Llevaba en su aguja de corbata una cámara de una precisión inmejorable, que grababa aquella reunión a la perfección. Se la habían insertado en aquella joya junto al resto de rubíes que lucía para disimular dentro del dibujo de zafiros. Quedó incrustada delicadamente junto a las piedras preciosas de la alhaja haciendo un perfecto dibujo con lo que representaba, y para lo que había sido contratado. Para recuperar el dinero invertido por alguno de los magnates.
Los diseñadores
y especialistas de la empresa Securité du Monde, fueron los orfebres que
prepararon aquella cámara disimulada que se conectaba por control remoto a los teléfonos
de los investigadores y peritos de la firma que tenía asegurada la mayor parte
de lo que desaparecía en aquel sector.
Piezas de
arte valoradas en muchos cientos de miles de dólares, que además, todas
contaban con un seguro millonario y de importancia tanto por robo como pérdida
o hurto, cubriendo incluso el trance de robo o de vandalismo.
Satisfechos
todos los detalles de cuantos riesgos pudieran darse, pasaron a la acción.
Bajo el
contrato de una póliza millonaria, por la cual pagaban unas cuotas amplias.
Expertos y curtidos
especialistas e investigadores pertenecientes a la compañía mencionada habían
preparado a espaldas de la policía, un plan para intentar descubrir el autor de
aquel delito en particular, y quizás de cuantos aún estaban por desvelar.
Aquellos profesionales
eran los que iban tras el rastro de un delito difícil de contrastar, intentando
descifrar antes que la propia policía el paradero del singular y original
cuadro robado.
Los detectives
interesados en el descubrimiento de la infracción, pretendían enganchar cuanto
antes, y de forma elegante, sin demasiada publicidad a los ladrones de aquellas
piezas artísticas. Autores ya, de demasiadas fechorías, que quedaban sin
resolver y generaban cuantiosas pérdidas en las arcas de la aseguradora Securité
du Monde.
Obras irremplazables,
originales y de un valor incalculable, desaparecían sin dejar huella. Sin dar
lugar a recuperar lo despistado ni forma de hallarlos, ya que se perdía la
pista por completo.
Violando de
una forma inaudita, museos, salas de arte y cajas fuertes donde estaban
guardados.
Seguros almacenamientos
que se creían inexpugnables eran violados de una forma banal e irrisoria, que
dejaban a la altura de la burla a las fuerzas de la custodia de aquellas obras
de arte.
Saltándose
sin demasiadas expectativas la seguridad de sus lugares de reposo.
El ministerio
policial no daba crédito por los sucesos acaecidos en aquel período ni a la perplejidad
de los acontecimientos continuados.
Zonas donde
siempre había reinado la seguridad por estar ubicadas en los barrios más
destacados y poderosos de New York y por la cantidad de familias adineradas que
residían en el barrio.
Aquella
intensidad de escamoteos y robos se estaba dando en una época singular, y poco
propicia. Dadas las cautelas habidas por la crisis desatada no solo en aquel
país, sino en todo el continente americano.
Sin que
pudieran atajar a los infractores, ya que estos eran más que especialistas,
brujos indescifrables de cuantos asuntos absurdos, e imposibles de detectar se
pudieran suceder.
La propia
compañía aseguradora con sede en la capital Suiza, la famosa Securité Du Monde,
tomó cartas en el asunto, de una forma discreta, segura y anónima. A pesar de
cuanto sucedía y aun y cuando tuviera que contratar a gente del hampa, que
viviera en aquel submundo de perversión y crimen. Pretendiendo acabar con aquel
chorro de mermas que le representaba perder millones de dólares y consecuencias
que de seguir sin atajar, darían con la firma en banca rota.
Se daba la
circunstancia que incluso antes de cada una de las raterías, robos y atracos
cometidos, los autores del macabro derroche de inseguridad, iban por delante del
futuro de las piezas robadas, llegando la directiva del ministerio a pensar que
había un conjuro dentro del propio despacho de delitos que evitaba que los
detectives pudieran dar caza a tanto ladrón.
Por su
maestría en la desconexión de cámaras, alarmas y frenos de una forma
indetectable y magistral, que jamás se había dado entre aquella gente amante de
lo ajeno.
Las
autoridades comenzaban a pensar en una red establecida y secreta, donde se
encontraban incluso alguno de los propietarios de lo desaparecido, que usaban
el intelecto para cobrar el monto del seguro, sin perder el producto, que luego
vendían bajo cuerda a quienes estuvieran interesados, o lo escondían para que
pasado el tiempo volver a resarcir y mercar con aquellos tesoros.
Nadie
conocía a Mack Gregor el poseedor de la increíble cámara que le pendía de la
aguja de su corbata. Era el designado oculto y disimulado, para solventar las
muchas violaciones que estaban por resolver.
Jacky Mack
Gregor era un tipo desalmado de los barrios bajos, que había estado en la trena
más de una vez, por causas varias.
Todas ellas
fuera de la decencia. Según decían los que le trataban de cerca, había cambiado
mucho.
Notaban y
así lo manifestaban que se había vuelto honrado de la noche a la mañana. Tras
haber purgado tantos años de cautiverio y por haberse relacionado con una buena
mujer que lo había reconducido por los caminos de su religión. Su pareja, su amante
y confidente la señorita Dorothy Marlon, su abogada y además pastora religiosa,
la causante que lo había integrado por los caminos de la auténtica dignidad y
la madre de sus dos hijas.
Jacky Mack
Gregor, había justo finalizado entonces su condena y tras haber pasado años de mentalizarse,
y penar por todo lo que se había embrutecido. Tocar con sus pies en el fondo
del pozo más oscuro, tras apretarse de todo lo ajeno, le propusieron un último
trabajo desde la sombra, para dar con tanto sinvergüenza que vivía escondido
tras los principios de legalidad.
Así que
después de varias sesiones y años de contrición, en cuanto depuró su condena, lo
sacaron de la celda siete tres, donde había pasado los últimos diez años, tan
solo con el consuelo de su Dorothy en el bis a bis de cada semana, y esperando
llegara el instante de su libertad. Liberarse de aquel recinto sombrío de la penitenciaría
del Sudoeste, la peor de la nación, donde cumplen condena los execrables
ampones existentes.
Llegado aquel
interín le dieron su primer trabajo. Una labor que amparada por la ley debería
llevar a cabo, sin que la mayor parte de los agentes de la justicia conociera.
El trato
hecho con Jacky Mack Gregor era mezclarse con la jauría de criminales y una vez
conociera el modus operacional de tanto hurto y robos, denunciara al cabecilla
de los delincuentes que llevaban a término los despropósitos y las muchas extorsiones
en la zona.
Habían
pasado tres meses de su libertad y con sus artimañas, esas que se aprenden en
los barrios bajos y jamás se olvidan, supo integrarse dentro de aquella
sociedad de ampones. En la cual para probarlo le habían ido dando un par de
trabajos que desarrolló sin el más mínimo percance.
Aquella tarde
estaba reunido con el núcleo de los mejores caballeros de la ciudad, los más
acaudalados y a su vez los más sinvergüenzas. Se trataba de despistar del museo
local un cuadro del pintor español Velázquez, que el Museo del Prado había
cedido a la Asociación de Artistas Neoyorkinos como intercambio de la cultura hispano
americana.
Reunidas la
flor y la nata de los prebostes de la ciudad, junto a varios de los agentes
supuestamente defensores de la justicia, para formalizar un plan de hurto del famosísimo
cuadro del pintor ibérico del siglo XVII.
Aquellos que
infligían los delitos en sus propios patrimonios para que las aseguradoras
indemnizaran las cuantiosas pérdidas robadas, estaban preparando un golpe de
mano y seguir pasando desapercibidos y encima quejarse por el cómo y de qué
manera estaba la ciudad de falta de control.
Aquella aguja
de corbata, estaba transmitiendo en directo la secreta reunión que a su vez
estaba siendo grabada por dos de los especialistas y salvadores de la corporación
de seguros.
Los que de
una forma inmediata, y tras años de juicios y demostraciones no fáciles de
llevar a cabo, solucionaron aquellos problemas y resarcieron en las cuentas y
contabilidad de la aseguradora suiza, todo lo que habían robado aquellos
caballeros insignes de la ciudad con el amparo de los corruptos agentes que
nunca dejan de existir.
Autor: Emilio Moreno


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