La
dirección de Sanidad, había mandado a todos los grandes almacenes, tiendas y
comercios medianos, la prohibición, distribución y venta de las galletas La
Viajera. Ordenando fueran sustituidas de las estanterías para evitar que los
consumidores pudieran degustar la última partida de producción.
No habían
dado ningún tipo de excusa. Tan solo el bando indicaba fueran retiradas de las
estanterías de los avituallamientos.
En la otra
parte del país, estaban de fiestas patronales y los ayuntamientos en
agradecimiento a la gente veterana, les obsequiaba con un viaje hasta la playa.
Con una tarifa super reducida para que nadie se quedara con las ganas de
mojarse los pies en las aguas del mar. Los interesados buscaron plaza y ninguno
tuvo problemas para quedarse sin su abono en el bus.
Aquella agencia se dedicaba a preparar excursiones baratas y rápidas para jubilados. Había conseguido una fama bastante aceptable entre sus parroquianos porque a comparación de otras que no tienen medios, ésta tenía sus gajes que facilitaban toda expedición.
En todas
las salidas proporcionaban todo lujo de comodidades y ventajas para los
clientes. En su mayoría jubilados. Disponían de un servicio especial de asistencia
dedicado a guiar a los viajeros. Con un éxito fenomenal.
Todas ellas
mujeres. Jóvenes muy preparadas, amables y serviciales, que les reportaba a
cuantos lo necesitaran atención individual.
Describiendo,
explicando y comentando a lo largo del trayecto, cuantas efemérides hubiesen
ocurrido en aquella ruta. Noticias y sucesos acaecidos por mínimos que fueran
en el contorno. Historias habidas en la región, y eventos de todo tipo, que
les servía a los clientes, de cultura y de distracción en los desplazamientos.
Con
intervalos en el trayecto nunca más allá de una hora, para no hacer padecer a
ninguno de los pasajeros.
Detenían el
bus, con frecuencia para que aquellos paseantes, en su mayoría bastante ancianos,
pudieran desaguar sus vejigas.
Los
acaramelaban con dulces preparados con sedantes y analgésicos, para evitar que
en las curvas, y en los peligrosos adelantamientos. Incluso en la propia
duración de los traslados pudiera haber discordancias, mareos, y aquellos
pequeños líos que suelen existir entre los humanos.
Al llegar a
la hospedería convenida por la empresa con antelación, todo estaba a punto,
para ser recibidos con alegría.
Con accesos
fáciles, y seguros. Conveniencias ya concertadas por temporadas. Acomodando a
los comensales en sus lugares, según disponía la guía de cada uno de los
autobuses.
En grupitos
más o menos homogéneos, en mesas de cuatro convidados, para disfrutar de la
pausa y que les aprovechara en salud la comida servida.
Platos muy especiales,
no siempre al gusto de aquellos veteranos que se las sabían todas. Sin embargo
los víveres eran complacientes y adecuados a preservar la salud de tanto
abuelo.
Dentro de
la dieta floja y continental, para que su digestión fuera acorde con lo que la
empresa de viajes a menudo presumía. Con todo ello, y bajo los estudios de los
dietistas de aquella firma viajera, cualquiera de los alimentos, portaban unos
aditivos que mitigaban las ganas de conflictos y desafío por parte de los invitados.
Dejándoles una vez ingerían su menú, y sin que ellos lo imaginaran, en un estado
relajado y bajo el control de las institutrices que marcaban el tempo. Sin
eructos, sin malas digestiones, sin apreturas de barriga. Con cierta pasión de
sueño, que tampoco les venía nada mal a las tantas ganas de cachondeo, que
querían iniciar aquellas personas de la tercera edad.
Con lo que
a la vez que disfrutaban de una sobremesa, y una digestión perfecta, quedaban
anonadados en los acomodos del autocar.
Una vez se
reemprendía la marcha de regreso a casa. Siempre después de haber participado
en el baile y en el sorteo de la cesta que como norma solía disponerse, bajo
pago mínimo de una aportación especial.
Aquella
salida partía del centro de la península y era una expedición que pretendía
llegar a las inmediaciones del mar.
Donde
pasarían de visita concertada. Por una piscifactoría en la cual ellos mismos
podrían pescar la dorada que quisieran comerse.
Otra visita
inexcusable, dar una vuelta por la granja de embutidos en la que podrían
comprar aquel jamón de bodega que les tenían dispuesto en sendas bolsas de una
tela azulada.
Sin olvidar
y como final de fiesta recorrer sin apreturas una de las fábricas de turrones y
galletas de la zona, donde horneaban productos y amasaban cuantas deleitosas
masas de trigo, anís y jengibre hubiera.
Pudiendo
adquirir también, semejante delicatesen. La que tenían prohibida los
diabéticos, aunque nadie les pusiera control. Añadiendo en sus adquisiciones
las tantas obleas, bastoncillos y carquiñoles quisieran.
Turroncillos y toda la gama amplia de productos artesanos. Para en su caso, regalarlos a la vuelta a sus familiares o amigos, incluso poderlos degustar ellos mismos en los desayunos.
En aquel
viaje iba un tal Manolo, Manuel Pérez Riñones, contratista de obras. Un
adinerado albañil hijo de una ciudad murciana, el que no se callaba ni por
asomo y siempre tenía una opinión de todo cuanto se suscitara.
Versado en
muchas batallas y que en sus años verdes habría sido un “rasgacalzas” habitual.
Que a pesar de toda su experiencia y meneos, estaba casado con Sole.
Soledad
Calchín, una aficionada cantaora de “muñeiras”, muy cariñosa con cualquiera, y
que en su juventud trabajó en la compañía teatral de una afamada artista
malagueña. Una vicetiple muy experimentada en amoríos. A la que le sobraba
descaro y en ocasiones pecaba por su ignorancia y educación.
Ambos, Manolo
y Sole hicieron amistad en aquel preciso viaje, con Gump. Gumersindo Brazales,
un médico rural de la provincia de Albacete, que una vez retirado, por llegarle
la jubilación expandía toda su enjundia grata y dedicaba sus tiempos y locuras
a pronosticar sufrimientos y posibles epidemias que estaban por venir.
Acompañado
de su segunda compañera, Marilyn.
María y Linda Porcioles, licenciada química, que ya retirada ocupaba sus momentos en la composición de nuevos bebedizos experimentales, con aquel punto de alcohol que dejaba a quien lo cataba más tieso que el bacalao.
Los cuatro parecía,
entenderse y disfrutar de aquella experiencia agradable que les había
proporcionado la asociación del barrio de Hortaleza.
Manolo, de
buenas a primeras le comentó a Gump, una impresión que tenía, y que sacaba por
las conclusiones de un viaje anterior de la firma, en la que muchos de los
excursionistas, padecieron, o tuvieron un incidente bastante grave, que no fue
demasiado difundido por la empresa.
Quedando
oscurecido en las noticias diarias, por otros hechos que fueron de más calado.
Todo
obedecía a disimularlo entre mil cosas y que fuera un incidente de poca monta.
Intereses
nacionales podrían verse perjudicados por aquel suceso, que de conocerse
hubiese sido notorio, pero dispuesto en segundo plano, como muchos de los
eventos sucedidos quedan nublados.
Siendo la responsabilidad de lo sucedido de aquella agencia en la cual viajaban los cuatro amigos recientes.
—Te
enteraste Gump, —preguntó Manolo—que en la excursión anterior. La del mes
pasado tuvieron un percance estos pollos.
—No sabía
nada. ¡Qué me dices! Cuenta por Dios. Apostilló Gumersindo.
—Pues nada.
Veo que no lees las noticias. Lo han querido disimular, pero publicado, está
publicado. Fue portada de la Hoja del Lunes, de hace quince días. —conversó
Manolo.
—Lo han
llevado muy oculto, pero creo que está bajo secreto de sumario. Ha habido
víctimas y el Avenida Hospital está lleno de abuelos con la barriga como
regaderas.
—Anda, que me cuentas. Nos hubiésemos enterado, de ser algo serio. ¿No crees? pero dime. Explícame lo ocurrido. Replicó Gump.
—Dicen que
el bus se salió de la calzada y volcó con algún daño que lamentar en alguno de
los viajeros. Sin embargo, sé positivamente, por amigos y empleados de mi
empresa que pueden certificar lo que te voy a decir, que todo es una patraña.
Lo han disimulado por cuestiones políticas. Asumió sin cortarse Manolo.
—Oye.
Comienza. Dime lo que sepas, no me tengas en ascuas. cuenta tío. No me enciendas
las brasas. Insistía Gumersindo.
—El bus
tuvo un desliz, pero no en la carretera. Le anunció Manolo y siguió hablando y
haciendo caso al nervioso del médico, que aún estaba incrédulo.
—Fue dentro
de la fábrica de galletas y turrones La Viajera. La misma que nos llevan a
nosotros, para que la visitemos y eso me parece raro.
La esposa
de Gump, que estaba al loro de lo que comentaban Manuel y Gumersindo, quiso
entrar en el tema, y comentó a su vez.
—Es verdad,
o debe haber algo de cierto. Ahora que lo refieres. Yo en el mercado escuché
que todos los excursionistas no volvieron, y según quise entender ninguno de
ellos salió de las instalaciones de la compañía galletera. Siguió esgrimiendo
Marilyn. Cuando fue interrumpida por la esposa de Manolo, Soledad, que interesada
pretendía saber el final de la macabra historia. Añadiendo que ella, escuchó
por radio que Sanidad, había mandado retirar de las estanterías de las tiendas
la última partida de bizcochos y galletas, sin dar motivos.
Lo que no
sé yo, es que aducían los que regresaron. Finalizó su tesis para añadir sin
poder, por ser interrumpida por Gumersindo.
—Y los que
volvieron en condiciones. Qué decían…
Me refiero a los que no sufrieron daños. Que es lo que alegaban… al preguntarles por los accidentados no regresados.
Se hizo un silencio al no conocer la respuesta para seguir con el razonamiento del médico rural, don Gumersindo. Que dejó en el aire la duda.
—No creo yo
que eso pueda ser cierto, de alguna manera se sabría. Acotó, el médico. En sus
cábalas quiso ser gracioso y comentó.
—Mira que
si en cada una de las excursiones, agarran a diez o quince vejetes y los muelen
para hacer galletas sin que nadie lo sospeche…
fecha 24 agosto de 2025
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