En
el día 5 de agosto del año de gracia de 1980, aquellos buscadores de historias
familiares llegaron al pueblo de sus antepasados. El reloj marcaba sobre las
dieciocho treinta de la tarde, y ahí comenzó la emoción de aquellos que querían
saber algo más de sus bisabuelos. Unos ancestros de los que no tenían demasiada
información. Quizás porque los acontecimientos no permitían presumir de aquella
familia arcaica que pasaron sus vidas sin penurias y escasez, que otros menos
favorecidos por lo particular y al cabo fueron más felices. No habían sido
informados más que de sus nombres, y alguno de los pasajes más graciosos que
ofrecían cierta alegría. Sin embargo, del mollar de las cuestiones ocultas,
jamás abrieron la boca para comentar detalles. Ni para que sucesores
posteriores conocieran realmente que cosas ocurrieron. Dejando sin intuición,
sucesos que jamás tendrán luz, para que hijos, sobrinos, primos y demás, estén
al corriente. Quedando completamente en secreto, al no estar al tanto de los
detalles. Nunca les informaron de nada. Ni tan siquiera los sacaban a relucir o
los recordaban. Ocultando asuntos escabrosos, que no interesaba salieran a la
luz, ni tampoco airear. Quedando en el olvido.
Alguien.
Unos desconocidos venían recabando información de personas, que hacía más de
setenta años se marcharon de la villa. Aquella buena gente, llenó lo que ellos
denominaban “la replaceta”. La plaza del Val.
La
primera persona que conocieron y que a la vez ella recordaba al bisabuelo del
visitante, era Rosario Norza, hija de Milagros y Esteban, el carnicero.
Al
poco tiempo se presentó una señora mayor de ochenta años que se llamaba Pilar Tejero,
la que se ilusionó al conocer que su amiga de la infancia Carmen Ruiz, se
encontraba bien de salud y vivía en un distrito de Barcelona. Comentó que habían
sido amigas en la infancia y que la recordaba perfectamente.
Ese
día, ya caída la tarde los recién llegados, dieron un recorrido por el pueblo
que presentaba en aquel verano del año ochenta, un estado francamente dejado y derruido.
En
el paseo, fueron a la casa de Lázaro “El tripeta”, que entonces contaba con una
edad respetable. Noventa y seis años. Pasearon por las calles de Embid,
comentando y haciendo memoria del año 1918. Año de la Pandemia Española, que
fue cuando falleció Doña Concha Puig, esposa del barbero y sanador. Hablando sobre
algunos temas entre vecinos, y volviendo a rememorar aquellas fechas. Los
ancianos discutían, unos tienen mejor memoria que otros y señalaban dónde
estaba la barbería de donde salió el cadáver de la bisabuela Concha.
Estuvieron
estancados cambiando impresiones, en la calle Nueva, que según algunos memoriones
había vivido el matrimonio de Saturio y Concha, con sus tres hijas. Para
después mudarse a vivir a la replaceta. También habían vivido cerca de la casa
de Juana, <la peluquera>. Que fue amante del barbero y practicante de
aquella villa y a la vez esposo de Doña Concha.
Todos
los allí reunidos, referían las buenas manos que tenía Saturio para su trabajo.
Se le consideraba muy buen profesional, y toda la familia gozaba de un
prestigio adquirido. Influencia que después se perdió un poco, al pasar aquellos
acontecimientos de la muerte de la esposa, en condiciones especialmente raras y
enigmáticas.
Dejar morir a Cuca, una mujer llena de vida. La esposa del practicante de la villa, que se entendió como una dejación por parte del sanitario, quizás embebido por la seducción del adulterio que tenía con Juana y que aprovechando la ferocidad de la pandemia del año dieciocho, hicieron creer que la muerte fue debida a las fiebres malignas de aquel virus.
José
el pastor, también se esforzaba, con mucho mérito, ya que ha perdido casi toda
la memoria, y escuchaba muy atento, recordando que su mujer está muy enferma.
Que se está muriendo. Pablo Norza también resonaba todos los detalles que
contaban en la calle del Val. Ahora es propietario de la tasca del pueblo. Que
es donde se reúnen todos los viejos para tomar sus cafecitos y cervezas. Hacer
la partida y hablar de fútbol y de mujeres.
En
el pueblo, comentaban muy apenados, que tan solo vive una moza y recodaban que
por poco tiempo, porque se marcha a Zaragoza. Seguramente en busca de marido.
Antonio
García Lázaro cuenta como cosa graciosa, que cuando era chiquito las hermanas,
hijas de Saturio y Cuca, lo llevaron donde tenía la barbería el practicante y
le obligaron a colocar sus dedos en uno de los enchufes eléctricos de la
barbería, y el calambrazo lo tiró al suelo. Antonio ha sido durante muchos
años, el alcalde del pueblo. Vive en la
casa más antigua, la mejor de la villa y la más grande, conocida por la “Casa
de los balcones”. Justo enfrente de donde murió aquella mujer prudente y
hacendosa, llamada Concha.
El
hijo de Silvestre Gasca y de María Lázaro y la tía de ambos, Doña Trinidad
García Lázaro recuerda a la tal doña Cuca, diminutivo cariñoso que le
otorgaron.
Manuela
Hernández casada con Vicente Lázaro que es el hijo de la señora Cirila.
Apodado,
“<El Jilón>” … familia que pasan grandes temporadas en Embid, en la
casita familiar, rememoran momentos pasados con Cuca Puig, la valenciana venida
desde Calahorra y esposa del pinchaculos, que tantos recuerdos atesoran.
A
ellos les llaman los Jilones, y al parecer su tía paseaba todas las tardes con
Cuca, dando grandes caminatas mientras las niñas jugaban en la replaceta. Los padres
de esta mujer hija de Marcelino y de Blasa Gil, eran amigos del matrimonio Ruiz
Puig.
Aquellos
visitantes, revolucionaron el pueblo en las idas y venidas. Para el vecindario
era una cosa muy nueva. Que gentes de la ciudad, se pertrecharan en sus calles,
preguntando por una familia, que en sus días fue insigne, o por lo menos
destacada.
Vivieron
unas horas de emoción, al saber que el biznieto de Don Saturio Ruiz Martínez, y
de Doña Concha Puig Martínez, estaba haciendo preguntas sobre la vida de sus
antepasados.
Visitaron
el cementerio queriendo ver las lápidas de Concha. Ya no estaban. En el año
1954, hicieron unas reformas en la necrópolis, según dijo el alguacil,
produciéndose una reforma por ampliación, y todos los panteones fueron
desapareciendo por traslado. Se dio un bando y facilitaron aviso a las familias
para agrupar tumbas y poder trasladarlas a lugar conveniente.
Los
sepulcros y panteones de los que no dieron señales ni reclamaron, fueron
llevados a la huesera común del cementerio. Ahora es un rincón de paz, y está
muy cuidado.
En
el castillo, lugar que denominan los vecinos, es la llamada parte antigua de Embid,
y a la vez la zona más alta. Solo vivían en aquella época, los descendientes de
Juana la peluquera que son los únicos que no se aproximaron al acontecimiento.
Ni se sintieron atraídos en saludar a los llegados.
Entonces
no había en el pueblo, más de 150 habitantes, y subía todas las tardes el
médico desde la población de Paracuellos de la Ribera.
No
había escuelas, ni farmacia. Nada absolutamente. A los niños que son escasos, los
viene a recoger un autobús. Los lleva a las escuelas para instruirlos y darles
clase, en Sabiñán.
El
enclave es bañado por el Jalón, con una vega muy fértil en un hondo, desde
donde se divisa en relieve la montaña circundante, con el pico de la Cocha. La
iglesia de San Miguel, está totalmente derruida. Otra capilla está, donde se
ubicaba el cementerio antiguo junto al lavadero y el manantial.
Santos
lázaro cuenta que siempre ha tenido muy presentes a toda la familia del
practicante. Es un vejete muy simpático y goza de muy buena memoria. Contaba
como si lo viviera en aquel momento, cuando Doña Cuca, pocos días antes de
morir, le mandó traer de la vega, un manojo grande de pámpanos y en una sentada
se los comió casi todos. La Doña era una mujer muy de vida, con un volumen
considerable.
Santos,
es hermano de Lorenzín el que cortejaba a la hija del practicante, la joven Carmen
Ruiz Puig. Lorenzo fue capitán del Ejército de Tierra, y cuenta también que él
hizo el servicio militar en Zaragoza, incluso les había visitado a veces cuando
las tres hermanas ya residían en la capital de Aragón.
Como
anécdota graciosa, cuenta que cuando la familia del barbero llegó a la
población de Embid, su madre envió a todos los hermanos a cortarse el cabello a
la barbería de Don Saturio con un real a cada uno de los hijos. Cuando estuvieron
arreglados le preguntaron al barbero, cuanto costaba.
El
sanador peluquero, les cobró por el arreglo de todos ellos, una perra gorda, y
el cambio por supuesto no lo devolvieron a su madre y se compraron chucherías.
Cuando
le contaron aquellas incidencias a Carmen Ruiz, de ochenta años, los ojos se le
bañaron de lágrimas, por los recuerdos y certidumbres personales.
Han
pasado desde aquellos días cuarenta y cuatro años, demasiado tiempo. Todo habrá
sufrido un cambio para mejor, las calles, los servicios, los recodos. No se yo
si la población habrá crecido en habitantes. Estamos en noviembre del 2024,
todos los nombrados están en el cielo, viéndonos a nosotros como desdibujamos
en según que circunstancias la realidad de las cosas. Que Dios los tenga en la
gloria y que descansen en paz.
Lo
merecen todos ellos.
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