miércoles, 12 de noviembre de 2014

Sensor para Fantasmas





Había llegado a los grandes almacenes y al pasar con el carrito de la compra. Ese que puedes utilizar, tan solo depositando una moneda, en el receptor que lleva en el manillar. El que de vez en cuando deja caer una pequeña descarga eléctrica, sin hacer heridas ni daño, pero que jode porque la corriente estática que contiene el carretón regala un zumbido al sufrido empujador que le cruza el cuerpo. Sin más invento, le hace ver las estrellas, al finalizar esa graciosa electrocución venial.


Aquel que de vez en cuando obliga a ir de lado porque no se deja dominar, sobre todo cuando lo llevas cargado con peso y tozudo manda ir casi torcido a la derecha o izquierda, dado que sus ruedas no dan más de sí, o están puestos adrede y aleatoriamente para que al llegar a caja exhausto pagues sin mirar los motes y te vayas a descargarlo para perderlo de vista.

Ni más ni menos Julián había tomado uno de esos armatostes y lo iba cargando a medida que veía lo que le hacía falta, además de revisar su lista, que previamente llevaba hecha desde el día anterior y que era lo que realmente le había dado motivo para entrar en ese gran híper.

En uno de los pasillos, hubo algo que le llamó la atención de forma descarada, fue un segundo, iba despistado y alguna palabra escuchada, procedente de la pantalla del televisor que unida al borde de la estantería, permanecía conectada, llegó a los oídos de Julián y eso le hizo atender a toda la explicación que el anuncio daba.


No era más que un portalámparas, con un led, color blanco, chiquitito, muy barato y con infinidad de posibilidades de colocarlo en el hogar con grandes ventajas, sin cables, sin penurias al instalar, y además valido para orientarte en las noches, dado que lleva incorporado un sensor que a la más mínima de movimiento se pone en marcha, dispensando un chorro de luz blanca, que ciega casi la vista, si lo miras con descaro.
Con sus pilas de voltio y medio incorporadas, y con una fijación discreta para su colocación en el lugar que pretendas usarlo.


_ Mira que chulo, es esto_ Pensó Julián, recordando que en el pasillo de la primera planta no tiene interruptor de luz y cada vez que ha de levantarse a hacer aguas menores en la noche, tropieza en el pasillo con el jarrón de barro cementoso, que su querida esposa ha colocado en el suelo, para que decore el recodo.
Justo al lado de la puerta de paso, donde nadie lo espera y menos; a las tres de la madrugada, cuando te aprieta la vejiga y tienes necesidad de mear con urgencia. Sin contar con la genuflexión que has de hacer, cuando notas lo has maltratado con el dedo gordo del pie, y se cimbrea, diciéndote de forma vil; me caigo, o no me caigo.
Accidente provocado al ir medio dormido y para que el susodicho jarro, no se rompa. ¡Te despiertas de facto!   No vayas a tener más que palabras con Clara, su amada y dulce compañera, a esas horas tan intempestivas de la madrugada.


Todo fue un pensamiento y la lámpara, cayó dentro del carro. Un precinto especial, con una foto en la caja que lo contenía de luces relucientes, que decía en letras muy claras. La luz de los Fantasmas. Siguió dando alguna vuelta más por el Híper, hasta que agotó la lista de los comestibles que todos se hundieron dentro de aquel jodido carro. Consumibles que necesitaba y viandas para llenar su alacena familiar.


Llegó a una de las cajas de pago, donde una señorita, vestida de rojo fulminante, iba pasando los paquetes bajo un detector lumínico que asentaba electrónicamente cada valor en una lista para después ser abonado. Al llegar a la luz de los Fantasmas, la cajera, lo miró, lo reviso, lo abrió y pasó por el lector haciendo un comentario a su cliente.


_ ¿Tiene fantasmas en su casa? Y encima les pone alumbrado. No sé yo, si lo haría_ dijo con gracia aquella mujer, sin esperar respuesta del cliente_, mientras continuó marcando artículos a medida que los iba dejando en la cinta transportadora, hasta que al final arrancaba la lista de lo adquirido y le volvía a repetir a Julián el costo de aquella compra_. Setenta y tres euros, con siete céntimos.


Julián una vez lo tenía colocado de nuevo en el carro metálico, sacó su tarjeta black del bolsillo y la introdujo en la rendija de la caja recaudadora, marcando en número Pink secreto de la tarjeta bancaria, esperando la respuesta electrónica 
de _: ya puede retirar su tarjeta_ Detalle que ocurrió en tan solo dos segundos.


Tirando nuevamente del carromato ¡Ese trasto! Que te cabrea y que mandarías a la ¡mierda! por lo difícil que se hace conducirlo por el pasillo del almacén en forma sosegada y sin necesidad que el cacharro te obligue y mande. Que debas hacer tanto esfuerzo al empujarlo para colocarlo derecho. 



El coche estaba cargado, todo bien colocado en la cajuela del auto, el cinturón de seguridad sujeto. La marcha comenzó y cuando salió del parking a la calle, ya era noche cerrada, a pesar de no ser demasiado tarde, los días acortan desde el retraso del horario, correspondiente al uso de invierno.


No encontró apenas tráfico y el llegar a su domicilio, fue una audición de música placentera, la que fue escuchando desde la radio de su vehículo.



Cuando colocaba los artículos comestibles en las estanterías de los armarios de la cocina, Clara, tropezó con la cajita de la luz de los Fantasmas, y preguntó a Julián.

_ Cariño, que es esta caja tan mona que dice ¿Luz de los Fantasmas? y, para ¿quién es?
_ ¡Ah sí! Es un candelero para el pasillo de la primera planta, es una luz que nos orientará en la noche automáticamente y cuando nos levantemos, sola se activará y nos alumbrará para no caernos_, dijo Julián en respuesta a la pregunta que le hacía Clara.

_ ¿Quieres decir Julián que esto, funcionará? Te dejas convencer por todo lo nuevo que sale al mercado, si fuera yo, la que lo hubiese comprado, me dirías que nada más gasto en cosas inútiles.

_ Mujer; es para no caerme cuando me levanto por las noches en busca del lavabo_, contestó el joven marido_ Si por casualidad te rompo el jarrón del recodo, me dirás que si estoy ciego, sino me fijo, si voy como los toros guiado por el olfato. ¡En fin es para una comodidad más de la casa!

_ ¡Bueno… bueno!,  y ¿cuándo la estrenarás?_ inquirió Clara, con guasa.
_ Pues hoy mismo_, Le voy a colocar las pilas y la situaré en un lugar donde perciba el mínimo meneo, a ver qué tal.



Acabando de decir sus últimas palabras, recogió la cajita y la espachurró por las prisas al abrirla, sacando la lámpara, pasándole una gamuza por encima y disponiendo las dos pilas de voltio y medio, que adjuntas venían en la misma compra. 
Yendo al lugar más adecuado para situar la lámpara detectora, que quedó instalada en un santiamén.

Aquella noche, cuando se cerraron todas las luces de la casa, nadie notó el movimiento que tenía aquel artilugio, que a cada momento se encendía la luz, y se volvía a desconectar, con un ritmo fuera de lo normal y sin que nadie pasara frente a ella, ni hubiera movimiento ni detección de nada, ya que el matrimonio estaba metido en la cama, a esas horas roncando y aquella lámpara, se iluminaba a cada poco y volvía a apagarse. Sin que tuviera movimientos físicos en su radio de acción.


Clara, fue la que abrió los ojos en un sobresalto, y desde la cama, en su habitación vio la luz activada de la lámpara en el pasillo contiguo, y sin dar importancia, esperó a que la luz se difuminara. Al poco, ocurrió que aquel reflejo fue perdiendo potencia y quedó de nuevo en penumbra. Ella, no se movió, mientras Julián roncaba como una máquina de hacer churros, y desde la cama prestando oídos y vista en la oscuridad, notó de nuevo que la luz prendía con fuerza, sin que nadie hubiese pasado frente a ella. 

Así permaneció Clara durante un buen rato, a la expectativa, poniendo incluso oídos al pasillo, porque alguna cosa rara, detectaba, sin poder adivinar que era. Algo anormal sucedía, sin explicación física posible. El sueño la venció y aquel movimiento extraño frente al detector de movimientos, se prolongó disparando y activando los leds de encendido.



El reloj del pasillo donde estaba situada la luz, iba marcando las horas, y aquella alegría de luces y sombras se daba, como si fuera una normalidad admitida. 
Hasta que la próstata de Julián dijo de evacuar el líquido que contenía el órgano, en su primer intento en la noche.
Al abrir los ojos aquel hombre advirtió la luz de los Fantasmas, prendida y se extrañó de la casualidad. Notó que Clara dormía profundamente feliz, hasta demasiado subterránea, comparado con otras noches, que al levantarse él de la cama, ella, siempre tenía preparada una palabra, aunque durmiese. Siempre hacia algún comentario, de queja, de advertencia o de reprobación. 
No dando importancia aquel hombre, medio desnudo y descalzo, salió al pasillo y la luz era asombrosa, un halo blanco embargaba el ambiente, estando todo tan recogido como si se tratase de un bodegón. 



El cuadro del caballero medieval sin afeitar, que pendía frente al espejo del pasillo, serio como siempre, el butacón tan mullido vacío y libre, el jarrón del recoveco intacto, y su paso al excusado no dio problema alguno. Hizo las necesidades fisiológicas pertinentes y al salir del lavabo al pasillo, la luz estaba apagada y de inmediato se conectó, observando que el jarrón tenía una vibración oscilante, como si alguien lo hubiese meneado al tropezar fortuitamente con él, y el cojín del butacón en el lado izquierdo, cuando siempre solían dejarlo del derecho.



Dio una ojeada alrededor y no vislumbró nada que le hiciera sospechar, aunque aquel jarrón seguía balanceándose. Recorrió su camino, y al desaparecer del pasillo, y entrar en su habitación la lámpara se quedó apagada. Se metió en la cama y antes de cerrar los ojos, quiso ver si había movimiento, algo en su interior le decía que había algo extraño, que no sabía comprender en aquel instante, miró la hora, del reloj de su mesita de noche_ entre pensamientos, dijo las tres y siete_  y el sueño, le quitó la consciencia, dejándolo cao, en nada.


A la mañana siguiente, cuando desayunaban, Clara, comentó a Julián, que en la noche anterior, no lo había escuchado levantarse a orinar, y él dijo a su vez, que nunca la había notado dormir tan fonda.


Clara le comentó a su marido, que en un momento que se despertó, notó algo raro en el pasillo, y que la luz estaba prendida.

_ Lo veo raro, sabes Julián. ¿No habrá nadie que no sabemos?_ argumentó Clara, no sin pena.

_ Por cierto, como has encontrado el cojín del butacón, a la derecha o la izquierda_ preguntó Julián.

_ Como lo voy a dejar, como siempre, como está. No lo ves. Al lado derecho.

_ Es que anoche al salir de mear, estaba en el otro lado, y además esta mañana cuando he despertado, encontré esta moneda a los pies del butacón que no parece nuestra, es de hace dos siglos más o menos. 
¡No te parece inaudito!













3 comentarios:

Eduardo dijo...

Grande, Emiio.
Que buen manejo de la narrativa y como defines de bien todos los hechos acontecido en el centro comercial con ese carro maldito.

Muchas gracias, amigo

Eduardo dijo...

Grande, Emiio.
Que buen manejo de la narrativa y como defines de bien todos los hechos acontecido en el centro comercial con ese carro maldito.

Muchas gracias, amigo

Esperanza sandoval santander dijo...

¡¡¡Uuuuffff!!! No compro una lamparita ni de coña, me ha sobrecogido el relato. Muy bueno amigo Emilio.

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