jueves, 11 de junio de 2015

Los poetas lloran tinta_episodio cuatro

Emilio Moreno, autor







Episodio cuatro

Los poetas lloran tinta_ episodio cuatro_

 Continua del capitulo ant.              






Fueron meses enloquecidos por la improvisación, y el denominador común de la prisa, desatar las pasiones, los miedos, formalizar compromisos y acelerar la marcha para conocerse y amarse a la luz de la luna, llevando el cuidado y pulcritud de no dejar preñada a Reme, por decencia, conveniencia y por aquello de dar explicaciones a la familia y no comenzar la casa por el tejado.

Tiempo de disfrutar experiencias para después, más tarde aplicarlas en sus fábulas, en sus comedias. Basándose en hábitos reales o concordantes. Emplearlas en farsas ficticias por y como novelista, en rutinas propias, existidas en su piel, advertidas como si fueran heridas reales, que sangrantes dieran aquella credibilidad  y bañadas con el sudor del curtido hombre de mundo, las plasmara después en el papel, con la maestría del mejor de los dramaturgos.

Sin percatarse llegó con precipitación la licencia del Ejército, quedando liberado de los asuntos castrenses y que le dejaban dar a su vida un enfoque personal, el que más le conviniera o quizás el que le tuviera preparado el destino. Asunto que pretendía reconducir para conseguir todo aquello por lo que soñaba, poder ponerse al teclado de una máquina de escribir y crear un cuento, una historia o un escrito que alguien en algún lugar diferente, cualquiera desconocido pudiera leer, comprender  y disfrutar.

La diplomatura de periodismo reluciente, otorgada por sus estudios en la Universidad, no le facilitaba un trabajo fijo ni remunerado. Un salario mensual, una fórmula para mantener gastos y débitos al abasto, para poder abordar todos sus sueños vitales. Debía intentar y buscar aquello que le hiciera feliz y que encima le proporcionara el sustento.

A partir de ese instante, que es cuando la necesidad aprieta y le puso amargamente a prueba, le sobrevinieron las dudas.
Poniendo en tela de juicio lo relativo a su posibilidad de ganarse el pan con su pluma, referente a lo que le interesaba conseguir, en cuanto tiempo,  y en qué forma.
Amor o gloria en solitario, verse aclamado por un triunfo que esperaba desde hacía tantos años. Travesía que no tenía nada clara, hacerla solo o acompañado de Reme, que era la hembra que en un principio le complacía, pero que en un momento dado, le exigiría resultados.

Lucas seguía viviendo en la pensión de la calle Montevideo, y tonteando desde hacía algún tiempo con Rosa una artista madura, con dos hijas, la que de vez en cuando, le había planchado alguna camisa y llenado los bolsillos con algún que otro duro para tabaco.
Este como pago en especias, la había llevado a su cama en las noches de vértigo y de frenesí. Allanando a Rosa, en su efusiva promiscuidad sobre las sabanas un tanto deslucidas de su catre.
Desahogando ella sus miserias fisiológicas, sus penurias de olvidada, mientras que su compañero en la habitación contigua pernoctaba su embriaguez, a sabiendas que era víctima de un lío consentido.

Un recreo del reportero que le mantuvo a flote, a falta de familia cercana y que le ayudaba a pasar los largos inviernos, caliente en la cama.
Tía Encarna, sabedora le había amenazado con echarle de la fonda y notificárselo a Reme, así mismo hizo con Rosa, aquella mujer desertada por el olvido y por la rabia. Consiguiendo que ambos dejaran de acostarse, acallando las comidillas de la pensión y se buscaran los placeres fuera del recinto de la casa de huéspedes de la cuesta de Montevideo.

 No conseguía el trabajo que le apetecía, nada le era digno a su valía, al tiempo que Reme apretaba en lo del matrimonio, observando ya desde entonces que Lucas no sería precisamente un buen cómplice, ni un buen esposo, que tendría que compartirlo con sus amantes naturales, las letras y libros. Con sus ensayos, charlas y su servilismo antinatural con todo aquel que lo sometiera y engañara con promesas vanas dándole cualquier trabajo literario

Ellos ya hacía unos meses se habían prometido y Reme era la que se las apañaba, para sacarlo de su estado de inmersión continuo y latente, para llevarlo a la cama, poderle desnudar, calentarlo y conseguir le hiciera aquel amor exprés que duraba un segundo.
Aunque la suplantara como casi siempre hacía, en el momento del clímax. Al llegar el preciso instante del orgasmo, imaginaba copular con una diosa Celta, tal princesa Cartaginesa y cual dómine Romana.
Deidades todas, cautivadas y prendadas con su pluma. Confundidas en su mente y a pesar de ser ella, su novia la que yacía en aquella cama turca sobre el somier de borra, que poseía en la pensión de la Tía Encarna, el cronista se estaba cepillando en su interior a otra mujer.
 
Lucas, no prestaba señales de querer tomar responsabilidades con la joven. Decía él; como excusa, que debía esperar algo más de tiempo, a ver si algún editor importante le abastecía una vía libre para llevar a las rotativas tantas y buenas novelas interesantes que había escrito en el último periplo. Pretexto infantil, sin considerar todos los esfuerzos que hacía Reme, para con él.
Se negaba a comenzar una vida nueva con su compañera, al no tener el trabajo digno que le permitiera mantenerla en casa, cuidando de su hogar, dedicarse a los futuros hijos y todos esos menesteres que comporta la creación de una nueva familia.



Transcurrieron dos años, muy cortos en el devanar del tiempo, Lucas sin éxito buscaba aquello que pretendía para poder comer mejor, y realizarse como autor de novelas fantásticas. Alternando sus firmados literarios con la pesquisa de otros medios de subsistencia, presentaciones obligadas a convocatorias y oposiciones generales del Estado. Opositando al cuerpo de Correos y Telecomunicaciones, Diputaciones Provinciales, y diversas entidades periodísticas de la ciudad

Además y por supuesto participar en certámenes poéticos y concursos literarios con temas históricos, novelas esotéricas, relatos y ensayo. Incluso poesías hechizadas.  
Sin llegar jamás a ocupar plaza de burócrata, subalterno en alguna de las direcciones generales ni tampoco ser nominado, finalista en este o aquel simposio. Sin opción a publicar con garantía de ser leído. Dejando aparte el interés escaso que las diversas editoriales, mostraban por su obra.  
Ilusiones rotas que se fraguan cuando el escritor no estrena ni pública. Tampoco pudo soñar con ventas exclusivas, ni reconocimientos humanos.

Trabajó como guionista en noticias de algún periódico local, sin la suerte de poder entrar a formar parte de las filas de los fijos de plantilla. Tocando todos los palos de su partitura personal, sin encontrar aquella dulzura, aquella escala extraordinaria donde él se sintiera agradecido, buscando su estrella galáctica, una de las cien mil millones existentes en el universo, que no tropezaba con su singladura y que no estaba dispuesto a renunciar.






To be Continued

Continuara


Emilio Moreno


sábado, 6 de junio de 2015

Los poetas lloran tinta_ episodio tres_

Continua del capitulo ant. ...

Los poetas lloran tinta.

Viene del capítulo anterior.

 


Con alevosía, de forma perruna por lo irracional y sin ninguna prisa lo iba calentando, aplicando esa maestría del recato con que constituyen en sus actos las mozas cuando persiguen un trofeo.

Con su proceder cristiano, sin levantar malas impresiones, sin demostrar  perfidia y con la feminidad que atesoran las buenas prácticas. 


Reme iba consiguiendo su propósito, cuidando el qué dirán. De suma importancia para cualquier cristiana. Tenerlo controlado se hacía imperativo, para la decencia y probidad de su persona, y más ella, que aún estaba virgen. Aunque en el sexo y en la guerra todo vale y siempre había que utilizar, aquella máxima vulgar_: Si dicen que dizan, mientras no hazan”.




Las actuaciones del afamado Ateneo Samboyano, eran de un prestigio sonado. Por aquel establecimiento pasaban todos los artistas con renombre del cartelero nacional, vedettes, malabaristas, tonadilleras, músicos, y como no, aquellos conjuntos musicales, que ya comenzaban a proliferar y a sonar en las diferentes cadenas de radiodifusión de la urbe, en especial la cadena no estatal, la conocida por Sociedad Española de Radiodifusión.



Aquellos boleros de Machín, ponían la sangre embravecida a Reme que ya provocaba descaradamente a Lucas, con una sonrisa abierta y un lenguaje no verbal que exclamaba ¡Ven y tómame! 


Lucas, timorato aún masticaba cual sería la forma más varonil para entrar a conversar con aquella señorita, que ya lo tenía camelado.




La tarde era especial, parecía casi el final de una etapa aburrida y sin gozos, y el comienzo de una felicidad merecida.  Alegrías constantes y sexo a granel jugaban en la mente de Remedios, que notaba el desborde de placer en aquel dubitativo joven sin experiencia. Los dos mojados por la pasión ya se tocaban con los ojos. No había vuelta atrás. Lucas sonriendo se acercó, y sin mediar casi palabra, la llevó al centro del entarimado, asiéndole por un hombro, guiándola en el camino. Dándose cuenta que ella quería ser arrullada de forma ostensible.


Inspirando de su piel al protegerla hacia la pista de baile, el olor perfecto que transmitía.

Ese olfato a secreción inmediata, tan agradable por confundir la transpiración con la limpieza explosiva de la que presumía Reme y su aroma atrayente que irradiaba inevitable. Directo a las pituitarias acechantes de su acompañante deseoso de cualquier gesto o efluvio sensual.



La dimensión del lindo cuerpo femenil de ella y la abstinencia de mujer en él,  hacía mella en su vigor y le transmitía una necesidad de gozarla tan briosa, que con la imaginación, la que posee un inventor de diálogos, un mago de las palabras, se hacía la boca agua. Pensando que en breves instantes la iba a estrechar en sus brazos, y podría invitar a que la sensación de pasión se prolongara como mínimo durante aquella tarde.


La música sonaba en plenitud y los esfínteres se ensanchaban dejando la ropa más tibante que una herida cuando sana. Las canciones interpretadas eran de lo más sugestivo para ambos, que buscaban ese incipiente cuerpo a cuerpo. Encajarse entre las piernas, cercarse el busto a medida y con la presión justa, para recibir y enviar placer. Calor y sofoco en Lucas, ardor y pasión en Reme.



Les podían las ganas de tocarse con las yemas de los dedos, palparse con las pupilas, enchufar sus caderas entre sí. Notarse los tolondros. Sus bultos  enquistados crecían exagerados y latían con ansia bajo la presión corpórea de sus vestidos. 


Vivos, nerviosos y atropellados, con la prisa del torero cobarde, que finaliza su faena, pichando mil veces y con miedo al entrar a matar. Se masturbaban de forma espiritual, ralentizando ese deleite intuitivo hasta dejar abortar la delicia sin efecto.


Les apetecía continuar disfrutando de sus momentos. Besarse irracionalmente mientras los dos, cerraban los ojos, y se abandonaban a lo indecente, trazando un deseo de usufructo corporal que les movía las entrañas. Un placer tan efusivo que les restaba conciencia


El propio ritmo de los boleros, ofrecían una gimnasia que mezclada con la música les servía de nexo maravilloso de su felicidad. 
 

Era cuando la situación había perdido la cordura, ya no se podía dar marcha atrás, imposible pensar con la cabeza, cuando las manos están palpando pecho, y nalgas jugosas, notando nervios erectos y hormonas atropelladas buscando un embeleso sin parangón. Tan carnal que desatendieron su conducta por la excitación. 


Hasta que el vigilante de pista del ateneo, aquel empleado circunspecto y místico, el tan electo y célebre señor Clavell, notaba que alguna pareja hacía de las suyas. Se acercaba diligente y abortaba tales desmanes en cuanto veía que podían estar disfrutando más allá de lo que la censura consentía. Llamándoles al orden para que volvieran al comportamiento acostumbrado en ese perímetro ovalado, usado para bailar



Mandaban los genitales, la vista se hizo miope, el oído de cemento, el sentido a flor de piel y la prisa del furtivo, por querer acaparar en un santiamén, todo el placer que da el éxtasis al ser acariciado por una hembra.


Sacudidas arteriales procedentes del corazón que escondía Reme, detrás de aquellos sujetadores blancos con aros metálicos, que resistían unos pezones puntiagudos, queriendo emerger al viento, cuando cedían las carnes al ser elevada por aquel fuego propagado, sin vistas a ser extinguido.



Perdían la llaneza y la educación para transformarse en dos seres subyugados, al encontrarse dentro del placer tan maravilloso. Morreándose, sin prisas y con un tono algo salvaje, como el que usan los poseídos.



Atraídos Reme y Lucas, avisados por segunda vez por Clavell, el astuto vigilante, se comportaron temporalmente, volviendo a la cadencia melodiosa, que ya sin ser tan protagonista por otros motivos, se escuchaba en segundo plano, dándose en la pareja ese bienestar íntimo y húmedo que dejan al finalizar esos encuentros libidinosos.


Lucas, con esa mujer llena de vida y erotismo, a la que ansiaba conseguir, en ese preciso instante, sin rechazos y sin el mínimo control,  tenía los frenos desgastados.


Remedios, excedida por la satisfacción con esa pujanza erótica con el hombre que la toqueteaba,  hubiera permitido cualquier meneo erótico, que le hubiese sugerido. A pesar de la clandestinidad más lúgubre, con tal de rematar aquella faena.


Bulleron toda la tarde, porque bailar, ¡No! Enlazados y trabados como dos robustos e inmorales amantes, sin el temor de ser advertidos por nadie que les perturbara, compartiendo sus alientos por la cercanía de los labios y bocas, defiriendo ese perfume de agua de lavanda que injertaba Reme, y esa loción en boga denominada Floiid, emanada por Lucas.

La pasión emergía con la energía y potencia vasodilatadora, que impregnaba cuño varonil, que desprendía él y que admitía ella.







 Continuará... en otro capítulo
To be continued from..






martes, 2 de junio de 2015

Seducción por la mirilla





Subía las escaleras muy a prisa, su edad se lo permitía y su complexión ayudaba a que su corazón bombeara con fuerza la sangre que transportaban sus arterias. Ninguna duda en su pensar, jamás temía nada aunque se suscitaran dilemas que no vinieran a cuento, ni estuvieran dentro de lo corriente, por no ser de recibo y por no ser medroso.


Sabía que aquel día algo le iba a suceder fuera de lo usual, porque así se lo decía su instinto proclive a ver situaciones futuras más lejos de lo que un ser normal, podía asentir. Tampoco era cosa que le perjudicara aquella mañana de mayo, lo tenía todo bastante planeado y tan solo debía hacer una visita antes de la hora del almuerzo, para continuar con su marcha.

Al llegar a la cuarta planta, se encontró con un vestíbulo con cuatro puertas, cuatro viviendas exactas en su exterior, sin modo alguno de conocer en cuál de ellas había de llamar y tuvo que detenerse, y se detuvo para mirar y comprobar con exactitud donde llevaba anotada aquella dirección que le había dado su camarada, y que presentía desde hacía horas, que alguien de aquel domicilio, alguien que aún no sabía, alguien que ni imaginaba, le iba a cambiar la vida por completo.


En el rellano del hall de la escalera, perfectamente iluminado, no habían indicios ni indicativos del orden cardinal de las puertas, por lo que no se mostraban cual era la que correspondía al primero, ni cual podría ser la última.
Cuatro timbres exactos en el margen izquierdo del marco del portón, equidistantes a una altura prudencial y situados cada cual para el aviso de llegada. En el centro de cada una de las cancelas, un orificio artificial vitrificado a modo de espía que soportaba el visor de comprobación de presencias. Conocido vulgarmente con el nombre de "mirilla".


Cuatro rejillas, una en cada puerta, sin pestañas ni cejas, cuatro visores muertos en vida, esperando ser usados desde el interior de cada una de las viviendas, para conocimiento del que aterriza por aquella puerta y siempre delator del que espera fuera, que sin darse apenas cuenta, le sonríe y sobrepone,  para dar su mejor traza.

Supo cual era el pulsador que había de tañer y el ojo indiscreto, callado e inerte donde tenía que mirar y sonreír, de forma tontuna, para dar una impresión solemne. Un signo causal que su destino le había preparado desde que nació y al que inexorablemente estaba sentenciado.

Se situó frente a la primera puerta, según se sube por la escalera a mano derecha y se arregló el cabello, meciéndolo para dejarlo más acondicionado y quedase más presumido, buscó dentro de su forro de recuerdos la sonrisa más apropiada para poner cuando le observaran y apretó la membrana de aquel timbre que esperaba paciente, haciendo sonar la chicharra de la alarma y que apareciera tras aquella puerta algo que ni imaginaba.

Tanto era así, que puso cara de bobo, haciendo jeribeques con los morritos y labios, y gestos, contorsiones faciales y muecas al que le estuviera mirando. Creyendo que sería persona reconocible para él y a la que no tuviera que dar demasiadas explicaciones.
El sonido grave del avisador penetró en aquel domicilio, perturbando a los que no esperaban visita y al poco se iluminó la lentilla cristalina del mirador por el torrente de luz que provenía desde el interior de la casa, a la vez que otro susurro perteneciente a una puerta interna se escuchaba en su trayectoria de cierre.

Aquel ojo muerto de la puerta, tomaba vida por el alquiler de otra pupila humana que se servía de él, para observar quien estaba tras la puerta cerrada, alguien miraba, callado, sin más mérito que aguzar los sentidos e imaginar en segundos aquella presencia no de mal ver, que hacía mohines y que parecía no estuviera en su sano juicio por los tics, muecas y arrumacos que hacía.

En el lado anverso de la frontera, analizándole en un segundo de arriba a abajo, escudriñándole hasta el alma, dentro de los posibles y entrándole nunca mejor dicho por el ojo derecho, que es el que usaba la señorita, que iba a abrir la puerta de un instante a otro. La cual quedó impresionada; no por los esguinces faciales y cucos, si no por la atracción que ofrecía el payaso.

No sin antes demandar con una voz maravillosamente femenina y con un tono de regocijo imperativo_ ¿Quién es?_ sin de momento, hacer el más mínimo gesto de confianza para dejar aquella cancela de par en par y esperando, a la vez que lo copiaba para su ensueño y retentiva, escuchar la modulación de la palabra del caballero sandunguero que esperaba en el zaguán de su entrada.

_Soy Benôit, buenos días señorita ¡Perdone mi idiotez! No imaginaba que sería usted, la que acudiría a mi reclamo, lo siento de veras, solo quería ser lo más simpático posible, creyendo que sería otra persona, la que acudiría a mi llamada.

 Ella, sin preámbulos ni medias tintas interrumpió la conversación de presentación con sus prisas, acelerando la ligereza por abrir aquella cancela _: Un momento_ volvió a sonar aquella voz mujeril que a su vez descorría la cerradura para dar paso a la imagen de uno hacia la otra y que se inundaran ambos de esa mezcolanza de seducción autentica y brutal, que entra por los ojos y acaba en el alma, cuando hay química explosiva.

Aquel portón blindado de tres cerrajas, se abrió plenamente, entrando la luz del rellano de la escalera desde fuera hacia dentro, sumada con el arco radiactivo de la sonrisa de Benôit, que se presentaba frente a la dama y que con un simple gesto de cabeza, le regalaba toda su confianza, preguntando sin dejar de mirarla_: ¿Acaso te llamas Colet? y eres hermana de ¿Jean Prudens?

Dejando a la joven mujer agitada por una especie de luz desenfocada y un preludio en el tiempo de amor apasionado.

La respiración de ambos quedó cortada, como hendidura en la manteca; a la hora de preparar un bocadillo. Aquella mirada de ida y vuelta, imposible de interrumpir, se hacía del todo fascinada. Ella repasó en una visión pronunciada y fugaz, aquello que su subconsciente asimilaba para debatir a solas y en silencio. Él, quedo prendado mirándole su talle escueto, su delantal medio atado y su cintura de mariposa.

Al momento una voz bronca espetó contundente desde el interior, haciéndoles volver a la realidad_ ¡Colet es Benôit! _.  Pues dile que pase y no haga tonterías de las suyas,  ni lo dejes que te confunda con su mirada cautivadora.

Colet, ha cumplido sesenta años, y sigue sonriendo a las tonterías de Benôit,  con su sonrisa estupenda y su cara de ángel, siendo la artífice de otra familia que sigue sintiéndose feliz con poco.




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