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martes, 22 de septiembre de 2026

Pregúntale...

Sentado en la placita, escuchaba una preciosa balada, compuesta por el cantautor Perales, desde el teléfono de una muchacha joven, que acompañaba a otra señora muy elegante y presumida. Rozando esta dama, bien…y tanto que muy bien… los sesenta años. Si no eran algunos más.

A la que la más fértil y lozana llamó madre. Con una entonación no demasiado cariñosa, en la ausencia de uno de esos gestos amables que deberían regalarse con frecuencia. Las dos féminas tomaron asiento en el banco que quedaba bajo el moral. Árbol con aquellas hojas preciosas tan verdes y jugosas, denominadas “moreras”.

Se habían acomodado justo y frente al sitial donde Bernd disfrutaba. Como casi todas las mañanas que le permitía su ocupación, complacerse del sosiego y de sus efemérides. Una esfera que le traía recuerdos de abandono, amor y vida.

Era el lugar escogido por el caballero, desde hacía seis años de paso. Para ser concisos, desde que se prejubiló y retornó a la ciudad donde lo vio nacer. En aquel rincón exacto donde lo despreciaron leía sus novelas preferidas, o el rotativo de aquella ciudad.

También amparado del sol, bajo otra sombra que proyectaba el follaje de otro <morus alba>. El conocido árbol ornamental que suministra esas sombras buscadas en el periodo estival, normalmente situadas en plazas, parques y jardines.

Aquella melodía que sonaba, lo disturbó de su concentrada lectura, mirando a las dos señoras que habían ocupado el banco justo enfrente de donde estaba sentado. La canción ganaba altura, elevación y donaire… escuchando entonces y evocando aquella frase que un día él mismo le expuso a la mujer que amaba.

Precisamente allí, en aquel reclinatorio donde ahora descansaba…Bernd puso atención y escuchó con placer la perorata de la melodía, en la voz de su compositor, que repetía de nuevo el estribillo...

—<Y cómo es él, y en que lugar se enamoró de ti>…

Fraseado exacto que proyectó, para que su amor de entonces, pudiera darle las razones y el motivo, para abandonarlo.

El canto persistía, oyendo en aquel momento… el mensaje final. El fin de lo que pudo haber sido y no fue.

—<Es un ladrón. Me lo ha robado todo>

Bernd levantó la vista y se miró con esmero a la señora, que discutía con su hija, para que mudara la canción, y esta le replicaba que era su preferida, la que le evocaba dicha.

—Te he dicho y hazme caso, que detengas esa cantinela. Me trae amargos recuerdos; muy amargos, y exigió con estupidez.

—Por Dios y como me llamo Clara. ¡Te exijo de inmediato! Cambies de balada, o te dejo como un pino, plantada aquí mismo. —siguió con sufrimiento.

—¡No sabes el mal recuerdo que me trae! ¡Quítala!

Bernd frente a ellas, participó de toda la discusión que mantenían entre ambas. Fijándose con descaro en el rostro de la mamá, y pronto descubrió, aquella que lo denigró y lo cambió por otro joven. Aquel hombre tranquilo que leía plácidamente, casi la reconoció al llegar. Aunque tuvo dudas en principio, y pensó… <que no podía darse la coincidencia>.

Sin embargo, al nombrarse ella misma, y declararse como Clara. Supo sin duda Bernd, que se trataba de la muchacha que lo repudió después de una relación de seis años. Se trataba de aquella mujer, que lo abandonó justo en aquel jardín, sin miramientos, por haberse prendado de otro hombre.

La hija, una señorita con poca educación, por no escuchar a su mamá, cambió de ritmo musical y le preguntó.

—Debes haber tenido algún mal rollo en tu juventud, me doy cuenta que cada vez que papá ponía esta canción que por cierto… era su preferida. Te ponías como las locas y conseguíais un trato asqueroso, discutiendo con fiereza.

—Tu padre, era especial. Un narcisista. Un engreído total, que nunca me quiso y tuve que soportarlo hasta que nos divorciamos.

—Y a qué viene esto ahora. No le veo relación, con todo lo que pretendes decirme con una balada preciosa.

—Pues tiene que ver—, dijo con amargura—Conmigo y con un error que cometí, del cual me he arrepentido toda la vida. Un desprecio que le di, al joven que quizás me hubiera hecho feliz siempre. Un pretendiente que tuve, durante años. Nos habíamos jurado amor eterno, y de hecho tuvimos un sexo maravilloso, que yo rompí por engreída. ¡Nos queríamos! —hizo una pausa y se limpió una breve lágrima, para seguir revelando, la mamá de Cinta.

—Bueno… demostró que él me quería mucho más a mí, que yo a él…Y lo cambié por el que es tu padre—. Volvió a iluminarse con aflicción y titubeante siguió.

Sin percatarse que desde el banco con respaldo de enfrente. Bernd solapado entre sus gafas de sol y el sombrero Panamá—, el clásico por excelencia—, y tapado por el arbusto de moreras permanecía anónimo—. Atendiendo los comentarios de Clara, en una pura confesión a su hija. Mientras él, simulaba estar metido de lleno en la lectura de su novela.

Clara se meció la trenza y se sonó con un pañuelito de papel, sin apenas hacer ruido. Modosa, tal y como solía engañar al más pintado. Al que se propusiera… y quiso finalizar el relato diciendo.

—En un arrebato de sexo, un bochorno desatado, bailando desnuda una noche con tu papá. El que pensé, sería mi afectuoso atracador nocturno. —hizo un reposo necesario, recordando aquellos detalles, para explicarle a su hija,

—Otro adulterio mal proyectado por mi parte—dijo Clara—, y creerme, que merecía algo mejor de lo que tenía. Traspié, del que al poco tiempo de enredarnos comencé a purgar.  

En cuanto me quedé en cinta de ti. Comenzaron las mentiras, y las falsas promesas de tu padre. El truco confuso que planteó para vivir de mi sueldo y mi esfuerzo. Y él sin dar golpe. Hasta que me abandonó como a una perra, en cuanto perdí las formas de mi tipo, al crecerme la barriga de tu embarazo.

Cinta en un espontáneo impulso le preguntó a su madre.

—Has intentado encontrar al chico. Igual aun te espera.

—¡No! Es imposible. Imposible con seguridad. Le hice mucho daño, daño del que creo no se recuperó jamás. He seguido su trayectoria, más o menos. Por conocidas mías, que tengo relación, y les he ido preguntando, por si podía enmendar la plana. Bernd se quedó soltero. No lo he vuelto a ver desde hace por lo menos quince años. Igual si lo viera no le conocería.

Cinta, la jovencita sin pedir permiso, volvió a poner en su Smartphone, la canción del inicio… dejando que sonara al viento, con cierto volumen.

Mientras Bernd se levantaba del sitial y caminaba hacia la salida del jardín, escuchando levemente aquella música.



Mirándote a los ojos juraría, que tienes algo nuevo que decirme.

…Quizás para mañana sea tarde…Quizás para mañana sea tarde.

¿¡Y cómo es él, en que lugar se enamoró de ti!?


autor: Emilio Moreno



 






nota: En este relato se han usado frases de la

canción del gran cantante y mejor persona

de José Luis Perales...  Y cómo es el.