El viaje comenzó con las clásicas salutaciones entre amigos. Los colegas, excursionistas que suelen ir a estas espectaculares salidas.
La jornada se prometía fría, aunque el sol nos
produjo ese encanto y evitó que nos quedásemos tiesos por el clima. Al ir acercándonos
a Sant Martí de Tous se notaba sobre los arcenes la escarcha, en los campos
sobre las hierbas del borde de la calzada y por la baja escala en el termómetro
que se debió registrar en la noche anterior. Además del desmayo que llevaban
otros, por la temprana hora y aun no haber ingerido comestible alguno. ¡Como
cambiaron las cosas!
La llegada al Ateneo de San Martí fue como es
habitual con agrado y alegría pasando directamente al comedor donde nos
esperaba un buen entrante. Unas rebanadas de “Pan de Pagés” hogazas “yescas”
preciosas tintadas con aceite de oliva de la parte de Lleida y tomate rojo,
aderezadas con unas lonchas del buen jamón Ibérico, que quitaba el sentido,
además del trozo de tortilla de patatas recién hecho que aún caliente entró por
la vía directa a la zona de degustación del estómago donde fue archivada por
unas tripas que aceptaban todo aquello que fuese sabroso y aportara calorías.
¡Un poquito de calma señores! Dejen ustedes que todo lo que han tragado se
apostille en condiciones en el vientre, ayúdense del vinito que es de la
tierra, serio, tinto y fresco, con mesura. ¡Casi ná! lo del ojo.
Pasados los primeros efluvios del buen comer y
beber, y ya satisfechas las damas y caballeros, nos disponíamos a ver el Museo
del Arriero, “”Museu dels Trajiners””, que se encuentra a pocos kilómetros en
la ciudad de Igualada, la afamada por la piel, por los curtidos y por
los derivados de la misma.
El museo de los Arrieros, lo que actualmente podríamos
reconocer como transportistas de las épocas remotas, oficio que como bien nos
apuntó uno de los descendientes de Antoni Ros, fue de los primeros que existieron
en el mundo. El señor Ros, nieto del iniciador que junto a su padre, y a la vez
hijo del “Trajiner” original de la familia, fundaron lo que ahora es el recinto
del Museo. Había sido una propiedad de los de Can Merdetas, unos agricultores
de la zona, que se dedicaban a mercar con estiércol y que sumado a la
explotación agrícola es como se ganaban la vida. _Traducido Cal Merdetas, sería
una expresión parecida a: “Casa del Mierdecillas”_, sobre nombre o apodo que les
dieron por llevar y traer excremento por toda la zona, para aportar vitaminas a
los sembrados. En aquella época no existían los agros componentes, ni los
abonos agrícolas. Heredad que la familia Ros, adquirió a los Merdetas hace unos
cuantos decenios para que a la postre se erigiera en uno de los mejores museos
relativos al tema que tocamos.
El lugar da para disfrutar y conocer, y vale mucho la
pena visitarlo, por la ingente cantidad de aparejos, monturas, carros de
transporte, herraduras, cascabeles, vestiduras de mulos y caballos, y todo un sinfín
relacionado con la construcción de diligencias, de carros funerarios, de
bomberos, de reparto. Toda una ilusión puesta a la vista del visitante, que por
desconocimiento ni llegamos a imaginar lo que fueron los desplazamientos en los
siglos pasados. Cabe mencionar que el guía el señor Ros, fue el que nos hizo “medio
volar” por sus dotes de Cicerone, nos agradó por la sencillez de sus palabras
como por el abanico de conceptos con los que nos instruyó de los cuales no teníamos
ni imágenes, ni idea. En una de las profesiones la de Trajiner/Arriero, tan
primitiva.
https://www.facebook.com/emilio.moreno.7792
https://www.facebook.com/emilio.moreno.7792
Una vez volvimos a los comedores del Ateneo Martinenco,
el calor retornó a nuestros cuerpos por la laya de comida que nos habían preparado.
Después de la sopa, ese caldo que casi requerías
un cuchillo para cortar, calentito, fuerte, agradable, responsable de que la
sangre volviera a fluir por las carreteras de nuestras arterias, una buena
perola de “Escudella Bareixada Catalana” _ un cocido catalán_ con su morcilla,
su pelota, garbanzos, carne de cerdo, embutidos caseros, que intrínsecos van en
la propia olla. ¡Qué bueno Dios!
Por deformación profesional, me iba fijando en las
personas que me rodeaban en la mesa, para ver como actuaban frente a un menú
tan sencillo pero a la vez tan sabroso y de verdad que pude disfrutar por el
mero hecho de la concentración que llevaban y por no perder ni una sola puntada
en ese cosido y por el hartazgo que se estaban propinado, una especie de
homenaje al buen comer y buen vivir. Silencio de rigor a momentos, ya que nadie
quería perder bola y ustedes conocen aquel refrán que dice: oveja que bala, bocado que pierde.
Muy bien, muy bueno pero no había terminado la “Cibus
Dapis” _”el manjar la comida”. Nos asaltaron aquellos camareros ataviados con
el rojo escarlata de la navidad, simulando al Páter Noel, con el gallo. La pata
de pollo, con ciruelas pasas y guarnición. ¡Como para ir directos a
bailar! Que así fue, las señoritas que
amenizaban el servicio, vestidas por decir algo, con sus trajecitos brevísimos
de Papa Noel, ¡qué bien les sentaban! además de dispensarnos sus números de corsetería,
nos pusieron a tiro para comprar sus números de tómbola, las clásicas tirillas
de números, para el sorteo de las cestas navideñas, que aparentemente se las vendían
a los caballeros, mostrándoles a ellos, sin premura toda clase de balcones
panorámicos con la consecución de hacer sus ventas montañosas. Las canciones y
esos bailes exóticos de cadera, agotaron las tirillas del sorteo.
Canciones, besitos y fotos, risas, posturitas y alegría,
tonadillas y los bailongos a la sala central a darle al pasodoble, al rock, al
mambo y la cumbia. Danzando el cuerpo como grandes bailarines de academia,
entre arrumacos y pisotones.
Todo lo que merece la pena acaba, llegó a hora del
retorno, cada cual a su autocar para el regreso, que se hizo con orden y la
consabida urbanidad, como está establecido en las normas de Fórum para la
Solidaridad.
Las fotos en Facebook.
0 comentarios:
Publicar un comentario