Anselmo
trabaja en un mercadillo. Es el propietario del tenderete que acarrea, con su furgón
de medio tonelaje. Ofrece ropa de caballero y baratijas de ambos sexos. Le
gusta vender y distribuir moda a precios bajos y aunque alguna de las prendas
tienen tara. Con su bonhomía, ya que de simpatía carece. Trata de paliar el
descosido, y se atiene a lo que el comprador necesita, sin más problema. ¡Jamás
existe conflicto! Una vez reclamas y no la has usado. Te la regresan por otra
pieza que interese, o te retorna el dinero.
Es un detalle, eso de devolver lo pagado. Ya que pocos mercaderes lo hacen. Te cambian la casaca o el artículo, pero te has de llevar algo a cambio. La pasta gansa no la sueltan.
Adquirió
el bueno de Anselmo, el oficio de su padre. Cosa que prefiere no recordarlo.
Vendía por los pueblos y aldeas retiradas de las grandes urbes. A base de
custodiarle en sus menesteres aprendió las formas. Los trueques, los mimos a
las clientas y como no. Los engaños veniales y piropos a las parroquianas, para
que las ventas fueran productivas. En una palabra. El oficio.
Sin embargo algo debía
cambiar en esa dedicación de vendedor ambulante. Mutando el género y dedicarlo
a un producto menos rígido y sin padecer de acopios de materiales costosos y
pesados. Así que cambió la mercancía. Por las tendencias y modas actuales.
Su
papá vendía artículos diversos. Cacharrería. Cuchillería, cazuelas y ollas de una
marca muy registrada por la estampa del santo que mostraba su etiqueta.
San Macario de Secoya.
Aprovechando el nombre y la calidad del acero hacían su juego de palabras. Un
refranillo que pegaba con aquellas circunstancias. Que disfrutaban niños, y
mayores por la sonora y chirriadora frase.
Que
pronunciada con segundas. Las mujeres en edad de merecer, saboreaban y
disfrutaban al escucharla. Argumento que el bueno de Crisanto padre de Anselmo,
siempre entonaba como reclamo a sus clientas. Cantando así. ¡Cantándoles con
mucho salero! Detalle el del canto, que su hijo, jamás usaría.
—El santo Macario
se enrolla, el mercader siempre apoya, y el buen cocido en la olla. Dejémoslo caliente
y jugoso. Antes que arda Troya.
Anselmo se cabrea
bastante, cuando le echan en cara la poca estima que se tiene, dejándose
gobernar por su Moncada, que poco le falta que le pida que se cague, para manchar
sus pantalones.
Sobre
todo pierde los nervios cuando esas reflexiones de acomplejado, se las echa en cara
su madre, que por cierto es muy a menudo. Sobre todo cuando se queja el bueno
del hijo, de esto o de aquello, cuestiones variadas de poca monta o incluso,
algunas que tienen su importancia. Que se suscitan obligadas por el capricho de
Moncada, su mujer.
La
que conoció en el colegio, cuando eran muy niños y desde entonces, como casi todas
las muchachitas de pueblo chiquito. Por aquello de no verse solas sin plantador,
buscan denodadamente al responsable que les riegue su particular jardín.
Por
ello, amaestradas por sus madres, comienzan desde muy temprano a escoger si
pueden, el ranchero que labre su íntima parcela. El que será el Gallo Morón en
su corral. El piloto de fórmula plus, que insemine su tentadero. Con ello Moncada
pensó como algunas de sus vecinas. “Este es para mí”.
Lo
tienen amaestrado al bonachón de Anselmo, entre ella, la madre de ella y su
suegro. Minándolo sin que el vendedor de ropa de moda lo perciba. Consiguiendo de
él, sea un juguete de poca consistencia.
Moncada
es hija de un agricultor de las marismas, propietario de vastas extensiones de
invernaderos de plantación vegetal, donde se crían a miles los pepinos,
melones, sandías y demás plantas comestibles verdes y amarillas. A las que
después de atender su tenderete de “Modas”, se ve obligado a pasar por los
aledaños sembrados del “suegrito”, y poner su grano de esfuerzo. Con ello
mantiene contenta a Moncada y a Jesús, su suegro. Más conocido por Chucho el Cojonazo.
Vive
el tontolo de Amadeo, únicamente a expensas de lo que le marca su suegro, que
es su mecenas, y el que le concede una serie de ventajas, como ayudas para la
compra de coche nuevo, o viajes a lugares exóticos muy alejados, que le
permiten a ambos presumir de su poca preparación académica. Siendo el “hazme
reír” de cuantos los escuchan.
De
tener cultura y principios Moncada, ensancharía la visión del bobo del marido,
que `para no discutir y que le deje arribar su sardina por las noches, con todo
cede. Tanto que lleva meses sin ir a ver a sus padres ni hermanos.
Moncada con su desdicha tóxica de evitar que tenga contacto con su familia, se ha apoderado tanto de él, que no le deja pensar, en que el tiempo vuela, y algún día, se verá viejo dándose cuenta del pago que le ha dado a sus padres.
La
pareja de vendedores ambulante, se había rebozado por la tontuna, y por la
pasta gansa que Jesús “el Cojonazo” padre de Moncada les pasaba. Para que su
hija pudiera presumir en la población del éxito familiar. Que sumado a la falta
de erudición y de costumbres honradas y coherentes, les hacía presentar ante
sus vecinos, una postal de catetos y de gente poco sencilla. Simulando a ojos
ajenos como una yunta de inexpertos.
Los
que se creían entonces eran los nuevos marqueses de la zona de la Vera Mojil,
no llegaban a ser felices de verdad. Tenían sus hijos pero el ego y la
tacañería evitaba fueran padres dignos de mención.
Hasta que pensaron para
alardear de su éxito tanto en las ventas, como con la labranza de pepinos que
exportaban al mundo entero, en preparar un viaje fuera de sus fronteras.
De las inmediatas, y de
las de más allá, para que todo su pueblo, pudiera entender que la presumida Moncada,
estaba en el punto más alto de su disfrute.
La
preparación del viaje fue espectacular, yendo a recalar a un lugar de veraneo
permanente, sito en el golfo mexicano. Donde la buena de Moncada, comenzó a
probar cosas que hasta entonces ni tan siquiera había considerado.
Una
tarde en el salón de té, del gran hotel del Mohicano, mientras Anselmo presumía
con un mozo del restaurante, de la extensión de los invernaderos del padre de
su mujer, ella tropezó con Pancho Espina. Un animador de fiestas, embaucador de
damas inexpertas y necesitadas de masajes con aceite de ricino en su rabanillo.
Espina,
decía ser promotor de espectáculos diversos, y asesor conyugal estrepitoso, con
el que mantuvo algo más que un revolcón. Por supuesto sin dar conocimiento a su
Anselmo, protagonizó sendos encuentros muy particulares y a quema ropa.
Tanto
arrimó su cántaro a la fuente del amigo Pancho, que a la vuelta y sin
imaginarlo, la ingenua de Moncada venía en estado de buena esperanza.
Alegría
que se llevaron en la familia, cuando dio la buena nueva y pasados los meses, y
sin pensar que la inseminación fue en las playas de Cancún. Por una bacanal de
Moncada y un animador de tez cobriza, apellidado Espina. Progenitor de la niña que
vendría.
La
paternidad se la adjudicaron al bueno de Anselmo, dándole las gracias al Dios
de la fecundación, ya que la dichosa Moncada, contaba ya con una edad, en la
que no imaginaban iba a poder traer más vida a este mundo. Después de haber
parido en su matrimonio, cinco hijos.
Nació
Cristina de Jesús conmemorando con esa nombradía al abuelo materno. Una niña
con el cabello rizado y con el color del café, que la hacía preciosa. Fruto de
una aventura de Moncada, que jamás nadie pudo averiguar, pero que por lo menos
los padres de Anselmo, ponían en duda.