Mostrando entradas con la etiqueta capitulo tres. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta capitulo tres. Mostrar todas las entradas

viernes, 25 de marzo de 2011

Me bajo en Triunfo... Capitulo 4º Fin de la Parte Primera



Capitulo 4º Desarrollo Creciente

Me bajo en Triunfo




Su inconsciente le sumió en el más profundo de los recuerdos...

… (((""Había llegado de bregar, aquel sábado por la tarde, una emergencia le mantuvo ocupado cuasi todo el día. Antes de alcanzar su domicilio, llenó el tanque del coche de carburante, dejándolo estacionado en su propia calle, cerca de su residencia, sin la precaución por falta de costumbre de desactivar la bobina de arranque, accesorio que se hizo instalar y que no lo utilizaba porque, creía que las contrariedades de robo, sólo le suceden a los demás.
Las fiestas Mayores de la ciudad estaban en pleno apogeo y los carruseles de los errabundos a todo tren, la gente hechizada con la situación y aprovechando el buen tiempo reinante, salieron aquella noche a festejar y disfrutar como cualquiera, caminaba con su esposa del brazo, haciendo planes quiméricos, de esos que siempre se plantean y nunca o casi nunca se cumplen. Esperando pasar una buena noche de distracción, con los amigos, charlar de mil cosas intrascendentes y sin calado, precisamente para poder disfrutar de la libertad de pensamiento y ayudar un tanto a las preocupaciones laborales y familiares que sin duda, dejan marca en toda persona que se precie.
La música sonaba, con gran estridencia, no dejando dormir ni siquiera a los que tenían ese deseo, pero se perdonaba casi todo, por celebrar aquellas fiestas que llegan de año en año.
Después de saborear todo aquel variopinto y escandaloso jaleo y de advertir como la gente se gastaba parte del sueldo en las tómbolas ambulantes, como si de obligación religiosa se tratara, reír con algunas situaciones jocosas y ver cómo bailaban las parejas hasta la extenuación, la tan traída y llevada melodía de moda, “ Macarena “, con sus cadencias rítmicas, sus movimientos alegres y sus gemidos sonoros ¡¡ “ AHUU ” !! . Dándose alegría a su cuerpo como tonada de la canción, volvieron paseando hasta su domicilio de retiro.

Era tarde cuando regresaban a su vivienda, disponiéndose a descansar, después de todo aquel ambiente festivo. El sueño desconectó sus cuerpos y sus mentes, el reloj no había recorrido demasiado trecho, tal vez cuatro vueltas el minutero corto, cuando… Sonó el teléfono, sobresaltado y soñoliento tomó el auricular.
_ ¡Dígame!
_Buenas noches; _Es usted…
_ Sí;.. ¡Diga!
_ Soy el Sargento de la Guardia Civil.
_ ¡Que ocurre! _
_ ¿Usted, es propietario de un vehículo blanco? …con la matrícula…
_ Si, lo soy, es de mi propiedad.
_ ¿Ha prestado esta noche el coche a algún amigo?
_ No,… lo tengo, aparcado cerca de mi casa
_ Aquí, me dice un fulano, que se lo ha prestado
_ ¡Que fulano, es ese! _ ¡Pregúntele, si también les he dejado las llaves!
_ Me parecía extraño; se lo refiero porque, tienen debajo del volante todos los cables despanzurrados, con el puente hecho y han roto la dirección; ¿No lo ha prestado, verdad?
_ ¡Oiga, está de broma!
¡No he prestado el coche a nadie, me lo han robado!_ dijo el hombre, aún adormitado y ya fuera de sí, intentando comprender y recordar detalles a marchas forzadas.
_ Lo suponíamos, por ese motivo le hemos llamado, para asegurar y al tiempo avisarle _ El guardia civil apostilló
_ Desde cuando, lo ha encontrado a faltar.
_ ¡Oiga! No lo he encontrado a faltar en ningún momento, ayer tarde, lo aparque en la zona de mi calle, cerca de mi domicilio y hasta ahora.
_ Bueno…, no perdamos tiempo y preséntese cuanto antes en la Jefatura Central _ inquirió el guardia.
_ ¡De acuerdo! _ Llegaré todo lo rápido que pueda, pero comprenda que me queda bastante alejado ese lugar.
Arruinado el descanso, con celeridad se lanzó de la piltra, metiéndose en la ducha, para aclarar ideas y a la vez despabilarse, después del atropello inesperado. No sabía si era realidad o imaginaba la desdicha.
Los juramentos en prosaica llegaban a las nubes, no daba crédito a lo que le sucedía… “También se ha de tener mala leche y desgracia, con tanto coche artificioso y cojonudo que existe. Yacentes en cualquier esquina, esperando caña y excitación a manos y pies de esos jodidos ladrones exaltados que además de fastidiar a los propietarios, desafían a la policía, con tanto descaro. ¡Ahora normal! Entran por una puerta y les dejan salir por otra. Pues… mira, lo cachondos que son… van y se fijan en el mío, que es de lo más corriente y sencillo.”_ Pensaba con angustia, después de estar plantado en el suelo y haber concitado toda clase de suposiciones, de injuriar a todos los rateros en general y al que lo fastidió en particular.

Partió de su casa vertiginoso y veloz como el lanzamiento de un obelisco a manos de Sansón, caminando con ligereza en busca del ferrocarril que le transportaría aquella madrugada a la Jefatura, de la ciudad colindante, la más alejada posible, la que correspondía al sector de la población donde habían detenido a los delincuentes en la redada; allí le esperaban, aquellos policías, para hacer el atestado y tomar declaración.
Descendía precipitadamente las escalinatas vecinales intentando apurar al máximo. A esa hora temprana y en esa época, los días están levantados, no presidía todavía el sol, pero las luces diurnas acompañaban a las farolas del barrio. Anduvo con zancada doble, casi corriendo, viajaba por las calles, sin notar la mucha pronunciación y los desniveles, ayudado por la prisa y el peso del cuerpo, llegaba al apeadero.
El trayecto fue de lo más ingrato, ya en la estación, el tren tranvía, no llegaba, al preguntar el horario a la vez que adquiría el pasaje, no entendió al empleado y no quiso reparar en detalles. De pie, esperaba al convoy que no podía retrasarse. Las luces artificiales permanecían encendidas, a pesar de beneficiarse de las claras del día. Los pocos pasajeros que iban en aquel rumbo permanecían atentos en el andén. A juzgar por el termómetro y la hora, la jornada sería de mucho sofoco. Notó el cuello muy tenso, por la presión sanguínea que soportaba, debido al esfuerzo y la diligencia que había usado para llegar. Los minutos se le hacían interminables, al rato escuchó el pitido de la expedición y se apresuró a tomarla, en aquel vagón no iban más de cuatro o cinco personas todas ellas de poca edad, volvían de disfrutar de la noche del sábado, costumbre ya muy arraigada en nuestra sociedad, además de haber sido festivo por los festejos Patronales que acostumbran a ser muy celebradas. Repasaba a los individuos del tranvía, los imaginaba con curiosidad, como queriendo averiguar de dónde provenían o hacia qué lugar se dirigían. Los analizó uno a uno, ninguno de ellos le hizo el mínimo caso.
Cada cual estaba en lo pertinente, posturas de tranquilidad, caras de sosiego, cuerpo relajado, adormecimiento en el rictus, contrariamente lo que registraba el suyo, despierto y cabreado, interpretó que tenía que serenarse y retomar la calma para poder tramitar todo lo que debía.
Se apeó en la estación más aproximada al Acuartelamiento y como no sabía nada de aquel contorno, ni dónde se encontraba el reducto, preguntó al jefe de estación en qué dirección más o menos quedaba la plaza fuerte, escuchó atentamente las explicaciones y anduvo durante más de veinte minutos por entre callejas y paseos hasta llegar al lugar de destino. Todo estaba en calma, la mañana era hermosa si hubiese podido disfrutar de ella, pero todos los detalles estaban de más, iba cegado, con una idea fija y en sus adentros pedir a la providencia que además de suponerle un coste monetario prudente, no le fuera a acarrear otros gastos y dispendios amén de las complicaciones que podían sucederse.
No se cruzaba con nadie en su paseo, en su cabeza aún retumbaban las notas de la “macarena “, y el ¡Ahuehué! Pero, no podía darle “alegría a su cuerpo”, estaba ciego de rabia, era temprano y en la calle no había gente, normalmente en día festivo se duerme hasta bien entrada la mañana, los bares y tascas estaban cerrados, tampoco podía tomarse algo calentito para romper aquel ayuno obligado
En la puerta del fortín, tuvo que identificarse y le acompañaron dentro, escoltado por dos guardias llegaron a unas dependencias amplias, el trajín que había, reflejaba que durante toda la noche se había tenido meneo con los amigos de lo ajeno, trabajado para mantener el orden, y los expedientes y detenciones eran evidentes. Al poco le estaban atendiendo, luego le hicieron un gesto para que esperara en la sala contigua y cuando fuera menester le llamarían.
El mundo, y particularmente su vida le paso por la cabeza en treinta segundos, ocurriéndosele que sería de él si se transformara la oración por pasiva, las propias dudas y la falta de conocer ese mundo le hacía estar inquieto, en eso estaba cuando le llamaron.
_ Haga el favor de pasar_ Le ordenó una voz rotunda.
Al comenzar la marcha, observó a la izquierda, en una sala adyacente, al delincuente que había usurpado su propiedad y su descanso, este individuo como si la cosa no fuera con él, estaba soportando con cinismo la presión de un par de civiles, que lo sometían a un tercer grado. Sus miradas se cruzaron en un lapsus cortísimo de tiempo, pero ambos sabían que se volverían a encontrar en algún momento.
Dentro de aquellas inmensas dependencias, un furgón especial, lo recogió y lo guiaron dónde estaba aparcado el vehículo, a lo lejos lo divisó y no pudo por menos que clamar un desaire, onomatopeya vulgar que le salió con dolor del alma. Le invitaron a descender del vehículo y ordenaron que repasara los objetos personales y viera si encontraba a faltar algo.
La dirección quebrada, las puertas violadas, suciedad en el tapizado, restos de alimentos en la moqueta, cables desmayados en amasijo de escoria, detritos y restos de basura. En condiciones de pena se encontraba aquel vehículo que sólo hacía unas horas había cambiado de aspecto, desde que se vio afectado por ese suceso, una vez reposaba aparcado cerca de su albergo.
El agente lo miraba, con cara de comprender lo que estaba pasando por su interior, impertérrito y sin dar muestras de compasión preguntó
_ ¿Le falta algo? _ Mirándole descaradamente con postura de corsario.
_ ¡Oiga! Usted cree que puedo meter las manos ahí y revisar si falta algún objeto personal_ dijo el hombre dirigiéndose al guardia
_ No tenga apuro, ya lo hemos escrutado nosotros y no hay nada que le pueda comprometer_ Asintió el escolta.
Aquel ciudadano, con movimientos torpes empezó a escudriñar lo que creía tenía horas antes, pero su mente iba a una velocidad superior que sus manos, y se movía en el interior del coche como si fuese la primera vez que se hallaba dentro de aquel cacharro, porque el coche había quedado en un verdadero amasijo de cachivaches destrozados y enredados, suciedad interior y exterior de la carrocería, cintas de casete por el suelo pisoteadas, papeles y documentación desorganizada. De pronto observó que las manos le sudaban, los cabellos los tenía erizados y su cara, al encontrarse con el espejo retrovisor era la propia de un enajenado, de un loco. Dejó en aquel instante de revisar y le comentó al guardia, que lo observaba con mucha atención a cuatro o cinco pasos.
_ No veo que falte nada…
Con un gesto de su mano derecha, le indicó que volviera a subir al furgón, para dirigirse a las oficinas y poder atestiguar.
_ ¿Le es muy necesario el coche? _ Preguntó el policía, por entrar en conversación y relajar un poco el estado de aquel hombre.
_ No se trata de eso, este cabrito me ha hecho la Pascua.- Dijo indignado.
El guardia, ya no preguntó absolutamente nada, dedicándose a conducir aquel vehículo hasta la puerta de acceso al edificio.
Mientras esperaba en la recepción, oía voces que salían de una puerta entre abierta que daba al final del amplio corredor; una típica sala de tormento muy iluminada por la luz natural del día que entraba por los grandes ventanales.
Ya estaba sereno, le había bastado aquel tiempo para comprenderlo y dejarse llevar por el destino inmediato, por los sucesos que se iban precipitando uno tras otro, pero por fin paró atención a unas palabras en tono grotesco y violento.
_ ¡Te repito si conducías tú! _Sonó una voz gruesa y bravucona.
_ ¡Si no contestas, peor para ti, te lo repetiré toda la mañana! _ siguió preguntando aquella voz varonil.
Al punto y fue lo que le hizo prestar curiosidad inusitada, un estruendo producido por una soberbia bofetada que estalló en la cara de alguien. - el chasquido fue escandaloso
_ ¡No me pegue! Yo no sé nada _ respondió alguien, que por el timbre de voz, debía ser un hombre joven.

En ese instante apareció un guardia, alto tocado con gorra de tela y visera, de color verde oliva, invitando al afectado a acompañarlo, se levantó y comenzaron a recorrer aquel pasillo tan iluminado, al pasar frente al laberinto dónde provenían los tortazos, los sonidos y el vocerío; miró y observó a un chaval de aspecto deshilachado, con cara de no haber dormido y con el pelo desbaratado de las sonoras púas que estaba recibiendo. Las miradas se entretejieron y comprendió ahí que era el bandido que le había obsequiado con aquella experiencia. Le reconoció con exactitud, era el mismo tipo que había visto con anterioridad y que estaba recibiendo aquella presión desmedida, aunque él, mantuviera cínicamente su tesitura.
Accedieron a un escritorio reducto donde aguardaban tres uniformados y le ofrecieron asiento, el que le había invitado a acompañarle, se posó frente a una máquina de escribir y colocó una cuartilla de formulario de denuncia comenzando a preguntar por el suceso. Sus compañeros oían la declaración, que se iba desarrollando pregunta tras pregunta, mirada tras mirada.
_ ¿Cuándo ha encontrado a faltar el vehículo?.- preguntó el mecanógrafo
_ De madrugada me han llamado ustedes, diciéndome la noticia, realmente no lo he echado en falta _Respondió el interrogado
_ ¿Cuándo lo aparcó, a qué hora?
_ Ayer por la tarde, cuando llegué de trabajar, lo estacioné frente a mi domicilio.
_ ¿Conoce al sinvergüenza ese? - Haciendo un gesto despectivo y alargando su dedo índice hacia el bufete de donde salían los quejidos.
_ Es la primera vez que le veo, y me gustaría fuese la última_ adujo el hombre.
El guardia hizo un soslayo y asintió con la cabeza en sentido negativo. Se suponía que no sería la última vez que se lo iba a echar en la cara. Sacó los impresos de la máquina de escribir y poniéndoselos delante le indicó dónde debía firmar. Una vez rubricados los recogió y de nuevo le preguntó.
_ Quiere denunciar este asunto, de forma particular _ Pregunta el gendarme.
_No…, _ Declinó el ofrecimiento y siguió.
_ Este individuo ha tenido los papeles de mi domicilio en sus manos y no quisiera tener más problemas en el futuro con él.
_ Sígame, por favor.- levantándose el guardia y haciendo un ademán para que le acompañara.
Penetraron en el recinto dónde estaba el proscrito, con sus dos interrogadores. El abogado de oficio hacía poco que había llegado y daba ya instrucciones al inculpado con tono muy reservado y casi sin que los demás pudieran oír sus palabras.
Todas las miradas fueron hacía los que acababan de entrar, el agente alto con la gorra de tela y los papeles en la mano preguntó si había cantado y en el acto el abogado replicó dirigiéndose a su defendido que no dijera nada. El hombre y el ladrón se miraron con firmeza, como haciendo un pulso de valor, el comerse con la vista de desprecio y de asco que estaba recibiendo el rufián, no pudo aguantarlo por más de cinco segundos y fijó sus ojos en el suelo.
Uno de los policías que estaba haciendo el interrogatorio, preguntó directamente a aquel hombre, que estaba a punto de atacar al cuello de aquel sinvergüenza y mentarle la madre.
_ ¿Tiene que alegar alguna cosa? _ la voz era la misma, que minutos antes había amenazado con energía al revienta coches
_ ¡No! _ Respondió el hombre con desprecio. Observando al terrífico con ganas de escupirlo
El carabinero que le había tomado declaración, se lo llevó del brazo saliendo del lugar con rapidez sacando a aquel hombre que se iba a descompasar de un momento a otro, mientras el hacedor del entuerto seguía sentado esposado con las manos en la espalda, habiendo recibido más palos que una estera, tranquilamente y queriendo demostrar que no era causa de molestia.
Imposible que le sirviera de escarmiento, se reía y burlaba de todo lo que oliera a legal. No había cumplido más de veinte años pero la cara le delataba que era un redomado y detestable sinvergüenza. Su presencia podría describirse como un vividor que yace fuera de la ley, tostado, flaco y espigado, con zapatillas deportivas y tatuajes en los brazos, labios pulposos y dientes agudamente descuidados, pelo muy sucio y sin afeitarse los cuatro pelos en guerrilla que asomaban por sus asquerosas mejillas. Falto de educación y de modos, lo que se dice un malhechor en potencia y futuro homicida, un chulo pendenciero, un engendro de la alcantarilla. Sin duda, era un funesto miserable, que se había ejercitado en las calles, revuelto con vicios y barbaridades propias de una conducta depravada. Un esqueleto de penitenciaría.
Cuando le detuvieron estaba bebido. Pasaba por uno de esos controles que habitualmente hacen, sobre todo en las madrugadas de los festivos y en la precaución de evitar algunos accidentes mortales que suelen darse en la juventud a la salida de bares y discotecas. Detuvieron el vehículo, para someter al conductor a la prueba de la alcoholemia.
Por fortuna dieron el alto precisamente al coche blanco, ya que la cadencia de revisión supuestamente era de dos o tres automóviles verificados y otros pasaban el control sin ese ensayo, el destino de la vida hizo que se fijaran en aquel golfo que pasaba por allí en aquel preciso instante.
Le hicieron soplar por la boquilla plastificada que porta el medidor de alcohol en la sangre, dando positivo. Ahí estuvo el punto culminante de que su dueño pudiera recuperar lo que le habían robado y experimentara en su piel una sucesión de sinsabores.
El capricho de la casualidad permitió que el bandido, quedara bajo la tutela de la Guardia Civil, por actos reprochables que nunca se olvidan y que sus repercusiones estuvieran dando aquellos frutos."")))
Al cabo llegó la realidad, dejando pensamientos que no había vuelto a tener desde que recogió el coche ya reparado y completamente en orden, quiso despejarlo de su mente, lo había logrado hasta ese preciso instante, en el que debía permanecer allí presente para complacer a las leyes como dañado principal de la incoación.
Para aquella niña de tan corta edad era demasiado larga la espera, su madre no sabía cómo adaptarla a una postura más cómoda, en busca de que no le diera más complicaciones y pudiera dar vía a su actuación. Habían recorrido el pasillo de punta a punta varias veces y la intranquilidad de la pequeña se iba haciendo patente, ya bien sea por calor, hambre o profilaxis.
Le interesaba detallarse delante de cualquiera, pese a que para conseguirlo tuviera que hacer padecer a aquella criatura; Además del teatro y de la exteriorización que había hecho deambulando el corredor a modo de pasarela por entre todos los allí presentes, iba proclamando la clase de cortesana que era y lo poco que le importaba el bienestar y atención de aquella infeliz que bien podía haberle evitado aquel suplicio dejándola custodiada con algún pariente, mientras ellos resolvían sus cuitas.
En el marginal del corredor, se oyeron el chirriar de unas puertas, que además de sucias no las tenían nada engrasadas, tal era el desaliño del lugar dónde se deliberan y solucionan pleitos que en la balanza que es sostenida por la figura que representa la “LEY” como símbolo de justicia, habían machacado una colilla. Sensación de suciedad, de falsedad, de asco. No se podía relacionar aquel lugar, con lo sagrado que debería ser el cumplimiento del deber, de las leyes, el orden de las cosas y el donde dirimir las diferencias obligando a pagar a los responsables de tales actos y resarcir a los afectados.
El que no es visitador habitual de esos Palacios, tiene constancia de estos trances por las películas, considerando los relatos dónde insignes abogados avispados, dan el cambiazo a la certidumbre y resultan ser los criminales los indultados y los pobres e indefensos inocentes, los viles homicidas que están fuera de la implacable rectitud y les cae la máxima condena. El hombre del traje claro y el telegrama por un instante llegó a pensar que lo que estaba haciendo allí era perder el tiempo, eso que a aquella gente les sobraba y no sabían cómo ni en que gastarlo, si no era en maldades y en historias nefastas que le complican la vida al ajeno.
Por ventura para el género humano gran parte de nuestra sociedad, se dedica a tener otra clase de hábito, ni mejor ni peor, de otra índole, que no necesita codiciar las pertenencias de sus vecinos para subsistir, que le preocupa tener salud para poder seguir cumpliendo con su trabajo y su familia, que quiere llegar a final de mes sin necesidad de derrochar lo que no tiene, la que de vez en cuando ríe, disfruta y se siente feliz por el hecho, de distribuir lo cosechado con honra, la que ve crecer a sus hijos y encanecer a sus padres, la que no necesita del forcejeo para usurpar lo ajeno, que retribuye sus impuestos, para que este dispar subgénero de gentuza pueda delinquir y como término mantenerlos.
¿Dónde iremos a parar con tanta mentira? _ Se estremeció de su elucubración, mientras aquellas puertas volvían a crepitar, tras haber salido Don Ricardo y su comitiva por un lado y los padres de la niña con su legista por el otro, una parte ocupó la diestra y la otra a la izquierda del pasillo, del amplio y sucio pasaje, que por aquellos instantes no se podía respirar de tanto humo y tantas toxinas como contenía, cualquier ecologista que hubiera medido la cantidad de microbios por centímetro cúbico hubiera hecho desalojo inmediato, por el degrade del ambiente.
Don Ricardo trataba de hablar, no le dejaba su defendido, además el verbo no le fluía como antes, estaba bloqueado parecía no haber quedado demasiado satisfecho. El truhán andaba desconcertado y como no se podía esperar de otra manera, su afectuosa, lloraba amargamente sin escaparates ni ruidos, las lágrimas le resbalaban por las mejillas, siendo tan destacadas y llevando tal cantidad de amargura, que cualquier observador vería. No las usaba como recurso, del que se reparten en los entierros de compromiso, eran auténtica desventura e innegable estado de ánimo.
El sujeto rubicundo, trataba con sus brazos de arroparla en sí, pero, tenía que decir tantas cosas en tan poco tiempo, que la abrazaba y la dejaba, pareciendo más un zarandeo que un acto de piedad y de misericordia. El doctor en leyes no había conseguido lo que se proponía y como a todo facultativo que se precie, fastidia el fracaso. Quedó bloqueado su magnetismo y registraba endeblez en su mirada imprecisa y perdida, queriendo adivinar alguna frase manida para resolver aquel dilema, fumaba como siempre, no dejaba de hacerlo, pero no le apetecía nada, ya eran actos reflejos, quería que todo finalizara.
El bribón después de todo lo que adujo, justificaba pobremente su destreza, argumentando banalidades, como insistiendo en su inocencia. Trataba de camuflar una vez más los sucesos con engaños hacia su propia compañera. Respiró, mirándola y viéndola hecha una indulgente y humilde mujer. Abandonando su grotesca y falsa postura en quebranto.
Habían llegado a un acuerdo los dos abogados y eso no fue lo que el juez sentenció. En el poco tiempo que llevaban hablando en ese encuentro, que se celebró tras salir del juicio, se amontonaron tres colillas más del letrado, y como aquel que quiere desaparecer sin dejar detritos en el barbecho, con mucho sigilo tomó su equipaje que instantes antes había apoyado sobre el terreno junto a su pié derecho, comenzó a deslizarse y silenció su presencia como aquel que no quiere la cosa.
En el lado opuesto Ponce, la adulta de los pechos de silicona y la niña que por fin se había dormido, escuchaban atentamente al ramplón que les había representado, todos parecían conformes y satisfechos y todos entendían la jerigonza que les estaba largando, dilataron su marcha y dieron preferencia al grupo perdedor a salir del Palacio de Justicia
La desconsolada llorona agarrada a su querido, esperando aconsejar y tratando de que se sintiera amparado salía del pasillo, el testigo que habían aportado a la vista, andaba de prisa delante de ellos tras haberse despedido fugazmente, no había abierto la boca en todas las horas que estuvo sentado en aquel banco.
_ ¿Habría sido obligado a testificar? _ ¿Sería amigo de aquel truhán y sinvergüenza?
_ ¿Estaba tan harto de escuchar mentiras y por eso corría tanto?
No se sabrá nunca jamás. Desapareció entre el tumulto de la gente de aquellos juzgados mucho antes de lo que nadie se hubiera imaginado.
El doctor en leyes Don Ricardo, les hizo de mecenas hasta la puerta de aquel ascensor y cuando se cerró el acceso tras haberlos despedido, dio una vuelta completa a su alrededor, se le vio que respiraba profundamente y como no, encendió el enésimo pitillo, tomando las escaleras y marchando de aquel lugar sin compañía alguna.
¿Sólo y tranquilo? ¿Sólo y preocupado?.. _Había ejercitado un trámite más en su carrera.
Como en la galería, ya no estaban los agentes de la seguridad que tanto aprecio le daban a las posturitas que ofrecía la mamá de Rosita y andaba más preocupada por la sentencia de la parte contraria, sólo tenía orejas para escuchar las explicaciones del togado bajito y gordinflón y parecía que con la resolución se habían dado por satisfechos.
Aquellos tutores, que no intentaron evitar llevar a su nena de meses a su primer juicio, estaban encantados con su representante, dándole efusivamente las gracias y todo un sinfín de agasajos.
En esta vida la experiencia es como un oficio, y quién sabe si con el tiempo, todos estos escenarios no son habituales para Rosita y, un atajo abonado para la tal señorita. Con las divinas enseñanzas que se presupone le dará su mamá, con los escenarios de los antros y los consejos de su papá. Acaso si sale tan jovial y tan jocunda como la madre, no le costará un ápice el aprender las cuatro reglas de los putiferios con inusitada perfección.
Se perdieron tras sus pasos, por el fondo del pasadizo, caminando cansinamente con la compañía del abogado, que este si tomó el ascensor con la pareja y la niña.
Se deben preguntar las paredes de la Sala Cuarta de lo Penal _ ¿Hasta cuando no tendremos el gusto de volver a considerar vuestros desmanes?
En el pasaje, todavía se encontraban algunas personas entre las cuales se hallaba el hombre del indumento claro la libreta de mano y la circular, ya hacía rato estaba sentado entre los policías, que de vez en cuando se upaban y se desplazaban inquietos, como si quisieran ser más intérpretes que los propios encausados. Aquel corredor gradualmente se quedaba vacío, fue cuando volvió a aparecer el oficial de juzgado, designando a un tal Francesco Losé, como procesado. A los guardias desde su número de identificación interno y al hombre del traje dril, que ya estaba preparado cuando comenzó a escuchar a quien se invocaba. El con causado no aparecía y todos se acercaron al oficial, en aquel instante y por la causa confirmada de no comparecencia del delincuente, se suspendía la vista hasta nuevo aviso.
Los guardias ya barruntaban algo, pero aquel hombre preguntó con desconsuelo que si debía volver a presentarse de nuevo a juicio.
_ ¡Perdone! ¿Si…este fulano no se presenta, que ocurre? _ Preguntó el hombre del traje trigueño
_ Volverán a ser requeridos por citación, en cuanto sea localizado, por busca y captura _ Contestó el oficial
_ Pero, esto no puede ser, tanto ir y venir, así podemos estar toda la vida _ Argumentó el hombre.
_ Caballero, las leyes están así y ni usted ni yo, las vamos a cambiar, por tanto no tengo más que decir _Siguió arguyendo el oficial.

Se miraron los guardias y el testigo y se hicieron el clásico gesto con los hombros como… diciéndose recíprocamente. No hay nada a pelar. Todos; penetraron en el despacho de la ayudante del oficial y solicitaron un volante de presencia para acreditar su permanencia en aquel tribunal. Mientras esperaban el resguardo, uno de los agentes le comentó al afectado, que ya estaba hasta las napias de todo lo que olía a legalidad.
_ Ya le he comentado que imaginaba, se suspendería la vista _ El guardia del pelo engominado, le hablaba muy de cerca y con mucha calma, observándole con avidez.
_ Esa sensación, que ha tenido, debe ser experiencia profesional o quizás imaginación _ Replicó el hombre, mientras guardaba su turno.
_ Debe estar desaparecido y si no lo cazan a este sinvergüenza, no podrán juzgarlo _ Asintió el compañero, abriendo la boca con una sonrisa que le llegaba de oreja a oreja.
_ Bueno; pues hasta la próxima, que les vaya bien _ Masculló el hombre, dirigiéndose a los guardias a la vez que recibía de manos de la secretaria su certificado de asistencia.
Despedida calurosa, estrechándose la mano y abandonando aquel recinto. Enfilando el callejón hacia la salida, se cruzó con un fulano que llevaba el pelo teñido de color oro, un pendiente como el aro de un barril en la oreja y vestido como si bailara en algún carnaval de país tercermundista. ¿Se…tratara, del sinvergüenza que llega tarde? _Vaciló y redujo el paso, pensando, haciendo elucubraciones para recuperar la memoria de aquel día que le vio sentado en aquella silla, cuando recibía las bofetadas. No coincidían los perfiles, su memoria no le dio la razón se trataba de otro personaje. Siguió caminando, comprendió que aunque se presentara ahora el juicio estaba suspendido y no se volverían a replantear la condición de reanudar la vista.
Utilizó las escaleras para bajar, caminaba y no entendía ni el cómo… ni el porqué. No hace falta ser demasiado largo para ver y comprender, que las cosas de Palacio van despacio y si tenía suerte le invocarían pronto y a lo mejor no le volvían a convocar, porque pudiera ser, dada la trayectoria del interfecto, lo troncharan en un tiroteo, o por ajuste de cuentas le descuartizaran su abdomen con un sacabuche quincallero, tal vez en una esquina resultara víctima en un pico de esos que se colocan entre las venas, para entonar su cuerpo y colgarse como una lámpara. Quizás y rumiando más allá de lo inverosímil le condonaran la pena por haberse redimido.
Salió a la calle después de pasar ante los cientos de casos sin remediar y de las más inmundas ilicitudes. Allá quedó aquel templo repleto de granujas y canallas, que sujetos a lo que su nombre indica, “Justicia”, se resuelve poco y en muchas ocasiones lento. En cuanto al calificativo de Palacio, se conocen establos que están más higienizados.

La brisa le despejó y aprovechó para respirar profundamente con agrado, había agotado otra experiencia de su destino, intentó zafarse de las incógnitas de las últimas horas y, encaramó la avenida esta vez en sentido opuesto hacia sus quehaceres, reanudando los mismos pasos que había hecho hasta llegar al sitio dónde esperaba encontrarse con la LEY y solo advirtió depravación y una infamia abrumadora.


Fin de la Primera Parte " Me bajo en Triunfo" En breves días.  (Continuará…)
novela narrativa de suspense: escrita por E.Moreno
Los nombres de los personajes, los datos de expedientes, los lugares citados no se ajustan ni corresponden a la realidad. Cualquier parecido con los personajes, situaciones o datos, es pura coincidencia.
Otro capítulo publicado de la novela, sucesivamente se iran editanto hasta completar.
Reservado los derechos de autor.



 



miércoles, 23 de marzo de 2011

Me bajo en Triunfo... Capitulo 3


Capitulo 3º Acontecimientos  descriptivos

Me bajo en Triunfo


De satén negro calado; Con lo que demostraba más pícaramente las curvas y redondeces de su tipo. La calidad del vestuario era visible a pesar de la poca tela utilizada en el original y lo inmoderado del indumento. Prototipo de marca reconocida y con elevado caché que por ser únicos, solo lo sabría quien lo había pagado. Del cuello pendía una cadena gruesa y recia con eslabones engarzados y medalla en oro macizo de unos cuantos quilates, la imagen de la Virgen del Rocío, que torpemente tropezaba entre sus tetas.
El mechón recogido en el occipital de la cabeza a modo de cerneja, sujeto con horquillas plateadas, no demasiado arreglado y decolorado, cejas artificiales depiladas, con toque de rímel agresivo dando paso a unos ojos oscuros con bolsas en los párpados, cara maquillada con exageración y su lenguaje de cortas frases y vulgar verborrea. Los labios bordeados por un carmín color ceniza le subía un poco por encima de la comisura de la boca. La portadora del medallón de oro, no era precisamente una seguidora devota de la cofradía de la “Blanca Paloma” Ni cuando la detuvieron estaba de peregrinaje, ofrendando flores a la Patrona de los Romeros.
 Armada en el quicio de aquella ventana, demostraba la poca vergüenza que ofrecía al mundo, su desparpajo pertinaz rayaba lo inaudito, sus poses inelegantes ofendían a su propia persona. Ceñida, más que eso; prieta de indumentaria atraía la atención de cuantos humanos se arremolinaban en aquel perímetro.
Sus piernas no eran precisamente delgadas y curvas como las de “María Sarmiento “. (Por eso cuenta la leyenda que fue a obrar y se la llevó el viento)
En contra del mito popular, a ésta no se la llevaba nadie, si ella no lo permitía.
Enfundadas por unas medias indesmallables brillantes, lucían con privilegio. La dimensión de carnadura que enseñaba era mucha y los que allí esperaban estaban encantados con aquel cuerpo.
Había consumido el pitillo y volvió a su localidad, a repantigarse y asir de un bolso que reposaba bajo su asiento, un biberón repleto de leche ya preparado, que agitó con movimientos cadenciales, mirando a uno y otro lado mientras Rosita estaba ya despierta aún en brazos del pelado, la chispeante se había sentado en la misma plaza que había dejado abandonada, nadie había ocupado el sitial, esperando que de un momento a otro la cristiana de la exhibición se aposentara. No se pestañeaba, todos absortos, listos para ver el desarrollo de los próximos minutos, que prometían ser de lo más cautivador.
Con el gesto menos cuidado y las enaguas más arriba del medio muslo, se preparaba y disponía a dar aquel biberón a Rosita, los espectadores oficiales estaban aparcados frontalmente al banco ocupado por la damisela; seguía agitando el compuesto lácteo que le iba a ofrecer a la criatura. El panzudo ya no hacía fiestas ni ruidos guturales y sus compañeros estaban hermanados junto a él, mirando atentamente aquellas piernas que exuberantes se mostraban desde los tobillos hasta más arriba del liguero, reflejando un panorama seductor. Tomó la niña en brazos y comenzó a darle de comer, mientras veía cómo aquellos gestores de la seguridad ciudadana seguían con sus retinas puestas en el bajo vientre, en la cavidad central y baja del abdomen, dónde podían verse con excelsa claridad, la prenda interior que cubre desde la cintura hasta el arranque de las piernas; unas bragas que mantuvieron complacido a todo bicho viviente y nadie pudo malgastar detalle del nuevo episodio de naturaleza femenina.
Inoportuna complicación cuando unos ruidos estruendosos, hicieron desconectar a los embelesados, porque salían de la Audiencia, la madre del joven de la expectoración perruna. Aquel muchacho de la cara enfermiza, le seguía a unos pasos, la preocupada cómplice que le daba tabaco y consejos, lloraba desconsoladamente pidiéndole explicaciones en la forma que podía y con socaliñas insistentes a la abogada, que se justificaba como una aprendiza de supermercado, sin experiencia.
La tos irrumpió fulminante, ronca y rota haciéndose notar en el pasillo, sonó sus narices con un pañuelo de papel y enjuagó el sudor frío de su frontal, interesándose en el comentario de su representante.
El compañero; …aquel zagal de las piernas enormes, que controlaba no hacía mucho su proceder, se mostraba algo más alterado y pensativo, su semblante había cambiado radicalmente, después de haber pasado ante él la vara de medir. No prestaba esmero a lo que le cercaba, una humedad fría le brotaba, sus manos temblorosas ayudaban torpemente a secarse la sudación de la cara, su mirada fijada en aquel suelo profundamente hediondo, le hacían ausente, se ajustó las gafas y guardó su moquero, recogiéndolo sutilmente.
La madraza con ojos enrojecidos del llanto, gemía y balbuceaba, sin pretensión de ocultar sus sentimientos, comprendiendo que sería implacable el destino inmediato con su hijo, que a pesar de no tener atenuante, tratara de dulcificar la falta cometida por aquellos desbarbados, inducidos por la sociedad, el vicio y las compañas.
_No es posible, mi hijo fue engañado_ hablaba dirigiéndose a la abogada, esperando respuesta.
_Cálmese, recurriremos, además el auto no ha concluido_ le contestaba la abogada, queriendo apartarla de su camino.
La erudita muy nerviosa, se encogía de hombros y articulaba palabras que nadie comprendía, los dos adolescentes no pronunciaban vocablo, asumiendo la realidad y poco a poco fueron abandonando el corredor, todos ellos como alma en pena, abogada, encausados y acompañante, claramente les asediaba un piélago de dudas y confusiones.
Al salir los policías que hicieron la detención de los susodichos, en un comentario manifestaron que iban a escapar mal, faltaba la sentencia pero que les esperaba, la fría celda.
_La falsificación de documentos y el robo con allanamiento, se paga con creces y más tratándose de personas de tan acuciada bisoñez, la corrupción y el tráfico de estupefacientes les ha llevado a esta situación_ Seguía diciendo el agente.
_Estos dos mozos han entrado en un sendero desatinado, trabajaban juntos en un gabinete de bolsa y falsificaron unas acciones y pagarés que habían sustraído de caja a un alto empleado de la compañía.
Los modismos de aquel grupo de juristas y adjuntos fueron eclipsándose hasta la portezuela de salida dónde desaparecieron
Don Raimundo, que había estado inmerso en el espectáculo que ofrecía la “araña negra“, en su ilustración práctica de intimísima lencería oculta; notabase más inestable, con entradas y salidas a la Antecámara de Vistas, hablando con el blondo teñido. La inseparable, tenía las neuronas rotas, pero en la cara se reflejaba la vergüenza ajena que sentía, el sufrimiento que emanaba, no podía ser camuflado, estaba al límite. En cambio Goyito, parecía simular como un feriante circense, se hubiese confundido con el místico más honorable, engañando al mismísimo ángel del mal.
Su cara de espíritu celestial vendía solemnidad y paz, listo como los aduaneros de tributos, su garbo para el embrollo y su requisito de tener bien pertrechado el encéfalo para delinquir aún le hacía más ignominioso.
_Nadie sabe lo más recóndito de otro si éste no lo divulga o lo revela, _ Meditaba aquel varón que no perdía el filamento de lo acontecido, al tiempo que veía el devenir de aquella urdimbre.
Era alucinante la parodia, el pretender pasar por un probo ciudadano; la actuación de flemático y de íntegro rayaba lo sublime, verlo chacharear con Don Raimundo haciendo ceremonia de una exquisita educación y siempre presto a sus solicitudes, sin abandonar la ternura que hacía gala para alentar a su acompañanta y mitigar aquel estrago que estaba vadeando. Bordaba con su actuación el premio “Goya“al mejor protagonista masculino en una de esas películas de intriga.
Le juzgaban por el delito de robo con intimidación. No presentaba ser un individuo brutal sin modales, un vulgar matachín para violentar en el acto de la perpetración, denotaba empaque de frío como carámbano de hielo y codicioso para dar un tiento, de guante blanco.
Todo sucedió en una de esas salidas de juerga satánicas que Goyito Ramírez disfrutaba con su caterva de amigotes en el antro más nefasto de la ciudad, atestado de gentes de mal vivir, donde auxiliaba servicios la impúdica ninfa, la sílfide que enseñaba las prendas interiores.
Aprovechando la nocturnidad y el apoyo de sus colegas, para perpetrar de forma impune un atraco con alevosía, a la vez que se lo pasaban en grande con placeres lascivos incluidos.
Catacumba consagrada a la exhibición de la descollante inspiración pornográfica, despliegue de desmesuradas vedettes de excelsitud, definiendo sus cualidades sensuales, donde es tolerable cualquier cachondez imaginada, con hartura de mujerío y depravación contumaz.
La descocada “mamá me mima” estaba en la barra, sirviendo bebidas a comisión, considerando quien precisaba un trago corto y frecuente, el atuendo que portaba era para evitar la frigidez, mostraba al completo los senos sin pudor y sin remilgos, haciendo despilfarrar más de la cuenta a los parroquianos asiduos y a los ocasionales.
Turba del hampa y truhanes, todos en busca de narcóticos y de sexo, perturbados en su entraña por los rigores de los alucinógenos.
Goyito estaba gracioso y excitado, incitando los privilegios de la madame, que se contorneaba a lo largo del mostrador haciendo acciones y menciones sexuales para mantener despiertos a los clientes, amén de llenar las tazas con bebida afrodisíaca. La poca luz del cubil hacía despertar el afán y ver más allá de lo concebible, la polifonía ayudaba a entrar en el enredo, el alcohol, el humo y los perfumes se federaban haciendo del momento un paradigma de provocación.
Los conflictos estaban a punto de aflorar, tal y como se estaba erizando la madrugada, la caja registradora del escondrijo se abría únicamente para depositar billetes de curso legal, arribados de los más variados favores lúdicos que se estaban produciendo de tanto consumo y tanto descorche. La cajera se negaba a entrar en el acotado con aquel hombre tan original y teñido, sólo pretendía que éste gastara cuanto más mejor, mientras ella vaciaba su copa diligente y de forma disimulada en la clásica maceta con aquel arbusto tropical que son tan borrachas como los propios clientes y sirven de soporte de evacuación a las consumiciones de las entretenidas. La intención de Goyo no era otra que entrar en el privado con la servidora con malévola intención de forzarla y una vez halagado expoliar todo el dinero.
El burdel estaba de bote en bote, atiborrado de gamberros, ebrios y extravagantes que pretendían pasárselo descomunal con aquel aquelarre de mujeres desabrigadas, perfumadas y lujuriosas.
En cuanto la mesalina estaba distraída en su descorche habitual apareció la brutal intimidación, conminó con arma blanca y trató por la fuerza prender lo que no era suyo, se generó un pilfostio descomunal. La disoluta inició a vociferar y a librar batalla con uñas y colmillos protegida y aupada por las prostitutas y travestidos del cuchitril.
Había nacido el meneo y se dimanó una pelotera, entre los frecuentes y los que estaban de paso, habiendo costaladas, combate y desafío. Las botellas y las banquetas en volandas y las magulladuras brotaron respecto de tanta barbaridad.
No era la inicial de la aprehensión de Ramírez, ni sería la ulterior, su trajín no está admitido por la colectividad, aunque subsisten diversos diplomados en rapacidad y chusma que la coronan, no se instruye en las escuelas, se ilustra en el bulevar y a brega de prácticas se llega a ser dómine en delincuencia y despojo de lo ajeno.
Intentaba fingir, el señorito de las galanuras y las atenciones fingidas, desconcertaba a su abogado, sufría una segmentación de personalidad, estaba actuando frente a todos, era un diplomado de su profesión. No correspondía con aquella educación y la tan cuidada urbanidad que mostraba en el patio de juzgados, con todo el rebozado y falso proceder que le rodeaba.
Cuando intervino la autoridad, se llevaron arrestados a todos los que mediaron en el propósito y ahí estaba aquel humilde declarante. El sigiloso del pelo grisáceo, aquel que no abría la boca para nada, el que miraba y callaba. Un tal Cándido; que pletórico en fiestas una vez en su vida, haciéndose un homenaje varonil y, burlando sólo en esa ocasión a su regente esposa, pasarlo en grande con unos amigos, que le llevaron al cabaret, con intención de hacerle pasar una velada inimaginable y pudiera excederse luego en detalles cuando volviera a su ciudad. Contando maravillas y hazañas a sus íntimos, como se suele hacer con exageración falsaria para vigorizar el ego.
Se tropezó con la más amarga de las situaciones, se vio entre bambalinas, pelanduscas y plumas para comenzar y entre rejas, leyes y declaraciones después para rematar. Asenso de las justificaciones a la parienta y de los dispendios que hubo de resistir, tan solo por pasar una noche de parranda.
Los arranques de Don Raimundo no eran usuales, ni tampoco la sonrisa de chungueo del picapleitos del padre de Rosita, que esperaba con suma tranquilidad leyendo unos pliegos y por qué no, echando de cuando en cuando un repaso a la dama de las bragas azabache.
Dentro de todo aquel ambiente, que ya se había transformado en jocundo para algunos y lábil para otros, sólo quedaba la fortuna de ultimar cuanto antes y olvidar toda aquella vivencia, que no más comportaba desconsuelo.
Entre la feligresía que debía declarar como autores de la captura de Meliodoro; Aguardaban unos oficiales que parecían supeditarse al mismo cuerpo, uno portaba unas botas altas de montaña y más bien parecía un jinete, robusto y simpático, el compañero y amigo, inseparable; le custodiaba las espaldas, sería por auto protección que tienen entre sí. Era más bien achaparrado y llevaba unas gafas de sol progresivas demostrando su hipermetropía; otro detalle que le hacía sobresalir de entre el grupo, su tartamudez, cuando hablaba se obstruía.
El tripudo gubernativo, que gustaba de hacer gaterías al bebé y prevalerse para hacer miradas de encantamiento, explicaba a sus dos camaradas detalles de la incoación por escándalos e intento de violación contra éste hombre, Meliodoro. De unos sesenta años de edad, menudo y enjuto; de profesión chatarrero. Causa interpuesta por el padrastro de Dolores, la muchacha del bolso, la que no miraba a los ojos y no tenía documento fehaciente de identidad. Mientras los actuantes estaban en la antesala, estos esperaban por si tenían que concursar a petición del Magistrado.
_ Que le ha pasado a esta tía - preguntó el más letífico como si no supiera del asunto.
_ Se desnudó medio cuerpo para encender al trapero, y con insinuaciones, le provocaba y lo incitaba, para que se acercara a ella. _ contesta el que parecía más profesional de los tres.
_Le aturdió de tal manera que ciego y sin sosiego, aprovechando la hora y dónde se encontraban, el tipo cayó en la maquinación cómo un imbécil. - siguió apostillando.
_Fue una noche del invierno pasado, serían ya bien las doce y media, en el rellano de su escalera, ella estaba bebida o drogada, escondida en la penumbra, medio desnuda, cuando llegó el abuelo, le provocó, y éste entró al trapo; Cuando el añoso estaba dando servicio, y desquiciado apretando a la chavala, ésta debió ver que se había equivocado de víctima y como lo tenían todo urdido entre ella y su colega, quisieron cortar en un plis… plas… y ya no podían frenar al burrito quincallero. Este pobre hombre, quería rematar lo que había comenzado y fuera de sí, dislocado e irracional, sin contemplaciones forzó una cruel situación. Hubo golpes, arañazos y mil cosas. Esperaban a alguien que no sabemos._Afirmo el gubernativo.
_ Bueno pues comenzó a chillar y a vocear formando el gran escándalo. _ Finalizando su charla.
_ Sin embargo oyes la declaración de Dolores y explica que ella estaba para llegar a su casa esa noche y que hacía días que el viejo la perseguía, haciéndole proposiciones carnales y ve tú a saber._ apostillaba su camarada, el parecido a un jinete
_No vayas a pensar que el abuelo es un memo, aunque se haga el tierno y el que no sabía…, cuando vio las carnes prietas y jóvenes, se lanzó a por todas, a pesar de la poca luz, que había en aquella ruinosa escalera, con la agravante, que podía salir su parentela en cualquier instante y sorprenderlo. _ argumentó el tartajoso
_ ¿Este tío, el Meliodoro, el ferrallista para aclararnos, tiene familia y viven en el mismo barrio? _ Preguntó el más alegre, el calzado con botas.
_ Si hombre, pero si el abuelo debe conocer a la nenita desde hace una pila de años y repito, según dice ella, que desmiente todo lo que apostilla el yayo, fue el quincallero, quien hacía meses, que la perseguía incluso ofreciéndole pasta._ siguió charlando el achaparrado con balbuceos ocasionales.
_ Además quieren que parezca, que la tal Dolores, es una pobre ingenua, que ha sido forzada siempre al trapicheo y a hacer la calle, por el chulo asqueroso del tipejo que le acompaña, que es padrastro y no sé, pero algo oculta ese cabrón. De hecho, esta pareja fue juzgada antes; son reincidentes y se ganan la vida así, poniendo en jaque a los imbéciles, unas veces les saldrá bien y al pobre que pillen, lo fastidiarán y le sacarán toda la pasta que puedan. No son buena gente, aunque ella tenga esa cara de corderillo. _finalizó el panzudo
El vecindario, oyendo la sonoridad de golpes, gritos y aullidos intentaron poner paz pero al reconocer que los actuantes eran miembros de aquel edificio y alguno, familiares de uno y otro bando, entraron en una alteración áspera dándose azotes y empellones que propiciaron a alguien a dar aviso a los judiciales y se presentaron al lugar de los hechos, de aquella comunidad, de uno de los barrios marginales de la ciudad. El chulo de Dolores interpuso querella por abuso e intento de violación del infausto tripicallero.
_Menuda zorra astuta_ Tartajeó haciendo una pausa y retomando su charla.
_No lo parece; si la vigilas, semeja tímida; Pero es cogotuda y arpía. _ Dijo el mirón, subiéndose los pantalones hasta la cintura, sonriendo como un mentecato.
Todo aquel drama con su desarrollo de actos y concurrencias acabó en el cuartelillo, enchiquerando a los que intervinieron en la bacanal.
Los alaridos de la buscona al verse descubierta sin coartada y por no tener eximente eran de órdago, había tenido que intervenir la fuerza pública para separar a las dos familias que enzarzadas en pelea no ponían fin a la reyerta.
El septuagenario con la cara molida de los arañazos y ostias hacía esfuerzos para que los pantalones no le cayeran al suelo, después de haberlos abrochado mal. Dolores gemía de rabia con la blusa destrozada mostrando los sujetadores que amagaban su fértil cosecha; trataba de zafarse de la familia del pétreo senil. Empellones, mordeduras, improperios, groserías. La camioneta celular los acercó a la comisaría y allí pasaron la primera velada.
El colectivo de gendarmes charlaba y esperaban por si el juzgador, necesitaba las versiones de la policía. Apareció en escena el empleado del juzgado, con la misma impronta que había mantenido, algo sudado y con la energía vital que le caracterizaba, la carpeta de pliegos en la diestra y arreglándose algo el flequillo con la otra.
Citó a las partes litigantes que esperaban por el caso de robo con intimidación. Los letrados miraron alrededor de sí, haciendo señal gesticular de entrada. José Ponce se apresuró y junto con su comitiva penetraron en el pasillo, tras ellos Ramírez y su valedor, quedando ocultos tras la puerta.
En la espera quedaron la ninfa mostrando carne por una banda y la fumadora nerviosa por la otra, se miraron con desdén como dos lobas heridas, prestas a defender lo que cada una pretendía.
Un hombre alto con el pelo engominado y vestimenta deportiva hacía entrada en aquel corredor, accediendo sin cortapisas al despacho dónde estaban los administrativos de juzgados, no pasaron cinco minutos cuando estaba ya de nuevo en el pasillo, recorriendo de un lado a otro la estancia sin prisa, mirando ciertamente su reloj de vez en cuando, observaba al personal que estaba presente en el habitáculo, sin dejar de moverse, escuchaba de forma descarada las conversaciones del resto de los presentes.
El portal se abrió, salían Dolores acompañada por el hombre de las tres insignias agarrados del brazo, en su cara se denotaba el gesto de contrición, el hombre con aires de poca conformidad, puso su brazo sobre la espalda de la chica.
El rictus de la cara de Dolores había empeorado, los ojos húmedos haciendo jeribeques y guiños, el bolso aguerrido bajo su axila y expeditos salieron hasta que se perdieron en el fondo, sin dejar más rastro que el de asiduos a la delincuencia más baja y doliente.
Tras sus pasos, Meliodoro y su erudito representante, comentando detalles de los últimos minutos, hicieron una pausa en su caminar. Al acto los guardias que esperaban como apoyo al testimonio se acercaron a ellos, haciendo suya también la conversación animosa que mantenían.
_ Nada, tranquilo usted es una víctima _ adujo sin convicción el abogado.
_ Pero Lolita, no se marchará de vacío, es reincidente y experta _ prosiguió el abogado.
_ No sé qué debo hacer, tenga en cuenta que vivimos en el mismo barrio._ manifestó el vejestorio, haciéndose el desvalido
_ Podía haberlo pensado antes de meterle mano._ Inquirió el licenciado, riendo como mofándose del abuelo.
_Tenga más ojo, Meliodoro y no se busque lo que no tiene _ pronosticó el letrado, mirándolo con ojos de poca confianza.
_Abogado; si no nos necesita nos vamos._ Preguntaron los agentes, con ganas de abandonar mirando con sorna al anciano que parecía una borrega aterrada.
_Ya pueden ir y gracias._ les autorizó el jurista.
El fisgón de las zalamerías y sus colegas se retiraron. Quedaron el legista y Meliodoro viendo cómo era la retirada de los guardianes, que iban a requerir el documento de presencia y el boletín de dietas. Cuando desaparecieron, continuaron privativamente la charla.
_ No creo que el juez de la causa tarde mucho en dar sentencia._El asesor adujo, mirando fijamente a los ojos del chatarrista que no se encontraba en su mejor momento.
_Usted, cree que saldré bien parado de esta pesadilla._ Preguntó Meliodoro.
_ De la resolución del Juez, casi con seguridad, de las repercusiones no lo sé. _ dijo el representante
_ Hemos de esperar, confiemos que Su Señoría haga justicia, aunque a usted _ siguió diciendo.
Con pasos cortos y cansinos iban distanciándose del lugar y la locución se perdía sin dejarse oír, alejándose ambos.
Dejó de merodear por un instante el hombre del pelo rezumante en brillantina, ya estaba en compañía de otro joven colega y ambos se acercaron al hombre del traje y el dietario, que esperaba exhorto y sin perder pormenor de cuantos dilemas habían suscitado su notoria indiscreción.
_ ¿Usted es el propietario del vehículo del procedimiento que viene ahora, verdad?_ Preguntó el hombre bien peinado.
_ Sí, estoy esperando hace rato _contestó con un, ...no sabiendo aún a quien se dirigía.
_Nosotros, somos los guardias que detuvimos al pillo y hablamos por teléfono aquella madrugada.
_ ¡Fueron ustedes, no sabía! _Al escuchar aquellas manifestaciones, ya entendía toda la consecuencia de aquel interrogatorio.
_El jayuelo, no se ha presentado, por aquí no le veo _ Decían entre ellos riendo de forma picaresca
_ ¿Es que le conocen? _ Directamente, argumentó el hombre del traje claro.
_ Una cara como la que tiene, no se olvida fácilmente; además es reincidente. Creo que suspenderán la vista._ Seguía diciendo aquel guardia civil, sin fijeza en los ojos y arropándose en su colega.
_ ¿Eso es legal, después de todas las molestias que han ocasionado y el tiempo que llevo perdido?- Manifestó con rabia aquel hombre, que ya estaba hasta los tuétanos de tanta mierda y tanta espera
_ Así es la vida, caballero. Estamos por el pasillo. Ya nos veremos _ Le dejaron con la palabra casi en la boca sin contestar a la pregunta recorriendo aquel infectado corredor, con las manos en los bolsillos.
Volvió a sentarse por unos instantes, pero ya fue inútil quedarse inmóvil sobre aquel alojamiento, sin que su sesera dejara de hacerle resucitar todo aquel espejismo, que le llevaba de cráneo, hacía ya algún tiempo y según las perspectivas, aun debía durar todo lo que la Ley quisiera, perdiendo horas de trabajo dinero y tranquilidad. Estaba claro que todas aquellas molestias y quejumbres no importaban a nadie más que al interfecto, en esta tragedia gélida siempre salía beneficiado el forajido ladrón, que con su proceder fastidió en grado al hombre del telegrama.

_ La llamada “Justicia “, siempre actúa de “Pilatos “, sus escasos beneficios siempre lo aprovecha quien nada pierde. Pero… eso no era relevante, no fuera que molestemos a los rateros y granujas y sea más caro el ajo que el pollo_ Pensaba con irritación y fiereza. (Continuará…)


Próximo capítulo de " Me bajo en Triunfo" En breves días.
novela narrativa de suspense: escrita por E.Moreno
Los nombres de los personajes, los datos de expedientes, los lugares citados no se ajustan ni corresponden a la realidad. Cualquier parecido con los personajes, situaciones o datos, es pura coincidencia.
Otro capítulo publicado de la novela, sucesivamente se iran editanto hasta completar.
Reservado los derechos de autor.