viernes, 17 de enero de 2020

San Antón, el patron de...

Aquel chaval veia las cosas de otro modo. !Sí! Debía hacer caso a sus padres, pero ellos no le podían quitar sus ilusiones, porque creyeran que la vida, no había sido diseñada para él, y tan solo pueden gozarla aquellos hombres que tienen suerte, por haber nacido en una casa de posibles. 
En la tienda que regentaban sus mayores, además de ayudar, por obligación impuesta, procuraba evadirse simplemente con sus fantasías, que no eran tan diferentes de las de sus amigos. Jovencitos como él, que al no conocer ni estar ilustrados, vivían en el ambiente callejero de la villa. Aunque en cuanto podía se escaqueaba de sus labores impuestas, por el bigotudo de su papá y leía lo que cayera en sus manos. Novelas de mayores, que era donde podía sacarle jugo a las experiencias que pretendía algún día fueran la causa de su devenir. 
Como todos sus amigos, le gustaba ir al rio, a trepar por los algarrobos que lindaban con la calle donde vivía, y no perder detalle con los meneos de Lolita, cuando pasaba frente a él, queriendo y no queriendo ser vista. Procurando aquella zagala, que la mirara de la forma clandestina con que lo hacía.
Ambos disimulaban, pero entre ellos, existía aquella atracción sensual, que se da entre los diez y trece años.
Aquel muchacho, siempre fingía. Por costumbre actuaba, con fines secretos, sin demostrar lo que ansiaba, y daba la vida por conseguirlo. Evadiendo con astucia el castigo de su prócer, demostrándole en no pocas ocasiones, que estaba concentrado en el trabajo que le encomendaban.
Sabía por deducción, que si lo veían o pillaban ocioso, distraído, ensimismado en sus sueños, o sea, sin hacer nada, le daban el peor de los cometidos. 
Trabajo del duro, al que no se podía negar, por razones más que obvias. Le fastidiaba, tener que ir en busca de agua con dos cubos a la fuente, de la esquina de San Pedro. En su casa no tenían agua corriente, y con unas mangueras en las noches llenaban el depósito de muchos litros que habían instalado en el tejado de la vivienda, para poder suministrarse del preciado líquido. Así que servía como castigo y penitencia, la condena de hacer mil y un viaje en busca de agua, hasta llenar las jofainas y los lebrillos inmensos que tenían justo al lado del lavadero del huerto.
La música del tiempo, era preciosa y le llevaba directamente a vivir unas ilusiones que de haberse cumplido, quizás no hubiese sido hijo de quienes era, ni su familia le hubiera pertenecido. 
Sin darse cuenta le llegaban los años del fin de la felicidad infantil, aquella que para otros constaba, en tener un plato en la mesa y un amigo con quien escaparse al río a bañarse desnudo, y al regreso entrar en el huerto de los Caragullons, y llenarse los bolsillos de cerezas, sin que los familiares se enteraran. Cumplir con los quehaceres que ponía el maestro y fumarse un pitillo de la marca «Bisonte» a escondidas del mundo.
Como era gratis en cuanto podía soñaba, y a poco que le permitiera su imaginación, con aquellos lapsus imaginarios, descarrilaba su cabeza, en busca de aventuras fantásticas, como aquellas, que leía en los libros, que caían en sus manos. 
Aquella tarde sabatina, su madre, le ordenó le llevara la compra a un vecino, que por razones de salud, no podía recogerlo él mismo.
Se trataba del acordeonista de la cuesta, un impedido que vivía en las casas de la señora Duquesa de Balotas, a la que nadie conocía, pero se decía que era una mujer muy poderosa y muy rica, que no tenía que preocuparse por nada, porque poseía un procurador, que le solventaba todos los quehaceres rutinarios.
Antonio Abad, era la persona a la que debía entregarle, ya mismo aquel fato, que le había encomendado su madre. Un señor muy serio y poco gracioso, que vivía solo en la vivienda antes descrita. Aquel señor tenía una disfunción, la cual no le permitía caminar de forma normal. Se hacía valer por mediación de unas muletas a modo de bastones para minimizar su cojera y poder desplazarse con lentitud a todos sitios. Su casa quedaba en la parte alta de la calle, y no tenía apenas amistades «pensó mientras hacia el recado», ni tan siquiera había reparado él mismo, sobre ese asunto, iba rumiando al subir con el cesto de mimbre donde llevaba las viandas para el impedido, que afligido vislumbró, en la poca atención que le había prestado a esa persona, tan necesitada, cuando a poco que se hubiese molestado y acercado más a él, podría haberle ayudado en su minusvalía. Se lo recriminó, en su fuero, por haber ignorado semejante detalle. 
Aquel hombre no era un mindundi, estaba cultivado para lo que se daba en aquellos años, que no toda la gente, solía saber leer y escribir, y algunos de ellos al hacerlo, se notaba el modo rudimentario, de su aprendizaje. Se valía muy mucho con sus conocimientos y el eco de su voz, albergaba cultura.
Tocaba el acordeón y además muy bien. Cuando llegó a conocerle, le mostró que entre sus pertenencias se hallaban unos discos muy grandes, de acetato que contenían obras de la música clásica. Artistas renombrados de la escala de Milán, de cuantos sopranos, barítonos y tenores renombrados. 
Rodeado de libros interesantes, novelas de intriga, de pasión y de conciencia, que se mostraban en aquellas estanterías llenas de polvo, incitándole a desear leerlas en cuanto le fuera posible.
Fue un hombre que por el hecho de tener la disfunción de: Pie de planta de elefante, una enfermedad denominada elefantiasis, —«que no es otra cosas que una dolencia llamada, filariasis linfática, debido normalmente a la deformidad en las piernas, de las personas, tomado el aspecto de las patas del elefante»
Enfermedad procedente de países tropicales, nada común en Europa, con la que vino al mundo. Por ese motivo la gente—inculta y descerebrada, lo rechazaba.
Sin conocerlo, y de forma despectiva, apartaban, como si fuese un apestado; sin haberle tendido una mano en su ayuda.
Su presencia, no era precisamente la de un galán hollywoodiense, pero tampoco tuvo oportunidades al nacer y así las sufrió a lo largo de su vida. 
En el mundo laboral tuvo reproches y desprecios, para poderse emplear, en puestos que le venían al dedo, por preparación y capacidad, tareas que posiblemente las hubiera defendido con garantía. 
Vendía cupones de la organización nacional de ciegos, en la Ronda de San Pedro y cada mañana tomaba aquel autobús azul, que le llevaba hasta la boca del metro para enlazar con su destino laboral.
Aquel muchacho, hizo buenas migas con Antonio Abad, teniendo a partir de aquella fecha, mucha relación cultural, del que aprendió como se lee una partitura musical, pudo leer cuantos libros quiso y sobre todo, conservar aquel flujo de amistad que muchas veces, recibes de quien menos lo esperas.
Hoy es día 17 de enero, Festividad de San Antonio Abad, el patrón de los animales y con ello, allí donde esté, con su acordeón, deleitará a cuantos tenga alrededor.











  

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