lunes, 29 de junio de 2026

Un soplo de esperanza.

 


Fátima demostró tener una inteligencia fuera de lo común. Era de la clase de niña que nacen con un nivel de conciencia y un grado de razonamiento natural y superdotado. Con una memoria y un rango dentro de la comprensión verbal extraordinario y una eficiente capacidad en la resolución de los distintos avatares y dilemas que presenta la vida.

Aquella niña de diez años, destacaba a simple vista, no por su vestimenta ni calzado, sino por la frecuencia de asimilación y por su grado de concentración inusual en personas de esa misma edad.

Su mirada a menudo y muchas veces imperceptible, reflejaba estados de ánimo al someter aquellos análisis por ella desarrollados en un escrupuloso devenir del momento. Siempre con su par de soluciones posibles que emprender.

Sin esfuerzos sabía recoger las medias palabras que escuchaba en su entorno y como no, llegaba incluso a saber cuál era el pensamiento del que las emitía para dado el caso, ser atendidas. Conociendo de pro las consecuencias futuras y los inmediatos caminos para abordarlas.

Distinguía de buena tinta de qué iban las conversaciones de sus mayores y de la falta de rigor en los mismos. Conociendo del pie que calzaban aquellos quienes fueran protagonistas.

Descubriendo de todos, cuáles de los participantes, ausentes o presentes, acusados o mentados, quienes eran los que falseaban la realidad. Aquellos que les era fácil mentir, al hablar y trataban de confundir siempre.  Normalmente eran aquellos que tenían por lo que callar.

Los cínicos y embaucadores, que en todas las familias existen.

Fátima, era una niña delicada, un portento en la escuela y una bendición no reconocida en su familia.

Era inexplicable su entender, y su análisis inmediato en lo que se propusiera. Aunque ninguno de los cercanos a ella lo había notado.

Tenía cognición y conciencia suficiente para expresarse como una persona adulta, sin titubeos, ni tartamudeo al decir.

En su casa la ninguneaban como caso extraordinario y más que eso, apenas le hacían caso por tenerla como un bicho raro.

Nadie se había parado con ella a concernir, interesándose por qué hacía aquellas manifestaciones de persona adulta y descubrir que aquella preciosidad de niña, era algo sublime.

Al inducir con sus alegatos, los que mostraba e inducía sin proponérselo. No le prestaban la mínima atención, ni ella de momento la requería. Abuelos y madre, pusieron curiosidad jamás.

No les llegaba su mensaje, eran demasiado turbios y analfabetos para haberlo detectado, intuido o aún más fácil, visto.

Excepto su hermanastro Jadiel, hijo de su misma madre, pero quizás de un papá distinto. ¡Nadie lo sabía! Eso decían en sus momentos de charlatanería cuando comparaban los muchos amores que habrá gozado la madre de ellos. Sin embargo Fátima sabía que Jardiel, le era muy cercano y al niño le sucedía un tanto de lo mismo.

Su madre jamás lo comentó, aunque tenían demasiados puntos de conexión divina aquellos chavales. Ellos sabían que eran hermanos, y no lo dudaban.

Cuando Fátima presumía y opinaba, como una mujer desarrollada, la miraban con desprecio sus propios amigos y reían como descerebrados, sin poner atención ni cariño a su persona. Ninguneando su cordura y sensatez. Eran demasiado lerdos para poder entender semejante axioma.

En cambio sí que incordiaban a los chavalines exigiéndole esfuerzo para traer algunas monedas a la casa, como era la norma en el clan.

No importaba el modo, ni la forma de engaño esgrimido. Incluso ni la patraña que usaran, para conseguir algún dinero que llevar a la casa.

Una casucha medio derruida del último barrio anejo de las afueras de la capital indiana.

Todos aquellos chiquillos, los seis hermanos y ella misma. Cada día salían al mercado a exigir dádivas, y afanar cuanto se les ponía por delante.

Nadie de aquel entorno, madre, abuelos o primos, procuraban en darles instrucción, cariño y alimento. Eran la clásica gentuza que no merecen concebir hijos, por la absoluta falta de interés, y sin embargo eran los que procreaban como conejos en cautiverio. Dentro de una saga que tan solo vegetaban para yacer constantemente con quien fuera. Lo llevaban en el adn, lo mamaron desde mil generaciones pasadas. Era una norma el consumir vicios y adquirir cuantas inmundicias existan.

De los seis niños, tan solo Jadiel y su hermana sabían leer, y nadie se explicaba como podían haber conseguido aprender. Nadie lo sabía ni tampoco les interesaba.

Fátima muy pronto y sin destacarse, supo y quiso, dentro de sus posibilidades ayudar a todos aquellos niños. Sus hermanos.

Con el ingenio que tenía preparó de forma inteligente su plan, a escondidas de los demás. Con una reserva importante, hecha en favor de Jardiel, muchacho despierto como Fátima, con el que contó para desenvolver la ejecución del tema.

Aprovechando aquella magia que habían aprendido de sus mayores, que no era otra que hurtar, engañar y substraer al más pintado y desde donde fuese el lugar, con pocos y escasos medios materiales idearon entre los dos, un plan maestro. Procedimiento que les sacaría, no tan solo a ellos de aquella vida, sino a todos los paridos por Crescencia.

La que siendo tan promiscua, no tenía forma de identificar el padre real de cada uno de sus alumbramientos. Ni conocía el primer apellido de cada uno de sus hijos.

Detalles que Fátima, a pesar de su edad fue atando los cabos necesarios, por los comentarios de su mamá y su yaya, con fechas, efemérides, glosas y detalles que les unía en aquel tiempo con este o aquella pareja.

De los seis hijos que moraban en aquella barraca del cerro Contreras, salvados los abortos habidos a lo largo de la vida de Crescencia y sus veintiséis años de existencia. Dos de ellos fueron gemelos, aunque la madre no recordaba cuales de ellos lo eran, y sin demasiadas averiguaciones Fátima, supo que se trataba de ella y de Jardiel.

Nacidos después de Jorgina, y Genaro, y antes que Manuela y Marcelo, dando la cifra de seis hijos en diez años.

De los cuales no habían empadronado a ninguno, tan solo estaban bautizados gracias al padre Benito, que cuidaba del barrio y en lo que podía de sus feligreses.

Con lo que Fátima, haciendo cálculos y pensando en todos los datos que había recopilado. A ella igual la había fecundado Magín.

Un estudiante caribeño, que había estado un tiempo haciendo una tesis doctoral en el poblado y buscando alojamiento. Se lo dieron al completo. Alojamiento, comida, lavado de la ropa y el cuerpo serrano de Crescencia, para los ratos de ocio y las noches iluminadas por las estrellas. A golpe de traguitos cortos y frecuentes de lima y de ron, aderezados con meneos y bailes donde gozaba el cuerpo de la joven kres, Que así la llamaba el doctor Valleros. Cuando creía que sería su musa en la eternidad, a cambio que la amara para siempre y sin costuras.

Crescencia, era una hembra potente y muy promiscua, un tanto desentendida de cualquier tarea que no fuera la sociosexualidad.

Poseía un cuerpo precioso y bien modelado. Lo que hacía no tener que hacer grandes esfuerzos para gustar y ser amada.

Sin estudios ni posibilidad de crecer como mujer educada. Era ni más ni menos parte de aquello con lo que se había criado. Ya que su madre, la abuela de Fátima y de Jadiel, siempre se ganó la vida en el prostíbulo, manteniendo a su hombre, que a tenor de ser flojo, admitía que a su mujer la midiera cualquiera que le concediera un billete de veinte dólares, al finiquitar su lenocinio.

Los dos hermanos tuvieron la seguridad que eran los gemelos. Gracias al padre Benito, que es el que resolvió el enigma, releyendo el libro de bautismos.

Con todo aquel bagaje, ellos prepararon la estrategia.

Una noche entraron en las instalaciones de Cáritas, regida por las monjas Adoratrices, y sin pensar en pedir los permisos necesarios, fueron donde guardaban toda clase de formularios, lo de las denuncias graves, aquellos de solicitud de concesiones con su detalle.

Normas de consecución de ciertos privilegios para el pueblo necesitado, amparo a los huérfanos o niños mal tratados y demás cuartillas y pautas necesarias.

Aquellos dos mocitos eran de lo más listo del pueblo, con lo que montaron una estrategia y unos escritos de denuncia como si estas acusaciones graves y las consecuencias de sus imputaciones, las hubiera tramitado un equipo de los abogados más prestigiosos del país, ideando además y dando fe a las diversas cadenas de televisión para que estuvieran al loro de cuanto se cocía en el barrio y fuera noticia de portada en los partes diarios.

Descifrando y relatando delaciones y soplos referentes a la no educación, a la precaria alimentación y al mal trato de los menores, tuvieran el sonido y repercusión, que las llevaron al juicio inmediato.

Dispuestas todas las denuncias, con todos los detalles y comprobaciones fidedignas para inicio de procedimiento. Exigiendo además que agruparan a los niños Fátima y Jadiel juntos, por el hecho de ser gemelos y sería un inconveniente separarlos.

Lo dispusieron todo y lo reconvinieron como si hubiera sido cosa de la vecindad, que aquel derroche de justicia lo hicieran las gentes de la barriada, o incluso de la cercanía de la parroquia.

Dando lugar con aquellas imputaciones fehacientes a que la Dirección General de la Infancia pusiera medios y les desposeyeran de inmediato a la media docena de criaturas de las garras de Crescencia, y fueran dados a unos padres adoptivos para su cultivo y educación como personas de bien. 

Apartándolos a los seis de su custodia inmediata y cuidado. Pudiendo ser adoptados por gentes que en realidad querían y podían educarlos y hacerlos mujeres y hombres de provecho.


autor: Emilio Moreno.



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