El encuentro como de costumbre a las 7:30 Pm, en la parada del bus de plaza Cataluña. El personal se arremolina unos más puntuales que otros a la espera del convoy que les ha de transportar al destino elegido para pasar el día de holganza. Este destino culinario a base de “calçots”, no es otro que el bar restaurante “L’Escalivada” en la zona del tarraconense del polígono industrial de Riu Clar.
En esta ocasión dos autocares, más de cien personas. Demasiadas para mi gusto, por aquello de las aglomeraciones, de las intervenciones imprevistas, de las prisas caprichosas y por la poca urbanidad de según qué personas que no tienen paciencia y creen que solo ellos son los que merecen un trato particular, ignorando a los que guardan su turno y respetan al prójimo. Además de la incomodidad de tener que visitar los mismos lugares, con la imposibilidad de hacerlo todos a la vez, por aquello del espacio y del tiempo. Multitudes sobradas que se ha de sufrir en estas ocasiones. Dos guías, dos modos, dos opciones, dos de todo…
No es que no sea
bueno, ni inviable. Simplemente, que la película es muy diferente para cada uno
de los autocares, no se pueden compartir las mismas vivencias, no se cuece la
misma enjundia entre comentarios, no se aprecia por motivos obvios aquel compromiso
del conjunto de la gente. Ya no digamos a la hora de las compras, el segundo
autocar se queda sin atalajes porque el primero ha comprado todo y agota las
existencias a los que vienen detrás.
Pero la ilusión
tampoco se pierde por estos pequeños detalles que suelen pasar desapercibidos y
todo sigue su marcha por las carreteras de un domingo de febrero, adormecidas,
casi desérticas por las previsiones adelantadas desde el instituto
meteorológico del país, que nos dieron previsiones muy adversas a lo que
después deparó el día soleado y poco ventoso, el frio no existió y nos respetó
la climatología de verdad. La alegría desbordante como es habitual y las risas
desde la parte trasera del autocar nos llegaban a los que íbamos sumidos en una
perenne escucha y disfrute de todo lo que se argumentaba.
Ya en ruta nuestro
amigo Miguel Ángel, responsable del viaje del coche uno, con su agrado nos
recibe y nos da la bienvenida, nos alecciona de los detalles históricos de de
los lugares que visitaremos y nos engrosa el conocimiento con fechas, lugares,
hechos históricos acaecidos de todos los recintos que habremos de recorrer.
El conductor del bus,
Tomás, nos regala con un recorrido amplio antes de llegar al lugar donde vamos
a repostar nuestros exigidos vientres, lo que significa que tomó un atajo erróneo
y, dimos un rodeo maravilloso por el interior de algunas poblaciones que hacía
muchos años que no visitábamos. Detalle este, que para nada molestó al personal
pasajero puesto que todos íbamos inmersos en la música que ya hacía minutos
sonaba y nos deleitaba de forma sublime. Sumándose a la buena temperatura de
ánimo que todos llevábamos y que añadido a la simpatía de la buena gente y al
agrado de muchos de los integrantes de la excursión, hacia interesante
cualquier pensamiento y relajaba el espíritu.
Nuestra poetisa de la
ruta, la señora Marisol, no recitó a
primera hora debido a una afonía en su garganta, que no le permitía dejarse
escuchar y que más tarde con el paso del tiempo y con la estima de todos los
que le atendemos nos declamó un par de poemas muy sentidos. Detalle que le
agradecemos por el esfuerzo que realizó aún y a sabiendas que forzaba su propia
faringe.
Recordando a Juan
Carmona, amigo y poeta que este pasado diciembre nos abandonó tras una
enfermedad traicionera, que se lo llevó tras no sé cuantas sesiones de quimio y
radioterapia a lo largo de estos últimos años.
Desde la voz de
nuestro “enterteinement” supimos donde nos ubicaríamos en el bar restaurante L’Escalivada,
que sería sede del desayuno y del almuerzo. El número de mesa y quienes
ocupaban dichas localidades, sin especificar los asientos, que se van ocupando
a gogó_ cuantas carreras hacen algunos_, según van llegando los comensales, lo
que a veces deja separados a personas que juntos hacen la expedición y no se
acomodan juntos en la comida.
Una vez en el
restaurant nos encontramos con el personal del bus número dos, que ellos habían
llegado directamente sin perderse y, ya
ocupaban sus plazas, con un ruido estrepitoso con excesiva algarabía y una alegría
rebosante que ellos dimanaban. A los recién llegados nos costó acomodarnos en
nuestros distritos, por aquello que decimos, el bullicio, el descontrol y la
guasa, pero ¡Sí! Conseguimos sentarnos
en los lugares que estaban libres dentro de las indicaciones que nos había
ofrecido el speaker. Consumimos un buen desayuno, a base de embutidos y de
traguitos de vino que sentaban bastante bien, dadas las horas y la buena
voluntad que poníamos los que colocados frente a las torradas de pan de “payés”
y la butifarra, desestimábamos todo aquello que era intrascendente.
Seguían las
risotadas, el murmullo ensordecedor. Ya sabemos que los españoles, somos
cojonudos para esto. Hacemos demasiado ruido en los lugares públicos. ¡Mucho!
Tanto que por esos detalles también nos conocen.
Después a la hora de
decir las verdades, igual nos acojonamos
y queremos enmascarar la realidad, o por intereses o vergüenza cínica, no somos
capaces de exponer estos y otros conceptos. Con ello, los caraduras sacan
partido. Por ello, como ustedes saben yo cronista, me debo a ustedes y por
ello, aquí lo dejo para que cada uno, lo tome como quiera.
A lo dicho, hacemos
demasiado jaleo. No lo pensamos y cada uno grita lo que puede, no hay falsa
modestia y algunos disimulan pero no lo consiguen. Se nota a cien leguas quien
es riguroso y evita no molestar a nadie y no hacer el ridículo.
El tiempo a pesar de
las prescripciones de la Agencia Estatal de Meteorología, fue muy bueno. No nos
hizo demasiado frío, tan solo temperatura fresquita al llegar a la ermita de la
“Mare de Deu de la Roca”_ Madre de Dios de la Roca_, en lo alto de una montaña
de piedra cobriza, que no nos molestó en los pocos minutos que estuvimos allí en
la cúspide, una vez vimos la cripta y el oratorio, algunos salieron y a otros
les sirvió para invocar sus oraciones, y que las pudieran ejercer con total
libertad y sin prisas. El resto, sentados por las piedras, esperaban a los
creyentes a que saliesen y poder bajar a ver el Museo del vino, en Montbrió.
De lo sucedido en el
bus número dos. Es imposible relatarlo porque no estábamos para hacernos eco.
Una bandada de
estorninos cubría nuestras cabezas, y eso auguraba que la climatología debía cambiar
en poco, lo que nos hizo bajar de la cumbre y dirigirnos por una carretera
angosta hacia aquellos traguitos de vino, que nos esperaban impenitentes.
El mayordomo
principal del Museo “Els Cups” nos esperaba para darnos explicaciones de todo
lo que se agrupaba en aquella exposición, y de verdad que lo hizo con su
impronta y su gracia, dejándonos deambular por todas las instalaciones y dándonos
las pertinentes explicaciones. ¡Eso sí! La famosa coca de “recapte”, reputada en todo el pueblo no la pudimos
comprar, porque la habían arrasado los que estuvieron antes que nosotros. Los ocupantes del bus dos.
Ya una vez se probó
la mistela, el vermut y el vinito del pueblo nos dieron la alerta que el
autocar esperaba a la puerta para llevarnos de nuevo a l’Escalivada”, bar restaurante de la zona Industrial de la
antigua ciudad romana de Tarraco.
¡Menudo Chocho! No se
asusten amigos, es una expresión para designar la alegría, el desorden, la
charanga, la bacanal, que tenían los del bus más alegre de la excursión al
entrar en el recinto. Los amigos del bus dos. ¡Olé! Por ellos, porque estoy
seguro valía la pena ir a su lado y no perderse nada. ¡Vaya meneo llevaban! que ruido tan
absolutamente irracional, que risas, que abrazos, que empellones, que balanceos
entre ellos, que gente más abierta y descabalgada. La franja de los decibelios
permitida se superaba con creces, pero eso que importa cuando se pasa tan a lo
bestia. Cualquiera les hacía sombra. Monumental y épico.
Los comedores y
degustadores de la tan famosa comida catalana de los “Calçots” se pusieron las
botas, y las manos negras de tanto cebollino a la brasa, mojada en salsa “Romesco”
Algunos, y créanme, parecía que no
habían comido jamás de nada en su vida, que estaban hambrientos, que
necesitaban berrear y meterse las cebollas desde lo alto de la frente hasta el
propio gaznate. Tejas llenas de calçots
_ cebollas a la brasa_ iban llegando a
las mesas, parecía que el mundo se finiquitaba aquella tarde.
A comer “calçots” a
comer cordero, a comer de “tó…” y que
nos sorprenda la tarde con algún rumbón. Hubiesen cantado mis amigos los del “Gran
Combo de Puerto Rico” y a fe de Dios, que hubiesen manifestado al final, el
detalle de: “Señora no tiene aspirinas”.
Descoque y vanidad de
algunos, que queriendo emular a los buenos tragaldabas, después se iban cagando
en el autocar porque habían mezclado las cebollitas con las judías secas con
butifarra y se iban prácticamente rilando por las esquinas. De hecho el amigo
que me tocó de compañero en la parte izquierda de la mesa, me puso el pantalón
azul marino perdido de cebollones, de salsa romesco, aceite y de carboncillo de
las brasas, porque además de no llevar cuidado al comer, se limpiaba las manos
donde le parecía. Tanto es que cuando me levanté de la mesa para ir a bailar,
llevaba más manchas en la pernera izquierda que un envoltorio de pescado. ¡Ningún
enfado! Amigos, se ha de disfrutar absolutamente de todo y de todos.
El baile, pues… de aquella
manera. La música amansa a las fieras. Tras haber comido como famélicos, creo no
era la música más adecuada. Aún más ruido y más fervor para los exaltados. Tras
las quejas de los tradicionales, pusieron algún que otro título de música bailable,
y echamos en falta al showman que nos tenía que amenizar la sobremesa.
Realmente, hacía años
no participaba de algo tan ruidoso, alegre, desenfadado, irresponsable,
maravilloso, encantador y desquiciante.
Aunque hubieron cosas mejorables, la gente suele pasarlo bomba con las ausencias de lo lícito, con las bromas pesadas, con los gestos bestiales y con el salirse de madre.
Aunque hubieron cosas mejorables, la gente suele pasarlo bomba con las ausencias de lo lícito, con las bromas pesadas, con los gestos bestiales y con el salirse de madre.
Gracias a Dios, todos
llegamos sanos y salvos a casa, después de haber disfrutado de un día de
asueto, con la risa en los labios y la alegría en el corazón.
¡Eso Sí! …Con seguridad hoy aún están tomando
bicarbonato los que se pasaron comiendo
Calçots y secas con butifarra y los que fueron más vergonzosos y timoratos,
pensando en lo que podía haber sido y no fue.
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