Graciana
Velarde era una mocita de poco peso y de estatura media, no escueta pero
tampoco poseía una altura desmesurada. Su proporción no estaba reñida de haber
tenido medios con lo que se reconoce como el deslumbrar, disimulando un cuerpo
estupendo.
Dotada de una
potestad personal destacada, y una fuerza vital extraordinaria. Sin embargo, debido
a la precariedad económica por la que estaba sumida su familia, y la falta de
alimentos básicos que ingería, mostraba esa flaqueza y ese sombrío color
ambarino.
Añadido por
su falta de medios en el escaso cuidado en su persona, cabellos ralos, piel
desnutrida y poco desarrollo femenino, presentaba una imagen poco propicia para
ingresar en el Instituto de Música de su Mancomunidad, por demostrar a las
claras su labilidad.
Eran
tiempos de escasez, aunque arrojo y tozudez siempre poseyó la joven Graciana.
Empleada
como aprendiza de dependienta en la pescadería del señor Gamundi. Anunciando
con esa voz que Dios le había concedido el patrocinio de la mercancía.
Cada mañana,
tras finalizar sus clases de preparación escolar y acabar los recados en el
transporte de prendas ya planchadas, que su mamá hacía para las señoras
pudientes del barrio, ayudaba como pescadera.
En su casa,
la situación boyante no era. Su padre muy enfermo y afectado por la silicosis. Reposaba
respirando con amargura. Impedido por las derivaciones del trabajo bajo la
tierra durante más de veinte años en las minas de carbón. Sin sueldo ni pensión
alguna.
Su madre
Teodosia hacía las faenas más duras para señoras de alto nivel. Con ello y poco
más, alguna dádiva de vecinos y conocidos mantenía a una familia compuesta por
un matrimonio unido que sobrellevaban esa carga que el destino les había
proporcionado.
Además de
la mocita Graciana, también alimentaban a dos hermanos menores.
La necesidad
era contundente, por ello, aquella jovencilla ayudaba a ratos, en la venta de
pescado. Pregonaba con una voz preciosa, potente y estructurada la bonhomía de
las sardinas, la dorada y el bacalao.
Siempre con
una coplilla inventada que inclusive acrecentaba a las clientas su necesidad de
obtener aquel fruto oceánico tan bien avisado, y como no… tan fresco. Llegado
en cada una de las madrugadas por el transporte que los Gamundi, ponían al
abasto para su venta. Que a su vez ellos compraban en las lonjas de ese mar
bravío que mojaba la costa donde vivían.
En una
ocasión Doña Dorita, su profesora, sabedora de su capacidad vocal, le propuso una
opción valiente. No era otra que dar un paso al frente y se presentara para ser
admitida en el Conservatorio.
La
profesora conocedora de su dote excepcional, y dada su vocalización y su enjundia
en la interpretación, sabía que tenía posibilidades de llegar a ser una soprano
de categoría.
Ella misma
había estado presente cuando cantaba alguna de las piezas de opereta clásica y
para colmo, era la profesora de canto de la moza.
Su preciosa
voz y su tonalidad era de aquellas que albergaban la Coloratura de las grandes
divas del itinerario italiano.
Sobrándole clase,
armonía y pujanza. Debido a su garganta poderosa, para cantar esas piezas tradicionales
de siempre. Tan conocidas y populares por haber sido interpretadas hasta la
saciedad por cuellos de renombre.
Graciana
estaba en la onda y sabía en su fuero que daría un nivel extraordinario con lo
que con seguridad podría pasar las pruebas de acceso, en el templo del Conservatorio
de Música.
Aprovechando
que en aquel tiempo estaban las matrículas abiertas para alumnas con poderío
artístico y mínimo poder adquisitivo. Y tras pasar un examen los profesores
decidían que muchacha era becada en la amplitud de gastos, para que pudiera
comenzar una trayectoria musical.
Tras una labor de arduo convencimiento, por parte de doña Dorita para convencer a su madre, la tía Teodosia, y contando con la ayuda que aportaría toda la villa, en que la querida jovencita pudiera llegar a ser lo que el destino con sus caprichos retrasaba, accedió y se presentó.
El erudito
que recibió a Graciana para escucharla cantar y permitir o no su ingreso, se
negó a acompañarla al piano y ni siquiera oír su voz. Aduciendo que para ser
una diva, se necesitaba más presencia, y no vestir con la sencillez con que iba
la joven. Atacó su delgadez y su pobre vestimenta, y se negó a escucharla, diciéndole.
—No puedo admitirte en el Conservatorio, te falta clase. Con la
que no has nacido. Puedes marcharte.
La dejó
aislada en medio del pasillo, mientras las demás niñas intentaban burlarse de
aquella situación.
El impresentable
profesor, al observar con la sencillez que vestía la muchacha. La descalificó
sin más pruebas. Jeremías Donoso, en un gesto de mala educación comenzó a
desfilar por el largo pasillo, a la espera de una nueva audición.
Graciana no
contestó. Ni una palabra, pero estaba segura que aquel profesor cometía una
injusticia por lo que no se meneó ni un palmo del lugar que estaba.
Donoso, se
giró en su camino al notar que Graciana no se movía, y volviendo sobre sus pasos:
volvió a indicar.
—Puedes irte. No me hagas perder tiempo. Te falta clase. Tras repetir
aquellas palabras y ver que la joven no se inmutaba, quiso llamar al ayudante,
y sin esperar la reacción de la niña, se quedó petrificado.
La señorita
Velarde sin más, sin música, sin preparativos, sin permiso, sin la más mínima vergüenza
entonó con su precioso tono el comienzo de una de las óperas magníficas que se
conocen.
Jeremías
quedó mudo y atónito. Ella sin descentrarse prosiguió entonando como si una
fuerza del cielo la auspiciara. Su química mental la hizo responder ante aquel
atropello.
Tan solo
con su precioso chorro de voz. El suyo, el celestial, con la fuerza de una
auténtica soprano, interpretando la magnífica pieza de Norma.
Una ópera
trágica en dos actos, atribuida al no menos fenomenal Vincenzo Bellini. Cumbre
del “Canto bel-lo” romántico.
Siendo percibido
en todo el recinto, donde pasaban las pruebas, sobresaliendo aquella cadencia armoniosa
desde una epiglotis celestial.
El abrumado profesor, se acercó a ella, tomándola por los hombros, y con un respeto antes no demostrado la acompañó al lugar preferente donde se hacían de inmediato las admisiones, después de pedirle perdón y reconocer su imprudencia ante los impresionantes dotes percibidos.
En el
transcurso de los años y una vez finalizada la preparación de la soprano
Graciana Velarde, apadrinada por cierto; por Jeremías Donoso, aquel profesor
que la descartaba sin tan siquiera escuchar su torrente de onda, se transformó
en su mentor.
Fue el que
le impuso el nombre artístico de Graphene Delon con el que la conocieron en el
mundo del Bel Canto. Centrado en la riqueza y pureza del sonido y el perfecto control
de la respiración.
Responsable
de su fama y de sus actuaciones en los mejores templetes melodiosos del universo.
La Donna
excelsa de Graciana Velarde, metida en su papel de Graphene… siempre recordó a
su pueblo, a la profesora que apostó por ella, y al dueño de la pescadería
Gamundi. Garante de toda la felicidad que la existencia le otorgaba, y jamás sucumbió
ni olvidó aquella química mental que poseía, quizás más potente que su canto.
Autor: Emilio Moreno.


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