miércoles, 26 de febrero de 2014

El viaje


Salió al campo y tomó la vereda del pantano, aquella que nadie solía tomar por la fama que le habían dado los vecinos. Como no tenía demasiada orientación, y a falta de miguitas de pan, para marcarse el camino y no perderse, como en el cuento. Fue rociando el camino con sus magnas pastillas para la tensión unas de color blancas muy grandes, que para tragarlas has de beberte media botella de agua y siempre quedan en el esófago atascadas como si tuvieras un atolladero en la primera salida de la autovía estomacal.

Camino hacia el lodazal, aprovechando el día nublado para mitigar la ascensión por la ausencia del sol. Su caminar no era de los que marchan sobre el asfalto pero tampoco se complicaba el paseo, quedándose extasiado con detalles de la flora, que bien podría agudizarle el sentido, por todo el encanto que ese follaje contenía.

El camino duro, pero aceptable, el barbecho bastante ancho y amplio, bordeaba el precipicio de la finca del señor Diógenes, maravillosa heredad llena de noticias fantásticas y difíciles de creer. Con sus almendros y olivos ahora en esta estación a la espera de dar frutos.

Cada cincuenta metros más o menos, dejaba caer una pastilla de los laboratorios Doctor Pinjarme y con la vista más o menos la perseguía hasta que inerte quedaba en el suelo del polvoriento camino. Así daba crédito a su vuelta con una seguridad más o menos aceptable.
Había recorrido un buen trecho, y el camino se hacía mas cómodo menos empinado y cargante, con lo que dio algo más de vigor a su paso y adelantaba mucho más terreno que en los repechos.

Sin esperarlo, su teléfono móvil, se puso a sonar y como no, lo tomó sin problema, pensando en que era raro ese detalle de tener cobertura, estando tan arriba. Abrió con parsimonia, su tapa protectora del aparatito móvil y pregunto, sin más, aprovechando echar una blanca pastilla, sobre el camino y acompañarla con la vista.

_ ¡Sí!  ¡Quién llama!

_ ¡Hola! Señor Reynaldo Buenos días. Mire soy Gladys, de la empresa Veinotornes. ¡Como está usted señor!, le doy la enhorabuena por haber sido elegido para un viaje al cielo. Solo la ida, y además de entrar en un sorteo de un aparato para tomarse la tensión.
Un tensiómetro maravilloso, que además de indicar la presión de su sangre, le aconseja si está bien de glucosa, mide sus tonos de arritmia, controla la sedimentación de la sangre y procura un estado anímico de lo más alegre.

_ Oiga, no me interesa_ anunció Reynaldo con brusquedad ¡Además a usted!  Quien le ha dado mi número de teléfono y como es que me llama en un lugar que pocos tenemos cobertura telefónica. A quien quiere engañar usted, con tanta traca, ¿se cree que soy tonto? Estoy subiendo al pantano pero con la intención de cenar en mi casa con Liliana mi mujer y ver el programa de televisión de la cadena estatal. Tomarme mi pastilla de la tensión, la del colesterol, la de los mareos, el Sintrón, y una muy chiquitilla que ni se como se llama pero me va bien para dormir. ¡No la creo! ¡Esto es un engaño!

_ No se ponga usted de esa forma.  Don Reynaldo, le hemos elegido a usted porque ha destacado por encima de los demás. Nos hemos dado cuenta, que va echando sus pastillas en el camino, para orientarse y eso no es normal. Cuando quiera volver no las encontrará porque nosotros nos hemos encargado de deshacer esas sustancias en el propio terreno y darle suero a las tierras, para que fertilicen mejor las plantas de los bordes de la carretera. Por ello usted se va a quedar aquí en la cumbre con nosotros para siempre y nuestras señoritas de compañía, le darán camino y estancia fijas, para no volver más a ver a su Liliana.


Aquel repelús lo despertó, de la cabezada, que había dado tras el telediario de las tres y media de la tarde, levantándose bastante nervioso y excitado, haciendo unos ejercicios en silencio y sin llamar la atención de Liliana, que acababa de baldear el suelo de la gran y espaciosa cocina, tras fregar los platos del almuerzo. Alterado se acercó a su esposa y le preguntó, sin convicción.

_ Oye Liliana, tú conoces a alguien que se llame ¿Gladys?

_ ¡Pues claro! y tú también la conoces ¿verdad? Cuantas veces habrás escuchado su voz fina y graciosa. ¿Cien Mil?_ La presentadora del programa La salud es nuestro futuro. ¡Anda quita!, que además de todo lo que careces, ahora sin memoria.

_ Ahora no caigo_, pensó Reynaldo_  ¿quién puede ser esa mujer?_ adujo aquel hombre, en voz baja y sin querer saber más, sin pretender asustarse. Mirando su cajita de pastillas y observando que todas las de la tensión permanecían guardadas, tan grandes, tan blancas y tan costosas de tragar.
_ ¡Niña, me marcho al café! ¡Allí te espero! Tomó su chaleco y su bufanda y salió pensativo sin explicar ni una palabra a Liliana, que ya estaba presta para ver el capítulo de la novela.

Bajó con el ascensor a la planta y en la entrada del portal del edificio, se tropezó con su amigo Liborio, que venía sudando la gota gorda de su paseo diario. Sus cinco kilómetros.

_ Reynaldo, donde vas tan preocupado_. Pues mira chico me toca ir al café, un ratito, que después de todo el ejercicio que he hecho hoy, no tengo ganas nada más que de descansar y tomar aire. He caminado como un desahuciado, y la verdad que me he cansado bastante. Tanto que ya me ves, voy directo a la partidita.

_ ¡Anda que chulo! ¿Haces deporte ahora? ¡Qué raro! En ti, no lo suponía.

_ Hoy he ido al pantano, y he subido hasta casi el final, chico que manera de caminar, eso ¡Sí! buen ejercicio. ¡Es broma Liborio! ¡Yo no hago deporte y debería!
¡Nada, lo he hecho desde el sofá del salón!
Era una broma, he dado una cabezadita de ilusión, estaba tan a gusto, que he soñado que subía al propio pantano, pero he despertado bruscamente, por un mal sueño, que no he sabido interpretar. Cosas de mayores. ¡En fin y tú que me cuentas Liborio!

_ ¡Pues lástima! _ comentó Liborio, el sudado amigo, que no paraba de dar saltitos cortos, como si tuviera prisa por ir al retrete a evacuar, sin dejar de moverse, para no perder el calor del cuerpo_ Nos hemos tenido que cruzar_ dijo irónicamente riendo y mirando al sedentario de su amigo.
 Porque yo vengo de allí, ahora mismo. Que por cierto me ha pasado ¡una! que si te la cuento ni me creerías.


_ Cuenta, que no llevo prisa, y si es simpática aun me dará más gusto_. Asentó Reynaldo, mirándose a su amigo, como mantenía el ejercicio.

_ Cuando subía por el caminillo_ comenzó a relatar Liborio, mirando alrededor de si, para cerciorarse que estaban los dos solos y nadie podía compartir aquel secreto con ellos dos_. He visto en el suelo unas pastillas blancas grandes, que estaban a más o menos cada cincuenta metros, deberían ser pastillas de la tensión igual que las que yo tomo, unas grandes y blancas, que te destrozan la garganta cuando las tragas.
No he hecho caso y he pensado con guasa, alguien que las usa para no perderse, por lo fluorescentes que son.  
He seguido recorriendo el camino y justo, allí estaban las pastillas en el suelo, en cada tramo más o menos de la misma distancia.

 La verdad, he parado a ver si alrededor había alguien desesperado o perdido y no he visto nada. He escuchado un sonido de teléfono móvil, como una llamada. ¡Imposible no llega allí la cobertura!, pero como estos de las telefonía alcanzan donde ni esperas, pues he puesto orejas al tema_ siguió argumentando Liborio, ahora, ya parado y firme en el suelo, dejando sus saltitos de prisa por hacer pipí.

Una tía estupenda, guapa y casi angelical me ha parado y me ha dicho que se llama Gladys, que había llamado a un tipo por teléfono, que le había despreciado el viaje y que me lo concedía a mí. Además me regalaba un tensiómetro que controlaba la sangre, y cien cosas más.

Reynaldo no dando crédito a lo que escuchaba, lo interrumpió y le preguntó_. ¿Era de una empresa llamada Veinotornes?

_ ¡Sí! de la misma, ¿Cómo lo sabes? ¿Les conoces? ¡Quizás! puedes ampliarme este interrogante.

_ ¡No! para nada, he escuchado hablar de ellos, pero no les conozco, ¡sigue!

_ Nada decirte, que he sido elegido yo, para el viaje, que no me he podido desprender de la tal Gladys,  a pesar de renunciar, me ha sido imposible. Ha comentado que cuando llega, ¡llega! y no es para retrasarlo. Además tampoco se libra el tipo del teléfono, aunque haya dicho que no le interesaba_ dice que también viajará_  y dos vecinos del barrio de San Pedro, que los conoció ayer, a uno en el camino y a otro por videoconferencia. Que solo le falta un par de personas para ocupar todas las plazas.

_ ¿Y el viaje donde será? _ interrogó Reynaldo, con cierto temblor en sus piernas.

_ Me ha dicho, que no lo olvidaré jamás, solo nos pagan la ida, pero que es alucinante y celestial_. Resumió finalmente Liborio_ Bueno Reynaldo, te dejo, que llevo prisa, voy a ducharme y a decírselo a Brenda. Seguro que me regaña por hablar con desconocidos y por dejarme engañar.







1 comentarios:

Amparo Zurriaga Bañuls dijo...

Este Relato me ha gustado mucho, una forma muy original de encaminarnos hacia donde todos deberemos ir algún día

Saludos
Amparo

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