miércoles, 12 de septiembre de 2012

Tiempo rancio


Eran tiempos, en el que comenzar a fumar, sin los permisos de los padres, y hacerlo a hurtadillas, te daba una importancia varonil de la que realmente carecías. El viajar de cuando en vez en el metropolitano para desplazarte por Barcelona, daba aquella enjundia, que se disfrutaba sin  igual. Las piruetas con las niñas y ese comenzar a la vida daban alas.
Las clases en la Escuela Industrial, podían encumbrar al mejor de los alumnos y disimular el orgullo del peor discípulo. Cada día era una nueva historia, y un aprender diverso y distinto, que demostraba a cada cual como se presentaba ese futuro tan cercano y asequible que se manifiesta en la adolescencia.
 
Una felicidad, que después en el paso de los años se busca y se halla en contadas ocasiones. Por mezclarse sin sabores y nostalgias y otros inventos más. Se dice: que el tiempo va colocando las cosas en su sitio. Igual, se colocan ellas mismas dadas las decisiones que tomamos en cada ocasión.
 
Apurabas la semana, escuchando consejos, recibiendo modelos gratuitos. Esos que tan mal se llevan a edades tempranas. Siempre, constantemente viendo presumir a los amigos mayores, en sus ejemplos relatando las aventuras, y  grandezas descriptivas vividas en el ateneo, en el bareto o, en el club de la  ciudad. Se  tendía a exagerar y a presumir con historias suscitadas siempre relativas a conquistas de muchachas, fechorías de faldas infundadas, pero era de ser un “Tío grande”, el llevar aquellas imaginaciones calenturientas y no reales al siempre agradable y fantástico tapete de la conversación, para dejar boquiabiertos a los que aún estaban por disfrutarlas.
Mientras Antonio Machín; ya en su declive cantaba “Angelitos negros “, o  Corazón Loco “, quizás Rudy Ventura, con su trompeta, interpretara “El sonido del silencio”. José Guardiola y sus “cien mil toneladas”. El gran combate de boxeo entre: Cassius Clay y Sonny Liston en la gran Miami Beach; Florida. Ya existían los Heat Parades y las listas de los principales. La música en la juventud siempre ha estado presente, ha sido hilo conductor.
 
Era tiempo de aprender, de asimilar, de comprender, de que te enseñaran, de  engullir información y desenvoltura, de experiencia, de ganas de practicarlo, para ti, en forma de amontonar esa miga, que a la postre darían algún día sus frutos. Para ese entrenamiento, ese rodaje, ese concurso y para que los demás lo reconocieran;  era mayor el premio  que alguien te dijese, esa frase tan sencilla:   “…te felicito, lo has hecho muy bien”.  Que  a veces el propio sueldo, el salario, que como lo habías de entregar en casa, aún no le dabas esa relevancia que tenía.
 
Cuando llegaba el sábado por la tarde, que es cuando comenzaba la fiesta, al salir del trabajo, la madre, esperaba que llegases y recogía el llamado “sobre marrón”, que ella guardaba en ese bolsillo grande del delantal floreado que siempre lucía. Entonces las madres siempre vestían ese uniforme de cocina.
Con suerte ponía en tus manos cinco duros, para que pasaras el fin de semana con tus amigotes. Entiéndase cinco duros, por veinticinco pesetas, o sea 0,41 céntimos de euro. Una birria comparado con la actualidad, los jóvenes por regla general, se quedan con el salario completo, (los que trabajan), comen en la casa paterna, hacen el gasto normal de uno más de la familia y nunca tiene dinero para emprender sus propias necesidades. (No todos son iguales, las reglas tienen siempre excepciones).
Acto seguido, te recordaba que te lavaras las manos, que la comida estaba preparada, tampoco preguntaba que te apetecía. ¡Nada de eso! Si había en el puchero garbanzos, pues eso es lo que comías ¡y gracias!  Ni teléfonos móviles, ni ordenadores portátiles, ni wasap, ni mucho menos. ¡Nada! de lo que se dice ¡Nada!
 
No se conocía la “Generación de los Ni-Ni”  impensable en aquellos años, que no había automatismos, ni máquinas, donde todo o casi todo era manual y artesano. Unas ganas tremendas de agradar y poder disfrutar con lo poco, que entonces te ofrecían los tiempos.
 
Los padres eran los controladores de todo lo que te convenía, ¡Menuda leche! Cuantas veces se equivocaban lo pobres. Un tiempo rancio y sin atalajes, todo prohibido, excepto la misa de doce los domingos, la gula en Semana Santa, la música Sacra en Viernes de Dolor, y el respeto a los mayores. Todo olía a incienso y a pecado. No se les ocurría llamar a su padre: tronco o colega. Podía caerte una ostia de las gordas. Y no había posibilidad de interponer una denuncia judicial por parte de nadie. La educación era una e indivisible.
 
Los payasos, las novelas de la radio, los vecinos rodeando en sus sillas la puerta de la casa, el festival del Mediterráneo, la abuela haciendo calceta en la esquina, el repartidor del hielo, el pago del recibo de los muertos, poco antes de comer los domingos y el sereno. Un tiempo que quedó en la memoria. Ahora imaginarlo, es cosa de trasnochados o de caducos.
 
Realmente, echas la vista atrás, y recuerdas fragmentos de aquellos períodos, los pequeños detalles los olvidas, las realidades banales las pasas por alto, lo menudo ha dejado de ser importante.
 
Si el pobre come gallina: o está malo el pobre, o está mala la gallina. Cuanta miseria marrana, cuanta sordidez, cuantas desilusiones y cuanta mierda. Todo debía tener una coartada, a veces muy a menudo; lo que dijese el cabeza de familia, se hacía, sin más atenuante. Aunque no fuese lo mejor. Si él lo decidía, iba a misa. Ya podías justificar, ya podías demostrar, que a falta de preparación no les ganabas, y esas condiciones les hacían ser más analfabetos todavía.
 
Hoy mismo, estoy aprendiendo, al cabo de tantos años, me fijo, y descubro, que estoy siendo de nuevo meritorio, y tengo la misma ambición por saber, por conocer, por disfrutar, como cuando imberbe iniciaba mis primeros pasos en el auténtico mundo, el real. Una vez concluías y salías del cascarón de la ilustración, cuando incluso comenzabas a pensar por ti mismo, y tener ya tus propias opiniones, que con la ayuda del hábito ayudó a edificar la zona oficial del intelecto.
 
Dar gracias a la vida que algo ha cambiado. Quizás siempre haya sido más sencillo ¡De cambiar nada! solo las personas son las que son desiguales y diferentes, con más variedad de tonos y a lo mejor más humanos e inmediatos.
 


1 comentarios:

FERNANDO DI FILIPPO - HABÍA UNA VEZ dijo...

E X C E L E N T E !!!!!!!!!!!!!!!

Pd, A nusttra edad no se puede dejar de leer y leer sabiendonos allí en el texto.

TE FELICITO Y
GRACIAS POR ENTENDER QUE DESPUES DE LOS 55, TAMBIEN TENEMOS CORAZÓN.

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