sábado, 31 de octubre de 2026

Una entrega misteriosa.

 

Pulsó el timbre de forma intempestiva. Con apremio y pulsaciones nerviosas. Con una urgencia extraordinaria, como si llevara prisa por finalizar aquella entrega. Repitió una y otra vez la percusión en aquel avisador videoportero de la avenida.

No eran más de las siete y media de aquel día, con lo que en aquel domicilio nadie se había despertado.

Se levantó Virgin, al escuchar los constantes timbrazos, acercándose a la pantalla del video de acceso del portál.

Medio desnuda. Frotándose los párpados por el despertar imprevisto, intentando ver quien la requería. Sin suerte de avistar a nadie desde el visor de su casa.

El foco del video estaba oscurecido, como si se hubiera taponado adrede por parte del comunicante. Por lo que no sabía quién pretendía en aquellas horas, contactar con aquel domicilio.

—¿¡Quien llama!?, —exigió con una voz somnolienta—. ¡Que pasa con tanta urgencia! —. Preguntó Virginia, desde el telefonino del hall.

—Vengo a entregar un paquete—, dijo el desconocido mensajero.

—¡Váyase!... No espero ninguna entrega, y mucho menos a estas horas. A un tipo que tapa el visor para que no sepa de quien se trata. ¡Desaparezca! Con seguridad debe de haber una confusión. ¡Lo siento!

De inmediato el transportista sin dejar que colgara, le dijo con cierto genio y mucho malhumor…

—¡Espere señora! Me han exigido que esta entrega sea lo más escueta y rápida posible, sin hacer ruido… pero veo que usted tiene ganas de joder. Veremos qué opina Peter cuando lo ponga al corriente y conozca su trato para con él—siguió interrogando muy nervioso aquel enlace, desde el zaguán del edificio, tratando que le abriera el portón de acceso. 

—¿Usted se hace llamar Virginia Rubiales? Conocida en otros ámbitos por Madám Gafoluá, confidente curtida en asuntos del espionaje sobre el >Cortinón de hierro<.

—Oiga no sé quién es usted, pero de asuntos de espionaje nada. Así me llamo: ¡es verdad! ¡Virginia! ¡Sin más! Y no me ponga nombrecitos nuevos. No me haga estos regalos peligrosos. A santo de qué. ¡Tener esa jeta por su parte! —. Quiso dejar claro desde la audición del comunicador—, por si hubiese alguien que pudiera estar pendiente de aquellas palabras.

—¡Lo que usted quiera fingir decir!, damita o Madám, aunque ni me interesa ni me convence. ¡Sus mentiras aquí se quedan!

—No le corresponde a un tipejo que viene a sacarme de la cama casi en la madrugada a insultarme en nombre de Peter. Lo que le he dicho… ¡Vaya usted a la mierda!

El repartidor, no estaba por la labor, ni pretendía dejar en el aire aquella entrega, que aseguraba y decía, provenir en nombre de Peter, con lo que si no le daba acceso, rompería la puerta para llegar hasta el final, y se lo hizo saber a Virginia. 

Tan solo indicar …que estoy en la puerta de la Avenida de los Tilos 37. ¡Me equivoco, o quizás no estoy bien ubicado y lejos de lo cierto!

—¡Sí! Así es, de cualquier modo, no espero ninguna entrega. Y no le voy a dar acceso. Como le digo: debe haber una equivocación. ¡Lo siento! ¡Váyase! 

—¡Espera cielito! —. Le habló de forma grosera al ver que no le daba entrada, y queriendo suavizar aquel dislate le aseguró, esta vez con un tono menos agresivo y más convincente.

—Me manda el señor Peter Vectrowsky. Dice que es muy importante. ¡Tú verás! —asintió y sin pausa continuó.

—La trascendencia que puede llegar a tener, la debes valorar. He de entregarte un paquetito no demasiado grande. Este señor; el tal Vectrowsky, ya me dijo que eras una auténtica tía desagradable, que insistiera en la entrega, y lo haré aunque tenga que dejársela a la fuerza a cualquier vecino—. agregó con despecho.

—No me hagas dar más vueltas. ¡Monina Virgin! Y abre, que me siguen los espías con mala leche. No puedo fracasar en este asunto. Será rápido y casi ni te ¡enterarás! Sabes cómo van estas cosas y no quiero tener problemas con Peter. Ya le conoces y es mejor que hagamos caso tanto tú como yo, ¿Verdad Madám Gafoluá, … —agregó el tipo y siguió dándole información.

— Es un bulto que viene certificado por el propio Vectrowsky, con lo cual has de firmarme el documento de entrega. ¡Por favor, o sin favor! No me jodas, y facilítame el trabajo. Yo con quitarme las bragas como haces tu con Peter, no tengo bastante. ¿Lo comprendes verdad cariño?... —Sin detener su charla le informó.

—Con lo que, si eres o no. La amante, o la furcia no me importa. Me tienen sin cuidado esos menesteres. Traigo un trabajo que he de cumplir en nombre del señor Peter Vectrowsky, y lo cumpliré. Imagino que es este tipo, el agente número uno de Madám Gafoluá…o sea, tú. Por lo que te pido tengas la bondad de atenderme. No puedo perder tiempo—. Añadió el recadero un tanto brusco.

Desde el intercomunicador Virginia, pasados unos segundos y tras la explicación del enviado, le indicó con voz apenas perceptible.

—Le abro. ¡Suba!... Le atiendo en mi soportal, por favor no haga ruido ni escándalo. Nadie tiene que saber de esta recepción.

Aquel repartidor subió por el ascensor hasta la tercera planta y en la cuarta puerta, esperaba Virgin, en pijama.

Tras del portón blindado que semi entornado, le disimulaba la desnudez de la mitad de su cuerpo.

Al llegar a su altura y ya, sin remilgos y sin mandangas le preguntó

—Eres Virginia, tuteándola y observando el reflejo de su talle, que sobresalía de entre la seda transparente de su pijama. Exigiéndole el cartero con una mirada homicida.

—¡Sí! ¡Claro que lo soy! Aunque para ti—; le dijo.

—Soy la señora Virginia. Ten el cuajo de respetarme si no quieres que se entere Peter de tu descaro.

—¡Uy… que miedo!, ¡Verdad!... ¡Ni te imaginas, en el pedestal que te tiene!

Si se entera me castigará, azotándome el culo como hace contigo…—le soltó el cartero y se concentró en lo que llevaba entre manos.

—Muéstrame tu documentación. Tu carnet de identidad. Todos los que tengas. ¡Los necesito todos! —. Le dijo el portador del paquete, relamiéndose en su imaginación con las transparencias de Virgin. 

Mientras aquella mujer buscaba en el interior de su cartera el documento que le solicitaba aquel repartidor, sin mencionar palabra alguna. Este le dijo inmisericorde.

—Imagino que te lo esperabas. Acabar de esta forma. Por eso te he dicho que sería rápido y no notarias apenas dolor. 

La acuchilló salvajemente, sin menoscabo y sin que Virgin intuyera.

Sin esperar a que hubiese firmado aquella nota de recibo, que le proponía el asesino.

Soltándole un par de navajazos en el estómago y una tercera en el costado lateral izquierdo de su espalda, que la hizo caer al suelo irremediablemente.

Manchando el recibidor con un charco inmenso de sangre.

Acto seguido, sin alterarse, dejó que aquel cuerpo se estrellara en el suelo sin miramiento.

Retiró su daga ensangrentada de las entrañas del cuerpo de Virgin, y la limpió cautelosamente frotándola, con mimo en la camisola de seda de aquella mujer moribunda.

Dejando el puñal nítido y reluciente, y recolocándolo en su cintura. Abandonando a sus pies, tanto el albarán de entrega, sin rubricar, como el paquete certificado, que depositó con cierto mimo, entre los pechos de la mujer. Mientras se desangraba en su propio umbral.

Sin ningún agobio ni prisas, comprobó que no hubiera cámaras en aquel vestíbulo ni en el descansillo, que pudieran registrar aquel acontecimiento delictivo.

Se ajustó la gorra de reparto que llevaba calándosela, hasta las orejas, y se marchó con parsimonia bajando por el montacargas. Llevándose la documentación de la señora Rubiales.

Pasaron veinte minutos hasta que uno de los vecinos de aquella planta, la encontró desaguando en sangre. El susto que se llevó al bajar del ascensor, al abuelo desconcertado hizo que marcara el teléfono de urgencias, para mirar de salvar a Virginia, que estaba sucumbiendo sin remedio.

Llegaron las ambulancias y de pronto se formó en aquel edificio la “hecatombe de los Tilos” por el crimen cometido en el tercer piso. La policía no tardó en llegar y comenzó hacer sus pesquisas, limitando el acceso al edificio, y al cuarto apartamento de aquella planta.

Ingresó en el hospital Nuestra Señora de Aránzazu, muy grave, sin embargo aun cabía la posibilidad de salvarla, gracias a los adelantos de la clínica y a las manos expertas del doctor Andrew Rupérez y su equipo de cirugía que la atendieron. 

Virginia, era una mujer desconocida para absolutamente todos los vecinos del 37 de la Avenida de los Tilos.

Entraba y salía a conveniencia y jamás recibía visitas en aquella morada. Donde habitaba sola, sin amantes ni familia.

No se le conocían amigos, ni allegados, por lo que pasaba desapercibida para la vecindad.

No tanto para los agentes de la Securité que la controlaban a distancia y la tenían investigada por sus acciones y relaciones.

No estaba fichada por la fiscalía, pero llegaron a descubrir que era una agente tapada de un país hostil, haciendo su trabajo tanto aquí como en la Europa comunista. 

La cámara de acceso y el almacenaje del video portero, que grababa a todos los que accedían como a los que se despedían del edificio, daba secuencias de las últimas setenta y dos horas, que era la capacidad máxima del contenido acumulado del equipo. Hasta que se reseteaba regrabando un nuevo fichero de otros tres días de imágenes.

Tras de las comprobaciones realizadas se supo que Virginia había llegado a su casa, siendo las once de la noche de la anterior jornada y que ya no había salido, hasta que las urgencias la trasportaban al hospital.

Si notaron que sobre las siete y media de la mañana, pulsaron su timbre, y antes que pudiera tapar el objetivo del foco, para no ser identificado, se pudieron captar ciertos flashes del presunto asesino.

Imágenes de la cara enjuta de un repartidor que llevaba una camiseta de los New York Sensations, y se tocaba con una gorra de la empresa repartidora de pizzas Arrasase.

Pudieron descubrir la matrícula de la moto con que se cercó a la comunidad, y sobre todo lo que fue de recibo era la voz ronca del mensajero.

Una onda, con un tono no desconocido para la policía. Con lo que buscaron el perfil en las dependencias de la comisaría por si pudieran hallar entre la voz, el fotograma de su cara y las posibles huellas dejadas en el albarán y el paquete. El causante de aquel delito. 

El familiar mas cercano de Virginia, que no era más que un amante ya caduco, era y estaba en la Alemania rural, oculto por quien sabe que cosas.

Los de la inteligencia aducían que por temas de informaciones delicadas y un tanto reservadas. Aquello que se conoce por alto secreto.

Se trataba de un suboficial del ejército, que tuvo relaciones con ella tras las deliberaciones de los asuntos de Groenlandia.

Virgin Rubiales, es el nuevo nombre que identificó, una vez dejó de trabajar para las políticas exteriores de los países a los que servía.

Aunque realmente se llamaba Doménica Dimitrowa, nacida en Belgrado y amante de un tal Peter Rodowsky, un ciudadano Checo, que se desplazaba por toda Europa. 

Las lesiones y cisuras recibidas en el cuerpo de la Dimitrowa, la llevaron sin paliativos a la muerte. 

Cuando los responsables del cuerpo de agentes abrieron el paquete, encontraron diez dedos, pertenecientes a sendas manos.

Se cree, que pertenecen al no menos peligroso Rodowsky que de momento se encuentra en paradero desconocido.



autor: Emilio Moreno



 


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