viernes, 27 de febrero de 2015

Artimañas




Érase una vez un galán que huyó de su tierra, allende los mares, buscando fortuna, o quizás intentando quitarse el hambre no solo de sed, desterrar el apetito de tantas cosas que le faltaban.

Sin documentos, sin permisos de trabajo, sin tarjeta de la seguridad social, sin ganas de prosperar, sin ilusiones, sin papeles y sin donde caerse muerto.
Como no tenía ni oficio ni beneficio, ni ganas de ser útil a la nueva sociedad a la que intentaba pertenecer, lo más fácil y natural fue no buscar trabajo y dedicarse a dar lástima. Ejercicio y esfuerzo demasiado pesado y serio como para que diese frutos inmediatos, dirigiendo sus arranques a la recreación y seducción íntima.

Contando con su descaro, su facineroso cometido y sus trazas de don Juan, fue a consagrarse a lo más sencillo para los que no conocen la vergüenza. Enamorar a las mujeres faltas de aquello que le llaman cariño, amor, o sexo.

Sabiendo que esa repercusión le daría como mínimo gozo, además de sacarle de las penurias fisiológicas más acuciantes.
Si lo conseguía, ganaba un cobijo donde poderse refugiar, alimento para vivir y placer nocturno al retozar.

Necesitaba hacerse de un halo de buena persona, conseguir una aureola de: tipo sin suerte, y con ganas de prosperar en esta vida tan cruda, que le había tocado vivir, tan a pelo y tan alejado de lo primordial,  que los demás vieran que buscaba denodadamente una ocupación para integrarse en esta sociedad, para servirla y no para medrar.

Otro engaño más de los muchos que usaba, como comediante patético y como tramposo profesional. Con ello practicaba una serie de secuencias y de improntas que a la gente conmovía. Pasar por las iglesias y santiguarse, ser empalagoso hasta lo indecible con los ancianos, poner cara de agradecido aunque le estuvieran pisando, darse golpes de pecho al oír una blasfemia. Detalles que a los inmutables pasan inadvertidos y a los que buscan cariño o misericordia, reflejan.

Ante la imposibilidad inmediata, tampoco se podía presentar en ningún sitio a pedir ayuda, sin haber conseguido trabajo, por lo que se las ingenió para ocupar momentáneamente su tiempo en unos almacenes de materiales para la construcción, refugiado además por unos patrones indecentes, que sin seguro y sin contrato le permitieron ganarse unos dólares cargando y descargando camiones de cemento y mármoles de Carrara.

Todo le era válido para su fraude, urdiendo un engaño que iba creciendo día a día, timando a toda mujer que se pusiera por delante, y que le advirtiera aptitudes de ser candidata a su beneficio.

Aunque las pobres elegidas no fuesen atractivas o guapas para su gusto, eran admitidas todas, a pesar de los pesares, orondas, flacas, desagradables, impertinentes, poco aseadas, damas indeseables, jamás les daba un desaire y se entregaba a seducirlas.
El requisito indispensable era, que tuviesen trabajo, vivieran  solas, y poseyeran un carácter flojo y de fácil manipulación.

Se cuidaba muy mucho de sacar a lucir y airear alguno de sus vicios; vago, bebedor, jugador, adicto a las hierbas alucinógenas, ya que la licencia de depravado con las mujeres, a pesar de imputársele como otro vicio, intentaba disimularlo y lo usaba con cierta maestría, explotándolo sin dejar huella, sobre todo a las señoras que efervescentes esperaban aquellos requiebros y favores que necesitaban y que él distribuía y gastaba.

Frases estupendas, preciosas, dichas con aquella melodía criolla que imprimen los engatusadores, y que tanto gusta. Miradas de consuelo, mohines de gratitud y toda una serie de acentos dichos en lenguaje no verbal que se suele utilizar en el teatro y en los burdeles.



Hasta que conoció a Matilde,  una mujer sencilla que la vida le había dado más arena que ceniza de placidez y que ésta no dudó en poco tiempo llevarlo a su casa, instalándolo a cuerpo de rey, para que la transformase en una asistenta de sus afanes sexuales, orientándola en todas las posturas del Kama Sutra, le baldeara la ropa, guisara a su gusto, llevara la cruz de sus discrepancias, distanciarla de sus hijos y demás familia, paseara sus perros en las noches crudas de frío, mientras él se resguardaba de las inclemencias y pudiera tratar como le venía en gana en los aquellos momentos en los que ni él mismo podía soportarse por su carácter maléfico y asqueroso.

Sin escuchar, sin querer oír aquellas voces de sus amigos, que le decían a Matilde todo lo que le podía sobrevenir, dibujándole la realidad y descubriéndole que debajo de aquella piel de cordero, se escondía un redomado, un embriagado de crueldad y de inercias nefastas. Un tipo corrosivo, que a cambio de un polvo, de un revolcón y un orgasmo cuando a él le pareciera, le separaría de todo vínculo afín, amigos, trabajo, normalidad y paz.

Todo lo que le pronosticaron se dio, punto por punto y copa tras copa.

Embustes, engaños, poco trabajo, tratos indeseables, desvío de dinero a otra familia existente que tenía en su país, y que jamás confesó.  Hasta que fue pillado en una de esas actividades.

Cuando Matilde estaba distraída con amistades pasándolo en grande, él creyó en su confianza de seductor, que nadie le descubriría mientras cometía otro engaño, otra infidelidad propia de sus costumbres innatas.

Cuando intentó follarse sin que nadie se percatara a la chica de la barra y mira por donde esa muchacha tenía novio y le partió los dientes. El mal rollo que dejó a Matilde y a su familia todavía colea.








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