viernes, 6 de noviembre de 2026

Honestidad

 

Todos los presentes les aplaudían. Algunos incluso sin saber realmente por qué lo hacían, ni a que obedecía aquel reconocimiento espontáneo que se les ofrecía a los dos amigos. Que en aquel festejo nadie, o casi nadie conocía personalmente.

Eran dos personas que trabajaban en silencio para llevar eso que se le llama vulgarmente y de forma gratuita: Felicidad.

—¡No todo el mundo consigue semejante éxito! —. anunció uno de los veteranos que participaban en aquel acto de reconocimiento. Desde el salón de actos de aquella hermandad.

Una cortesía abierta. Quizás algo más que eso. Un homenaje que se les tributaba a las personas que habían destacado. Que enfatizaron sin ruido ni alharacas por nada en especial. Tan solo por ser los más naturales del entorno. Hombres que hacían, sin darse esa propaganda, que usan los presumidos. ¡Sí que hacían! <pensó desde sus adentros>—el organizador—, redundando en las palabras de aquel abuelo que les aplaudía.

Aquella distinción, estaba fundada. Aunque se celebraba en un lugar donde la muchedumbre, no llegó a enterarse. Ni tampoco hicieron el susurro estruendoso aquellas cadenas de noticias locales y estatales que inventan para otros temas con menos relevancia, que el que les ocupaba. 

El evento se desarrollaba más que nada, realizado desde la imaginación de cuantos lo vivieron.

Promoviendo ideas y consecuciones, para que los copartícipes del grupo, ¡Disfrutaran! Gastaran su tiempo sin pensar en enfermedades, en disputas familiares, y desavenencias que pudieran estar en el seno de sus entornos.

Gozar del conjunto y variedad de lo organizado, sin costo alguno, y sin tener que padecer por nada en absoluto. Pudiendo disfrutar, distraerse, y gozarlo con toda clase de privilegios. Inspirar el aire de todo lo que les agradaba, convenía y sobre todo; por encima de cualquier cosa: gozar de la vida. 

Aquellos significados caballeros—los responsables de aquel jaleo—, muy lejos del recibir el boato de los demás, se preocupaban por la buena marcha de aquel grupo, de aquella asociación de personas más allá de los sesenta y cinco años.

Para que los que pertenecían a esa franja y quisieran, tuvieran un motivo real y muy vivo de expresión.

Un motivo físico y emocional, permitiéndoles expresarse a su manera, a los tantos veteranos voluntarios, que tenían algo que decir.

Dentro de aquella dignidad merecida, que ostentaban todos ellos.

Con una rendición absoluta para crear ambiente, y buen hacer, en las tareas acometidas durante su juventud, que todavía recordaban.

Labores que a menudo pasaron desapercibidas, como si carecieran de grado y relevancia, que los más jóvenes, acostumbraban a ignorar. 

Aquellas personas, que llenaban el anfiteatro eran:  matrimonios, solteros, separados, y toda la amalgama de posibilidades existentes actuales. Que por mediación de su speaker, hicieron la entrega del Diploma a la Honestidad, a los dos amigos, que señores, le habían propiciado al grupo completo, tantas alegrías.

Ellos fuera del boato, admitiendo aquel reconocido detalle, quisieron alargar aun más la conveniencia de hacer subir al escenario a unos cuantos de los héroes de las batallas silenciosas en las que habían participado. Con ello, disipaban en lo que podían su reconocimiento y lo trasladaban donde ellos preferían, que era: a los demás. Llegado el momento del agradecer. De los dos caballeros tomó la palabra Pedro Verteniche, hombre prudente y dilecto, apreciado por todos y dijo.

—Tanto mi compañero Cecilio Morendos, como yo. Os agradecemos el detalle—. Y tras la clásica interrupción por los aplausos, prosiguió

—Sin embargo se trata siempre de ustedes. Por ello y a ello nos dedicamos. En traerles en la medida que podemos, esa dicha que tantas veces, es reacia. Renuente y refractaria—. Hizo un inciso, evitando surgieran esas lágrimas de improviso, y prosiguió.

—Y para evitar emociones venidas inconvenientes quiero presentarles a la participante que será hoy, la única protagonista, y nos ilustrará con su relato.

A la que ruego se persone en este escenario—, pausó su charla y antes de apelar a la protagonista, suspiró y con alegría nombró.

—Por lo que cito a Doña Elisenda de la Mota. Se hizo una especie de sonido vacío, igual que cuando por sorpresa sobreviene algo inesperado.

Un murmullo candente, que trepaba cercano.

El respetable miraba desde sus butacas queriendo encontrar la persona citada la que ya comenzaba a dar señales de su presencia.

Los aplausos rompieron el falso silencio que existía, y desde una de las filas de la gradería se levantó una señora. Elegante, llamativa y entrada en años que poco a poco caminaba ayudada por una asistenta que la guiaba con mucho afecto. La que después tomaría su proporción de protagonismo.

Una vez se acomodó Elisenda frente al micrófono y los aplausos cesaron, observó con mucho detalle. Sin poder conseguir ver desde esa atalaya al respetable.

Sin ver a nadie desde la penumbra que se sufre, subida en las tablas cortinadas del escenario. Cuando los focos te ciegan casi por completo la visión.

Sumado a esa pavura escénica, por la invasión de esa emoción vehemente, que inundan desde el espanto corporal hasta la atención de los que te escuchan: diciendo. 

—: Buenas tardes. Me llamo Elisenda, pero para abreviar me llaman Senda. Y esa senda, lleva el apellido de Mota, y desde aquí les doy mil gracias. —prosiguió sin detenerse, con esa arrogancia que da la experiencia de los años sufridos y vividos.

—Tengo noventa y dos años y quisiera exponerles un breve comentario que posiblemente, de breve tenga poco o nada. Quizás lo han escuchado mil veces mis compañeros y amigos queridos; pero que yo—Volvió a emocionarse— tenía ganas de relatar desde este púlpito. Por si alguno lo ha olvidado y porque estoy segura, hay público ajeno a nosotros, gente que no pertenece a nuestra caterva y por tanto lo desconoce. 

Unas voces alteradas y sonoras; pero agradables, de algunos de sus colegas se escucharon, animándola y disfrutando de ese instante de gloria que estaba viviendo. Con lo que le dieron fuerzas para lucir y demostrar su dicción a pesar de la edad que soportaba.

¡Era una reina!

Con ello daban la venia para aguantar y a que prosiguiera con aquel agrado. El suyo personal, que solía repartir gratuito al mundo… y Senda, ni corta ni perezosa; comenzó a expresar. 

—Sería por allá los años cuarenta, cuando la guerra europea, estaba finita. La conflagración del cuarenta y tantos…—. Aclaró, para proseguir.

— <Iba con mi madre por las serranías del margen oriental de la zona, buscando alimentos. Dadas las circunstancias de la hambruna y de la escasez general, buscando y negociando como podíamos, entre agricultores, medianeros y el estraperlo… Apenas encontrábamos algo que comer en el barrio que mal residíamos. Con lo que nosotras andábamos por las zonas rurales, buscando avellanas, piñones, espárragos y cualquier cosa silvestre que pudiera paliar el hambre. En casa, no teníamos de nada, y tuvimos que espabilar.

Aquel día buscábamos níscalos en los montes y de pronto vimos a un hombre, malherido en la cuneta de una carretera poco transitada. Al acercarnos para ayudarle, pudimos entenderle por el dominio del idioma francés que teníamos tanto mamá como yo misma—. Ostentó Senda

—Nos dijo que huía de las tropas de ocupación. Que se había fugado de un campo de concentración. Sin embargo notamos que no decía la verdad, y casi que era natural, porque estaba moribundo y no sabía con quién estaba tratando.

Desfallecía sin remedio.

Herido de gravedad. Necesitaba de asistencia médica urgente. Las heridas eran de pronóstico y sangraba como un toro en los Sanfermines.

Nosotras no podíamos ofrecérsela, cuanto menos le hicimos unas primeras curas y aquel pobre hombre, antes de fallecer en brazos de mamá, nos dio variada información, dotándonos de detalles para que si podíamos, fuésemos a dar reseña de sus desgracias. Y con seguridad sus padres y hermanos—nos dijo como premio—, sabrían recompensarnos.

Era un soldado valeroso de la resistencia que luchaba por la libertad de su país, detalles que nos confirmó, en sus declaraciones casi póstumas.

—: Se llamaba Robert de Angelotys. Y era oriundo de las montañas cercanas al Pirineo francés. Después de darnos toda clase de datos y detalles, no pudo proseguir y exhaló insalvable.

Al llegar a la población más cercana, dimos noticia de lo sucedido, para que lo fueran a recoger y ahí quedó la historia de Robert.

Con los datos que nos había proporcionado y las pertenencias para entregar a sus familiares, nosotras buscamos al llegar, el lugar que nos dijo.

Fue complicado, pero mamá, era de esas que si prometía algo, era para ser cumplido. —pronosticó taxativa Senda—, para proseguir de inmediato sin dilación alguna.

—Encontramos a vecinos y conocidos, pero su gente se había trasladado a Toulouse, con lo que aunque nos quedaba retirado, pudimos llegar con tantas y tantas desdichas sucedidas por el camino.

Estuvimos en la zona donde nos dijeron las gentes de su pueblo, y buscamos denodadamente con los detalles que él mismo nos había proporcionado.

El padre de Robert, era o había sido gendarme en Bordeaux, (Burdeos), y ya retirado se afincaron en la ciudad mencionada de Toulouse.

Caminamos días y días hasta llegar a esa ciudad, y después por toda la urbe, que entonces era amplia y desquiciante, y jamás encontramos a su familia.

Con lo que la mencionada cadena de oro y la pulsera que guardaba, con el propósito de entregársela a su novia, Danielle Pertegaz. Sin olvidar el mensaje que siempre recordaré por haberse quedado grabado en mi memoria y decía así: Attends-moi sur terre, ma bien aimèe. Sinon, au ciel, j’attendrai ton arrivée. Que traducido a nuestra lengua significa: Espérame en la tierra, amada mía. De no ser así en el cielo aguardaré tu llegada.

Mamá y yo, ninguna vez habíamos escuchado semejante despedida de un hombre que amaba a su chica. Sabiendo que jamás podría volver a estrecharla entre sus brazos.

Era más que un mensaje, una súplica fervorosa que nos trasladó con su ilusión, y nos hizo jurar que lo cumpliríamos, en la medida de lo posible.

Se nos complicó mucho el poder hacerlo efectivo.

Era simplemente imposible cumplir con semejante juramento, por cómo se ponían los condicionantes y la premura que nosotras llevábamos en volver a casa, después de tantos días desaparecidas.

No dimos con razón alguna y mi madre al volver a casa me dijo que me las quedara yo, como custodia, porque llegaría el día que podría entregarlas a la familia del señor Angelotys. 

Me han acompañado toda la vida. Y como Dios no encauza caminos ni endereza jorobados, somos nosotros los que debemos persistir en lo que nos interesa.

Así que el destino caprichoso, fue el que puso la oportunidad al abasto, pasados más de setenta años.

La sorpresa fue que gracias a las redes, un día por aquellas casualidades vi que se anunciaba en un chat de un grupo de amigos, alguien que se apellidaba Angelotys, que eran franceses y que veraneaban cerca de donde suelo pasar mis vacaciones.

Con lo cual <miel sobre hojuelas>. Contacté con ellos, y sin mencionar demasiados detalles comprometidos, hice por verlos, aduciendo que almacenaba una noticia que debieran conocer, y objetos que eran de su propiedad. 

Ella amablemente accedió al ver que le daba suficientes datos como para creer, aquello que le estaba anunciando.

Nos encontramos hace unos veranos en la costa, justo en la frontera; y Dios quiso que quien vino a verme, era la sobrina nieta del señor Angelotys. 

La madeimoselle (la señorita) Catheryne. Me contó que la que fue novia de su tío abuelo, Danielle Pertegaz, se quedó la vida entera esperándole, sin tener noticias suyas. Con lo que murió yendo cada mañana y cada noche a la estación del ferrocarril. Recibiendo sin faltar un solo día a la llegada del expreso procedente de París, por si su Robert, aparecía.

Danielle murió de pena a los quince años de aguardar.

Tras una enfermedad, que los médicos bautizaron con el nombre de <mourir de chagrin> —morir de pena. 

Pude entregarle a Catheryne, aquella medalla y la pulsera. Y ha sido una bendición, el cumplir con la promesa que hicimos mamá y yo—. Dijo la buena de Senda. 

—Entre Catheryne y yo germinó más que una amistad. Un cariño, que mantuvimos. ¡Que estoy diciendo! —. Se corrigió ella misma espontánea.

—¡Que mantenemos! ¡Gracias a Dios! En la actualidad!

Nos hemos visto en infinidad de ocasiones.

Nos queremos, más que si fuésemos familia. Para mí en especial ha sido una bendición, y sé que desde el cielo mi mamá, ahora mismo lo está disfrutando.

Tanto es así, que al quedarme viuda, y carecer de hijos y sobrinos, es ella la que en la distancia, me cuida con mucho cariño.

Por ello vamos a darle un cariñoso aplauso a la preciosa Catheryne, que es la guapa que me ha traído hasta este escenario, para que pudiera, contaros este relato, que aunque no lo parezca, es un acto de amor.


autor: Emilio Moreno.