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viernes, 22 de noviembre de 2024

Pernoctando vestidos.

 


 

 

Fue una de las noches que más frío pasó. La recuerda ahora con nostalgia y bajo los beneficios de una calefacción central. Explicándole la historia a su nieta de siete años, que le encantan los cuentos y las fábulas de hadas. Los chismes anecdóticos y las leyendas. Es un relato, que sucedió hace muchos años, tiempo en el que tantas cosas han ocurrido entre hoy y el ayer de aquel día, que podríamos catalogarlo como uno de los sueños acontecidos en casi una vida. Y ahora, el abuelo, la recuerda y la traslada, haciendo memoria y desempolvándola de sus efemérides mejor guardadas. Tras haber transcurrido todos esos lustros, que pertenecen a sus propias vivencias, que las desentierra y es cuando se la relata a su nietecilla Anna…

Érase una vez una época donde no había casi nada, para hacer que la felicidad, supiera dulce en la casa de los llamados pobres. Todo obedecía a un sufrimiento soportable nada más, por la juventud de los protagonistas, la ilusión que le ponían a lo poco que tenían y las ganas juveniles de vivir sensaciones maravillosas.

No sé bien el mes que fue. Yo diría que principios del año mil novecientos sesenta y nueve, sobre primeros de abril, que es cuando celebramos en aquella época la Semana Santa.

Los padres de mis amigos. Los hermanos Dinarés, Nuria, Narciso, Esteban y Eulalia, se habían comprado una casa muy abandonada y para reformar en una localidad rural del interior de la Comunidad, muy próxima a la Terra Alta. Vivienda que irían arreglando, ya que Pepet, el padre de todos ellos era albañil y entendía de modificaciones, reformas y construcciones. Con lo que para celebrarlo y estar acompañados en aquel lugar lejano invitaron a parte de los amigos más cercanos. Los mismos chiquillos que vivíamos cerca de ellos y compartíamos secretos, juegos y afectos. 

¡Cómo no!... Por Dios. Fue una ilusión. Aceptar semejante aventura. Estar fuera de nuestra casa durante un fin de semana, sin los regaños de nuestros padres, sin la necesidad que nadie te exigiera hacer esto o aquello, y con la libertad de ser tu mismo y disfrutar de la lejanía de tu lugar habitual de concentración. A parte de toda la peña que íbamos a viajar en la furgoneta Ebro de Luis. Un pretendiente que tenía la jovencita y espigada Nuria. Hija primogénita, que tonteaba con el ya postulante panadero, y que siendo mayor que todos nosotros, era el dueño del vehículo que nos trasladaría al pueblo donde estaba la morada recién adquirida. 

Además de todos nosotros, también viajaría Rosa, la prima carnal de los hermanos Dinarés, que era una mocita espigada, rubia y muy vergonzosa. La serenidad de ella, era la que ponía la guinda, entre tantos niños salvajes. Así que en aquella Ebro F100, viajábamos Pepet y Nuria, los padres, Rosa la sobrina, y los cuatro niños de la familia. Luis, el conductor y amigo de todos los componentes del trayecto y el que suscribe. Fue un viaje que comenzó a media tarde y lo pasamos “pipa”. Excepto el timonel que conducía y la señora Nuria, la madre, iban sentados en la parte delantera. Todos los demás, íbamos en la parte trasera de la camioneta, casi amontonados, pero pasándolo en grande. Disfrutando del riesgo, de ser sorprendidos por la Guardia Civil, por aquello de viajar en un transporte que estaba destinado al reparto de pan. La algarabía que llevábamos en la trasera, la falta de un seguro de transporte adicional que cubriera aquel viaje para tanta gente y otras circunstancias que de jóvenes ni siquiera se aprecian y no se ponen en valor. 

Al entrar por las puertas de la localidad, tan solo se divisaban las pobres luces que a un lado y otro del puente romperían la penumbra, llegada la noche.

Se divisaba el río, y al mirar hacia el cielo, en lo más alto, se presentaba la imagen de un magnífico castillo medieval, medio derruido.

El sol había dejado de lucir, y ya era media tarde. Aún había suficiente irradiación diurna para disfrutar de la imagen de portada que mostraba la villa. Al ser jueves festivo, y día Santo, la gente se apelotonaba en la plaza mayor. Llenando la calle principal, que daba justo antes de llegar a la mencionada plaza del Ayuntamiento. Estaba el alguacil dirigiendo el tráfico en una población tan pequeña, que desbordada por los visitantes impedían la buena marcha de los coches que accedían al interior del casco antiguo.

Me impresionó todo el sabor medieval que desprendía aquella villa. Y al ser un pueblo tan pequeño, tuviera el criterio de la gran ciudad. No siendo habitual que en su calle principal, hubiera una persona del ayuntamiento dirigiendo el tráfico. La Ebro F100, aparcó donde pudo, ya que para acceder a la casa, teníamos que ascender por unas escaleras y recorrer cierto tramo. Aquel domicilio estaba en pie. Mostrando una antigüedad de pronóstico, con su puerta de acceso de una madera robusta y con ciertas rendijas por donde entraba, además de la luz, todo el frescor y relente del otoño.

La calleja angosta y medio solitaria, con las chimeneas de los hogares lindantes echando humo y percibiendo aquel olor tan energético y nutritivo por el olfato. Tres plantas habitables, todas ellas para remendar a conciencia. Vigas de madera que soportaban perfectamente el peso de aquella robusta mansión. Sin calefacción a tenor del fogón que en la cocina pronto fue cosechada de leños para dejar un calor soportable. Nos acomodamos de momento como pudimos. Saliendo a cenar a la calle, ya que recién llegados no había absolutamente nada para poder mitigar el apetito. No fue problema encontrar una cantina, para satisfacernos. En la calle plana, fuimos atendidos con unas lonchas de jamón prodigioso y unas hogazas de pan de tamaño superlativo, las que acompañadas de una gaseosa y al final un café con leche, nos desterraron el deseo hambriento que llevábamos. 

Frío a borbotones. Mucho y para la mayor parte de nosotros, desconocido. Volvimos a recorrer la calle y ascendimos por las escaleras hasta llegar a la casa. Helada, y casi petrificado el porche, por los rigores del hielo. Al penetrar desde la cocina, se notaba el calor que desprendían aquellos troncos que quemaban a placer y que nos percatamos que tan solo nos calentaban o te abrigaban la parte frontal del cuerpo. Quedando el resto desguarnecido si no llevabas una prenda que evitara el fresco. En el resto de la casa frío inhóspito. Nos sentamos alrededor del hogar y el señor Pepet y la señora Nuria, explicaban historias de su juventud, que de tan emocionantes, se nos escapó el tiempo y teníamos que ir a la cama, por las horas intempestivas que nos tocaron.  

Nuria la mamá, repartió las estancias y como no podía ser de otro modo las mujeres iban con las niñas y los caballeros reunidos y juntos también. 

Tocó dormir en un lugar que debía haber sido el trastero en su tiempo, con rendijas por todas partes y vías de aire por entre las paredes. Compartiendo el lugar con Luis y repartiéndome con él, todo el frío que hacía en aquella estancia.

Donde un catre de seis palmos, con un par de sábanas de cretona y una mantita diminuta de cáñamo, nos esperaba para pasar aquella gélida noche, con el cometido de abrigarnos a los dos.

En el aposento semi iluminado, un termómetro antiguo y preciso por su mecanismo artesanal, ubicado en un recodo, nos declaraba que no conciliaríamos el sueño. Marcando tan solo 6 grados y en descenso, lo que prometía ser una noche de estremecimientos y tiritones salvajes.

A medida que entraba la madrugada, el relente en aquella cámara fue descendiendo, hasta rozar los tres grados centígrados, igual que si estuviéramos dentro de un frigorífico de conservas.

Con una temperatura, seca, pálida y desmedida. Temblábamos como papelillos de caramelo. Los dientes nos repiqueteaban como martillos descorazonados. ¡Que frío!

Luis en la parte de la cama que le había tocado, estaba ido. Lucía un color azul pálido, alarmante y escrupuloso. Sin moverse parecía estar muerto. La postura que tomó fue la de una momia del antiguo Egipto, semejante a la de un congelado y difunto repugnante en la cima del Everest.

Lo zarandeé enérgicamente, con toda mi alma para despertarlo, y sin fuerza me miró hasta que reaccionó. Cuando vio que yo estaba congelado y me estaba vistiendo para volver a meterme en la cama, abrigo y guantes incluidos. Copió mis pasos, y reaccionó de forma inteligente. Soportando medio entumecidos en aquel tálamo inmoderado. Aguantamos hasta las ocho de la mañana, que apareció el padre de familia, el señor Pepet, con un termo de leche caliente con cacao, sabiendo que nos hallaría desmaquillados a punto de transformarnos en estatuas de sal. Nos encontró adheridos, vestidos como si estuviéramos cazando alondras. Con la gorra calada hasta las orejas, la bufanda tapándonos el cuello y la boca, cuales asaltadores bancarios y con las manos vestidas con los guantes, debajo de aquella manta que nos cubrió durante nuestra nocturnidad.


y colorín colorado, amarillo y merengado. Este relato del recuerdo que ya es un cuento, el que os he contado, al llegar a su final. ¡Se ha acabado!



autor: Emilio Moreno
noviembre 2024.
 

sábado, 27 de julio de 2013

Volver a evocar


Sé que en cualquier momento, se dará que nos encontremos, porque tú debes saber que las personas son las únicas que se hallan, las montañas a pesar de querer, les es imposible. 

 Es bastante difícil, reencontrarse con el destino o el futuro, sin embargo a veces sin proponerlo, se dan circunstancias que te acercan a recuerdos tan propios y tan personales, que ni siquiera lo entendería el gran público, aunque hiciésemos el intento de explicarlo. 

Cierras todas las entradas de la retaguardia para proteger nuestra privacidad,  para que no haya filtraciones ajenas, para evitar el dolor que en un momento sufrimos y ya no queremos volver a tolerarlo. Aunque tengo la certeza que mis escritos, los lees cuando te es posible, y eso me alegra en lo profundo de mi esencia.

La tarde de ayer, estaba dando un paseo inconsciente y me hizo muchísima gracia. Recordé aquellos años de alegría, y los disfruté. El  banquito de la plaza, estaba ocupado por una parejita_ para no molestar me retiré un poco_  y pude acomodarme en otro,  que en diagonal queda dando una visión preciosa del lugar. 

No pretendía incomodarles para nada, aunque confieso que de vez en cuando les miraba a hurtadillas, no lo pretendía, sin pensar y sin malicia mis ojos reincidían en el lugar, el banco y el recuerdo. Recreaban aquella estampa que resonaba en mí,  de hace una friolera de tiempo. Cuarenta y muchos años. 

Sin precisar estuve un buen rato renegando, otorgándome el oficio de espía bueno, haciendo de cómplice de una historia caducada que sucedió y que tan solo puedo recordar vagamente, si me lo propongo. 

¡Que gusto ¡  parecía una secuencia matemática de las vivencias y de los sueños que aun retengo, ¡ fenomenal ¡

Al acercárseles el heladero, disfruté pleno de alegría, en ver que las cosas se repiten y suceden en diversos sitios, y lugares, y se representan tan sencillas y simples como lo son en realidad.  

Estaba viendo la película, la mía propia. Una comedia de las más vulgares y sencillas, con personajes repetidos, tantas veces interpretados por las gentes. El film o mejor dicho el insomnio que normalmente soporto y que me visita con frecuencia en los paraísos de Morfeo. 

Dejando marca, que me tienta y no me toca, pero que deja signo de presencia, que me dice y no me habla a la vez. Dejando el lastre del recuerdo para que no se olvide, y lo ubique en el momento que no espero, representado por artistas, que como estos chavales que están sentados en ese banco de la plaza, y que veía ahora, bajo los árboles frondosos.

Sentados en mi banco_ que iluso, mi banco_, en la butaca de mi juventud. Saboreando lo que entonces yo mismo pensaba ¡Que estampa tan bonita! 

¡Sí! de fresa tomó la dama el helado_ pensaba recordando_, y el caballero, mostró preferencia por la vainilla, quedaron degustando el cucurucho cuando observé que el vendedor de esas delicias ya me había divisado a lo lejos, y se me acercaba, la sonrisa que portaba era de mucha alegría, y su cojera es el paso exacto de antes. Un poco más relajado, y más cansino, pero no cabía la mínima duda. Es Pixin y, venía a por mí. 

_Buenas tardes Hugo, hoy llegaste tarde ¿eh?_ Le miré y sonreí, pero con agrado, y él lo detectó diciéndome_: Tu banco está ocupado, ¿sabes quienes son verdad?

_ ¡No! no les conozco, de nada_ Aduje.

_ ¿No te traslada en el tiempo?_. Siguió charlando_: antes de la desbandada de españoles hacia ultramar, que sería…  ¡Bueno  tú debías ser muy jovencito!, igual no lo recuerdas, sobre los años sesenta, a mediados, igual tú habrías acabado los estudios primarios, y estrenaste los pantalones largos.  

Vosotros fuisteis los primeros. Estrenaste las tendencias por la rambla, por el banquito, y  por venir a comer tu helado cada tarde con aquella rubita tan flaca_, rió con picardía el viejito del casquete blanco.

_ ¡Claro que lo recuerdo!  Sin embargo prefiero olvidarlo y no puedo_ dije con nostalgia. 

_También ocupasteis ese banquillo. Puedo verte comiendo el de sabor a vainilla ¿Seguro, que no recuerdas? Después; como son los destinos y las cosas que pasan en la vida, y las prohibiciones familiares, que antaño, perjudicaban a los siempre menos favorecidos_, siguió contando Pixin, reclinándose en un saliente, hasta que se le acabó el suspiro. Sin pausa, prosiguió levantando el recuerdo dormido o estacionado que llevaba en el zurrón. 

 _ Como entonces, ella viene de la familia ¡bien! de los Mendoza_, haciendo un gesto, y refiriéndose a la señorita que estaba sentada con el mozo, en ese instante ocupando el banco de madera  y se refería a una familia de mecenas de la ciudad_ y él_, asentó con complacencia_, pues hijo de mecánico y de costurera, de la casa del señor Pablo y de Catey  que viven en la bajada de San Lucas_. ¿No lo sabes?_, aducía mirando a uno y otro lado. 

Pregunté sin dilación y con interés_ ¿y eso  que tiene que ver conmigo?, ¿qué les ves parecido a nosotros?_, acabé la frase, advirtiendo que había pluralizado, volviéndoles a mirar. 

El heladero Pixin prosiguió_: ¿sabes lo que son los intereses?_, sin esperar la contestación continuó_  ¡Sé que lo sabes!_, me miró a los ojos directamente, y dejó su languidez dentro de mí_, o es que no recuerdas, no me dirás que a los cincuenta y pico de años te has despintado, ¡que no lo creo! ¡Tú no, eres de esos! _ Sonrió y volvió a hacer el tic nervioso con sus cejas que toda la vida ha hecho. 

Ella, se casó con Don_ Hizo un gesto preocupante de falta de memoria ¡Como se llamaba aquel señorito barato!_, expelió una palabrota al aire.

_Roque_, le apunté yo, muy serio.

_ ¡Eso es!_ dijo al pronto_ mira a mi niño, como no se le olvidan las cosas. 

Arrancó una sonrisa falsa de mi boca,  sabía que no me hacía ninguna gracia, pero continuó_: y ambos, se marcharon a Julia, creo que es, un pueblo del extranjero, que no sé donde está

 _ ¿Qué sitio? _ ¡Le respondí!  Con seguridad_ ¿No será Zulia?, una ciudad que está junto al lago de Maracaibo, en Venezuela.

 _ ¡Eso sí; ahí!, ni idea, por ahí, tan lejos como puedas imaginar. 

Sabía dónde estaba ese lugar. Roque, lo había comentado cuando se instaló con ella, hace años. Presumió delante de todos los amigos y compadres un día en el Casino de forma jactanciosa y quedé en la memoria con el nombre de Zulia.

Con el tiempo y gracias al baile esa ciudad, famosa por el turismo y por sus festivales de “Salsa” 

_ Han estado un montón de años, ahora está jubilado y creo que volvió solo y divorciado con su familia a Barcelona. Ella, quedó en Venezuela_, puso fin a su charla el vendedor ambulante_.  He de irme a vender estos heladitos tan ricos_. Se elevó de la posición de descansado en aquel árbol junto a bancada y se despidió arrastrando su carrito de ruedas con radios metálicos. El mismo carro frigorífico que llevaba antaño. 

 Al poco hice lo propio, me retiré pasando frente a la pareja que festejaban su ternura en el banquito.  Mirándoles con curiosidad, al cruzarme  frente a ellos, ambos me saludaron vergonzosos, en sus manos sendos helados de vainilla y fresa, que se derretían excitados de cariño e ilusión.