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domingo, 9 de agosto de 2026

Juicio contra un abducido.

 

Venía de familia de titiriteros franceses, todos saltimbanquis.

Ocupación profesional desde hacía más de dos siglos. Cristian Repulluá, no quiso nunca cambiar de vida. Sin imaginar que no sería fácil su destino por dejarse llevar por una hembra y por su persuasión por el sexo.

Era lo que habían mamado todos los hijos de los Matapols, criados en la propia carretera. Sin más techo que el cielo, religión ninguna y tan solo con el consuelo que la olla de cocido hecha en esta etapa por su Clemence degustaban cuando venía a tiro.

O sea, que en ocasiones se quedaban con las ganas de llevarse algo al estómago. Por no haber hecho caja, porque no vendían nada de lo que llevaban, o porque salían pitando del pueblo, sin haberse abastecido de víveres. Perseguidos por la <gendarmerí>, tras haber cometido algún delito.

Su partenaire, la lenitiva y promiscua Clemence Gimoux, nacida en la Bretaña, era la encargada de la subayudantía del carromato entre otros cometidos más cariñosos. La que pasó de amar a dos hombres del mismo apellido en poco tiempo, que por casualidad tropezaron con ella a orillas del Canal de la Mancha.

 

Era una fracasada experta y equilibrista en astucias y timos de poca monta, que conoció a la familia de los Matapols en Montmartre, harta de pasar hambre.

Después de una pírrica actuación en uno de los afamados barrios parisinos, coincidió con Gerard. El venerado jefe de los chaperos, cuando buscaba este, una de sus visitas sexuales con una de las <putains> parisinas, en el Bolidor, tras uno de sus caldeos y ansias de fémina.

Clemens actuaba medio en pelotas, en uno de los antros que solían visitar pintores, escritores y gente que apreciaba el licor y el opio.

Desde ese momento y una vez que coincidieron el juglar y la jovencita, tras una de las cortinas del antro y se amaron como felinos se juraron eternidad.

No se separó de ellos aquella mujer, por seducción del cabeza de los Matapols y sus conveniencias personales. Quedando agregada al grupo del conjunto de miserias rodantes.

Con aquella señorita, a la que respondía por el apodo de <Clem>. Tomaron el portante todos.

Así la citaban desde entonces para abreviar el sustantivo completo de Clemens. Portándose como una servicial y obediente falsaria, supo muy bien su cometido y sin dudar le hacía los favores carnales y cohabitaba con su descubridor, el amoroso Gerard.

Los años fueron pasando, recorriendo rutas francesas y españolas, con sus desmanes y sus alegrías carnales, que resultaban ser cada nueve meses un nacimiento, en pueblo o ciudad diferente. Como regalo obligado. Crianza gravosa a la que poco a poco les costaba incluso el mantenerlos como debieran.

En la actualidad criaba cinco hijos, todos ellos churumbeles de corta edad. Aunque no eran todos paternidad de Cristian.

Ya que los primeros tres chiquillos: dos hembras y un varón, fueron engendrados por el padre, del que entonces montaba a Clemens.

El que fue tutor de todos ellos y descubridor en el Bolidor de Clem. El ínclito y difunto Gerard.

Clemens Gimoux, era la que antes de morir Gerard, le calentaba su cama, siendo su falsa esclava ya que, con disimulo, además se emparentaba desnuda con un hijo mayor del patriarca, que estaba destinado a ser su heredero.

Una vez fallecido, no dudó en saltar de un colchón a otro.

Sin remordimientos, sin respeto por el muerto, sin apego a quien la coló en la collera. ¡Nada de nada!

Ni existió el mínimo preludio de dolor por el difunto.

Tampoco le ocupó excusa y sufrimiento alguno por su ausencia. Ya que aquella misma noche estuvo dispuesta para dejarse montar por el hijo del extinto.

Su nuevo falo. Su recambio de amor. Era desde ya Tian; diminutivo del apelativo del ahora protagonista.


 

Entre Clemens y Cristian, siempre había habido una seducción secreta. La muy madura y seductora, en experiencia y joven en presencia corporal, lo incitaba a menudo, a que la asaltara y la poseyera. Sin que su padre lo supiese.

Lo provocaba mostrándole ora una teta, ora el culito y después un muslo, hasta que se desnudaba frente a él, y lo sacaba de madre al ya adulto Cristian, que asaltaba el cuerpo de la Clemencia, quedando exhausto y envanecido por la consecución de un plato prohibido.

Recibiendo Clem, un poco más de lo que necesitaba. Intransferible y subjetiva muy disimulada se entendía con el primogénito de su hombre, a encubiertas del patriarca, y así conseguía su dominio sobre el individuo, con el que podía hacer y conseguir a placer lo que se propusiera.

Llegado el óbito hubo transición marital. Eran felices. Eran delincuentes. Estaban locos y ostentaban señales criminales.

El joven Cristian Repulluá, el conocido en aquel conjunto itinerante de mercaderes por Tian; siempre había deseado a esa mujer, incluso cuando no podía llegar a ella.

Mientras se la trajinaba su padre, sufría y se infligía su gozo, masturbándose en un rincón. Sufriendo por no ser él mismo; el que la acariciara, apabullara y amara. Deseándole la muerte a su propio padre de un modo enloquecido, hasta que lo consiguió con ayuda de la prenda que se colmaba, la dulce Clem.

Los celos de verla entregada a otro hombre, aunque este fuera de su linaje, lo fue enemistando a medida que pasaban los meses.

Ella en cuanto podía, que era a menudo. Se prodigaba a Ten, y le prometía su falsedad irreconocible, pero jamás se atrevió a contárselo a Gerard, por perder posiblemente la vida, y todo lo que Clem había conseguido con poco esfuerzo. Pensando con una maldad a prueba de espera, aquello de <…A rey muerto, rey puesto>

Así que la misma noche de la de función de Gerard, hicieron el amor, sin importarles que el cuerpo del occiso estuviera a tres metros del tálamo conyugal, ya que ella también además de su promiscuidad, y sin beber los vientos por el joven Tian, necesitaba de ese meneo sexual para reconciliarse consigo misma. Estaba necesitada por su vicio sexual hediondo.

 

—La buena de Clem, fue una joven enferma—. Dijo la abogada defensora tras pronunciar su alegato de fin de juicio. Antes que la Jueza pronunciara su sentencia—y siguió mirando al estrado, mientras defendía a su representado en el sumarísimo juicio para el esclarecimiento del asesinato de Gerard Repulluá.  Prócer de los Matapols a manos del convicto y presunto autor Cristian Repulluá. Acusado de homicidio con premeditación, saña y alevosía. Dando la palabra al fiscal de la acusación.

—Con la venia señoría—anunció el letrado antes de dirigirse al pie del reservado donde se hallaban los miembros del jurado público y alegó.

—Cristian Repulluá, cometió el crimen, auspiciado por los consejos de su pareja de entonces, Clemens Gimoux, una persona a la que trataron en su juventud, de frenopatía. Allí de donde ella era residente y vecina de la Bretaña Francesa, en la localidad de Saint-Malo, donde ya había participado en un matrimonio nefasto con final sangriento.

Actos de seducción con alevosía que repitió con el amancebado Cristian, el acusado de esta causa. Asesinando con sus propias manos, al patriarca de la saga.

Sin tener piedad por aquel hombre, que además era su padre.

El occiso Gerard Repulluà de Matapols, quedó sin vida por celos. Dejando a tres hijos que tuvo con Clem.

La que jamás dio amparo, cariño y maternidad.

Un hombre que sin esperarlo encontró la muerte, y al que encontraron en una zanja del río Sena, cercana a la ciudad de París con final letal—. El fiscal, no hizo larga su exposición y acabó.

—Con lo que pido la máxima pena para Cristian. Por asesinato en primer grado con alevosía y premeditación.

Lo que significaba, cuando menos treinta años de presidio en aquel momento. Además de todo ello, solicitaba a su Señoría abrir una nueva causa en contra de Clemens Gimoux, por inducción al asesinato.

 

El juicio quedaba listo para sentencia.

¡Se levanta la sesión!




 




autor: Emilio Moreno