Mostrando entradas con la etiqueta residencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta residencia. Mostrar todas las entradas

lunes, 8 de junio de 2026

El regalo

 






Son hermanas. Nadie lo duda, aunque todos los consanguíneos no son hijos del mismo padre. La verdad se intuía a las claras, sin embargo, parte de sus hijas hicieron que quedase oculta y disimulada.

Quizás por vergüenza—que en aquella saga, la desconocían—. Cuando la madre murió se llevó tantos secretos, que aún danzan en suposiciones los herederos de según que recuerdos.

Se fue yendo como el vertiginoso derretir del hielo al sol, sin argumentar sus impudicias, que quizás: no tuvo salidas y con todo habría que conocer su situación de entonces y los motivos que la asistieron.

Esas lascivias no confesadas ni definidas no fueran obligadas por alguien que siempre quedó al margen sin darle demasiada culpa.

Se esfumó en silencio y muy sola.

Envuelta en una alarmante falta de raciocinio. Plena de remordimientos y de insatisfacciones, por el bagaje que dejaba a los que poco la lloraron.

Una mañana de agosto en una de las camas de aquella reserva para ancianos la encontraron muerta.

Dentro del aislamiento de su escueta habitación de la residencia de los Bérchules. Con un escrito bajo su almohada que iba dirigido a los cuatro hijos, y en especial a sus tres niñas que ya no lo eran tanto.

Se le escapó el vigor y la salud sin decir la verdad.

Esa certidumbre tan cruda y tan agria, rigurosa y despiadada con la que tuvo que cargar toda su existencia. Se fueron a la tumba con Sigimonda, por no tener confianza con ninguna de sus tres hijas, con las que jamás concordó.

Aquellas letras dejaban al margen al primogénito, un hombre descorchado por los muchos tragos y sin arrestos que hacía más de cinco años que no sabía nada de su madre.

La mayor de las hembras Túscula vivía fuera de la región con sus vicios, todos ellos venidos desde la propia mocedad al haberlos adquirido y complacerse con su propia mamá.

El resto de las hijas habían vivido al margen de la familia, al haber sido prohijadas por unos padres adoptivos que las educaron.

En el momento de la defunción, y una vez hallado aquel escrito, la directora de los Bérchules, creyó oportuno entregarlo a la primera hija que se presentó a la premura. Que no fue otra que Domicia, la menor de ellas.

La que una vez leída detenidamente la misiva, ocultó por intereses pecuniarios habidos a los demás hermanos.

El tiempo transcurrió y Domicia, no tuvo a bien decirles nada a los demás allegados, de lo que se disponía en la nota que dejó escrita como últimas voluntades Sigimonda. Que en su poca salud y falta de instrucción, la hizo acentuar y redactar a su cuidadora Cincinata, que entonces era una de las asistentes del albergue de los Bérchules.

La que un buen día en el mercado de las Abulias comentó con idea, que la noticia se expandiera, y llegar al conocimiento del resto de los herederos.

Sin que la interesada y criminal engañadora de Domicia, imaginara que el contenido de las ultimas voluntades de su madre, fuera de dominio público conociéndose muy pronto ampliamente alrededor del barrio. Ya que incluso la letra de la carta, no correspondía con la de la difunta Sigimonda.

Que en su lecho de muerte disponía de aquella forma, tan válida como si la hubiera redactado el notario de la ciudad.

Apoderándose de la totalidad del monto la que todos creían era la más modosita, aquella que motivó con su silencio la trasgresión en pro de su beneficio.

Cincinata esperó con paciencia pero, con atención un tiempo prudencial a ver si cada uno de los descendientes recibía la parte que Sigimonda delegaba en cada uno de sus hijos.

El reparto no llegaba y la asistente de la abuela, aquella que transcribió la glosa, no quiso que la egoísta Domicia, se apoderara de una forma fraudulenta con la totalidad del devengo heredado.

La noticia pronto saltó desde aquel mercado al entorno y al barrio de las Abulias, llegando a oídos del interesado primogénito que fue en busca de aquella que creía había sido la que más padeció en el funeral de la madre. Sin saber que era el único que no había sido escogido para disfrutar de lo que dejaba Sigimonda.

Domicia fue descubierta y acusada en los tribunales.

La nota jamás se encontró.

A pesar de todo, la memoria de Cincinata, fue crucial para que cada cual por lo menos supiera que es lo que Sigimonda le había concedido a cada uno de ellos.

No hubo remedio. Domicia, fue condenada y repudiada por la familia. Una familia que antes de crearse, ya estaba destinada al fracaso.

Hoy después de haber cumplido la pena la menor de las hijas, sigue mintiendo descaradamente. Nadie la traga, pero todos la soportan esperando le llegue la hora en que vaya con el barquero Caronte.



autor: Emilio Moreno


viernes, 22 de mayo de 2026

Aquí te cojo, y aquí te mato...

Emilio Moreno

 



Marisa estaba en aquella residencia sola y abandonada. Su escasa familia la tenía en el olvido. Dejada de la mano de Dios.

Llevaba unos años en aquella casa residencial de la Caritate Europea, costeada desde sus devengos, propiedades y su cuenta corriente, que permanecía saneada y se mantenía y reactivaba de forma periódica y automática.

Conocimiento que todos sus sobrinos nietos poseían, y de una forma disimulada esperaban con paciencia el momento de esa herencia.

Tan solo la iban a ver de vez en cuando, para pulsar como andaba de salud y más o menos prever cuando serían los propietarios de todo cuanto tenía la tieta Marieta. La que fue hermana de la abuela de todos ellos.

 

María Luisa Monterde y Sobrelleno, de noventa y seis años. La superviviente y más longeva de la saga, que aquella tarde hacía un repaso a la vida que llevó durante años, y antes de tragar la pastilla que en la Residencia Caritate Europea le suministraban cada tarde para que no diera la lata, se sumió en sus efemérides y recordó con angustia…imaginándose vivir en aquel tiempo, como si fuera entonces uno de sus cumpleaños… 

Cuando comprendió que no llegaría más allá del punto en que se encontraba, quiso hacer un esfuerzo por convencerse de la ingratitud de la gente que le asediaba.

La rabia embargó su mente y sin quererlo repasó a vuela pluma, la cantidad de equivocaciones en las que se vio inmersa por favorecer a un tipo, y después a otro y otro.

Pensando que alguno la ensalzaría en lo más alto y que llegado el instante de la retirada sería reconocida por amigos y enemigos. 

A menudo tuvo que tratar temas delicados, en la sombra, tapando los errores de aquellos que le prometían que de ir todo bien; no la dejarían olvidada en el ostracismo.

Para ello tuvo que subirse muchas veces la falda por encima de sus rodillas y bajarse las medias dejándose humillar y como no; violentar.

A veces apeteciendo por puro gusto. Codiciando ese meneo con satisfacción por venirle en gana, o por tener el placer de yacer con un hombre que le gustaba.

Permitiéndose el placer de disfrutar a hurtadillas de todo lo prohibido, con tipos guapos y destacados, con aquellos que aún y en sueños, de forma natural jamás hubiera conseguido por su clase, su belleza y su seducción.

El poder embobarlos en una cama y verlos como Dios los trajo al mundo. Presunciones que jamás podría declarar ni presumir de haberlo conseguido absolutamente con nadie.

Amancebamientos del todo prohibidos en su trayectoria personal y profesional. Individuos poderosos, normalmente muy bien casados, con esposas de renombre y muy famosas. Hijas de gerifaltes desalmados.

A los que sus esposos caprichosos y muy a menudo se excitaban en la propia oficina y se encaprichaban de la canalilla de la que ahora estaba en la residencia.

La que entonces ponía por delante sus fenomenales tetas desnudas para que ellos las succionaran en secreto, y después seguir como si no hubiera habido sexo, con las estadísticas de ventas o de los últimos negocios habidos.

Vivía dentro de la clase del poder empresarial existente, sin conciencia y con el poder de conseguirlo todo y pronto.

Tanto era así que dándose la ocasión del aquí te cojo aquí te mato… cerraban la puerta del despacho, con el cartel de No molestar.

Graciosa nota inexacta, que debiera decir… la pura verdad.

Entonces sin más, ella se dejaba importunar muy a gusto y la montaban de modos inverosímiles. Sin testigos, sin concesiones, sin miramientos.

Otras veces confundida, admitiendo el mismo espectáculo, pero obligada por cualquier motivo que quisiera conseguir permitía el manoseo por su terreno corporal. A cambio de las prebendas que en el futuro le permitieran pagar el costo de la Caritate Europea.

Aguantando aquel asco mientras se dejaba tocar y magrear.

Soportando aquel aliento podrido y rancio del soplo asqueroso del que la proveía.

Habiendo también algunos encuentros inexplicables con las esposas de los que asaltaban a la señorita Monterde, la que entonces hacía de secretaria.

Que sabiendo de los deseos de sus maridos, ellas también querían vivir situaciones lésbicas prohibidas.

Rarezas que siempre han existido entre los humanos más decentes conocidos. Aquellas señoronas, que presumiendo de beatas, y sin parecer necesitadas de sexo disfrutaban con el cuerpo de la belleza de la empleada Monterde Sobrelleno, y de un modo o de otro, instaron en el cuerpo de la empleada, llegando y dejándose acariciar por aquellas esposas empresarias relacionadas con el politiqueo que se encaprichaban de sus nalgas refulgentes. 

Marisa se había casado con un tipo que jamás le puso, pero le convenía en aquel instante por acallar las voces de las gentes, incluidas las de su propia familia. Que no daban por aquella aventura más tiempo del necesario.

Divorciándose más de tres veces en sendos arrimos con hombres poderosos, que al partir tan solo le dejaban una cuenta saneada.

Siempre separaciones hechas con mucho talento y sin dar demasiadas noticias en la prensa nacional.

De repente en aquel cumpleaños, su aniversario noventa y seis.

Cuando le faltaban cuatro para la centena en su vida. Se encontró de bruces y a las claras con su propio pasado, por completo decepcionante y repleto de miserias, de disgustos y de desprecios.

Casualidades o no, que le había llevado sin percatarse del desdoro que tendría al final de su camino por todo su pasado.

Despreciando las mejores épocas de su existencia, en la que arrojó sin previsión por la borda un futuro sentimental de verdad. Sin detenerse a pensar que llegaría a ser olvidada.

La enfermera de la Caritate Europea, se acercó sin miramientos, y le abrió la boca para ponerle dentro la pastilla del tranquilium. Aquella que la dejaría traspuesta hasta la hora de la cena. Más o menos sobre las siete y media de la tarde, cuando la llevarían a la mesa y después de un caldo y un zumo la acostarían de nuevo para que no diera la tabarra.

Fue entonces cuando María Luisa volvió a la realidad aquellos recuerdos. Viniéndole a su mente sin esperarlo… 

Ahora. Hoy cumplía noventa y seis años. Nadie la felicitó.

Los achaques eran todos, las ausencias grandes, los sinsabores inolvidables. Estaba en la vejez. En la última estación de cercanías, esperando su vagón de fin de trayecto.

Ya no había nada que hacer, quizás bien poco.

Querer que le reconocieran sus escasos méritos era imposible, por haber llevado una vida de secretos impensables.

Pretender que su familia la valoraran después de lustros y décadas de olvido y desencanto no era posible. No tenía descendencia y lo demás no cuenta.

Su razonamiento le llevó a comprender, o quizás… no hacerlo.

Siendo imperativo para que Marisa dejara de apretar en su ya dilatado declive.


Emilio Moreno




martes, 21 de enero de 2025

Las cuatro personalidades de Ángela.

 









Aquel científico maduro, muy profesional y selectivo, llamado Sean Kanter, tuvo que atender a una tal Noelia, y tomarle declaración, después de ser detenida por los muchos delitos que produjo en los cinco últimos años.

Era un tipo raro de mujer. Una dama que por lo visto, según decían los psiquiatras, tenía hasta cuatro personalidades diferentes, en su propia estructura femenina. Lo que le llevaba a ser, según se despertaba cada día, la mujer que más ambicionaba.

Su franja de actuación iba desde un ente o persona coherente, a otra entidad, que incluso podía seguir las normas de la delincuencia. Sin freno ni cortapisa, pudiendo incluso delinquir en un mismo día más de una vez.

Hacía unos meses que estaba presa en las dependencias de la cárcel de mujeres, Women with crimes. Que traducido a la vulgaridad, no era otro lugar que la prisión donde ingresaban a las mujeres con delitos.

Aquel doctor en psicología e investigador quiso recabar la consecuencia de la gravedad de lo que le imputaban a la supuesta Noelia y fue a visitarla al penal.

Un lugar donde no se podía acceder fácilmente, por sus métodos especiales de guarda y custodia y todas las consecuencias que derivan de la seguridad de los malhechores.

La fueron a buscar a la celda número noventa, que estaba en el noveno piso de la penitenciaría y la llevaron a una sala especial de torturas, para un tercer grado.

Vigilada por cámaras y por celadores muy habituados a los intentos de evasión, la controlaban por no saber las artimañas que poseía aquella especie de dangerous woman.

Míster Sean Kanter, y su equipo esperaban hasta que apareció aquella reclusa, que la sentaron frente a ellos, debidamente esposada. Manteniéndose, los allí presentes, durante un par de segundos sin decir palabra.

En aquella declaración oficial, preparada con antelación, en una tarde de miércoles, desde las dependencias carcelarias, intentaban sacar en claro los delitos por los que se le acusaba a la convicta.

Todos sentados alrededor de una mesa cuadrada, y en dos sillas metálicas asidas al suelo, pretendían averiguar la verdad, en la interrogación que frente a frente se iba a suceder. Los lugares grises, ocupados con toda su enjundia y entre las mismas, una tal Noelia, protagonista de las muchas personalidades. El licenciado se presentó y acto seguido le dijo que sería su defensor, y para ello tenía que hacerle una interpelación de todo lo que le sucedía. Con lo que le cedió la opción de explicarse.

Iniciando Noelia su presentación.

—Mi marido es muy diminuto. Eso sí muy listo. Ya no le aguanto. Se ha quedado a vivir en Oklahoma por miedo a que lo asesine. El abogado le inquirió preguntando.

—pero… vamos a ver. Usted no vivía en Sevilla.

—Yo puedo vivir algún día en New York, y otros en Buenos Aires, o Sevilla. Según despierte, y me llame.

—que quiere decir según me despierte o me llame.

La acusada, sin cortedades ni sobre exposiciones, lo miró con desprecio y le dijo.

— ¡Si claro!, hoy me llamo Noelia, y vivo en Oklahoma, pero el lunes desperté en la calle Corrientes de Buenos Aires, y me llamaban Olga. Hace unos días amanecí en Sevilla y entonces mi gracia era Lucía, y no le cuento si me despiertan en Berlín. ¡Ya ve usted!

 

—Con qué otros nombres puedes notarte aludida. —preguntó el psiquiatra, desconcertado. —Pues mire usted, depende del lugar donde resido. Si amanezco en Sevilla, me llamo tal y si despierto en New York soy Leidy Franchini.

—Me está diciendo, que tiene familia en los cuatro ¿lugares?

—Solo en Sevilla. Allí tengo un hijo que vive con Frasquito, mi marido, que es muy chiquitín. Y está mal de los nervios.

—Quien, está mal de los nervios. —preguntó Sean, atolondrado.

—Mi hijo. El pobre, está casi desquiciado, por la infancia sufrida, con su madre.

—¿Con su madre.? —volvió a recabar el abogado interpelando aquella respuesta.

—Pero vamos a ver. No es usted. Su madre. En qué quedamos.

—Yo hago de madre, cuando vivo en Sevilla, pero después, él se queda huérfano.

El licenciado dejó que aquella demente, hablara para valorarla y puso toda su concentración en lo que conversaba. Sin precisar que estaba interpretando una odisea sin parangón, difícil por otra parte de comprender, pero visionando que estaba como una regadera.

—Yo estoy enferma y no puedo con esta vida. Allí en la residencia donde me han ingresado, estoy en la gloria. No quiero moverme del lugar. Es un apartamento reducido, pero coqueto. Está en el número noventa del último piso, cruzando el pasillo a la izquierda. No pago teléfono, ni agua, me traen la comida en bandeja cuando tengo hambre. ¡que más puedo pedir! No lo cree usted así, padre cura.

Hizo un inciso, y volvió a cambiar de personalidad, entrando en el cuerpo de Olga.

Vine desde mi pueblo a ver a mi hija y buscando. Encontramos lo que buscaba, que es ni más ni menos, que esto.

—Pero señora, ¡vamos a ver!, me acaba de decir que tiene un hijo y ahora me salta con que ha venido a visitar a su hija. ‘¡Aclárese!

 

Marcando el perímetro, donde creía que estaba, aquella mujer comenzó a temblar, y con un raciocinio exultante y con todo lujo de detalles, insinuó, sin orden ni concierto. Haciendo pausas de cuando en vez, para poder ordenar sus ideas y descentrar a los psicólogos, haciendo que se confundieran cada vez un poco más.

Por su lenguaje, pronunciación y léxico demostraba las faltas que la mujer padecía y detentaba.

El grado de su dolencia, no lo habían equilibrado de momento.

Los médicos, no sabían a ciencia cierta, si estaba fingiendo. Dada la capacidad mental de la mujer, y sus dotes de interpretación. Yendo desde el final al principio de su explicación y dejando muchos puntos inconexos, adrede y con el fin de que la designaran incapaz.

Dando detalles de las ciudades donde decía que residía. Interpretación que posibilitaba la diagnosticaran con locura total, y así poder evitar entre muchas cosas, todo lo que el juez, llegado el momento, pudiera infringirle por castigo.

 

Estaba acusada de haber asesinado a tres hombres, uno en cada lugar donde decía había vivido.

Cuando en su realidad, no se movía de Sevilla. Ciudad donde encontraron tres cadáveres relacionados con alguien parecido a ella, y resultando todas las pruebas efectuadas que fue la misma, que ahora decía tener cuatro personalidades.

Siendo según los indicios probatorios, fue la autora de haberlos decapitado.

 

En la cárcel le habían hecho un corte de pelo de presidiario. Estilo doble cero, y según ella se encontraba, divinamente en la institución.

A todo el mundo felicitaba, mostrando al prójimo ser un ser angelical.

Con las monjas del internado, estaba encantada. No dándose en recíproco esa sensación. Ya que las religiosas, le temían, por su agresividad cariñosa y a la vez agresiva.

 

Una vez finalizado el receso que habían predispuesto los médicos volvieron a la interrogación preliminar.

—Sabe que tengo tres hijos—anunció la acusada y prosiguió.

—Uno está en Bélgica. Invocaba pasándose la lengua por el paladar fungiendo los labios. —Otra la tengo aquí. Comentaba sin indicar la ciudad y se santiguaba con mucha fe, y seguía relamiéndose.

—Pobrecita trabaja mucho. Es muy limpia, tiene dos hijos—siguió argumentando, como si estuviera en la sala de espera del dentista.

—Mire usted vive cerquita de aquí. Con avión llega en no menos de cinco horas. Viene a verme, frecuentemente. Cuando puede. Ahora hace dos años, que no nos vemos. Tiene mucha faena y es muy limpia. Se gana la vida, en la cama. Con el amor de los hombres que la visitan, y le dan cariño.

 

Aquella mujer todo lo decía en voz alta, sin embargo hablaba para sí misma. Ya que nadie le hacía una sola pregunta.

Una de las veces que fue interrumpida, por Sean Kanter que le exigió dejara de hablar de Lucía, y le contara detalles de Noelia, de Franchini y de Olga. Se violentó, como si le hubieran quemado con una tea encendida, llenándosele las cuencas de los ojos de ira y de rabia contenida.

Al momento, como si hubiese habido una transformación radical, le cambió el tono de voz y se destapó un tanto la pechera, mostrando casi los senos, para decir.

— Si no me llamara Franchini, y fuera una Leidy de categoría. Respetada en esta parte de América, más de uno saldría malparado. Entre ellos, tu. Que eres un tipo despreciable y rencoroso.

Al momento se calmó y con otra inflexión diferente, y un acento anglosajón comentó.  

—Nadie puede discutir que soy la mejor cirujana plástica de Nueva York, y se difuminaba su cháchara, dejando de ser Leidy Franchini, para pasar a ser Olga, la bonaerense. Aquella que bailaba los tangos con el propio Canciller de la Argentina, la misma que operó a un tal Atahualpa, de flaccidez estomacal.

 

Los doctores dieron por finalizada la sesión, firmando los documentos de chifladura transitoria permanente, y la llevaron a su celda, la noventa del noveno piso de la cárcel.

Esperando el juicio tras aquella prueba de comportamiento.

 

Cuando quedó a solas en su celda, el ataque de risa contraído que mantuvo con ella misma, fue silencioso. Disfrutándolo a placer, al creer que había engañado a los psiquiatras con su comportamiento engañoso.

—Menos mal, que no me ven, ni me han grabado. Estos licenciados, parecen memos.

Se han tragado lo que les he dicho. Si mi padre, el gran mago de Tomelloso, levantara la cabeza, sabría que soy mejor actriz que él. Siguió hablando para consigo.

—A ver como acaba todo esto, que me da, me encierran con grilletes

Declarándose a sí misma, en su soledad, o quizás en su locura, inocente.

Que realmente se llama Ángela, y que jamás ha matado ni a una mosca. Que no sabe ni donde se encuentra, ni si ha cenado, que le gustaría tomarse un café y ver una película de Humphrey Bogart.

Tan solo hace lo que hace, por llamar la atención de su hija, que vive en la Rambla de la Riera y no la visita ni en broma.

No conoce Sevilla, ni ha estado en Buenos Aires, ni sabe lo que es Oklahoma.

Que todo lo hace, para llamar la atención de su Purita, que la tiene olvidada, y si la condenan a muerte, por esos asesinatos que jamás cometió. Igual le hacen un favor y se quita de en medio, al dejar de padecer.



autor: Emilio Moreno
Sant Boi, 21 enero 2025.