Que ganas tenía de dar fin al invierno—Decía Constanza—,
subiéndose y meciendo hacia arriba las tetas, y pensando en sus tatuajes hechos
en el bajo vientre, un poco por encima del puente de venus.
Aquella mujer no descubría sus estampados internos en su piel a
nadie, ya que los llevaba en zonas que tan solo los mostraba al quedarse
desnuda. Y aunque solía quedarse en pelotas bastantes veces, tan solo
descubrían aquellos grabados los que la acariciaban, excitaban y montaban.
Se había divorciado por segunda vez, siendo en realidad muy joven
para ostentar aquel desamparo de forma repetida.
No tuvo hijos en ninguno de los matrimonios legales por los que
pasó.
Con tanta desgracia fingida y asemejando su padecimiento vivía, y
con un falso disgusto supuesto demostrado al mundo, para que se notara.
Bregaba en favor de ese patrocinio. En todas las ocasiones posibles
aireó la desgracia que según ella acumulaban sus pieles, sus escaseces y como
no aquella desgracia persecutoria que decía le perseguía.
Notaba que no enseñaba desde hacía días sus tatuajes, señal de poco tránsito sexual en su alcoba, y recordó…
Aquel verano, estación calurosa que no volvería con facilidad a
disfrutarla.
El primer enlace oficial le duró tan solo cuatro
años, cinco meses y tres semanas.
El último no llegó a
los nueve meses y tres días. Se diluyó el primero de la saga… en un verano tétrico
para ella y sus intereses.
Bien es verdad que a los diecinueve años, se enlazó muy enamorada por
primera vez con don Ataulfo Pertierra Garcigrande, plenipotenciario y embajador
en Costa de Marfil, treinta años mayor que ella, y divorciado de Merlón Pichincha de Dorondón, hija del jefe de la
tribu Akan.
La etnia más numerosa del país. Aquella doncella aborigen, incluía como
residencia de nacimiento y de estadía a su pueblo. La villa de Baoulé, de donde
procedía la guapa esposa del emisario.
Ambos se fijaron de inmediato. Ella, en las posibilidades de salida
de aquel vasto, austral y paupérrimo territorio. Don Ataulfo en las caderas y
el cuerpo dibujado de la mulata que relucía a través de la luz de aquel diáfano
día de verano. Se enamoraron de inmediato. Sin más, y sin menos precaución que
las adquiridas. En cuanto el don… su eminencia don Ataulfo la vislumbró emergiendo
del gran río Bandama, como su Dios la trajo al mundo. Viéndola de sopetón… se
tensaron sus deseos y la presión sanguínea ascendió un par de enteros, presionándose
la muslera de sus pantalones al haberle bajado la sangre de golpe a los
testículos.
A la preciosa Marly como el político la llamó desde aquel instante,
los ojillos le hicieron “yufa”.
Fue fulminante la atracción de ambos, tanto fue así, que se acercó
a la morena y la acomodó con sus ropajes para que ella dejara de mostrar su
sello a todos los allí presentes y pensó—. Esta nena será mía. ¡Está como un
pastel de nata! —y tan pronto como pudo, hizo preparar el protocolo de tenencia
a su secretario para entrar en tratos con el jefe de la tribu.
El padre de Merlón Pichincha de Dorondón … para hacerla su esposa. Dando
vía a la tramitación de los documentos de divorcio con su primera cónyuge la
guapa Constanza.
Con la que llevaba cuatro años, cinco meses y tres semanas, de falso
y nefasto matrimonio.
A la preciosa Constanza, legítima esposa, oriunda de Olite en la provincia de Navarra, no le causó molestia ni altibajo alguno, ya que hacía años que practicaba el adulterio con uno de los potentados del gobierno del reinado de Navarra. De Olite procedía toda la saga Rendueles, como los Pertierra. Varón que ahora solicitaba el divorcio.
Entonces la curtida Constanza Rendueles, recordó nuevamente el último
de sus matrimonios aquel que tan solo batió el récord de lo breve. Por durar
tan solo nueve meses y tres días. Tuvo que por lo menos entender a marchas
forzadas, el nuevo idioma del reciente y breve esposo. James de Morituri
agregado canadiense de la embajada en la capital.
A marchas forzadas y en nada de espacio de tiempo, lo solucionó.
Todo lo concerniente al ministerio y a la servidumbre y deseos de su nuevo
enamorado. El respeto y su honorabilidad matrimonial, su emergente figura por
la embajada y todos los requisitos de la nueva tarea que se le venía encima,
precisamente y de nuevo en un verano que no le hacía favores.
Ayudada por su secretaria, doña Constanza Rendueles, sacó a relucir
sus encantos que además de los físicos tenía otros que procuraban por su
descendencia, su futuro y su economía.
Previendo lo que le podía pasar al diplomático de su esposo, como
en su momento hizo con Don Ataulfo, los convenció para que testaran a su favor,
disponiendo de lo que a ella le era interesante. Por si llegado el caso, otro
verano caluroso e inhóspito la dejara fuera de posesión, y no pudiera mostrar
sus tatuajes a caballero potentado.
Ahora se divorciaba por segunda vez, siendo en realidad muy joven
para ostentar aquellos tatuajes en un cuerpo oculto bajo sus ropajes, con lo
que aprovechando el caluroso verano, con esas temperaturas extraordinarias,
lanzó sus redes que por casualidad fueron a caer en….
¡Menudo descaro, el de Constanza!
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Autor: Emilio Moreno.



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