Álvaro aparcó su auto en aquel supermercado fantástico, que no cerraban los días festivos. Por lo menos aquel domingo estaría abierto el Reboso de la Pascuala, hasta las tres de la tarde.
Aquel
autoservicio era el comercio que suministraba a sus clientes de cuanto
necesitaban. Se podía localizar absolutamente de todo… y cuando se dice todo;
es que lo tenían, o a la vista o en la reserva. Por muy descabellado que pareciera.
Mantenía
sus puertas abiertas hasta que dejaba de entrar la gente. Aunque aquel día el
horario festivo llegaba hasta las quince horas.
Estaba a
tope de clientes el grandioso local.
Casi
parecía que se acababa el mundo. Los empleados no daban abasto por aquella clientela,
que acostumbran a comprar forzosos en el instante final.
Los que van
al minuto y siempre se percatan que les falta esto o aquello, en el momento de
usarlo, y han de correr a encontrarlo donde sea.
Son de esa
clase de personas no previsoras, aquellas que a nada le dan importancia y nada
corre prisa. Absolutamente nada.
Sumados a
los que por estar de paso, o veraneando en aquellas casas de temporada, que
contratan por espacios de semanas, han de adquirir a medida que van necesitando
víveres.
Evelyn era
una de las tres empleadas del super, la que igual atendía la caja, como reponía
abastos en las estanterías del local.
Las dos compañeras:
Bretona y Luzmila, eran su ayuda en aquella jornada. Ellas más bien hacían lo
que la encargada Evelyn le solicitaba a medida que se iba dando lo que requería
la tienda en cada momento.
No eran más
de las trece treinta cuando Álvaro, en el apartado de perfumería buscaba un
detalle para una compañía femenina que lo esperaba en el hotel Di Mondo. Motel
discreto y escondido que no estaba muy apartado del centro de la villa.
El Market donde
había ido el hombre, a reponer la nevera de la suite. Un par de botellas de
Moet & Chandon. El champán francés para degustar, después del polvo con la
licenciada Esmeralda Castrillo, y como no.
Ofrendar a
su descarada acompañante con una delicatesen que no esperaba, y se la
entregaría después del arrebato y de la tolvanera que mantendrían.
Ambos eran
médicos y cada cual, estaban casados.
Aunque sus
respectivas parejas estaban en la ciudad. Sin saber que ellos, habían ingresado
en la suite del motel Di Mondo, de aquella ciudad costera.
Desde donde
se habían escapado los facultativos, engañando respectivamente a sus cónyuges para
darse un descanso merecido —decían ellos— por la gran tensión que les provocaba
el quirófano y los derivados de sus funciones.
Con aquella
tarea entre sábanas, y con el asiduo adulterio. Se equilibraban y se
desquitaban de ese llamado stress del escalpelo, o bisturí.
En el
estante de perfumes de aquel Market, tropezó por casualidad con Evelyn, la que
lo reconoció al instante y esperó a ver si a Álvaro, le ocurría lo mismo. Por
lo que guardó silencio la dependienta, esperando su reacción.
Álvaro no
la había tan siquiera mirado.
Sin embargo
súbitamente volvió la cabeza, tan solo por el recuerdo de un perfume.
El que
buscaba para Castrillo, y además portaba la ya no tan preciosa, Evelyn. Aquella
mujer que incluso antes de girarse el hombre, prorrumpió en su pasado. Sospechando
Álvaro un momento pretérito.
En su
psiquis y recuerdo le retornaba al médico, aquel olor que en un tiempo le
embriagaba. Mientras la engañaba una noche tras otra.
—¡Sí! —dijo
Evelyn con seguridad y manteniendo la mirada en él, que atónito y sorprendido
permanecía con el frasco en la mano, queriendo desdibujarse mientras dudaba.
—Es el
perfum de Larousse—, le conminó Evelyn al sorprendido Álvaro y continuó.
—Allí
debajo de aquel estante, esperan todas las ampollas—. La empleada, siguió dando
datos, de la esencia y después de la recriminación que tenía dispuesta.
—Es el
frasquito chiquitín, con la etiqueta de Ives Don Loguen.
Lo
recuerdas señor Álvaro… ¿¡Verdad que lo recuerdas?¡ … Antes lo adquirías para
mí.
El doctor,
sin saber que decir, y sin excusa siguió escuchando petrificado.
—Siempre
pasa igual. Lo dicen los filósofos y la canción—reafirmó Evelyn muy segura.
—Es uno de
los cinco sentidos del cuerpo humano. El olfato.
El testigo
del alma. Aquel que no necesita de palabras y se impregna en el más íntimo de
los recodos mentales, y que jamás olvidas.
—Eres ¿Álvaro?
—Preguntó descarada la reponedora—Mirándolo a los ojos y cerciorándose que sí.
Que era el que la preñó hace trece años, y se dio a la fuga sin más explicación
que el < “si te he visto no me acuerdo”>
—¡Quién eres
¡—. preguntó el muy cretino—. queriendo disimular aquel cobarde embaucador. No
te reconozco. No sé quién eres. Asintió. ¿Nos conocemos quizás?
—Tendrás
valor de disimular, ante la mujer a la que trajinaste desnuda por un periodo de
dos años. ¡Tendrás cojones! A la que dejaste encinta de cinco meses y
desapareciste. No me seas cabrito. Por lo menos sé hombre y da la cara. Aunque me
alegro que el destino sin más, te arroje uno de los mil pecados que soportan
tus carnes indecentes —. Evelyn se descargó a conciencia y saña.
—No te
esperabas encontrar a la madre de tu hija. A la que abandonaste, y jamás fuiste
hombre de asumir tus deberes. Con desmanes impensables. ¡Eras el guapo de la
villa! Al que todas soñaban y fuiste a dar con la más idiota. Pecado que llevo
pagando el tiempo que tiene nuestra hija.
—Evelyn,
que haces por aquí. —interrogó—. No vivías en Pradalejos, a cincuenta millas de
este lugar—preguntó aterrorizado por esperarse las consecuencias que le sobrevendrían
—Claro que
vivía en Pradalejos, pero tuve que emigrar de allí. No me perdonaron ni a mí,
ni a la niña tu desaparición.
Gracias a
tu familia, que urdieron su plan, yo quedé como la querendona que te jodió el
futuro. La puta que trató de engañarte, para casarme contigo.
Son tan
cabrones como lo eres tú—. Siguió con su queja y le anunció.
—No te pido
nada, y espero que ese perfume no sirva de artificio. Como me sirvió a mí, al
dejarme enredar por tus tretas y engaños.
—Como se
llama—. preguntó Álvaro a Evelin. —Que apellidos lleva la niña.
—Se llama
Desiré. Y lleva mis apellidos. No pretenderás
que encima de la desatención le pusiera los tuyos.
La cara de
aquel tipo se transformó en un poema. No sabía que decir. No se esperaba aquel
encuentro, momentos antes de trajinarse a la doctora Castrillo. Aduciendo sin
contrición.
—Yo no
quería, pero…—Intentó justificar Álvaro, como un jesuita.
Evidenciar algo
que no podía—. Siendo acallado por la mujer con cajas destempladas. Refiriendo
la propia Evelyn, con desprecio que pasara por caja, y que se perdiera de su
vida.
Alvaro
quiso justificarse, sin tocar de verdad el momento que vivía, y sentenció
bastante apesadumbrado.
—Mis
padres, nunca me dijeron nada sobre el nacimiento de la niña. Yo imaginé que no
la querrías y harías lo posible por deshacerte del feto.
La empleada
de la tienda, se lo miró con mucho desprecio y le dijo.
—Tú no
querías, tú no querías. Menudo sinvergüenza. Olvídate de nosotras y sigue con
tus cuentos.
El repuso con
intención de ayudar, ante la noticia, que desconocía.
—Mira.
Escucha. —le dijo a Evelyn.
—Yo estoy
casado y tengo tres hijos, pero puedo hacerme cargo de los gastos de Desiré, y
de sus estudios—. Evelyn preguntó.
—Estáis
hospedados ¿todos en el motel? Si quieres puedo llevarte a Desiré y la conoces.
Más que nada dijo.
—Lo hago
por ella, que siempre me pregunta por ti, como eres, y a que te dedicas, que ni
tan siquiera te has preocupado mínimamente.
Álvaro respondió sin engaños. Exponiendo en la
situación en que había llegado al motel y para qué.
—Estoy en
el Di Mondo, pero con una amiga.
Hemos venido a descansar. Mi mujer y mis hijos están todos en la ciudad.
Evelyn se
lo miró con desprecio y le acusó.
—Olvídate
de nosotras, nada más nos darías problemas. Ni pensarlo en más encuentros.
Ahora que
parece que la niña y yo; hemos encontrado la calma y el sosiego.
¡Olvídanos!
autor: Emilio Moreno.

