jueves, 3 de abril de 2014

Aguas menores


Sonaba en su imaginación la canción de  Penélope. ¡Sí! Ella la conocía, aquella historia dulce de una joven que esperaba a su amado en la estación, con sus zapatitos de tacón… La escuchó por primera vez en la voz de un gran cantante Ecuatoriano llamado Santy Bass, en una adaptación de la versión original.

Mientras por los altavoces de la estación se escuchaba un mensaje que estaba a punto de cumplirse
¡Tren con destino a Valencia, tiene su salida por vía tres!
Sentada en la estación de Caspe, estaba María que se marchaba de pueblo, empachada de esperar su oportunidad. Con el culo mal fijo en el quicio de uno de los promontorios del andén del apeadero y arreglándose como podía las medias, que se había colocado aquella mañana tan a prisa, después de una noche con su jefe el señor Anselmo, dueño de la frutería y hermano del farmacéutico Don Cirilo.

A modo de despedida y para poder conseguir el finiquito de sus tres años de trabajo en los negocios de la familia Urpegui. Ya que el patrón se negaba a dejar marchar a semejante buena trabajadora y mejor persona sin que le dedicara la última noche.

Una maleta flexible contenía todos sus enseres, que al completo entraban en el interior de aquel equipaje. Del mismo modo que cuando llegó de su país de procedencia, Colombia.
De la ciudad salsera de Cali, y que tras haber pasado un tiempo por Italia, se establecían con muchas ganas de crear, de encontrar un lugar tranquilo, trabajando, honradamente y poder hacer venir a su familia que aún la esperaban tras tantas promesas y tanto retraso.

Término de contrato de María, que no hubiera conseguido de no pasar por la cama con el primogénito de la familia Urpegui, que a pesar de ser un vejestorio, aún tenía necesidad de que le hicieran ciertos favores eróticos. Los cuales los disfrutaba si se los proporcionaba alguna de sus empleadas, a cambio de prórrogas de contrato, de puntualidad en el pago de la nomina, y cosas de poca monta, que en esa estirpe se suele mantener como regla en el transcurso de los siglos.


Los dos hermanos Urpegui, se habían servido de las necesidades de María Sarmiento y de Carola, llegadas de Italia con una mano atrás y otra delante y que intentaron abrirse camino decentemente en esa zona. María una mujer hacendosa y sin miedo al qué dirán, aprovechó los momentos y además de trabajar disfrutó de sus instantes y de sus devaneos. Mirando de poder arreglar a su familia. Ahorrando para poder mandarles pasaje a sus hijos y traérselos a su lado.

Carola, a la servidumbre de Cirilo, cuidando de su mujer muy delicada y quejumbrosa, y de sus cuatro hijos, como empleada de hogar y como asistenta de uso personal. Tanto era así que también acostumbraba a divertirse con Carola, en las noches que Doña Magdalena, se ponía aquellas cuajadas nutritivas en la cara y se enroscaba aquellos cilindros en el cabello con redecillas en el pelo, que mas bien parecer una mujer, lo que asemejaba era una momia grasienta embalsamada.
 Aprovechando aquellas formalidades y lo benigno de la economía, tan boyante del momento en esta tierra, consiguieron sus propósitos, documentación y poder hacerse ciudadanas nacionalizadas. Autonomía para ir y volver tantas veces como quisieran estando dentro de la legitimidad más consensuada

El último martes de abril, harta de esperar los resultados de un contrato regulado, sin tener que pagar derechos de pernada a nadie, y en el modo de arreglar definitivamente su situación para su mejora personal y laboral María, decidió poner fin a la pesadumbre que ya le suponía estar en aquel lugar. Se trasladó a pocos kilómetros pero con mejores perspectivas y sin tributo, a los caprichos de los hermanos Urpegui.

¡Decidía cambiar!   Consiguió empleo en aquello que había sido su ocupación desde niña. Camarera y segunda cocinera en un restaurante, con su horario, su sueldo, sus fiestas de guardar  y sin más zarandajas ni mandangas, que servir en condiciones a una patrona más oronda y creativa, y a los clientes de aquella fonda que comenzaba a dar sus resultados en el cruce de la calle principal de la villa.

Pronto localizó una pensión para poder refugiarse y sin pensarlo abrió su maleta y colocó los cuatro trapos que llevaba en las perchas de un armario sombrío y silencioso.
Saliendo al balcón a respirar el aire, que necesitaba tras un periodo de ataduras que habían quedado tan atrás como el conspicuo Don Anselmo. Con todo le sobrevino el pensamiento y retornó a su sillón, colocó su música en un tono medio y se sumergió en un sueño.

La última noche que fue arropado por ella, le prometía entre ronquido y quejido_ por el reumatismo que padecía_,  que si no se marchaba le pondría a su nombre la tintorería “Chorros de Sol”, que estaba en la plaza. Con todos los papeles a su nombre para que la regentara ella misma. No dejándose engañar María denegó el ofrecimiento, además de saber de forma clara, que aquello era una táctica para enclaustrarse y no abonarle el remate pendiente de euros que le debía y que tenía que recibir por fin de contrata_ que siempre era lo que el mismo Anselmo decidía_, puesto que jamás tuvo legalizada a ninguna de las personas que tenía en el registro de sus negocios.

En aquel pueblecito, nadie usaba los servicios de la tintorería, todos los vecinos se lavaban las prendas en su casa y ese negocio estaba para tapar algunos asuntos o negocios extraños. Anselmo era un esperpento de unos setenta años, que había enviudado hacia seis, y se valía de las dependientas imprudentes y vergonzosas de su boliche, para que le hicieran el caldo, le lavaran los calzoncillos y le suministraran las pastillas de la tensión, y calentaran sus sabanas.

Tampoco es que Anselmo obligara a sus alojadas a hacer esas avenencias a la fuerza, sin embargo, algunas de ellas se dejaban manosear por el abuelo, por los regalos y propinas que recibían en la mañana siguiente, y aún más a sabiendas que el patrón, se dormía en cuanto empezaba el ruido del somier y, el balanceo de sus amigas.

Anselmo, se despertaba en la noche unas cinco veces, y para lo único que se levantaba de la cama es para ir a hacer aguas menores, dada la próstata alegre y húmeda que gastaba. Sin hacer ascos a nadie, pero sin erigir el menor caso a los pechos refulgentes de cualquiera de las compañías femeninas que estuviese con él durmiendo.

Sin ser grosero en el trato, ni obsceno en ritos fantásticos. Ellas dormían tan alegremente, aguantando a un añoso a su lado, pero a cambio de un buen pellizquito que recogían en forma de billetes de curso legal.

María estaba deseando formar una casa, tan solo con sus hijos y con el trabajo necesario para poder vivir de forma corriente, en esta tierra. ¡Sin más! Harta de lo que le había tocado vivir desde su infancia. Ella creía que ¡Ya era hora! de ser una mujer dedicada a los suyos, sin más, por ello deseaba cambiar de formato su efectividad.

Desde muy jovencita se vio forzada a casi mantener a sus progenitores, a su madre y hermanos en particular, ya que a su padre lo habían asesinado una madrugada en una reyerta de bebedores en la ciudad de Cali, tras haber finalizado sus riñes entre amigotes. La bebida, el pisco y los desordenes del juego, lo tenían hacía tiempo fuera de su casa habiendo olvidado a sus descendientes y a la madre de ellos.

Por tanto ella, se encontró como mayor de la saga, primero acarreando y haciendo recados para una mercería y después trabajando en el oficio que la trasladaría de alguna forma a buscarse la vida en Europa. El restaurante Teatro Mágico del Sabor, un maravilloso lugar para comer de forma asombrosa en el barrio de San Antonio de la ciudad del Valle del Cauca, donde llegó a ser una buena cocinera y mejor empleada.

No tardó demasiado en conocer a su pareja, con la que mantuvo relaciones durante diez años, siendo en un principio más felices que la propia dicha. En ocasiones, la felicidad dura lo que tarda en apagarse la llama del deseo, en otras se hace una incontestable pesadilla y una inaguantable relación de despropósitos. A Henry, le comenzó a faltar el trabajo y la esperanza de luchar por encontrar otro.

Llegaron los hijos, los malos tratos, las borracheras y el olvido,  cada día eran más fuertes las broncas y las impudicias, los insultos y las deslealtades, el cariño se trocó por desafecto, relaciones distantes e inestables, hasta que llegó el momento de los perdedores. De los que se echan al vicio, que no se preocupan por salir del atolladero y después se quejan de tener poca suerte o de pasar las penas del purgatorio. Tras los sucesos se fueron encorvando las diplomacias conyugales hasta que se quedaron desgarradas, sin posibilidad de arreglo, ni de enderezo.

Otra vez desamor, la adicción a los juegos de azar destruye vidas y familias mucho más rápido que el alcoholismo o la drogadicción. La calamidad afectó a Henry, su marido, el padre de sus hijos. Que acabó reuniéndose tres veces a la semana para controlar la enfermedad en una asociación de ludópatas de su propia ciudad.

Crecieron los niños, la crianza tuvo que recaer en María, y esta emigró primero a Italia, y tras pasar unos cuantos apuros con el idioma y con los pasionales romanos, se tuvo que venir hacia la parte aragonesa de España, con una amiga que encontró en Roma, Carola, que era nacida en Riohacha y que ahora es la amiga de Cirilo, y madre de otro de sus hijos.
Las dos amigas se vinieron como pudieron atravesando las fronteras, cuando las autoridades no estaban tan encima de todos estos asuntos de emigración, años en que la economía era otra cosa, y todo cabía y más que hubiese habido en tantos proyectos comenzados y en fase de ampliación.

La relación con Henry, se esfumó como se funden los trozos de hielo a la vera de una candela. Con lo que el bueno de Henry, no se repuso de su ludopatía y poco a poco dejó incluso de atender a sus hijos perdiéndose en las marismas colombianas con las guerrillas urbanas.



Al pronto se dio cuenta que había perdido el norte, que se había dejado ir por los recuerdos y que tenía necesidad de llamar a sus hijos, tomó el teléfono móvil y marcó el numero de su casa en Cali, a pesar de la diferencia de horario tenía necesidad de hablar con sus hijos y decirles que en breve, se reunirían en su nueva casa, ¡Ya definitiva! , en su nuevo destino, que su nuevo trabajo, le permitía vivir a todos juntos y que no lo iba a dilatar más. Mientras se escuchaba una canción de Santy Bass, llamada: Como si fuera un niño.








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