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| Emilio Moreno |
Marisa estaba en aquella residencia sola y abandonada. Su escasa familia la tenía en el olvido. Dejada de la mano de Dios.
Llevaba
unos años en aquella casa residencial de la Caritate Europea,
costeada desde sus devengos, propiedades y su cuenta corriente, que permanecía
saneada y se mantenía y reactivaba de forma periódica y automática.
Conocimiento
que todos sus sobrinos nietos poseían, y de una forma disimulada esperaban con
paciencia el momento de esa herencia.
Tan solo
la iban a ver de vez en cuando, para pulsar como andaba de salud y más o menos
prever cuando serían los propietarios de todo cuanto tenía la tieta Marieta. La
que fue hermana de la abuela de todos ellos.
María Luisa Monterde y Sobrelleno, de noventa y seis años. La superviviente y más longeva de la saga, que aquella tarde hacía un repaso a la vida que llevó durante años, y antes de tragar la pastilla que en la Residencia Caritate Europea le suministraban cada tarde para que no diera la lata, se sumió en sus efemérides y recordó con angustia…imaginándose vivir en aquel tiempo, como si fuera entonces uno de sus cumpleaños…
Cuando
comprendió que no llegaría más allá del punto en que se encontraba, quiso hacer
un esfuerzo por convencerse de la ingratitud de la gente que le asediaba.
La
rabia embargó su mente y sin quererlo repasó a vuela pluma, la cantidad de
equivocaciones en las que se vio inmersa por favorecer a un tipo, y después a
otro y otro.
Pensando
que alguno la ensalzaría en lo más alto y que llegado el instante de la
retirada sería reconocida por amigos y enemigos.
A
menudo tuvo que tratar temas delicados, en la sombra, tapando los errores de
aquellos que le prometían que de ir todo bien; no la dejarían olvidada en el
ostracismo.
Para
ello tuvo que subirse muchas veces la falda por encima de sus rodillas y
bajarse las medias dejándose humillar y como no; violentar.
A veces
apeteciendo por puro gusto. Codiciando ese meneo con satisfacción por venirle
en gana, o por tener el placer de yacer con un hombre que le gustaba.
Permitiéndose
el placer de disfrutar a hurtadillas de todo lo prohibido, con tipos guapos y
destacados, con aquellos que aún y en sueños, de forma natural jamás hubiera
conseguido por su clase, su belleza y su seducción.
El
poder embobarlos en una cama y verlos como Dios los trajo al mundo.
Presunciones que jamás podría declarar ni presumir de haberlo conseguido
absolutamente con nadie.
Amancebamientos
del todo prohibidos en su trayectoria personal y profesional. Individuos poderosos,
normalmente muy bien casados, con esposas de renombre y muy famosas. Hijas de
gerifaltes desalmados.
A
los que sus esposos caprichosos y muy a menudo se excitaban en la propia
oficina y se encaprichaban de la canalilla de la que ahora estaba en la
residencia.
La
que entonces ponía por delante sus fenomenales tetas desnudas para que ellos
las succionaran en secreto, y después seguir como si no hubiera habido sexo,
con las estadísticas de ventas o de los últimos negocios habidos.
Vivía
dentro de la clase del poder empresarial existente, sin conciencia y con el
poder de conseguirlo todo y pronto.
Tanto
era así que dándose la ocasión del aquí te cojo aquí te mato… cerraban la
puerta del despacho, con el cartel de No molestar.
Graciosa
nota inexacta, que debiera decir… la pura verdad.
Entonces
sin más, ella se dejaba importunar muy a gusto y la montaban de modos
inverosímiles. Sin testigos, sin concesiones, sin miramientos.
Otras
veces confundida, admitiendo el mismo espectáculo, pero obligada por cualquier
motivo que quisiera conseguir permitía el manoseo por su terreno corporal. A cambio
de las prebendas que en el futuro le permitieran pagar el costo de la Caritate Europea.
Aguantando
aquel asco mientras se dejaba tocar y magrear.
Soportando
aquel aliento podrido y rancio del soplo asqueroso del que la proveía.
Habiendo
también algunos encuentros inexplicables con las esposas de los que asaltaban a
la señorita Monterde, la que entonces hacía de secretaria.
Que
sabiendo de los deseos de sus maridos, ellas también querían vivir situaciones
lésbicas prohibidas.
Rarezas que siempre han existido entre los humanos más decentes conocidos. Aquellas señoronas, que presumiendo de beatas, y sin parecer necesitadas de sexo disfrutaban con el cuerpo de la belleza de la empleada Monterde Sobrelleno, y de un modo o de otro, instaron en el cuerpo de la empleada, llegando y dejándose acariciar por aquellas esposas empresarias relacionadas con el politiqueo que se encaprichaban de sus nalgas refulgentes.
Marisa
se había casado con un tipo que jamás le puso, pero le convenía en aquel
instante por acallar las voces de las gentes, incluidas las de su propia
familia. Que no daban por aquella aventura más tiempo del necesario.
Divorciándose
más de tres veces en sendos arrimos con hombres poderosos, que al partir tan
solo le dejaban una cuenta saneada.
Siempre
separaciones hechas con mucho talento y sin dar demasiadas noticias en la
prensa nacional.
De
repente en aquel cumpleaños, su aniversario noventa y seis.
Cuando
le faltaban cuatro para la centena en su vida. Se encontró de bruces y a las
claras con su propio pasado, por completo decepcionante y repleto de miserias,
de disgustos y de desprecios.
Casualidades
o no, que le había llevado sin percatarse del desdoro que tendría al final de
su camino por todo su pasado.
Despreciando
las mejores épocas de su existencia, en la que arrojó sin previsión por la
borda un futuro sentimental de verdad. Sin detenerse a pensar que llegaría a
ser olvidada.
La
enfermera de la Caritate Europea, se acercó sin miramientos, y le abrió la boca
para ponerle dentro la pastilla del tranquilium. Aquella que la dejaría
traspuesta hasta la hora de la cena. Más o menos sobre las siete y media de la
tarde, cuando la llevarían a la mesa y después de un caldo y un zumo la
acostarían de nuevo para que no diera la tabarra.
Fue entonces cuando María Luisa volvió a la realidad aquellos recuerdos. Viniéndole a su mente sin esperarlo…
Ahora.
Hoy cumplía noventa y seis años. Nadie la felicitó.
Los
achaques eran todos, las ausencias grandes, los sinsabores inolvidables. Estaba
en la vejez. En la última estación de cercanías, esperando su vagón de fin de
trayecto.
Ya no
había nada que hacer, quizás bien poco.
Querer
que le reconocieran sus escasos méritos era imposible, por haber llevado una
vida de secretos impensables.
Pretender
que su familia la valoraran después de lustros y décadas de olvido y desencanto
no era posible. No tenía descendencia y lo demás no cuenta.
Su
razonamiento le llevó a comprender, o quizás… no hacerlo.
Siendo
imperativo para que Marisa dejara de apretar en su ya dilatado declive.
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| Emilio Moreno |


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