Aquella
mañana salió del súper mercado con su carro repleto de provisiones para el consumo
alimenticio. La compra que habitualmente hacía, en el mismo lugar de siempre. Sin
sospechar que en instantes iba a protagonizar uno de los rigores que la vida
nos pone por delante, para saber si sabremos actuar con diligencia o quizás,
dejemos a la suerte o al azar el futuro inmediato.
Pedro, es y
lo ha sido siempre una persona comedida, serena y vital.
Virtudes que
desde su juventud le afloraron ni más ni menos para ayudar a su familia.
Vector importantísimo
en él, y que además le dio, y le sigue dando una importancia capital.
Siempre actuando
con ideas claras: “como las pupilas de sus ojos” : y a pesar de un impedimento que con inteligencia, valor y
esfuerzo ha ido toreando desde los primeros síntomas. Su debilidad en la audición.
La que sin
dudarlo no le ha impedido llegar a alcanzar todo aquello que se ha propuesto.
Aunque por lógica
y con su mesura, que es digna. Ha dejado de actuar en frentes que sin duda le
hubieran llevado a cimas insospechadas.
Antes de
salir por la puerta del mercado, abonó lo adquirido y se dispuso caminando ligero
llegar a su domicilio y seguir el curso de aquel día marcado y que mientras
viva, olvidará.
Cruzó la
calle salvando el sitio que el semáforo permitía. Cuando el color rojo pasó a
verde. Dando uso y preferencia a los viandantes.
Al llegar en
su paseo y arrastre del carro de la compra, en la intersección de la vía con la
comarcal y dentro del casco urbano de la ciudad. Se notó afectado de forma
súbita, por una indisposición que a medida que pasaban los segundos, iba
faltándole la respiración.
Como si la
garganta se atrancara por no poder colmar las entrañas de aire nítido. Con un sufrimiento
agudo en su aforo torácico. A la altura del montículo de su plexo solar.
Notando que
una fuerza brutal sin pedir el mínimo permiso le ahogaba, lo desposeía de esta
vida. Desclavándole el corazón a quemarropa y de cuajo. ¡Sin más preámbulo y
explicación. Inaudito!
A lo bestia
por describirlo como fue. De forma brutal. Sin modo ni explicación coherente alguna.
Rudimentario e increíble.
Notando que
se desplomaba, al percibir que le usurpaban de cuajo el motor del cuerpo.
Súbitamente
dejó el carrito con ruedas repleto de viandas y se agarró a uno de esos buzones
de color amarillo de Correos situado allí.
Estratégicamente
colocado en aquella acera, como queriendo ayudar acopiando fuerzas desde un
punto conocido para Pedro. Donde se abrazó padeciendo sin que nadie le echara
un capote, ni percibiera que estaba sufriendo una angina pectoris. Que
significa "constricción en el
pecho", y se refiere a un dolor torácico temporal por falta de
flujo sanguíneo al corazón, siendo un síntoma de sufrimiento coronario, y no siempre
un ataque cardíaco.
Aunque
puede ser una señal de advertencia.
El buzón
simbólicamente lo ayudaba recordando donde había trabajado durante tantos años,
en una de las delegaciones de la Dirección General de Correos, que semejaba le
daba el postrer apoyo en la vida.
Aferrado se
ciñó al cilíndrico ambarino y grueso depósito de las cartas para no derrumbarse.
A la vez que su inteligencia funcionaba al mil por ciento.
Escuchando perfectamente
y en la soledad de su propio miedo, y desde el oído derecho, el más aminorado que
posee.
El que
hacía tantos años que no percibía un sonido, una sola palabra ni retumbo. Por
el cual distinguió con claridad una voz intemerata.
Ronca e
inflamada, expelida por una laringe que refluía ácida y tenebrosa. Que le
decía: No vayas al hospital, no lo hagas. ¡No
te atrevas ni se te ocurra! … si no
quieres quedarte flojo y sin vida en el sitio.
Mientras especulaba
entre el dolor y la decisión, que el hospital lo tenía a menos de diez minutos
de donde estaba, discutía consigo mismo y en el breve espacio que ocupa un
pensamiento resonó la advertencia del toser.
Recordó aquello
de toser con brutalidad, con fuerza, sin compasión. ¡toser!... Incluso pensó en
dejar el carro de alimentos en el bar de la esquina y acercarse al complejo hospitalario.
De nuevo a punto
de decidirse volvió a reconocer aquella cacofonía que le advertía: No vayas al hospital, no lo hagas. ¡No te atrevas ni se te ocurra!
… si no quieres quedarte laxo en el consultorio de urgencias.
Carraspeó tosió
y esputó de forma violenta, y agarraba el aire como podía, hasta que se fue
serenando.
Con ello Dios
dispuso que no era su hora y pudo llegar a su casa empujando el carrito de los sustentos.
Nadie le
socorrió. Ninguno de los viandantes que posiblemente estaban viendo el suceso,
se acercó a echar una mano de apoyo. Suele pasar en los momentos críticos,
donde pierdes el rumbo y la consciencia.
Tan solo lo
acompañaba aquel carro de lona cargado de comida.
Nervioso sin
perder el norte, pensaba en no encontrarse con ningún conocido que le
modificara su última decisión.
Sin olvidar
y notando nuevamente, la repetida advertencia.
Con aquella
voz desagradable que la percibía por su oído derecho, el afectado de total
audición. Que entonces, en aquellos instantes funcionaba mejor que nunca lo
había hecho.
Amenazándolo
en que no fuera al complejo de urgencias, y prolongara el trayecto hasta su
casa.
Resonando con
energía el sonido de aquella voz que le advertía: No vayas al hospital, no lo hagas. ¡No te atrevas ni se te ocurra!... Serénate y toma una aspirina, descansa en silencio y sin
nervios.
Mastica una
gragea de ácido acetilsalicílico, por si varía en lo posible la situación, ya
que ese analgésico, puede llegar a ser lenitivo ayudando a prevenir el infarto
que estaba sufriendo Pedro, y en la evitación de la formación de coágulos
sanguíneos que bloquean las arterias.
Abrió la
puerta de su domicilio. Su esposa, Isabel. Le preguntó:
—Que tienes.
Te encuentras mal. ¡A ti te pasa algo!... Estás bien… Llevas una cara
desencajada.
El esposo apurado
respondió, sin dar la importancia y el rigor que comportaba,
—No es
nada, no te asustes—. Evitando hacer entrar en estado de pánico a su esposa, y
añadiendo al comentario.
—Es un
principio de angina de pecho, que creo tener controlada.
Se reclinó
en el sofá y masticó su aspirina.
Serenándose
a la fuerza, y bajo la atenta mirada de la asustada Isabel.
A los cinco
minutos, todo parecía ser de otro modo. Respiraba mejor, y el pulso le había
dejado de galopar.
La velocidad
de sedimentación inoportuna que padecía, iba volviendo a la celeridad admitida
de normal. En diez minutos se vio con fuerza, determinando que se iban al
médico sin perder más tiempo.
Aquella voz
que escuchó claramente cuando estaba aferrado al buzón de Correos, dejó de atenderla.
Su oído derecho volvía a estar completamente inactivo.
Ya no le
advertía. Todo lo contrario. Sin hacerse notar lo iba guiando en cada uno de
los pasos que debía emprender.
Se
incorporó y más sereno, y más sosegado; se acercó al Hospital, donde al
comprobar los doctores de las Urgencias aquel cuadro descrito por Pedro, comenzaron
las prisas y fue ingresado en el centro hasta que lo sacaron del peligro que
sufría.
Tras las
intervenciones de rigor y el pausado tiempo de convalecencia volvió a la vida. A
su vida, con más ímpetu alegría y vigor que nunca.
Cuando el
protagonista relata el suceso, ya fuera de peligro y habiendo pasado unos meses
de aquel estruendo sufrido.
Lo hace con
la naturalidad de un actor que interpreta esos síntomas en su piel. Sus gestos,
su impronta y su dicción de lo sucedido te llena de padecimiento y de sofoco,
por esa claridad que emplea en su descripción.
La que yo
me permito con su consentimiento, relatarla.
Autor del relato: Emilio Moreno
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