lunes, 25 de mayo de 2026

Química mental.

 







Graciana Velarde era una mocita de poco peso y de estatura media, no escueta pero tampoco poseía una altura desmesurada. Su proporción no estaba reñida de haber tenido medios con lo que se reconoce como el deslumbrar, disimulando un cuerpo estupendo.

Dotada de una potestad personal destacada, y una fuerza vital extraordinaria. Sin embargo, debido a la precariedad económica por la que estaba sumida su familia, y la falta de alimentos básicos que ingería, mostraba esa flaqueza y ese sombrío color ambarino.

Añadido por su falta de medios en el escaso cuidado en su persona, cabellos ralos, piel desnutrida y poco desarrollo femenino, presentaba una imagen poco propicia para ingresar en el Instituto de Música de su Mancomunidad, por demostrar a las claras su labilidad.

Eran tiempos de escasez, aunque arrojo y tozudez siempre poseyó la joven Graciana.

Empleada como aprendiza de dependienta en la pescadería del señor Gamundi. Anunciando con esa voz que Dios le había concedido el patrocinio de la mercancía.

Cada mañana, tras finalizar sus clases de preparación escolar y acabar los recados en el transporte de prendas ya planchadas, que su mamá hacía para las señoras pudientes del barrio, ayudaba como pescadera.

En su casa, la situación boyante no era. Su padre muy enfermo y afectado por la silicosis. Reposaba respirando con amargura. Impedido por las derivaciones del trabajo bajo la tierra durante más de veinte años en las minas de carbón. Sin sueldo ni pensión alguna.

Su madre Teodosia hacía las faenas más duras para señoras de alto nivel. Con ello y poco más, alguna dádiva de vecinos y conocidos mantenía a una familia compuesta por un matrimonio unido que sobrellevaban esa carga que el destino les había proporcionado.

Además de la mocita Graciana, también alimentaban a dos hermanos menores.

La necesidad era contundente, por ello, aquella jovencilla ayudaba a ratos, en la venta de pescado. Pregonaba con una voz preciosa, potente y estructurada la bonhomía de las sardinas, la dorada y el bacalao.

Siempre con una coplilla inventada que inclusive acrecentaba a las clientas su necesidad de obtener aquel fruto oceánico tan bien avisado, y como no… tan fresco. Llegado en cada una de las madrugadas por el transporte que los Gamundi, ponían al abasto para su venta. Que a su vez ellos compraban en las lonjas de ese mar bravío que mojaba la costa donde vivían.

En una ocasión Doña Dorita, su profesora, sabedora de su capacidad vocal, le propuso una opción valiente. No era otra que dar un paso al frente y se presentara para ser admitida en el Conservatorio.

La profesora conocedora de su dote excepcional, y dada su vocalización y su enjundia en la interpretación, sabía que tenía posibilidades de llegar a ser una soprano de categoría.

Ella misma había estado presente cuando cantaba alguna de las piezas de opereta clásica y para colmo, era la profesora de canto de la moza.

Su preciosa voz y su tonalidad era de aquellas que albergaban la Coloratura de las grandes divas del itinerario italiano.

Sobrándole clase, armonía y pujanza. Debido a su garganta poderosa, para cantar esas piezas tradicionales de siempre. Tan conocidas y populares por haber sido interpretadas hasta la saciedad por cuellos de renombre.

Graciana estaba en la onda y sabía en su fuero que daría un nivel extraordinario con lo que con seguridad podría pasar las pruebas de acceso, en el templo del Conservatorio de Música.

Aprovechando que en aquel tiempo estaban las matrículas abiertas para alumnas con poderío artístico y mínimo poder adquisitivo. Y tras pasar un examen los profesores decidían que muchacha era becada en la amplitud de gastos, para que pudiera comenzar una trayectoria musical.

Tras una labor de arduo convencimiento, por parte de doña Dorita para convencer a su madre, la tía Teodosia, y contando con la ayuda que aportaría toda la villa, en que la querida jovencita pudiera llegar a ser lo que el destino con sus caprichos retrasaba, accedió y se presentó. 

El erudito que recibió a Graciana para escucharla cantar y permitir o no su ingreso, se negó a acompañarla al piano y ni siquiera oír su voz. Aduciendo que para ser una diva, se necesitaba más presencia, y no vestir con la sencillez con que iba la joven. Atacó su delgadez y su pobre vestimenta, y se negó a escucharla, diciéndole.

—No puedo admitirte en el Conservatorio, te falta clase. Con la que no has nacido. Puedes marcharte.

La dejó aislada en medio del pasillo, mientras las demás niñas intentaban burlarse de aquella situación.

El impresentable profesor, al observar con la sencillez que vestía la muchacha. La descalificó sin más pruebas. Jeremías Donoso, en un gesto de mala educación comenzó a desfilar por el largo pasillo, a la espera de una nueva audición.

Graciana no contestó. Ni una palabra, pero estaba segura que aquel profesor cometía una injusticia por lo que no se meneó ni un palmo del lugar que estaba.

Donoso, se giró en su camino al notar que Graciana no se movía, y volviendo sobre sus pasos:  volvió a indicar.

—Puedes irte. No me hagas perder tiempo. Te falta clase. Tras repetir aquellas palabras y ver que la joven no se inmutaba, quiso llamar al ayudante, y sin esperar la reacción de la niña, se quedó petrificado.

La señorita Velarde sin más, sin música, sin preparativos, sin permiso, sin la más mínima vergüenza entonó con su precioso tono el comienzo de una de las óperas magníficas que se conocen.

Jeremías quedó mudo y atónito. Ella sin descentrarse prosiguió entonando como si una fuerza del cielo la auspiciara. Su química mental la hizo responder ante aquel atropello.

Tan solo con su precioso chorro de voz. El suyo, el celestial, con la fuerza de una auténtica soprano, interpretando la magnífica pieza de Norma.

Una ópera trágica en dos actos, atribuida al no menos fenomenal Vincenzo Bellini. Cumbre del “Canto bel-lo” romántico. 

Siendo percibido en todo el recinto, donde pasaban las pruebas, sobresaliendo aquella cadencia armoniosa desde una epiglotis celestial.

El abrumado profesor, se acercó a ella, tomándola por los hombros, y con un respeto antes no demostrado la acompañó al lugar preferente donde se hacían de inmediato las admisiones, después de pedirle perdón y reconocer su imprudencia ante los impresionantes dotes percibidos. 

En el transcurso de los años y una vez finalizada la preparación de la soprano Graciana Velarde, apadrinada por cierto; por Jeremías Donoso, aquel profesor que la descartaba sin tan siquiera escuchar su torrente de onda, se transformó en su mentor.

Fue el que le impuso el nombre artístico de Graphene Delon con el que la conocieron en el mundo del Bel Canto. Centrado en la riqueza y pureza del sonido y el perfecto control de la respiración.

Responsable de su fama y de sus actuaciones en los mejores templetes melodiosos del universo.

La Donna excelsa de Graciana Velarde, metida en su papel de Graphene… siempre recordó a su pueblo, a la profesora que apostó por ella, y al dueño de la pescadería Gamundi. Garante de toda la felicidad que la existencia le otorgaba, y jamás sucumbió ni olvidó aquella química mental que poseía, quizás más potente que su canto.




Autor: Emilio Moreno.




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