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domingo, 26 de julio de 2020

A quién le echamos la culpa.













Te suponías dueño de este mundo.

Llegando para el crimen del amable,

con tu cuerpo de bicho, desechable.

Dañino, cruel, procaz y muy rotundo.


Trazado, ¡Cómo! ¿Por quien?, cierto inmundo

que esquilmó la vejez al adorable.

desde laboratorio indeseable.

Erradicando historia en un segundo.


Los geriátricos sin citas, ni abuelos,

los esconden, por si están contagiados.

Ya sobran, se hacen viejos, sin anhelos.


Criba en el hospital. ¡Son desechados!

Abandonados por todos sus cielos.

Murieron sin su gente. Vejados.


P.D.


Alguien debe tener mucha vergüenza

Fueron nuestro pasado. ¡Así actuamos!

¡Todo se paga aquí, ¡¿ Y si llegamos ?!

y nos tratan con la misma templanza.






jueves, 2 de julio de 2015

Los poetas lloran tinta _ episodio final


Viene del Capítulo anterior : Los poetas lloran tinta






Nacieron tres hijos, dentro de la rutinaria felicidad de su matrimonio, les puso nombres mitológicos a cada uno de ellos, en contra de Reme, que prefería fuesen bautizados, 
el mayor como el padre; Lucas y la pequeña Remedios como la abuela materna, todos fueron registrados a gusto del literato en conmemoración de algún Semidiós inventado.


El aislamiento del escritor le fue ganando, y la presencia física aunque estuviera en casa, era inexistente, por sus ausencias tácitas derivadas del libreto que atendía.
Detalles que le fueron separando de Reme, que llegó a verle como un mueble más de la casa, teniendo un contacto superficial y esporádico, ya que comenzó a vivir en su mundo y no solía descabalgar de él fácilmente, con lo que se perdió la niñez de toda su prole, que le veían tan raro como lo miraba su propia esposa. 

Aún y llevando los hijos al colegio, por aquello de compartir las tareas domésticas y por evitar que Reme, dejara su trabajo fijo. No supo hacer de padre y llegar al núcleo de los chiquillos, sin conseguir explicarles aquellas fabulosas historias que escribía y que hubiesen saboreado juntos con vivencias imborrables.

Reme tuvo que buscarse la vida fuera del mundo del marido a fuerza de ser fiel por falta de oportunidades y sin posibilidad de divertirse con amistades que le hicieran feliz. 
Todo a lo inverso le sucedía al cuenta cuentos, que sentado en estado vital de cesación placía de las más bellas mujeres y las más divertidas historias. Sin esfuerzo físico. Saciándose de imaginación, mojándose sin perder gota de gusto. Advirtiendo que su progresiva desdicha le ganaba la partida.
La deserción presencial iba ganando terreno fecha por fecha, y debido a los catálogos de vinos que brindaba y las gacetillas especializadas, con cobro a noventa días, los programas y planos de travesías didácticas, que dispensaba a las agencias de viajes, con el pago contra reembolso. Los programas educativos e históricos, para las firmas editoriales a las que prestaba el servicio, y sobre todo las indagaciones de sucesos que ponía en claro, le tenían muy alejado de su propia persona y llegado el ¡Boom! de la información masiva, ya le permitían cierta comodidad económica.

Emprendía al final de su madurez a casi ganarse la vida, con la abundancia que se regalaba en todos los ambientes y negocios. Nuevas publicaciones, libros de entretenimiento, catálogos que más bien parecían enciclopedias por su calidad y su buen gusto, trípticos anunciadores de grandes rutas veraniegas, charlas de expertos en los diferentes locales culturales. Ese desasosiego, hizo que repuntara con sus novelas y ponencias en la ruta del turismo, de la erudición, de la cocina y esparcimiento. 
El excesivo meneo y el poco reposo al que se veía sometido, le tuvo ensimismado al ver que en sus bolsillos, por fin se llenaban con algo que no fuese solo esperanzas y deseos. Comenzaban a florecer los duros tan esperados por Lucas. 
A menudo por las charlas o convenciones le concedían además de cierto premio en metálico, el menú para él y su acompañante y el alojamiento compartido con su pareja.
Sin olvidar las efemérides celebradas en lugares determinados, los viajes semanales, las invitaciones a presentar géneros literarios, promoción de sus obras, charlas sobre temas históricos, que le ofrecían unos ingresos no demasiado espeluznantes, pero sí, mucho mejor que veinte años atrás y nada desdeñables.

Ocasión que aprovechó Reme, para conseguir un despido negociado por exclusión anticipada, al padecer desde hacía bastante tiempo, de una enfermedad crónica, que trataba de ocultar y que le impedía movimientos normalizados en su sistema motriz.

Dándose de baja del taller de ensamblaje de rotores. Con todas las ventajas que llevaba la oferta. Manteniendo la paga, su cartilla del médico y todos los pormenores que producían esas consecuencias tratadas.
Acompañando desde ese instante a su enfrascado esposo a todos los eventos y descubrimientos que él hacía y patrocinaba. Transformándose en pieza vital de su negocio literario. Venta de volúmenes, control del gasto, compañías femeninas vigiladas, detalles de infraestructura que la señora administraba magistralmente sin necesidad de licenciatura que la instruyera.

Patrocinando sus trabajos, a base de simpatía personal y siendo ella, quien los canaliza en las librerías. Los sitúa en los estantes, los adecúa y los divulga para la posterior firma de Lucas, que los dedica con agrado transmitiendo esa sonrisa ya forzada.


Los años del ocaso llegaron, Lucas sigue bajándose los pantalones para publicar, tiene agotadas las bases de su conducta, está en el umbral de su pase a las vías del olvido y ni tan siquiera tiene claridad para dar ese paso. No ha pensado en cómo y cuándo será su entrada en esa senda, le cuesta asumir el adiós definitivo. Tampoco posee una paga que le sostenga en la vejez. No cotizó en la Seguridad Social, ni tuvo la previsión de pagarse un seguro de autónomos.

La relación con su esposa está obsoleta, es de puro trámite, ella le aguanta simplemente. Sonríe si es necesario en presencia de amigos y familia. Amor ya no les queda, aguanta estoica porque no puede canjearlo como un boleto de lotería premiado con la terminación, sin embargo le sigue cuidando y atendiendo, como lo hacía años atrás, cuando vivía de realquilado en casa de Doña Encarna, bajando la calle Montevideo.

El escritor lo sabe y no puede reparar el tiempo perdido, aquel que le ha robado a su familia, para regalarlo sin más a sus lectores, a sus seguidores y simpatizantes. En definitiva a su sueño, y su causa. Su meta ha quedado lejos para  conquistarla.
Gozando con el mínimo reconocimiento y agradeciendo las deferencias recibidas, se conforma. Prefiriendo que le besen el alma, que la piel.
Imposible abandonar su sueño, a pesar de tantas vicisitudes, tantas carencias y tantos desprecios. Hasta que la vida le ha regalado un inesperado fatal.

Lucas se encuentra solo, tras tantas historias vertidas, Lucas ahora está sumergido en un cuento, en el suyo propio, su Parkinson galopante. Aunque en su mirada, sigue aquella ilusión desmedida que le hizo soportar lo que generó su propia vivencia.

El cuentista ha muerto sin párrafos añadidos, el escribidor sigue comunicando, transfiriendo detalles, hechos, singularidades, simplemente con su mirada agradecida y con su obra escrita, que ahí queda para ser leída.






sábado, 27 de junio de 2015

Los poetas lloran tinta - episodio sexto.

Viene del Capítulo anterior : Los poetas lloran tinta

 

Episodio nº 6





Se atrevió con su nueva vida, y el resultado de sus ilusiones. 
En absoluto las había desdeñado. Confiando en que algún día sus letras, brillarían en los escaparates. Alguien vería que el esfuerzo y el trabajo se premian con un gran éxito literario. Teniendo la confianza de llegar a disfrutar con aquello que era su sueño. 
Eternamente esperando que sus ambiciones se cumplieran prontas y siempre optimistas con algún libro que de bueno, le consagrara donde él creía debía estar. Ni más ni menos que en la pomada de los autores firmantes.

En ningún tiempo quiso saber nada de un empleo en la industria, en las cadenas de montaje de Seat, ni admitió la posibilidad de llevar la contabilidad de las cuentas de alguna empresa de la zona, ni siquiera optó por el amparo que le ofrecía el amigo de su prima hermana Manuela, encargado de la empresa de transportes principal de la ciudad y jefe de estación de Metro en la plaza de Glorias.
Un estipendio fijo y sin complicaciones. Ocupando uno de los empleos en una vacante que había quedado desierta como taquillero en el Metropolitano, función que le permitiría escribir por su amplio horario y por la diversidad de alternativas de turnos posibles.
Únicamente vivía de la creencia y con los deseos puestos en su carrera de contadero y escribidor.


El momento de la boda, no era el más indicado para el novelista, que procuró sin conseguirlo alargar lo más posible el término del acto. Eso mismo venia aduciendo desde hacía bastantes meses, de los cuales ya llevaba viviendo en el piso de la Cooperativa a costa de la novia y de lo que ella ganaba en la cadena de montaje.

Se casaron en Sant Baudilio. Así denominada entonces la ciudad, nombre que ostentaba en el periodo franquista.
Admirable villa crisol y cuna de la sanación de las enfermedades mentales, municipio milenario de la ribera del Llobregat.
En una ceremonia castigada por las ausencias y con una pompa no demasiado visible, dadas las carencias y los tópicos.

La gran iglesia parroquial, de Sant Baldiri, donde se encuentran los restos mortales del “Coseller en Cap” de la guerra de Secesión Catalana,  Rafael de Casanovas.
Contrajeron nupcias como lo manda la iglesia católica, y como le apetecía a la guapa Reme, que era ciertamente la que deseaba ocurriera el enlace y poder acompañar a Lucas su amado, en su travesía tortuosa de la literatura mitológica, y los episodios nacionales de historia y de ficción fabulada.

La alianza tuvo lugar a primeras horas de la mañana de un domingo, de octubre donde se dieron cita los pocos invitados por parte de Reme, que aguantaron estoicamente una tormenta fabulosa de chispas y de estruendos, haciendo temblar la amplia nave central del templo. Como premonición de lo que se podía esperar del enlace.
Escasos fueron los familiares y amigos de Lucas, que pudieron contarse con los dedos de una mano. Acompañantes del tronco  del novio, que exiguos  y desorientados venidos de Andalucía, se sumaron a la triste y melancólica unión.


La vida les fue dando dos de hiel y una de miel.  
Reme rotando en su taller de motores, pensando en lo que podía haber sido y no fue, trabajando a turnos alternos. Él, escribiendo durante ocho horas diarias.

Compartiendo las labores de la casa, haciendo de comer, sacando la basura al portal, paseando al perro y poniendo la lavadora de turbina los lunes y hacer él mismo la colada. Restregar las sabanas y toallas y tenderlas en el balcón de su vivienda. Mientras Reme, consuma su horario de trabajo disipando su triste devenir.

La monotonía que le regala el historiador ausente, la del apesadumbrado creador, siempre en otro mundo, pensando en cuentos, matando protagonistas y descubriendo civilizaciones ignotas. Lleva a la dulce Reme al recogimiento obligado y a la vez, aguarda la llegada de la cigüeña.

En el silencio crítico y necesario del escritor. Inmerso en su profunda soledad,  descubre la desdicha de su compañera sin poder contrarrestar todas aquellas faltas ni siquiera dándole amor. Ya no transmite emociones físicas hacia ella, está obsesionado por llegar cuanto antes a su meta.

Se pierde las mejores reuniones familiares, con frecuencia ausente de todas las tertulias naturales después de las comidas y cenas, porque siempre está a punto de finalizar una frase del capítulo.

El decirle a Reme, lo guapa que está, palabras que administradas con dulzura hacen que una mujer siga creyendo en el amor, aunque ellos lo tuvieran muy disfrazado

Noche tras noche, espera deseosa que llegue a tiempo su Lucas, a la cama encendido de pasión y desbordado de voracidad sexual, para hacerle el amor sin prisas y con el rigor de un verdadero enamorado. No con el trámite nervioso y apresurado como suele hacerlo de vez en cuando. 

Con las prisas de un camarero tartamudo, que va perdiendo la leche de su cortado, derramándola desde la taza al platillo de soporte. Sin tener tensa la aptitud y las ganas de montarla

Dando más pena que gloria, emulando al lacónico druida de un poblado celtibérico, para evitar el polvo de la noche y seguir trabajando en su novela.
Confundiendo a Reme, como la dama prisionera de un baluarte púnico del tribuno romano Heradio, que sometía a sus dómines simplemente mostrando el tamaño de su pene y su belleza de efebo, dejándolas exhaustas de placer sin haberlas ni siquiera tocado.


Consecuente consigo impone su criterio, llevando su propia esencia de autor. No contrastando casi nunca ni en fechas ni en acaecidos. En desacuerdo con voces reconocidas, declara sus propias historias. A las que les pone su sello de exclusividad.
Nunca conviene con la misma tendencia que otros autores y prosistas estudiosos, aduciendo que lo que firma y escribe es la otra “historia”, la legítima. 


Disimulados volúmenes en bibliotecas reservados, ocultan autenticidades de sucesos acaecidos de distinto trasgo. Verdades que no han salido al abasto por motivos políticos inexplicables que siempre han estado celas como la noche.

Las que protege a corazón abierto, con tinta clara, y lleno de ilusión en llegar a darles luz impresa. Valiendo que sus investigaciones son las veraces y que le avalan estudios próvidos, hechos a pie de obra y por, eruditos olvidados que le confieren y dan autenticidad.


Nacieron tres hijos, dentro de la rutinaria felicidad de su matrimonio, les puso nombres mitológicos a cada uno de ellos, en contra de Reme, que prefería fuesen bautizados,


CONTINUARÁ

TO BE CONTINUED

 

sábado, 13 de junio de 2015

Los poetas lloran tinta .episodio cinco.


Viene del Capítulo anterior