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viernes, 22 de mayo de 2026

Aquí te cojo, y aquí te mato...

Emilio Moreno

 



Marisa estaba en aquella residencia sola y abandonada. Su escasa familia la tenía en el olvido. Dejada de la mano de Dios.

Llevaba unos años en aquella casa residencial de la Caritate Europea, costeada desde sus devengos, propiedades y su cuenta corriente, que permanecía saneada y se mantenía y reactivaba de forma periódica y automática.

Conocimiento que todos sus sobrinos nietos poseían, y de una forma disimulada esperaban con paciencia el momento de esa herencia.

Tan solo la iban a ver de vez en cuando, para pulsar como andaba de salud y más o menos prever cuando serían los propietarios de todo cuanto tenía la tieta Marieta. La que fue hermana de la abuela de todos ellos.

 

María Luisa Monterde y Sobrelleno, de noventa y seis años. La superviviente y más longeva de la saga, que aquella tarde hacía un repaso a la vida que llevó durante años, y antes de tragar la pastilla que en la Residencia Caritate Europea le suministraban cada tarde para que no diera la lata, se sumió en sus efemérides y recordó con angustia…imaginándose vivir en aquel tiempo, como si fuera entonces uno de sus cumpleaños… 

Cuando comprendió que no llegaría más allá del punto en que se encontraba, quiso hacer un esfuerzo por convencerse de la ingratitud de la gente que le asediaba.

La rabia embargó su mente y sin quererlo repasó a vuela pluma, la cantidad de equivocaciones en las que se vio inmersa por favorecer a un tipo, y después a otro y otro.

Pensando que alguno la ensalzaría en lo más alto y que llegado el instante de la retirada sería reconocida por amigos y enemigos. 

A menudo tuvo que tratar temas delicados, en la sombra, tapando los errores de aquellos que le prometían que de ir todo bien; no la dejarían olvidada en el ostracismo.

Para ello tuvo que subirse muchas veces la falda por encima de sus rodillas y bajarse las medias dejándose humillar y como no; violentar.

A veces apeteciendo por puro gusto. Codiciando ese meneo con satisfacción por venirle en gana, o por tener el placer de yacer con un hombre que le gustaba.

Permitiéndose el placer de disfrutar a hurtadillas de todo lo prohibido, con tipos guapos y destacados, con aquellos que aún y en sueños, de forma natural jamás hubiera conseguido por su clase, su belleza y su seducción.

El poder embobarlos en una cama y verlos como Dios los trajo al mundo. Presunciones que jamás podría declarar ni presumir de haberlo conseguido absolutamente con nadie.

Amancebamientos del todo prohibidos en su trayectoria personal y profesional. Individuos poderosos, normalmente muy bien casados, con esposas de renombre y muy famosas. Hijas de gerifaltes desalmados.

A los que sus esposos caprichosos y muy a menudo se excitaban en la propia oficina y se encaprichaban de la canalilla de la que ahora estaba en la residencia.

La que entonces ponía por delante sus fenomenales tetas desnudas para que ellos las succionaran en secreto, y después seguir como si no hubiera habido sexo, con las estadísticas de ventas o de los últimos negocios habidos.

Vivía dentro de la clase del poder empresarial existente, sin conciencia y con el poder de conseguirlo todo y pronto.

Tanto era así que dándose la ocasión del aquí te cojo aquí te mato… cerraban la puerta del despacho, con el cartel de No molestar.

Graciosa nota inexacta, que debiera decir… la pura verdad.

Entonces sin más, ella se dejaba importunar muy a gusto y la montaban de modos inverosímiles. Sin testigos, sin concesiones, sin miramientos.

Otras veces confundida, admitiendo el mismo espectáculo, pero obligada por cualquier motivo que quisiera conseguir permitía el manoseo por su terreno corporal. A cambio de las prebendas que en el futuro le permitieran pagar el costo de la Caritate Europea.

Aguantando aquel asco mientras se dejaba tocar y magrear.

Soportando aquel aliento podrido y rancio del soplo asqueroso del que la proveía.

Habiendo también algunos encuentros inexplicables con las esposas de los que asaltaban a la señorita Monterde, la que entonces hacía de secretaria.

Que sabiendo de los deseos de sus maridos, ellas también querían vivir situaciones lésbicas prohibidas.

Rarezas que siempre han existido entre los humanos más decentes conocidos. Aquellas señoronas, que presumiendo de beatas, y sin parecer necesitadas de sexo disfrutaban con el cuerpo de la belleza de la empleada Monterde Sobrelleno, y de un modo o de otro, instaron en el cuerpo de la empleada, llegando y dejándose acariciar por aquellas esposas empresarias relacionadas con el politiqueo que se encaprichaban de sus nalgas refulgentes. 

Marisa se había casado con un tipo que jamás le puso, pero le convenía en aquel instante por acallar las voces de las gentes, incluidas las de su propia familia. Que no daban por aquella aventura más tiempo del necesario.

Divorciándose más de tres veces en sendos arrimos con hombres poderosos, que al partir tan solo le dejaban una cuenta saneada.

Siempre separaciones hechas con mucho talento y sin dar demasiadas noticias en la prensa nacional.

De repente en aquel cumpleaños, su aniversario noventa y seis.

Cuando le faltaban cuatro para la centena en su vida. Se encontró de bruces y a las claras con su propio pasado, por completo decepcionante y repleto de miserias, de disgustos y de desprecios.

Casualidades o no, que le había llevado sin percatarse del desdoro que tendría al final de su camino por todo su pasado.

Despreciando las mejores épocas de su existencia, en la que arrojó sin previsión por la borda un futuro sentimental de verdad. Sin detenerse a pensar que llegaría a ser olvidada.

La enfermera de la Caritate Europea, se acercó sin miramientos, y le abrió la boca para ponerle dentro la pastilla del tranquilium. Aquella que la dejaría traspuesta hasta la hora de la cena. Más o menos sobre las siete y media de la tarde, cuando la llevarían a la mesa y después de un caldo y un zumo la acostarían de nuevo para que no diera la tabarra.

Fue entonces cuando María Luisa volvió a la realidad aquellos recuerdos. Viniéndole a su mente sin esperarlo… 

Ahora. Hoy cumplía noventa y seis años. Nadie la felicitó.

Los achaques eran todos, las ausencias grandes, los sinsabores inolvidables. Estaba en la vejez. En la última estación de cercanías, esperando su vagón de fin de trayecto.

Ya no había nada que hacer, quizás bien poco.

Querer que le reconocieran sus escasos méritos era imposible, por haber llevado una vida de secretos impensables.

Pretender que su familia la valoraran después de lustros y décadas de olvido y desencanto no era posible. No tenía descendencia y lo demás no cuenta.

Su razonamiento le llevó a comprender, o quizás… no hacerlo.

Siendo imperativo para que Marisa dejara de apretar en su ya dilatado declive.


Emilio Moreno




domingo, 26 de octubre de 2025

Eres mi ángel custodio, y ...

 


 



Lucía, había abandonado a Indalecio sin zarandajas. Se había acabado el amor, y se había enamorado de un antiguo conocido de juventud, que por casuales coincidieron en la autoescuela. Siendo Celio, su instructor de circulación y preparador de su examen.

El mismo que tras instruirla en la teórica de su regla, la iniciara en montar por la derecha, hacer el stop y marcha atrás. Ceder el paso y perfeccionarla en el mete y saca, el acelera que no corres, y del estrechamiento si vas calzada. Todo relacionado con las marchas y velocidades dentro y fuera del vehículo.

El que acabó pilotando el carruaje corporal de Lucia. con la anuencia de ella y con el deseo de no saltarse un semáforo en rojo, ni ser embestida sin previo aviso.

Metiéndole la directa, en su caja de cambio, momentos antes de pasar el reconocimiento de su tráfico físico. Celeridad de crucero que gozaba con Celio, la que fue fiel esposa de Indalecio.

Hasta que se enamoró de la instrucción recibida en el manejo que la conducía a su éxtasis.

Indalecio se quedó solo en su pisito de la calle Vergara, desde que su ex conductora se mudó con el Coach, que le regalaba una nueva vida.

De hecho. El burlado no se lo tomó demasiado a pecho, encontrarse en vías del divorcio, y camino de su soltería. Ya que se quitaba de encima a una adúltera espabilada, que no lo quería, y además trataba de disimular de maravilla frente a la familia. Dando motivos y excusas vanas, por las cuales dejó de amar al que fuera su marido.

Transformándose el esposo abandonado, a la fuerza, de la noche a la mañana en un disponible más. En otro liberado de cuidados y compromisos.  

Aquella mañana calurosa, cuando Indalecio subía a la piscina del terrado de su edificio, habían pasado siete largos meses desde que Lucía, no vivía en aquella dirección, tenía su total libertad, y ya podía conducir su Chevrolet. Estaba a punto de firmar su separación. La relación estaba completamente rota, y al no haber niños que mantener, pues miel sobre hojuelas, y cada cual a su manzano. Ella con la nueva pasión de su viejo amigo Celio, y el desafortunado Indalecio, libre como un taxi en el inicio del servicio.

Tendió su toalla sobre el falso césped de la terraza y tomaba el sol de maravilla, viendo desde las alturas la congestión de la ciudad, que abarrotada de vehículos, de ruido y de prisas, moraba frente a sus ojos y debajo de sus pies.

La altura del edificio era de quince plantas, que es la elevación que tenía la magnífica piscina y las instalaciones de recreo del inmueble.

De buenas a primeras apareció una esbelta señora, de mediana edad, muy bien cuidada por el aspecto que mostraba bajo su bikini, la que sin saludar apenas y con un disgusto visible, se acercó a la baranda del límite del perímetro de asueto permitido.

Intentando franquear la seguridad, violando la prohibición de aproximación, al subirse por encima de la balaustrada que separaba el espacio seguro con el mismísimo precipicio del abismo.

Daba a entender por sus sacudidas que intentaba tirarse desde esa altura hacia la cara posterior de la calle Mendizábal, la opuesta a Vergara.

Indalecio sin más, se acercó a la mujer y le impidió que siguiera con su ofuscación, primero alertándola con su propia voz y al ver que no le hacía caso, fue en su busca y con empeño bruto, la reclinó sobre la barandilla de seguridad del pasillo.

—¡Qué le sucede. ¡Mujer…! Ha perdido la cabeza. No ve usted, que malgastará la vida si se lanza desde aquí. Ande respire a fondo y vamos a sentarnos los dos sobre mi toalla que es grande y nos puede arropar sin más. Le incitó con vehemencia a la morena decidida a volar desde las nubes. Comentando casi sin que ella le escuchara.

—No se quite de en medio sin que la gente haya sacado entradas para ver la película de una mujer desesperada. Es usted una tía guapa y no merece este final, por mucho que quiera usted contarme. Aquella guapa hembra, con titubeos le increpó, por meterse en su vida sin permiso. Exponiendo con mucho desacato y mal humor la intervención del caballero.

—Si le hubieran hecho lo que me ha sucedido a mí, seguro que ya haría horas se hubiera cortado las venas, o se hubiera ahogado en el mar. Yo no soy tan valiente pero me veo con valor de quitarme de este mundo, saltando desde la azotea de donde vivo.

 —Serénese por Dios. No hay nada en esta puta vida que merezca la pena, ni se pueda evitar, con decisiones mal tomadas. Argumentó Indalecio, sujetándola para evitar maniobras inesperadas.

—¡Déjeme usted, que no quiero vivir! No me agrada en las condiciones que el destino me provee. ¡Quiero morir! ¡Ayúdeme usted caballero! O deje que acabe yo misma con mi propuesta.

Aquella mujer temblaba como la hoja de un papel de fumar al intentar montar un pitillo, por una inexperta.

Con lo que el recio Indalecio pudo casi a la fuerza, llevarla a una zona de seguridad, alejada de la que iba a sacrificarse en breve.

A la par que con muecas y su mirada persuasiva y ayudado por sus gesticulaciones les había dado instrucciones al resto de personal de la piscina, que se apiñaba alrededor de ellos, al ver el meneo sucedido en las instalaciones. Decidiendo con educación, se ausentaran del lugar sin demasiadas alharacas, y poder entablar motivos con la desesperada.

—Vamos a ver, señora. ¡Cómo te llamas! Permíteme que te tutee, pero veo que no eres una tía mayor, que no sea consciente de lo que se le dice por su bien. La mujer, además de temblar, tenía una sudoración algo superior a la temperatura y la humedad que hacía.

Como si padeciera de alguna esquizofrenia compulsiva. Por lo que le insistió Indalecio, en que le dijera su nombre.

—¡Vamos tía ¡Dime como te llamas.! Y si me cuentas que te pasa y lo veo claro, seré yo el que te ayudará a saltar por encima de la baranda. Hasta que te aplastes los sesos en la puñetera calle, y antes que te des cuenta te atropelle uno de los camiones, que pasan por el paseo de Mendizábal.

No te preocupes llegado ese caso, que te recogerán del pavimento hecha una mierda, y ya no tendrás que justificarte con nada ni con nadie.

¡Me entiendes… así que comienza a largar! Le vaticinó aquel hombre, que tan solo pretendía quitarle la idea de tirarse desde la azotea. Siguiendo con los contratiempos que tendría le siguió hablando.

—Que si pretendes estar muerta para medio día, no tenemos tiempo que perder.

La reacción fue casi de inmediato. Indalecio, no sabía ni él mismo como había dicho semejantes palabras a una suicida que ni conocía, y que además le importaba un pimiento lo que le pasaba con su vida.

Tan solo quiso asistir a una mujer nerviosa, y desesperada no cometiera un descalabro con su propio cuerpo.

Un poco más serena, comenzó a responder a las preguntas que le había formulado Indalecio.

—Me llamo Natalia, Natalia Manrique, tengo treinta y ocho años, trabajo en el Banco del Tesoro de Numancia, y estoy desesperada.

Mi marido me ha engañado con una prima mía, mas joven que yo y con menos kilos. Además, le he facilitado un préstamo mediante el banco, que soy su avaladora y me ha dejado en la quiebra total.

—Has perdido el trabajo quizás, estás delicada y enferma de gravedad, tienes hijos contagiados sin curación, o hay aún más. Le preguntó de nuevo Indalecio. —¡No. El trabajo lo conservo! De momento si no lo estropeo todo. No padezco de nada que yo sepa, a Dios gracias. Tampoco tengo hijos ni pequeños ni grandes. Me ha dejado endeudada y no sé como voy a salir de esta mierda, que me ha metido el hijo de la pluma de su madre. La respuesta del hombre, no se hizo esperar.

—Por esa jodienda incompleta, te quieres ir a tomar viento, de una forma tan poco elegante, quedando aplastada en la puñetera calle, con tus carnes y vergüenzas al aire, y encima después ¡Todos!, además de decir que estabas loca y que no controlabas tu vida, te considerarían una idiota perdedora. ¡Eso quieres Natalia! … ¡Eso quieres de verdad tía!

Detuvo la perorata y le palpó su espalda, notando que ya no temblaba, ni sudaba.

Le colocó uno de los conos del pecho. El del sujetador derecho, evitando se le saliera el seno de la cuenca del sostén y le acarició el cabello, diciéndole.

—Si lo haces estás loca y no podrás incluso ni conocerme a mí, que he sido como si fuera tu ángel custodio. ¡Nada más que por eso, deberías planteártelo. Me llamo Indalecio, y a mí también me pasan cosas denigrantes y muy feas, y sigo en esta terraza, pero bañándome y bronceando mi piel por si aparece una sirena como tú para salvarla… y eso…es así tía. Sin más. ¡Qué te parece Natalia!

—Estoy desesperada, no lo sabes bien. Quiero morirme ahora mismo. ¡Déjame que me tire al vacío! Ayúdame. Le imploró desesperada, y él respondió.

—Te he comentado, que si veía un desastre en tu vida, yo te ayudaría a inmolarte. Sin embargo no mereces perder esa preciosa cara por un adulterio. De verdad confía en mí, baja conmigo a casa. Vivo aquí mismo en el piso nueve. Tengo unas pizzas sabrosas, preparadas y una botella de agua mineral, vino y cava. Podemos incluso tomarnos un café con gotas si te apetece, y si continúas pensando en que debes sacrificarte.

No me opondré, te dejaré que subas de nuevo, y te abras como un ave fénix sin alas. Después yo mismo daré parte a tu familia, del óbito que has propinado por una decepción que te has llevado con tu marido y tu prima.

Ellos se reirán de ti, por dejarles el camino libre, y sin tener que excusarse con nadie. Procura darles para el pelo con fuerza en sus errores. Resurge y vive, que vean que no han podido con su engaño. Mantén la cabeza clara, apura ese futuro lleno de ilusiones y un par de ovarios para enfrentarte a lo que viene.

La cubrió y tapó con su toalla con amabilidad y la abrazó como se ciñe a una amiga desconsolada, o quizás algo más.

Ambos iniciaron la retirada del lugar y bajando por el ascensor hasta la novena planta, frente a la puerta de la vivienda de Indalecio. Natalia sugirió.

—Prefiero que vengas tu a mi casa, así me puedo vestir con mi propia ropa. Pulsa al piso sexto, no vivo lejos de ti. Lo que no sé, como es que jamás habíamos tropezado.

Indalecio, le concedió el deseo y al descender hasta la sexta abrió la puerta permitiendo bajara, y le comentó.

—Aquí me quedo. No te preocupes por las toallas, ya me las devolverás. No me corre prisa y ya sabes dónde encontrarme. ¡Prométeme que no volverás a las andadas!, y no te molesto más.

A Natalia no le pareció justo, había sufrido un repentino cambio, gracias a la reprimenda que Indalecio le indicó y le propuso.

—Ven conmigo. ¡No me dejes! Natalia sin soltarle las manos y acercándolas debajo de sus pechos, mientras lo miraba a los ojos con descaro, insistió.

—No… no. No me dejes sola. Te lo ruego.

Ahora no me dejes caer al vacío.

Necesito que estés conmigo y que sigas arropándome, como has hecho con esta toalla y con ese abrazo delicado que me ha conmovido.

Almorzaremos juntos sin prisas, y me desahogo.

Acabo de explicarte mi desengaño, que no sé cómo ha sido, pero que desde que he notado la calidad de tu estrujón y como me has envuelto entre tus brazos, ha dejado de importarme. Lo veo lejano, distante y que no me pertenece.

No voy a desechar mi felicidad cuando me llega. ¡Antes te he pedido que me ayudaras! ¡Se que no me negarás! No hace tanto me has dicho que eres mi ángel custodio, y podrías tener razón. ¡No intentes ni despreciarme, ni abandonarme! Te necesito.

 


Emilio Moreno.