lunes, 10 de julio de 2017

Tren de Val de Zafán


Habían subido en el trenecito de Tortosa en dirección al Aragón inmediato frontera con Cataluña, que debía pasar por Xerta, en su camino hasta Horta de Sant Joan y Cretas para llegar a destino que no era más que el precioso Valderrobres.




Aquellos jóvenes iban buscando pasar unas fiestas de Semana Santa diferentes a las que solían pasar en su ciudad. El calendario marcaba finales de marzo del año 1967, aquellas jornadas de luto sacramental que se festejaban en aquel tiempo, aquellas abstinencias obligadas que les exigían, estaban previstas para el 24 viernes Santo, sin embargo la juventud del grupo sobresalía por encima de todas las prescripciones exigidas que les proponía la iglesia y las normas.
Aquella muchachada se distinguía por jubilosos y emprendedores, llenos de vida, en edad de cosecha y en estudios comenzados. La mayoría de edad de aquella época, estaba fijada para los 21 años, no la poseía más que Lluis, que además era el único que tenía su futuro encarrilado.

Los hermanos gemelos Narcís y Nuria, hijos de los Dinarés, matrimonio ejemplar donde los hubiere, que se habían comprando en esa villa de Valderrobres; una casa, derruida y antigua, paras reformar.


En la calle de San Roque, que en aquella época se estaba reformando para poder habitar. Dado que el tiempo que llevaba desocupada había dejado huella.




Esteve y Eulalia, hermanos de estos últimos eran además, los hijos menores de la familia formada por Pepet y Nuria, procedentes y oriundos de Sant Boi.
La más rubita del grupo, aquella que tenía los cabellos preciosos, la mirada cristalina dibujada desde sus ojos azules, la que irradiaba felicidad y alegría era Rosa. Prima hermana de los Dinarés y sobrina de Pepet y Nuria.
El que restaba de la expedición, un amigo de todos los nombrados, el cómplice de muchas de las bravatas y disimulados que suele ejercer la juventud a espaldas de sus mayores y que es moneda de cambio de uso fácil en esas edades.
Emilio, que siempre agradeció al cielo, al destino y claro que sí a Pepet Dinarés, que Dios lo tenga en la Gloria y a su esposa Nuria Peñalver, más alegre que unas castañuelas, llena de vida y risas estrepitosas y afectivas. Le permitiesen vivir aquella experiencia que perduraría en el tiempo.

Al tomar aquel convoy, con aquel rumbo y aquella velocidad deliciosa, se dispararon los sentidos hacia unas sensaciones no vividas aún en las vidas de los componentes de aquella expedición. El viaje maravilloso, inaudito, acogedor y romántico. Largo, por la celeridad escasa y fantásticas paradas en las diferentes estaciones y apeaderos, pero a su vez aprovechado por la cantidad de sentimientos que surgieron en cada uno de los amigos.
El recorrido tuvo su primera parada en Aldover, situado sobre dos plataformas fluviales, en la interior dónde radica su población. La superior ocupa la mayor parte del perímetro campestre. Espejismo a su paso disfrutando de la vegetación de la desembocadura del Ebro, las esparragueras, los encinares. Al paso del convoy iban rejuveneciendo aquel precioso lugar, armonizando la alegría de aquella chiquillería con la espesura variada, florestas de romero y tomillo prosperaban en los andurriales, en un juego hechizado con las mariposas y los estorninos silvestres.

Al límite del regadío y el secano, divisándose las estribaciones de la Sierra de la Espina, les daba pié a soñar con lo inmediato, apareciendo a lo lejos la estación de Cherta (“Xerta”), viéndose en la distancia el "Coll del Musso", olor a naranjas y a vida. El camino era gracioso, su velocidad en momentos hacía que casi pudieses descender del tren para tomarlo a la carrera después de haber recogido alguna fruta de los campos de la linde de las vías, subiendo tras una carrera de nuevo a los vagones abiertos. Vivencias que aquellos jovencitos aprovechaban para demostrarse a sí mismos, lo sobrados que se sentían.

Pasaron por Benifallet, El Pinell del Bay, Prat del Compte, Bot y Horta de Sant Joan, dónde el hambre se había despertado y aparecieron aquellos bocatas tan elocuentes que rezumando aceite y oliendo a fritangas devoraron en casi un abrir y cerrar de ojos. En Horta, frontera de Aragón con Cataluña, divisoria y franja, término solo en la geografía política, nunca entre sus gentes. Se prolongó un buen rato la reanudación del camino. Aquella línea bucólica la llamada del Val de Zafán, debía dirimir sus dificultades y entonces la tecnología no era puntera. Por lo cual, el viajero debía asumir retrasos y dificultades no ya en los viajes y desplazamientos, si no en todos los órdenes de la vida cotidiana. Quedaban dos estaciones, la de Cretas (“Queretes”) y ya el soñado Valderrobres.
El tramo del viaje que faltaba, ya no pudo ser más entretenido, aquellos amigos, comenzaron a explicar anécdotas y Nuria, que además de ser una estupenda moza, dominaba el francés, el idioma de moda, cantaba como los ángeles, baladas de Silvie Vartan, la conocida como “El bombón francés” que a todo aquel grupo les hacían poner si cabe más rechonchos y endulzados. Con la tonada de “Tous les garcons”; sorprendió Nuria a los compañeros y viajeros de aquel vagón de madera, que lentamente se desplazaba por la línea entre Tortosa hasta Hijar.

Hacía poco tiempo los Dinarés, habían adquirido la propiedad de la casita en Valderrobres, aconsejados por unos conocidos e, hijos del pueblo que emigraron después de la guerra civil al bajo Llobregat.
Necesitaban encontrar un lugar de descanso, con meteorología continental y poder curar reumatismos, desde otro clima más seco y riguroso.
La casa rural, estaba en el centro de la villa, no muy grande pero lo suficiente para hacerla acogedora y familiar, necesitaba de una remodelación exhaustiva, para tomarla en confortable. Obras que poco a poco, iban prosperando ya que el oficio de Pepet, era el de maestro albañil y eso adelantaba mucho la comodidad que iba tomando.

El tren llegaba a la estación de Valderrobres, con su característico sonar, la máquina con sus fluidos iba incorporando bríos diferentes en la zona, deteniendo sus vagones, para que pasajeros bajasen y otros iniciaran la marcha. La distancia entre el apeadero y el centro del pueblo, no sería superior a cinco kilómetros y ese trayecto estaba auspiciado por un servicio que lo sustentaba, sin embargo aquellos jóvenes, hicieron el avance hasta el pueblo caminando, cantando y con la alegría que soporta el tener una edad temprana.
De pronto al bajar por el Coll del Moro, se divisa como una ilusión, una imagen recortada que surca de entre las nubes y el cielo, dejando al viajero en conexión con lo sublime. Un panorama ecléctico presenta a modo de estampa una visita a la época Medieval, dando la bienvenida y el amparo con los clásicos caballeros del Temple.

Dejando a la espalda la Font del Miro y el cruce de Beceite. Carretera que mirando al mar lleva hacia Tortosa, y al oeste te adentra al Aragón profundo. El perfil que se descubre es del Castillo y de la Iglesia, que dando un abrazo instala y acepta a todos los visitantes con la hospitalidad que suele dar a cualquier parroquiano. “El puente de hierro” a mano izquierda y el rio Matarraña. El rio que no engaña, el de las aguas cristalinas, que besan la población en silencio y con respeto. El acceso por la calle principal, nos propone a pocos metros el Casino, que con sus arcos en piedra, nos saluda dándonos un principio de algo que ha de transformarse en habitual mientras resides dentro de los lindes de Valderrobres.
Al fondo el Ayuntamiento, que preside la plaza, centro neurálgico de la urbe. Las escaleras muestran el camino a seguir, ascendiendo por ellas, el olor a leña quemada y a hogar invita al mejor de los placeres.

La casa de la calle San Roque, muy cercana al centro de la población, con su chimenea al rojo vivo, esperaba a los primeros invitados de aquella familia llegada tan recién. La estrechez y el gozo de la calle les dieron la bienvenida al hogar, Era una casa prieta y alta, con un portón de madera de encina y un cerrojo que no habría bolsillo potente para acarrear la llave. El picaporte era de hierro forjado y tan austero como la propia fachada. Al adentrarte el olor a buena comida se apreciaba. El recibidor era angosto y sobrio, adornado con unos muebles intactos de algún maestro carpintero del Medioevo.
Escalera de obra y baranda de madera, esperaba para ascender a la planta de la vivienda, donde esperaban con alegría el matrimonio. En las paredes del pasillo unos utensilios de labranza, distribuidos en la pared, como a modo de escenificación y ornato. Se apreciaba la diferencia de temperatura entre la calle y aquella morada que tenía una temperatura justa para brindar aquel amor de arribada a los recién aparecidos.
Alumbrado eléctrico exiguo por la impotencia de las bombillas escasas de vatios, ayudaban al gran chorro de luz que penetraba por los ventanales que a contra luz, emergían las personas como en los frescos del pintor Goya.

El cariño que existía entre las personas de aquella estancia de tan pocos metros cuadrados se expandió quedando repartido entre todos los allí presentes.
_ ¡Estáis en vuestra casa! _ dijo Nuria, la madre con una alegría inusitada, abrazándose a su hija mayor que es la primera que se adelantó a saludar. Con unos besos sonoros, vaciaron el depósito de cariño que ambas guardaban para compartir. _ Que tal el viaje en el carrilet_ replicó de nuevo la madre, mirando a Narcís, el otro hijo gemelo, que también se apresuraba a fundirse con mamá. Esteban y Eulalia, esperaban turno para granjearse a la madre, detalle que ya habían hecho con Pepet, el padre, que con más recato y paciencia esperaba el saludo de sus hijos recién llegados.

_ El viaje ha sido fenomenal, no imaginaba, lo bucólico y apacible del trayecto, ha sido genial_ respondió Eulalia, mientras se estrechaba tiernamente con su madre.
¡Hola Lluis y Emilio! Que os parece este rinconcito que hemos encontrado en ¿este pueblito tan bonito?_ Preguntaba Pepet, a los muchachos, amigos de los hijos.
Lluis, dejó que fuese Emilio, el que respondiera a la pregunta, con un plácet de hombros y de mirada de agrado y complacencia. _ Con sinceridad, he de decir que; lo que hemos visto y pasado en el viaje, es del todo fantástico. No esperaba, unos paisajes tan vistosos y románticos, desde luego me ha encantado_ Confirmó el amigo con naturalidad.
_ Rosa, guapa que te cuentas, que estas muy calladita_ Le dijo su tieta Nuria, mirándole a los ojos. ¿Lo has pasado bien? ¿Estás contenta de haber venido, al pueblo con tus primos y tus amigos? _ Lo estoy pasando genial, tampoco yo, imaginaba el trayecto, lo bonito; hemos reído mucho, hasta música hemos tenido. Nuri, la cusineta; nos ha cantado una canción muy chuli; Lluis nos ha hecho reír con sus cuentos, de verdad “tieta”, me alegro de haberme decidido a acompañarles y estar juntos en esta excursión_ adujo Rosa, meciéndose su cabellera.

_Coincidís todos en visitar el pueblo por primera vez_ Decía Nuria dirigiéndose a los dos amigos_ Mis hijos tampoco habían estado aquí. Nos decidimos Pepet y yo, en cuanto la vimos. Nos la acaban de entregar …hace nada. _ ¿Cuánto hace Pepet?_ Preguntaba Nuria, mirando a su marido. _ ¡Nada, seis días! _ Matizó el esposo, respondiendo a la pregunta.
_La verdad, es que llevábamos algún tiempo pensándolo; en si la compramos, mejor dicho …en tratos y nosotros si la habíamos visto y visitado en varias ocasiones, pero todos juntos, es la primera vez que la disfrutamos. Falta mucho, hasta que quede como pretendemos, pero por algo se empieza y si tenemos salud, la dejaremos divina_ remataba Nuria con aplomo.

Ya se habían manifestado todos y estaban acomodados, calentitos por la buena temperatura de la estancia, contando todo lo bueno que habían experimentado con ese viaje a la zona del Matarraña, tan inesperado como real. En esa población tan auténtica y bella como es Valderrobres, que se dejaba pretender por sus nuevos visitantes, dejando esa impronta diáfana de “No podrás olvidarme “; que se suele plasmar en la arquilla de los recuerdos de cada individuo, cuando visita el pueblo por primera vez.

La cena, se dispuso entre anécdotas, contadas por el matrimonio, una vez que la mesa estaba preparada, todos tomaron asiento alrededor de ella, para degustar todo lo mucho y lo bueno, que se ofrecía. Las conversaciones y charlas tras el banquete se extendieron hasta que el sueño, les atrapó con todo el velo de intransigencia haciendo que cada cual, fuese a descansar allí dónde le habían asignado. Hubo reparto de ubicaciones y dada la gran cantidad de personas que había, Nuria la madre, estableció los lugares y las compañías, dado que las estancias no todas estaban preparadas por las reformas que ya habían comenzado. La familia, tenía sus propios aposentos que fueron a ocupar y los invitados: Lluis y Emilio, durmieron en la cámara de los huéspedes. Recogida antesala, muy limpia, con una gran cama amplia, dónde podían dormir por lo extensa, mas de tres personas. Bien parecía que los usuarios de aquella morada hubiesen sido personas grandes en estatura, que necesitaban todo aquel perímetro para poder descansar. Dos mesillas de noche una a cada lado en madera especial, que sujetaban una planicie de mármol veteado en tiras amarronadas, con patas muy altas, que sobresalían muy por encima del colchón, casi tenían la misma altura que el gran cabezal del mismo material y color que los nocheros citados. El jergón de lana molluda dejaba que el cuerpo se hundiera entre sus crines, quedando medio inmerso en el mundo irreal del sueño. Estancia fría con un ventanal mirando al norte, en el centro de la sala, una palangana con peana incluida y dos toallas, con jarrón de cerámica turolense lleno de agua, para la higiene. Bajo la gran cama, un par de orinales de bronce, por si la evacuación nocturna apremiase. En el techo una lamparita de latón a modo de alcachofa de donde salía una bombillita de poco vataje, dejando las sombras planear por el aposento dormitorio.

Ni Lluis ni Emilio, tenían estaturas gigantescas, más bien eran cortitos y recogidos, lo cual bendecía que podían tomar posición dentro de aquel lecho sin problemas de molestias, ni contrariedades. El frío de la estancia era palpable, la calefacción aún no llegaba a las salas dormitorios y verdaderamente, el gélido ambiente, hacía que los detalles fuesen aún mucho más pequeños y exiguos. La izquierda fue tomada por el más joven, Emilio, que no tardó en taparse con la ropa de abrigo que soportaba el catre y Lluis, más metódico y susodicho, quiso comprobar una serie de medidas de seguridad, que deberían ir con él, doquiera que fuese.

_ ¡Estoy helado! _ espetó Emilio a Lluis, una vez se hundió en el jergón, tapándose hasta la cabeza.
_ ¡Collons quin fred! _ dijo entre dientes Lluis, haciendo de su ingreso en la cama, una odisea como si se tratase del acceso al “Gulag ruso”. Se metió entre las ropas, pero tuvo que volver a sacar su cuerpo esquifido, para apagar la luz, que se hacía desde una “pera”, ( interruptor al uso de los años cuarenta), que pendía a más de dos metros de distancia, al final del gran cabezal morrongo.

Al entrar en la cama, el suspiro de frescor al contacto con las sábanas, hizo que ambos pensaran en una primavera gélida y que el Matarraña, se escribe con eñe.
El sueño ganó al frescor, sin embargo, en el transcurso de la madrugada, hizo que los termómetros iniciaran un descenso en su escala, haciendo que esos sueños se tornaran en tiriteras. Al punto que los amigos, se vistieron con sus ropas de montaña y volvieran al núcleo del gran descanso, durmiéndose profundamente, hasta que en la siguiente mañana fueron despertados entre los humillos de una gran taza de café y unas “casquetes”. (Pastas tradicionales de Valderrobres de cabello de ángel)

La Caixa y la Picosa, lucían blancas por la nieve, que había caído en aquella madrugada y el sol arrendatario de los buenos presagios, lucía como astro rey desde el cielo. La visita al pantano de la Pena, hizo que se disparasen las emociones y el retorno al pueblo, deteniendo los relojes y las prisas hizo que ese vermut del medio día, lo pudiesen tomar en el bar de la Plaza, frente a ese Ayuntamiento, que tanto reconocimiento tiene en el Pueblo Español de Barcelona y que Montjuich presume de tanto abolengo e historia.
Los días iban transcurriendo en aquella población magnifica, rebozada de historia, de edificios históricos con ralea, como el Castillo de los Heredia y Arzobispo de Zaragoza, que fue en su tiempo, de la Iglesia de Santa María la Mayor. El casco antiguo, que es una de las zonas más características de la población, la cual le da vida a tantos millares de turistas que visitan esa franja. El rio Matarraña a su paso por la población, el puente de Piedra, tan magnífico que se erige entre la muralla y la parte nueva del pueblo, el puente de Hierro que da acceso a todo el tráfico rodado que ha de cruzar la villa.

Aquel día comían en la Fonda, en casa de la Angeleta. El matrimonio Dinarés, había reservado mesa y buena nota había tomado de ello, Salvador que los situó en una de las preferenciales, dado la cantidad de personas que se reunían en una de las mesas de aquella fonda.
Situada en el comienzo de la carretera hacia el pantano y Fuentespalda. Era día 24 de Marzo del 67, viernes Santo. En aquel tiempo pecaban los que comían carne en esa fecha y dado que nadie estaba enfermo y tenía aquiescencia, fue el menú a base de las “baxocas”, (judías verdes), del bacalao, del vino de casa Martí y de los sentimientos.

Era ya la comida de la despedida, algunos debían volver a sus lugares de procedencia, tras haber disfrutado de unos días de hospedaje y de amparo en casa de los Dinarés, gente buena, amiga y cordial. De recorrido por todos aquellos parajes que quedaron en la retina de todos y que con el paso de los años, de los muchos años tuvieron transcendencia en algunas personas allí congregadas.

Salvador, con su gratificante imagen, cordialidad y buen hacer, fue sirviendo a todos los comensales, con el entrante que la casa pone como galantería a los huéspedes y la deriva de la conversación fue por derroteros disímiles, sin embargo, siempre se volvía al mismo epicentro, que no era otra cosa, que aquellos días pasados en Valderrobres.
Nuri, la hija primogénita, la muchacha educada que hablaba en francés tan bien, como el catalán y castellano, adujo lo que le encantaría ser de mayor. Estrechando sus aspiraciones, las propias de una señorita con estudios. No teniendo previsto ser como la mayoría de las jóvenes de su generación; fuera del común denominador de las chavalas de la época, en ser y estar destinadas a funcionar como: ama de casa y mamá de sus niños. Quedando claras sus aspiraciones y deseos, de seguir con sus estudios fuera incluso de la ciudad donde residía.
Su hermano gemelo Narcís, gran jugador de ajedrez, joven preparado para logros fuera de lo común, asintió como no podía ser de otra forma, las palabras y objeciones de su hermana y seguir pasos de extranjero o de nuevas fronteras para abrirse un camino que sus antecesores no habían podido conseguir por los motivos que todos sabían y comprendían.

Esteban, más conocido por “Estevet”, más tradicional y ponderado, quería aprender el oficio de Calderería y ser un buen mecánico, casarse con su novieta de toda la vida, seguir siendo el tipo tranquilo y feliz que era. Cumplir con sus obligaciones y disfrutar de cuanto le ofreciera el destino que él, entendía sería benévolo y acompasado. Ahorrar para comprarse un terrenito al lado de la playa y tener un coche utilitario de marca francesa.

Eulalia, más emprendedora y empresaria, anunció que pretendía ser dueña de unos grandes almacenes de venta al por mayor de ropa de diseño, poder casarse con el chico más guapo de la zona y con el tiempo, tras haber disfrutado de todo lo bueno que ofrece la vida, tener hijos y criarlos como Dios manda y sobre todo ser dichosa y feliz.
Rosa; la rubita admirable, poco podía pedir ya, porque todo lo tenía en aquel instante. Sus padres, la preparaban con cariño y con dulzura para que fuese una doctora de la Seguridad Social. Además estudiaba para sobresalir por encima de la media, quizás pensara para ella, en todo lo que había dicho su prima Nuri, como deseo, sumando también lo que anexaba Eulalia, prima más pequeña, que tampoco era desdeñable y que en aquel tiempo se podía firmar sin pensarlo. Sin dejar desprotegidos sus deseos. No revelaba con certeza, sus preferencias de futuro; reía confiada y escuchaba.

Lluis, ya tenía su futuro planteado, hijo de unos panaderos pasteleros de donde ellos eran originarios, con negocio boyante y expectativas abiertas a los negocios más exigentes. Preparación no le faltaba, además que era el heredero de la saga Silvestre. Mente abierta y despejada para dominar las finanzas de su tiempo. Visión clara de lo conveniente y lo desechable. Algo entusiasmado por Nuri, de donde hubiera bebido el agua si esta se la hubiere servido incluso con las manos.

Emilio, que comenzaba a sentirse valeroso, con sus estudios en proceso, con muchas ilusiones en la cabeza, creyendo que todo el mundo es perfecto, confiando en sus posibilidades y sabiendo que en este mundo nadie regala nada y si quieres algo, lo has de pretender con esfuerzo y denuedo, fue juicioso en sus pretensiones y no fue mas allá de lo que esa prudencia permite y no sobrepasa los límites de la coherencia y con mucha calma y tranquilidad afirmó mirando a la anfitriona de la mesa. La madre, la señora Nuria. _ Lo que si tengo muy claro, señora Nuria, es que cuando sea mayor, esté instalado y sea un hombre, me compraré una casa en Valderrobres, para poder disfrutar de este entorno que me ha encantado.
Aquel trenecito procedente de la Puebla de Hijar, y de Alcañiz les retornó a Tortosa, empujaba todos aquellos vagones de madera, una máquina, que parecida a la original “Torica” hacía las veces de locomotora con su velocidad de desmayo y su confianza en que todos debíamos llegar a la ciudad de la desembocadura del Ebro, para enlazar con otra línea que nos dejaría en Barcelona.

Los años han pasado, aquel trenecito ha dejado de subir por aquella vía estrecha que nos traía a la felicidad, que nos sumergía dentro del paisaje de olivos, de cosechas y de naturaleza, que rompía agradablemente con la uniformidad y lo grisáceo de las grandes ciudades. La Línea de la Val de Zafan, dejó de existir por motivos financieros, no haciendo más aquel recorrido, que tanto bien hacía y necesita la franja para salir a la playa y llevar sus mercancías hasta un puerto de Mar.
Aquellas personas que disfrutaron de la Semana Santa del año 1967, crecieron, otras envejecieron, se desarrollaron y formaron sus respectivas familias. Algunas desgraciadamente ya no nos acompañan. Que Dios, las tenga en la gloria.

Otras han surcado fronteras intentando encontrar la felicidad, con la seguridad que siempre que escuchen noticias relativas de la línea de la Val de Zafán, los gentilicios de las diferentes poblaciones, el hablar característico del Matarraña, las normas y características de sus pobladores, las artes, los detalles hermosos de esta tierra del bajo Aragón, la estarán echando de menos y añorando por todas las virtudes que entraña el terreno y sus habitantes. No pocas de aquellas almas que estuvieron sentadas en la mesa seis, de la Fonda Angeleta, aquel 24 de marzo de 1967, han establecido su vida y las de sus descendientes dentro de la fronteras y de la franja, dejando su impronta y su esfuerzo y recibiendo todo aquello que esta tierra regala, que es mucho y que se agradece. Otros por el propio meneo de la vida, por la circunstancia del subsistir, van y vienen con tanta frecuencia como pueden.


Lo que si podemos certificar es que aquella máxima pronosticada a Nuria en día de viernes Santo. Se ha cumplido: “Lo que si tengo muy claro, señora Nuria, es que cuando sea mayor, esté instalado y sea un hombre, me compraré una casa en Valderrobres”.




Que por cierto, la disfruta con salud y mucha ilusión.



Fin


https://emiliomorenod.blogspot.com.es/2011/08/presentacion-de-poemas-y-libro-de.html

1 comentarios:

Manuel Galindo Albesa dijo...

Amigo Emilio,me has hecho retroceder en el tiempo,se han apoderado de mi los gratos recuerdos de juventud en Valderrobres y también he sentido una pena por los que no están pero que los llevo en mi corazón.Muchas gracias por ser como eres y hacerme sentir estas emociones,todo esto te lo digo con lágrimas en los ojos,lágrimas de agradecimiento y felicidad por este relato de una época de mi vida muy feliz.muchas gracias amigo Emilio

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