El
viaje comenzó de madrugada, muy temprano. La noche anterior al día del Pilar, el
ya habitual 12 de octubre, Festividad de la Hispanidad, se pudo dormir muy
poco, por aquello de no perder el viaje que tanto habíamos aguardado y ahora
pasando un poco de análisis valió la pena.
Todo
se inicia al arrancar el bus, con destino a la frontera, cargado de buenas
gentes, todas ellas con esas ganas de pasarlo bien, de olvidarse de las
dificultades del día a día y de disfrutar de esa región francesa de “Languedoc
y Roussillón”, que nos esperaba con esa sonrisa hermética que suelen tener las
ciudades del sureste galo.
La
primera parada fue en la Junquera a desayunar, algunos ya lo habían hecho antes
de salir de sus domicilios, _recordemos a
los hipertensos, que se han de tomar su pastillita, recién levantados_, pero
éstos, tampoco le hicieron ascos a un bocata de jamón o queso, con un café
expreso, para no dejar que las despensas gástricas nos apretaran demasiado los
estómagos, por quedarse desatinados y yermos.
El clima
se aguantaba, las previsiones eran de un tiempo raro, con algún chubasco y
alguna perturbación en la presencia del sol, sin embargo, se mantenía como si
fuesen días cuasi primaverales y bondadosos.
Las
personas notaban de alguna manera, que estaban próximas a su frontera, que en
breves minutos dejaban de lado su terruño y se adentraban en una tierra similar
y a la vez tan desconocida para muchos. Se iban consumiendo kilómetros en aquel
autocar, perfectamente conducido por un chofer modélico, un experto conductor,
que no dejaba de mirar hacia adelante, a pesar de los chismes, chistes y
poesías que los de las primeras filas iban entonando.

Aparecimos
por una ciudad gótica, la preciosa Minerva, pueblo medieval, angosto y cimero,
con sus casitas en piedra, sus chimeneas al aire y sus calles estrechas y
limpias, llenas de historia, de encanto y de inviernos duros y largos. Sus
gentes debido la hora temprana, no habían comenzado a asomar en la plaza. El
sol tímidamente lucía sin calentar demasiado, solo dejaba ver la luminosidad de
lo precioso que mostraba aquel emporio. Establecimientos de artesanía para
turistas, frutas y verduras expuestos reclamaban el embrujo de los visitantes,
que algunos ¡Sí! Compraban sin perder
los estribos ni el norte.
La
visita por Minerva, llegó a su fin, los guías reclamaban la presencia de los
viajeros al pie del transporte, para proseguir camino y comer en alguna
población predeterminada con sumo gusto, todo estaba medido y se pretendía
llegar sobre las catorce horas a “Caunes de Minervois”, al restaurante La “Table
du Terroir”, además de casa de comidas un establecimiento considerado por el tratamiento
del mármol, por sus creaciones en miniatura permitidas como “souvenirs” y sus
delicadas piezas expuestas al público para los caprichosos. Ellos, los
empleados del mencionado bodegón nos esperaban con sus almorzadas tradicionales
y exquisitas. Por ser país de los Cátaros esa franja, la comida tradicional no
podía ser de otra guisa. Ahí es donde el personal tuvo diversidad de pareceres,
a unos les agradó más que a los demás, sin embargo la comida era para degustar
con calma y con apetito, regalándole al paladar ese bouquet, de “Cuisine
Francaise”, que demuestra la calidad de su diversidad culinaria. Tras la comida,
más ruta, ahora tocaba pasar por el “Château
de la Vernède” una heredad de vinos muy conocida en la zona del “Languedoc”,
perteneciente a la población de “Nissan lez Ensérune” que justamente es dónde
radicaba nuestro hotel para albergarnos en los días de estancia por tierras
francesas.
El coto de viñedos, estaba luciente, protegido y saneado, cuidado
con ternura y mimo, no es de extrañar que los caldos, que produzca, sean de una
calidad exquisita, para el paladar del buen catador de licores. Amablemente nos
atendieron con esa flema tan franca, sin dejar de explicarnos el devenir del
latifundio, después nos llevaron a las bodegas donde nos ofrecieron un vino y
la posibilidad de obtener por mediación de la compra, de alguna de las botellas
numeradas que permanecían inertes en los robustos estantes de madera de encina. 
El
cansancio hacía mella en los cuerpos españoles, aquellos que habían madrugado
tanto y que no dejaban de sorprenderse con tanta información y tanta ordenación
turística.
Llegamos
a la ciudad de Nissan lez Ensérune, hotel Logis, donde el reparto de “chambres”
de habitaciones se hizo eterno y en algún caso variopinto. La verdad, que la
Residencia, estaba limpísima y las habitaciones agraciadas cual historia
novelesca, de caballeros y princesas. Techos altos y esplendidos, puertas
artesonadas con marquetería, trabajadas por el más insigne de los ebanistas de
Luis XIV, una delicia de residencia, en la que nos hallamos como en el propio
vergel terrenal. La cena servida en el comedor y las mesas distribuidas, según
llegaban los hambrientos comensales. Platos de diseño, con las típicas salsas,
mantequillas, y flora gala, que ayudaban a mantener ese equilibrio con las
grasas, nutrientes más que suficientes para modular el apetito. La noche
cerrada nos encontró durmiendo a pierna suelta, en aquellas sábanas blancas,
que nos llevaron por unas horas a reencontrarnos con el sueño más rejuvenecedor
que nos puedan servir sin pedirlo.
¡Qué alegría de mañana! ¡Como hemos desayunado! ¿Nos harán pasear tanto para poder llegar a la hora del almuerzo, con el mismo apetito que nos hemos despertado?
El
claxon del autocar sonaba, arriba pasajeros, todos ocuparon sus asientos, se
atascaron con el cinto de seguridad, y se dejaron caer con ese rictus de querer
dormir a prisa, y acelerar sus vientres para hacer la digestión a tanta
ingesta.
Llegamos
a “la Grottes de la Clamouse” unas grutas naturales con unas condiciones
preciosas hechas por estalactitas que bajan del techo y las estalagmitas que
suben del suelo. Andamos sobre 900 metros y nos costó más de dos horas, allí
dentro el tiempo y el espacio se pierde y te quedas atónito, escuchando al guía
cuando habla de doscientos mil años, para que se formen según que concreciones.
Obra de la naturaleza, donde aprecias que no somos nadie, ni nada, solo polvo y
envidia.
Al
salir de las grutas, nos dirigimos a la preciosa ciudad de “Sète”, pescadora y
alegre, donde nos comimos la famosa bullabesa, deliciosa y algún que otro plato
típico de una ciudad sin fronteras, que con tendencia italiana, también adorna
platos exquisitos para el deleite del visitante. El tren de turistas que te
pasea por todo el muelle y por lo más destacado de la ciudad, hace que pases
ese tiempo escaso que tienes para la visita en una vivencia celestial. Ya
cansados de caminar se retorna al hotel, donde la cena espera y el descanso vuelve
a presidir la antesala de los deseos.
Aquella
noche, fue la más apreciada, la que se le dio más tunda a las sábanas de la “Chambre
pour le songe”, donde el sueño encontró más abono y se desquiciaron totalmente
los descansos expeditos. Despertar de ángeles, con violas y tamborines, ¡Todos al comedor! El desayuno espera y el “Café
au Lait” se enfría, los “cruasanes”, la mantequilla se deshace entre los
dientes al masticarla, ¡Placeres rápidos en desayuno vertiginoso! ¡Corre niña,
que nos quitan el asiento! 
Día
de la despedida, que pena, como se ha escapado el tiempo, será posible, tanto
esperar, para que ahora, finalice casi sin darnos cuenta. Aquel despertador
sonó a las siete de la mañana, la ducha esperaba, y sin pensarlo, la gente
entró bajo el chorro, para darse un baño con la alegría de haber despertado tan
sumamente descansado, de nuevo en el restaurante del hotel, esperan las
bandejas del desayuno, repetición del día anterior, nada les detiene, los
huevos fritos, el jamón, las pastas, los zumos de frutas, “el decá”, _ Café
descafeinado de Francia, flojo y suave como el suspiro de un camión_ “el cortado” llamado “Noisette” y al café solo
y fuerte se le denomina exprés, pero de fuerte y concentrado; ¡Nada!. _Flojo, …flojito, semejante al ruido expelido por el ano de una “gachí” de ropa
íntima_. Paseo repetitivo por el callejón del “Self Service”, para llenar una y
otra vez la bandeja de alimentos, aunque cueste ya devorarlos por exceso de
ganas.
Los
amigos del viaje, de nuevo ascienden al transporte que hoy nos llevará a
Beziers, ciudad bonita con mucha historia, denotada por las construcciones
neocentistas, sus edificios del siglo XVIII y XVIX, llenos de historias_ ¡Ay si
las piedras hablasen! Cuantas noticias y sucesos nos revelarían_. Frente al
“Plateau des Poètes” comenzamos la singladura de la última jornada en el país francés,
nos detenemos frente a la estatua de la Victoria, homenaje a todos los caídos
por la Patria, en las cruentas guerras, principalmente en la Primera de las
Mundiales, pasando sin dudar por la estatua de “Pierre Paul Riquet”, ingeniero
constructor de las dársenas del Canal de Midí, obra monumental que unía a los
ríos del sur de Francia, años 1667 y 1681, con el nombre de “Canal Royal” Proyecto
dispuesto en el mandato del Rey Luis
XIV, construcción que tras cuatro siglos, aún está vigente y hace la navegación
posible_ ahora turística_ Hasta la Revolución Francesa, el canal se prolonga a
lo largo de 240 km. y, permitía su tránsito a esas embarcaciones con mercaderías
por entre los pueblos interiores del país. Se prolonga hasta el Atlántico por
el canal lateral, llegando al Garona tras recorrer 193 km. Recorrido efectivo
gracias a las esclusas diseñadas por el mencionado Riquet.
Mucho
dejo por mencionar de las vivencias habidas entre tantos amigos que durante ese
espacio tan corto de tiempo, se llegó a disfrutar tantas y tantas alegrías. A
pesar de todo, estoy seguro que al leer esta crónica, te despertará el interés
por algo relativo o semejante a lo antedicho.
Gracias
como siempre: Emilio
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