando un café sin azúcar.
_ Cabo, haz el favor de venir_. Raramente le había llamado por su gradación, cuando ella, Micaela, huía siempre de esos extremos y trataba de ser algo más formal, en el trato.
_ ¡Da usted su permiso!  _. Con voz controlada y sin estridencias, se presentó el soldado, solicitando la venia para poder acceder a aquella estancia, que había sido remodelada por completo en la mañana y que ya disfrutaba, probando sus nuevos fogones, su recién activado lava platos y esa grifería que tanto costó encontrar en el Servicio Estación de la ciudad.
_ ¡Pasa chavalín! ¿Te apetece un cafecito?
_ A mí no señora;  ¡muchas gracias! pero estoy seguro que mis hombres, estarían encantados de poder disfrutarlo en su compañía.
_ ¡Pero bueno!   ¿Es que tienes salidas para todo? Yo quería que pasaras a tomarte ese café para poder interrogarte, creo que ya ha llegado el momento en que me cuentes todo, lo que sabes y lo que imaginas, de las andanzas de tu venerado sargento.
_ Señora Micaela, eso no quita para que mis compañeros, que a fin de cuentas son los artífices de esta maravilla, se puedan tomar un breve descanso y degustar ese café que usted hace y que desprende ese aroma de recién tostado.
_ Bien que entren todos. ¡Porqué no! También les quiero agradecer, pero pretendía hacerlo, en el momento justo, cuando ya hubieren acabado totalmente. Sin embargo, parece que todo, lo tienes bajo control y eso a veces, las más de ellas, me cabrean muchísimo.
No tardaron en pedir permiso para el acceso a la gran cocina, ya que Carlos como siempre, con sus grandes dotes de médium, había estado escuchando a su cabo, como les patrocinaba. Dando el silbido de alerta al “colilla” y a “chacho”, que en un santiamén estaban  con sus presencias frente a la casera.
_ Es usted la sargenta más apañada que tiene el Ejército, señora, que usted lo sepa, se lo dice Diego, más conocido por “colilla”, el soldado más sumiso de la dieciocho compañía, con el permiso de mi cabo, que seguro luego me dará un chorreo impresionante.
_ Me parece que eres un poco, sinvergüenza, ¿verdad Diego?, te noto muy encendido y siempre con esas miraditas de payaso salido, en el límite del círculo.
_ ¡Señora!  ¿Sabe usted que es estar sin mi rubia eléctrica? La encuentro mucho en falta, ya tres meses que no la veo, sin permisos, sin fines de semana. Espero que con esta maravilla, que estamos consiguiendo en su casita, su señor marido, el bigotes. Perdón; el Sargento de los Milagros.
Saltó en aquel momento “Chacho”, muy listo para despistar todas las manifestaciones que había hecho Diego, y antes de que se cabreara Micaela, y quisiera explicaciones más amplias sobre sus vidas.
 _ Doña Micaela, creo que usted sin saberlo, nos ha dado una oportunidad para poder valorarnos mucho más y rebajarnos de tantas guardias y refuerzos. Nosotros, somos de hecho la mismísima chicha de los arrestos del cuartel, aún estamos inadaptados y de hecho vivimos fuera de toda aventura, porque nuestra maestría es hacernos invisibles, aun y en los momentos más liados. El cabo furriel, ha confiado en nosotros y en nuestras destrezas íntimas y está sacando de nosotros, la esencia de lo que llevamos dentro_.
Otra interrupción hubo en esa manifestación de insensatez, a cargo del más astuto de los tres, el que con sus aptitudes de visionario y de forma aseada, pedía en pocas palabras, volver al trabajo y dejar asuntos que no llevaban a buen puerto.
_ Porque no volvemos a dar lustre a las paredes, y dejamos de molestar a doña Micaela. Nosotros no somos más que obreros, al cargo del cuartel. Nuestro cometido actual es decorar y pintar la casa del sargento Eladio, y punto. ¡Vámonos al trabajo!
Quedaron en aquella cocina amplia, la dueña temporal del lugar y el militar que se preparaba para ser interrogado por la misma mujer que había preparado aquel café, negro, flojo y frío, que habían intentado degustar el trío soldadesco.
_ Creo, que no han sabido expresarse, ni han hecho llegar su mensaje claro para que lo pudiera entender. Debe ser difícil, vivir entre inconformidades no admitidas. ¿Tanto les afecta, la vida militar? _, sin dejar que le diera el cabo la respuesta a aquella interrogación, Micaela le miró y le indicó al furri, que se sentara a su lado.
_ No temas, no te voy a poner en un brete, con preguntas que tú no quieras contestarme y que dejes en mal lugar a tu sargento. Te he estado observando estos días y he comprobado la fidelidad que tienen esos muchachos contigo, creo sin temor a equivocarme, la misma que tú le tienes a mi marido. Tu Sargento, ese hombre que cada noche me explica alguna de tus andanzas, debe verse reflejado en ti, cuando tenía tan solo veinte años. Los mismos que tú tienes ahora. ¿Él te habrá contado la historia?
_ En absoluto, él no cuenta absolutamente nada, es una persona que todo lo lleva dentro, tiene su genio, pero a mi entender es un hombre justo y caballero. De las buenas personas, pocas por cierto, que he tropezado en el intervalo de mi vida militar.
_ ¿Te gustaría saber de nuestra historia?
_ ¿Cree usted, que yo debo conocer esos detalles tan íntimos?  Sin dudar, y si Don Eladio se entera, que usted confiesa sus fondos conmigo, puede pensarse cualquier incoherencia, que no quisiera ni imaginar.
_ Es muy posible, que aciertes, incluso hasta en ese detalle. Sin embargo, he sido tan desdichada y tanto he de agradecerle que voy a utilizarte de mensajero, de portavoz, de: “corre ve y dile”, para que sin palabras y usando ese poder especial que tienes con las personas, le hagas llegar mi cariño.
_ ¿Su cariño?  ¿Solo cariño, siente usted por su marido, señora? Poco rédito me parece concederle. Después de toda una vida de convivencia, ¿no cree?  O es que, dicho con todos mis respetos, lo de ustedes ha sido un cambalache y un apaño.
Los ojos de Micaela, se humedecieron y sendas lágrimas recorrieron camino hasta llegar al labio superior, que no supo secarse correctamente, dejando huella en el rímel de sus ojos. Comenzando una parla entrecortada y a media voz, que apenas llegaba a los oídos del cabo furriel, que la estaba escuchando.
_ Soy hija de un militar de mucha gradación, y hemos llevado una vida casi nómada por el mundo, la verdad que no supe adaptarme a las realidades, que tuvimos que soportar, una educación cortada, una familia siempre con la mochila en los hombros, un padre que a duras penas veíamos y una madre, tan dedicada a las grandezas y tonterías, que jamás pudimos entender el papel que le tocaba representar, siempre aparentando detalles que no constaban en nuestra familia, y a menudo con la mentira en los labios, para  disfrazar las pocas realidades habidas.
Pronto comencé a tener problemas en casa, mala educación, poca confianza, muchas excentricidades, algo de vicio, mucho sexo mal pronosticado y sin el debido control, demasiados hombres en mi agenda, vida bohemia al uso del barrio, guateques con desconocidos, salidas furtivas, striptease y despelotes de zona franca. Hasta que quedé en cinta de un hijo no deseado, por la relación con un Teniente Coronel, poco más joven que mi propio padre. Muy amigo de la familia, que no quiso saber nada de la criatura.
El follón, no te cuento, porque tú puedes hacerte cargo de todo, y es ahí donde entra Eladio, que por entonces era un simple soldado, que estaba en casa como asistente de papá y que pintaba el pabellón de la Avenida de Asturias, destinados a los grandes jefes militares.
Mis padres repudiaron de su hija Micaela, de la vergüenza y del escarnio que les infligí y me echaron de casa, sin más amparo que la poca ropa que una de mis hermanas, pudo sacar de mi habitación. Quedé en la puta calle, sola con mi barriga y las atenciones del asistente de mi padre, que me llevó a su habitación de realquilado.
Para no dar que hablar en los mentideros castrenses, lo trasladaron a una embajada africana al hijo de puta, que me preñó no sé ni cómo; bueno sí lo sé, por ligera de cascos, pero eso no es eximente, ni quiero que sirva de excusa y que rebaje la inmoralidad y lo mal que actué, ni que no deba pagar mi culpa. No me violó, ni me forzó, me tomó franca porque yo se lo puse todo a punto para que me montara tranquilamente, ni una ni dos veces, durante medio mes entero fui suya, estando unas veces borracha, otras drogada y las más, hambrienta de sexo.
Así, quedaba tapada la noticia de que la hija del General era una fácil y la familia seguía inmaculada y sin lacra, yendo los domingos a misa de doce y tomando el vermut en la sala de los Oficiales y Jefes, mientras la realidad es que yo podrida, harta de veneno y de odio, preñada y enferma, le daba una vida que Eladio no merecía.
Eladio se reenganchó, al ejército, para no dejarme desamparada, yo no supe nada hasta más tarde, todo lo llevó en silencio. De buenas a primeras se presentó al curso de cabo que fue un trámite que hizo en el mismo cuartel donde radicaba y siguió en las mismas dependencias y con el mismo destino, uno de tantos asistentes del General. Gracias al él recibía noticias de mi hermana, y creo que ella a su vez las revertía por lo menos a mi madre, que según los mentideros de la residencia, ella padeció mucho, pero que no vino a visitarme jamás a la pensión donde habitaba junto, que no juntos con el asistente de su marido. Hombre; que no había tenido nada que ver con todo el escándalo, pero si fue el que tuvo más valor, pena y amor por mí.
Nació mi hija, con una enfermedad hereditaria que causa un daño progresivo e irreversible a los músculos y a nervios: Ataxia de Friedreich, la que le detectamos a partir de los cuatro añitos, por sus frecuentes caídas y su perturbación en el lenguaje.  En ese tiempo ya habíamos contraído matrimonio civil, vivíamos llenos de felicidad, en un departamento chiquito del ensanche y a base de esfuerzos y de vicisitudes llenos de soplos plenos de gozo y de inquietud y por el deterioro de la salud de Lola, nuestra niña, que a medida que pasaba el tiempo, se nos marchitaba sin remedio. Repentinamente y casi sin esperarlo, por las malas calificaciones que sabíamos había obtenido en la terna, de las pruebas de instrucción para acceso al empleo de sargento, consiguió de una forma muy poco normal plaza de Suboficial. El progreso se produjo, y mi marido fue ascendido, consiguiendo con ello vivienda y mantener el mismo destino en plaza.
Mi padre murió, sin conocer a su nieta, y sin dar su brazo a torcer por toda la ofensa que tuvo que soportar por mi parte, aunque sé que, a menudo preguntaba por nosotros a mi hermana, y mantuvo excelente trato con Eladio, sin mediar palabra sobre el tema que nos ocupa. Teniendo mucho que ver en beneficios ocultos en cuanto a la carrera militar de un chusquero. Eladio se portó con Lola, como un padre, como el padre auténtico que fue mientras vivió nuestra chiquita.
Yo comienzo a reponerme de grandes depresiones de salud y poca atención a mi sargento, por ello, sabiendo de la amistad, ¡más que eso! del cariño que seguramente le profesas, podrías ponerme un poco al tanto de lo que ha sido su vida en estos dos años que llevas con él, a su lado, a su sombra, aguantándole su mal humor y seguramente sus decepciones_. Finalizó su larga exposición aquella mujer, que más que narración de hechos era preámbulo para que el ayudante, pudiera darle alguna idea o quizás síntoma de optimismo, para que de una manera irrefutable, agradar a su marido, tras tanta presión, tanto sacrificio y tanto silencio oscuro.
_ Mire usted señora Micaela_. Intentaba explicar aquel soldado, después de haber escuchado atentamente, la amplia explicación de sus penas_, Antes de venir aquí a su casa, a pintarla, Eladio Díaz, me advirtió que, y transmito palabras textuales: _.”Cuando Micaela, te pregunte, espero sepas dejarme en buen lugar y además sepas convencerla. ¡Que no te será fácil!  es muy astuta y huele a los embusteros a mucha distancia. Ya sabes cuál es el mandamiento que dicta el decálogo militar. Se conoce todos los entresijos de pasillos y cree que soy un poco beodo, fullero y faldillero”_. Yo no soy ningún ángel de la guarda, tampoco conozco la relación que tienen ustedes, me han encargado que sea el responsable de un grupo de soldados metidos a decoradores, en su casa y se me ocurre hacerle una pregunta con mucho respeto: ¿Usted quiere a su marido? 
¡Porque su marido; sí la quiere a usted!
¡No me conteste! Piénselo tranquilamente, nosotros mañana ya no vendremos, finalizamos esta misma tarde con lo que habíamos convenido y ésta noche el sargento Eladio acaba su Semana de Reten.
Según me ha comentado en su explicación, hubo un tiempo que el soldado Eladio, en el curso que comenzaron sus desgracias, estaba en su casa, de asistente de su padre el General y también habían pintado las paredes de su pabellón.  Justo ahora, hemos repintado vuestras vidas, vuestras paredes, vuestros deseos e ilusiones. ¿Crees que es buen momento para   …borrón y cuenta nueva?  
 
 
 


domingo, 22 de julio de 2012

Reina y Damas por un año



Es una tradición que si me atreviera a datarla, con seguridad, podría confundir, por lo que de hábito tiene y años que se hace. Lo cierto es que puede remontarse al final de los años cincuenta. Cuando la práctica se inició para establecerse a medida que pasaban los años como fija. Los mozos que se encontraban en  “quintas” para realizar su Servicio Militar obligatorio, eran los protagonistas y como es costumbre que al mocerío, siempre les cortejen las mozas, se les otorgó el completo protagonismo, ya que eran de la misma añada. Se acertó en darles título de “Reinas y Damas” para ensalzar la fiesta, que por otra parte coincidía con la llegada del verano, el final de la siega y las fiestas patronales.
Los mozos reelegían aquellas señoritas de su tiempo, de su entorno, de su pueblo, para que una vez deliberado entre ellos, optaran por la más guapa, femenina, y destacada entre las demás; quien debía presidir las fiestas, como Reina de todos y el resto de doncellas, serían las damas de honor. Acompañando cada una a los distintos muchachos que debían marchar en breve a servir a su ejército, en nombre de la Patria.

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Las lozanas damiselas en ese tiempo, cumplían los 18 años y era más o menos como una puesta de largo, una presentación a la sociedad de la villa, donde toda la población podía participar de ese encanto y agasajo. Las familias hacían el esfuerzo y el gasto, el sobrellevar la carga y el dispendio en vestidos para sus hijas y la recepción de todos los vecinos que se acercaran a la casa, granjeándoles esas pastas y ese vino bueno que reservado para esas ocasiones reposaba en las alacenas.
Al mismo tiempo, aquellos “Reclutas” que eran sorteados en aquellas fechas, ya sabían donde debían cumplir con ese periodo obligado que el país tenía establecido. Unos con más suerte disfrutarían de la proximidad y les sería más asequible ver a sus familias por cercanía y otros con menos fortuna desde la lejanía del destino, podrían vivir más en solitario y defenderse en solitud esperando el permiso anual de rebaje de funciones.
Han ido pasando generaciones, una tras otra, reinas y damas disfrutando y saboreando de su paso, por ese lujo esplendoroso de haber sido elegida por todos los muchachos del pueblo, como las más destacadas y femíneas.
Cada anualidad ha ido mejorando la fiesta en calidad, colorido y boato. Ahora las cosas han cambiado algo y ya no es obligatorio, que los chavales cumplan con  el servicio de milicias, sin embargo, se sigue festejando todo lo que envuelve a las reinas, y esos afortunados siguen acompañando a esas jovencitas que ilusionadas, presumen con sus vestidos y sus peinados. Esas bellezas serenas que arrastran sus ilusiones, como ha sucedido siempre y que apostamos para que cada mes de julio, se cumplan esos acontecimientos.
Felicidad desde aquí para todos y que la Reina Elegida este año, tenga un mandato precioso, lleno de alegrías y de ilusiones cumplidas.