Habían
migrado de su país con una mano delante y otra, ni se sabe. Llegaban a
procurarse una existencia sostenible. Detalle que en su país de procedencia y
por el momento, era imposible. Jamás lo contaron, por qué de esa escapatoria a
otro continente tan desigual como del que procedían. Preferían llevarlo muy
oculto. En aquel tiempo y por entonces eran desgraciados. Florencia y Sisebuto,
se habían transformado en una unión estable de hecho, antes de su huida.
Estaban en la flor de su juventud, y lo explotaban de maravilla.
Ambos
habían cursado medicina con la especialidad de cirugía, y ya la practicaban en
el hospital central de la ciudad donde residían mucho antes de su éxodo.
Por lo que aportaban
el título y la experiencia, al país que los acogía. Sin la posibilidad de
prestar esa conveniencia de entrada. Al no tener de momento residencia, ni
trabajo, ni estudios convalidados. Es más, por no tener, adolecían hasta de la documentación.
Llegaron de incógnito, escapando de un modo de vida que a ellos no les parecía
normal.
Entraban en
una sociedad moderna. Así la llamaban los más favorecidos, sin ver que todas
adolecen de algunos detalles necesarios, y que nadie prevé hasta que el momento
acucia.
Accedían a
una comunidad con fama de muy europea. De lo cual se jactaban algunos de sus
habitantes más ilusos, sin precisar que en el lote iban las acciones xenófobas,
fanáticas y acaloradas que amablemente debían soportar los emigrados al afiliarse
en aquella federación.
El cómo lo
hicieron para salvar la frontera. Ellos mismos lo idearon y por lo visto les
salió bastante bien. A tenor de llevar un tiempo sin que nadie los deportara.
Entrando como turistas y después el retorno jamás se dio.
Sin
familia, ni amigos ni vivienda ni modo de ganarse la vida. Un atrevimiento, un
descaro, una aventura. Como la de tantos de los que conseguida la misión, se atreven
y congratulan. Por lo que la pareja de doctores además de atrevimiento y
descaro, valor se les suponía.
El destino
los llevó cerca de una población costera muy habitada, con lo que les costaría
más a las autoridades dar con sus huesos, por ser demasiado amplia el área de
residencia y morada. Donde la gente no se conocía en su totalidad, y podían
pasar desapercibidos y vivir por el momento sin papeles ni documentos y sin que
fueran deportados. Con los doscientos dólares que consiguieron antes del
periplo del inicio precipitado de su viaje, pudieron encontrar mientras tanto
una habitación en un motel cerca de aquella urbe. Donde ni tan siquiera
recabaron en solicitarles los documentos identificativos.
Al ser
temporada veraniega, pronto se brindaron a trabajar en lo que les saliera y se
emplearon sin ningún tipo de certificaciones aprovechando el boom de los
turistas y la falta de mano de obra en los baretos, casinos, albergues y
cafeterías.
Entrando a
cumplir tarea sin rechistar con un horario de locos como friegaplatos en el bohío
de la Esmeralda. Cursando turnos infinitos y por un sueldo precario. Florencia
y Sisebuto a pesar de ser médicos tuvieron que servir mesas, limpiar suelos, y
fregar retretes. Lo que se dice vulgarmente en términos coloquiales: “Quitar
mierda”
Su
adaptación fue fatal. Por un periodo inacabable y despreciable, sin familia ni
amigos con los que compartir.
Con más
sometimiento que agrado, sonreían con falsedad a todo el mundo, pensando que
algún día se podrían recobrar esa factura. La del desprecio a la que estaban
sometidos. De momento fingían y quedaba escindido todo dentro de su orgullo.
Para poder
alquilar una vivienda, el requisito era claro. Estar censados en algún lugar y
para ello necesitaban una dirección domiciliaria. Dando y usando de una
condición humana que algunos representan muy bien, encontraron un alojamiento
con derecho a cocina, en casa de una viuda. Doña Pura, que les cedió un lugar
que más que un alojamiento era un almacén de desechos. Con lo que se
despidieron del motel y se instalaron en la Avenida de la Fuente.
Aquella
pareja le había jurado a la viuda, que tan solo estarían instalados en la casa hasta
que ellos organizaran su nuevo mundo. Pudieran validar sus carreras en la
facultad competente y que además ellos dos, serían los que se encargarían de la
limpieza e higiene no tan solo de sus aposentos. Sino de toda la vivienda.
En el Bohío
Esmeralda, donde cumplían con sus servicios, tanto Florencia desde el
mostrador, abierta de escote y sin pudor, como el desagradable esposo, iban
congraciándose con los parroquianos, con los jefes y con todo el bicho viviente
que apareciera por aquellas lindes.
Contándoles
gratuitamente sus miserias a cualquiera y su desgracia, y por todas las
vicisitudes reales o inventadas que narraban. Alguno de los clientes que
frecuentaban el abarrotado Bohío, los catalogaba de muy melosos y falsos,
comparándolos a otros personajes de su misma ralea, descaro y procedencia. Con
sobre actuaciones desmedidas que no les beneficiaban.
Otros se
compadecían de la parejita, por estar sufriendo lejos de sus orígenes. Sin
saber el motivo real por el que se vinieron dejándolo todo y en condiciones no
demasiado claras ni legales.
Como no hay
mal que cien años dure, tropezaron con unos clientes de aquel restaurador. Los camaradas
de las ambulancias comarcales. Sagrario y Homero con los que entablaron cierto
apego familiar, que se transformó al cabo de muy poco tiempo, en amistad.
Aquellos enfermeros,
además de camaradería los escuchaban quejarse. Los comprendían y se lamentaban
por sus relatos y en sus arrebatos tan falsos como artísticos y ficticios,
faltos de certidumbre para generar pena y desgarro.
Consiguiendo
lo que buscaban aquellos licenciados. Engatusando a los decentes empleados del
transporte sanitario, que les brindaron la amistad total. Con lo que Sisebuto y
esposa, desde ese punto irían forjando una estrategia que los llevaría al punto
donde habían diseñado.
Florencia y
Sisebuto consiguieron los colocaran dentro de la lista de amigos de Homero y
Sagrario, aunándoles con Miguel y Asunción, y todos los grandes compañeros del
grupo. Departiendo con ellos en alguna que otra comida en fecha destacada, con
salidas a teatros y discotecas, en viajes de placer de fin de semana. Siempre cubriendo
los gastos, y pagando aquellos que hacían de mecenas. Porque ellos, …los
doctorcitos. Jamás gastaban un penique de sus faltriqueras para abonar invitación,
merienda o dispendio alguno.
Eran unos
especialistas del embauque, en el estafe y otras lindezas. Aunque ellos
necesitasen de gentes de su entorno que les proporcionase cariño, apego y
apoyo, que lo usaban con denuedo. Llevaban su plan hasta el último extremo sin
salirse de la línea de marca.
A cambio de
tantos favores recibidos y de las invitaciones preciadas que disfrutaron, los
doctores les designaron buenas palabritas. Jurándoles amistad eterna,
brindándoles todo su apoyo caso de necesitarlo, sus conocimientos médicos y
humanos y cualquiera de las insuficiencias que les interviniera el momento. Un
juramento que llegada la necesidad, no cumplieron.
De este
modo y con estas trazas pasaron más de dos años. Hasta que un buen día aquella
solicitud de convalidación de sus empleos, se positivó y se les admitía como
médicos locales en uno de los dispensarios de la ciudad.
Siendo
reconocidos como doctores de cabecera y ocupando sendos empleos dentro del
cuadro de facultativos del centro, con nómina exacta que los demás compañeros.
Fue
entonces cuando comenzaron a cambiar las cosas. Se despidieron del Bohío de la
Esmeralda, con cajas destempladas y con muy poca educación.
La amistad
de los tantos conocidos que habían hecho en el periplo de espera, quedó
debilitada y flaqueada. Ya que al despedirse a ninguno de los amigos y
conocidos, informaron de su nuevo empleo. Quedando todo aquel grupo de personas
impresionados por todo lo falso de aquellos indecentes. Por aquello de lo que
presumían Florencia y Sisebuto que a la postre de verdad, de cierto no había
casi nada.
El amparo
que le había dado la viuda cobijándolos en su casa, dejando su dirección para
el empadronamiento de ambos, ya no contaba. La ausencia de promesas no
cumplidas quedó al pairo. Cuando no llegaban a pagar el alquiler de la
habitación, jamás fue un reproche. El alimento que les pasaba cuando estaban
sin blanca, jamás retribuido. Todos aquellos arrojos y esfuerzos de Doña Pura
quedaron debilitados.
Las
invitaciones que recibían por parte de sus amigos para juntarse y disfrutar con
meriendas, fiestas y cenas eran rechazadas, con excusas que no venían a cuento.
Ahora podían ser ellos los que invitaran y pagaran las costas.
Buscaron alojamiento
digno a sus empleos y emolumentos y se afincaron en un piso de la calle
principal de la ciudad, dejando a Doña Pura en su casa, y desalojando la
habitación que ocuparon, con una deuda por abonar de los últimos siete meses.
Los doctores
olvidaron todo lo que en un tiempo les favoreció. Ahora estaban en otro
estrato. Con gente capacitada que como no, también les hacía pleitesía. En los
siguientes tres años, dejaron de ver al grupo de los que fueron sus amigos,
beneficiarios y queridos, olvidando sus promesas.
Tuvieron un
aviso de la enfermedad repentina de Doña Pura, a la que ni se dignaron en ir a
visitar, ni acurrucaron ayuda posible, con sus conocimientos dejando que
muriera sin más. La doctora Florencia se había transformado en una estúpida
doctora de cabecera del ambulatorio principal de la ciudad. Sisebuto, además de
tener plaza de cirujano en el Hospital, atendía el geriátrico de los abuelos. Ambos
habían perdido la memoria.
Un buen día
Sagrario, aquella conductora de ambulancias cayó enferma y tuvo que pedir
visita para que la reconociera su médico. Con lo que se presentó en el lugar de
la visita, con la casualidad que su doctor, el titular estaba de viaje y atendía
la consulta un suplente. Sagrario no podía dejar pasar la vez ya que estaba
apurada y necesitada de medicamentos. Con lo que esperó su turno.
Aquella puerta
del consultorio siete, de la primera planta se abrió y llamaron a Sagrario
Santín. La que entró en el reservado encontrándose de frente a Florencia,
aquella que en su momento su Diosito la había abandonado.
Sin más la
médico, invitó a sentarse a Sagrario, como si no la conociera de nada y pasó a
preguntar.
—¡Usted dirá.
Que me cuenta! Exigió mirándola a la cara y evitando hacer cualquier gesto de percepción.
Fingiendo como una auténtica forajida. Descentrada Sagrario le indicó,
esperando recordara.
—Tengo
fiebre. Me duelen todos los huesos del cuerpo. Comunicó la paciente
—Es la
crisis de la Gripe. Le mando unos analgésicos y en ocho días nueva. adujo la
doctora. Sin menoscabo ni intención de saludarla y menos darle un abrazo.
—No me
conoces, …Florencia. ¡Tendrás valor de no saludar! ¡Tanto cambio he tenido en
estos años. La doctora con desparpajo comunicó a la paciente.
—Para usted
doctora Florencia, ¡Por favor! Limítese a lo que ha venido. Ya le he recetado
la medicación. ¡Puede irse!... Yo a usted no tengo ni el gusto, ni la
posibilidad de haberla conocido. ¡Póngase en manos de un especialista! ¡Podría
tener visiones!
—¡Que no
tienes el gusto… de conocerme! …Tendrás valor de ser tan déspota. ¡No me
conoces! No recuerdas quien te ayudó a validar los permisos de carrera. La que
ahora defiendes gracias a todos los que os apoyamos a Sisebuto y a ti, cuando no
erais nadie en este país. ¡No te suena cuando te llevaba en la ambulancia, a
gestionar donde me pedías, y me decías que jamás olvidarías aquellos esfuerzos.
Tampoco conocías a Pura, que murió esperándoos. Vosotros sois los que ayudáis a
los necesitados.
—Perdone señora. Yo no soy esa, a la que
alude. No tengo el gusto de conocerla. ¡Apremie que tengo la consulta repleta!
No te preocupes, que no te volveré a
molestar jamás. Sin embargo casi me arrepiento, primero de haber creído
vuestras mentiras cuando no lo merecéis. Ojalá como decís vosotros que nunca
jamás os abandone vuestro Diosito, porque el día que lo haga, se llenará el purgatorio.
autor: Emilio Moreno
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