martes, 26 de agosto de 2025

Tonto de narices.


Nadie comprendía como Gabriel era tan torpe en su día a día. No daba pie con bola en ninguna de las ocasiones que se le necesitaba y siempre lo excusaban como si fuera “lelo”. Distante y despistado cuando le interesaba, o estuviera entumecido por alguna causa desconocida, que físicamente le impidiera realizar lo necesario en su momento.

Nadie le invitaba ni forzaba a hacer absolutamente nada.

Era un tipo que parecía desdichado, sin serlo. En ocasiones demostraba que estaba más cuerdo que todos los que le rodeaban, pero al muchachito le venía muy bien que lo tomaran por “tonto de narices”, como a su papá. Con lo que el bueno de Gaby vivía fausto.

Tan feliz y propicio, que en ciertos momentos, no sabías si era así desde la simiente o es que le beneficiaba aparentar aquella presencia que todo el mundo aceptaba.

Se había acostumbrado desde jovencito, a que nadie le obligara a nada. Por supuesto no se apreciaba lo que hacía o dejaba de hacer. Era como un cero a la izquierda, para padres y hermanos. Con lo que se dedicaba a vegetar tan pancho, encontrando todo su entorno a su medida y sin esfuerzo llegaba a todas partes. Tenía de bueno, su paciencia, su talento oculto y su disimulo por todo lo que no le interesaba.

No había sido lerdo en los estudios pero como lo consideraban “Tonto de narices” le dejaron al margen. Sabiendo que para comer y vegetar, jamás le faltarían medios. Dadas las pertenencias de sus papás.

Tampoco se dedicaba al arte, ni trabajaba porque no lo necesitaba. Vivía la mayor parte del tiempo, con su madre, una señorona acaudalada que se había casado en su día con Fructuoso del Barrio y de los Lamentos.

Ahora jubilado por edad, y con ausencias prolongadas con su familia, lo mantenían alejado por temporadas. Sin conocer demasiado bien los motivos.  

Había sido un plenipotenciario Nicaragüense, destacado en Costa Rica. Donde conoció, mejor dicho donde fue engatusado y enamorado por Helga Matarín de Lirios, una elegante modelo de ropa interior femenina, que hizo pinitos en la gran pantalla, sin demasiado recorrido artístico. Ya que fue retirada de los escenarios y de los aquelarres sexuales por el bueno de Fructy, que se enamoró locamente de la preciosa señorita, ahora trasformada en una señorona de mucho empaque y recorrido.

Obra de esa relación nacieron el fantástico Gaby, y su hermana Puri.      Loles, la hija mayor de Helga, era fruto de otra relación que tuvo la Doña, con Mario MacNamára.

Un caza talentos mexicano que trató sin conseguirlo en ponerla en el candelero exitoso de la Moda, y hacerle agarrar la fama que necesitan las bellas señoritas. Sin suerte, dado que la bella Helga, era demasiado prepotente, presumida y poco trabajadora. Con lo que poco a poco quedó para exhibiciones particulares de firmas poco conocidas.

Su relación carnal con Mario se rompió de la noche a la mañana al relacionarse con Fructuoso.

Mario y Helga, disiparon sus días entre fiestas y meneos. Con escándalos propios de gente que no se entiende ni se respeta. No llegaron a casarse, pero tuvieron una hija. A la que acristianaron con el nombre de Loles.

La que se crio prácticamente en albergues para señoritas pudientes. Sacando sus estudios adelante sin el cariño paternal, que una criatura necesita.

Helga la muy sensual modelo de bragas y sostenes, un buen día tropezó con el plenipotenciario que pleno, no estaba. Ni tampoco harto, y muy poco cuajado, y de potencia, la justa. Más bien debilitada y esponjosa. Con lo que aquella sílfide de apellido Matarín de Lirios, lo provocó haciendo un paseo frente a él con esos ajustados bikinis, que lo desbarataron sobre la silla y tras el meneo que le proporcionó la buena de Helga, lo dispuso a poder hacer con el bueno del embajador lo que le viniera en gana. Seduciéndolo para siempre.

Fructuoso, el bueno de Fructy que así le llamaba cariñosamente, era un gentil hombre que padecía de hiposmia, que no es otra cosa que tener reducida la capacidad para el olfato.

Era incapaz de detectar cualquier olor. Dificultad menor que le traspasó después, por los genes a su hijo Gaby. Siendo ambos con seguridad lo que el pueblo denomina. “Tontos de narices”. 

Aquella familia ocupaba un palacete del siglo XIX, que había sido propiedad de Armando del Todo y Cortés, un cantor de tangos argentino, muy afamado que era familia alejada de Fructuoso. El que por deudas y bastantes intereses le había cedido al sobrino primo nieto, para que regentara aquella propiedad, y se la mantuviera sufragando los gastos que ocasionaba, hasta que pudiera el tanguista superar el mal bache que cruzaba.

La hija del último matrimonio de Helga. La señorita Puri, tenía como todos los apellidados “del Barrio y de los Lamentos”. Unas sobresalientes ínfulas de superioridad. Excesivas y extraordinarias, que rayaban lo indescriptible. Las cuales evitaban la felicidad a todos ellos.

Descarada, soez y vulgar que mostraba en cada centímetro cuadrado de su desmedido cuerpo, y que en ocasiones hacía partícipe de caricias y agasajos excesivos a su hermano Gaby.

Conociendo el proceder del asilado “tonto de narices”, que no abriría la boca, ni comentaría absolutamente nada de los trasiegos habidos entre él y su hermana Puri.

Creyendo a su vez, que de esa forma lo espabilaría y le haría recobrar el rumbo que jamás poseyó.

Puri era de lo más cariñosa, atenta e inconsciente. Creía que tratando y mostrándose libremente, sin cortapisas ni prohibiciones con su hermano, y actuando frente a él sin censuras ni vergüenzas, podría llegar a reactivarle el intelecto sin dañarlo.

Le hablaba sin esperar respuesta alguna por su parte. Tan solo recibía aquella sonrisa pueril de despistado. Por lo que en ocasiones lo utilizaba como mero espectador de sus pasiones. Con lo que se desnudaba frente al hermano, para ver que reacciones sufría. Sin tener reparos ni encogimientos. Actuando en vivo y en directo, con inclinaciones eróticas cuando encarnaba alguno de los papeles teatrales que interpretaba.

Ensayándolos descaradamente y a bote pronto, comparando la reacción recibida de Gaby, como si le llegara del patio de butacas del público que le aplaudía, desde las butacas de platea de cualquiera de los teatros, donde actuaba y de los platós de televisión donde grababa aquellas series románticas, llenas de momentos sensuales, acaramelados y tórridos. Roles y argumentos que representaba dentro de su carrera de actriz descarada y destacada. 

Loles residía fuera de la capital. Defendía su ocupación de una forma digna. Se había licenciado en Psicología y estaba empleada en el House Hospital Costarricense, como jefa del departamento de Psiquiatría. Una eminencia la hija del tal MacNamára y Matarín de Lirios.

La que vivía separada de sus padres desde que Helga comenzó a tontear con Fructuoso y el inicio de su preparación académica.

Estuvo en colegios mayores rodeada de tutores y compañeras hasta que llegó a la mayoría de edad y acabó los estudios universitarios. Ofreciéndose como becaria en los distintos centros de atención mental, que daban servicio a las tantas personas que padecían crisis de identidad, y depresiones varias.

Ocupó con el tiempo, plaza en el hospital. Donde se abrió paso como una especialista de renombre.

Con Helga su mamá, tenían discrepancias desde la infancia. La tal Loles, era una mujer con educación seglar, y de estudios superiores. Equilibrada y sencilla, y su madre, parecía representar todo lo contrario.

Con papá, era de otra forma. Se veían de uvas a peras, debido al trasiego que llevaba Mario MacNamára, ahora con su tercer matrimonio, y con hijos de todos ellos.

Sin haberle faltado nada que pudiera ser mitigado con dólares.

La relación entre hermanas era distante. Jamás se habían entendido, ya fuera por distancia al criarse separadas o porque no se llegaban a concebir como hermanastras.

Seguramente por la diferencia de caracteres, y sin dudarlo por la poca dedicación y trato entre ellas y los padres. La ausencia de complicidad, y la falta de trato habitual con el correspondiente desconocimiento de gustos. Herencia recibida de sus progenitores.

Aquellas fechas navideñas, se reunían todos, en el palacete del siglo XIX.

Un lujo magnífico, dado a conocer a casi todo el barrio.

Tan solo se reunía la familia. Por lo que la mansión estaba repleta de lujos. Pleno de cortinajes de lino, de grandes alfombras y cuadros, de excepcionales figuras en los recodos de las escaleras.

Un paradigma de placer, por la ostentosidad del arte tan puro y grato en tan pocos metros cuadrados.

Los que se habían excusado a la cena, fueron Mario por problemas de agenda y Loles, por tener guardia y servicio en el hospital.

Apareció Fructuoso llegado de las Malvinas, con un semblante envejecido y falto de animosidad. Como si estuviera enfermo, o intoxicado por alguno de los medicamentos que se autocomplacía. Atento como siempre, se hizo pronto con la dirección del festejo.

Helga que hacía de mamá gallina, la que mandaría hacer al servicio una contundente cena de Noche Buena.

Con manjares llegados de partes ignotas. Regadas con buenos caldos de bastante gramaje y gradación, que a todos en su momento, les dejó, más allá de la conciencia.

Puri, había llegado justo del estreno de su última película. Muy artista, y segura.

Un éxito en la América hispana.

La interpretada como protagonista, en el papel de la “amante cautiva” y acompañada en el reparto con el guapísimo actor, James Givenchy el primer actor de los estudios cinematográficos de Chile. Al film lo titularon de forma graciosa. El suspiro de un camión. Argumento que contenía en esa rotulación uno de los enigmas del amor.

Cuando finalizó la cena, la dama Doña Helga, despidió a todos los sirvientes para quedarse tan solo, los componentes de la familia. Que muy bebidos reían y se meneaban por aquel contorno. Momento que Gabriel, el bueno de Gaby, quiso encender la mecha de una antorcha, para hacerle una gracia a su hermana Puri, y le hiciera una representación de las que acostumbraba.

Puri, completamente bebida, como el resto de la gente del palacete, jadeaba bajo los efectos de las bebidas etílicas consumidas. Sin percatarse que su Gaby le pedía guerra.

La antorcha se desbocó y al ser “tonto de narices”, más de uno de los que dormitaban en aquellos lujosos sillones, no pudieron contarlo.

El incendio fue prodigioso, quedando atrapados todos los apellidados “del Barrio y de los Lamentos. Perdiendo la vida, abrasados por las colosales llamaradas de un infierno infinito, aquel veinticinco de diciembre, tras una cena familiar.








autor: Emilio Moreno.
26-8-2025
 
 

  

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