Habían quedado
en un antro que más que bareto de barrio parecía un almacén de distribución de
sustancias tóxicas. En los alrededores de aquel garito ni tan siquiera se
acercaba la policía, por el resquemor que producía su presencia en los
aledaños. Era una zona donde prácticamente, se vivía al margen de la ley. Ley
que la promulgaba el jefe de la banda más poderosa que existía en la ciudad. Sentados
en una mesa que daba bajo al ventanal del acceso de entrada, se reunieron
aquellos maleantes.
—De que
conoces a ¿Evangelys? Preguntó Jefferson a su colega Madison.
— Es un criminal
a sueldo de los rancios y un chivato de pronóstico. Un tipejo de “medio pelo”
de los que no tiene escrúpulos—glosó Madison y persistió.
—Mata a
placer por dinero y sin preguntar. Sin más. Recibe el encargo, lo prepara, ejecuta
y después cobra. Sin adelantos de compromiso, ni mandangas. Miró pensativo Terry
Madison a Jeff y curioseó con una risa dolosa.
—Porqué me
lo preguntas.
—Pues verás,
estoy en un apuro. Tengo una necesidad, más que eso. Un jodido problema, difícil
de diluir sin hacer ruido y dejar rastro. Además urgente, que no sé cómo
solucionar.
Se sinceró
el colega Jefferson con su interlocutor.
—Y cuál es
esa necesidad, que tanto te preocupa, que no pueda resolverse con dinero. Porque
llegado a este punto de preguntar por un matachín a sueldo, es por provocar una
desaparición. Asentó Madison, mostrando el diente de metal rojo que se le veía
al sonreír.
—Verás—dijo
Jeff—Me sobra un socio y no sé cómo sacármelo de encima. Si no lo hago pronto,
me juego el trullo durante años, y ante eso. Soy capaz de traspasar licitudes. He
metido mano en la contabilidad de la empresa donde colaboro, y cosas aún más
graves. Creo que al ser uno de los beneficiarios se ha dado cuenta, por lo que
está recabando pruebas para denunciarme al Director de la multinacional y por
supuesto a la policía. Asintió Jefferson un tanto inquieto.
—Crees que
ese, es motivo para sacarlo de la circulación—Volvió a interrogar Madison.
—Es un tema muy peliagudo, joderle la vida a un pavo, haciéndolo pasar como un accidente doméstico. Te va a costar mucha pasta. Mas de lo que imaginas. Le certificó con certeza.
—Sí; lo sé.
—Dijo Jeff preocupado y anotó.
—Es una
acción motivada por mi supervivencia. Le he dado mil vueltas, y madurado mucho de
forma rigurosa. Sin verle otra salida. Es cargarme a un pavo, que todo esto ni
le va ni le viene, pero ha metido sus hocicos en el tema y yo he de actuar para
que no me salpique. El fondo está entre su silencio y mi libertad—siguió
quejando el inseguro Jeff.
—No estamos
hablando de una cantidad vana y floja. Se trata de varios miles de dólares que
he camuflado. Vengo sustrayendo dinero del negocio y de la caja desde hace tres
años, y el montante es muy notable. Con lo que me es imposible volver a
reponerlo. No tengo más remedio que tirar por la calle del centro, o comerme el
marrón en la trena. Apuntó.
—Quiero que
desaparezca. Desconozco el modo, pero quiero evitar esas complicaciones, que de
las otras ya iré saliendo.
—Puedo
comprenderte, pero no es tan fácil. Quitarle la vida a un tipo no es lo que se
suele hacer, para esconder un fraude, o un robo. Me pondré en contacto con
Evangelys y te diré sus condiciones. Dame sus referencias y algún detalle de
sus costumbres. Sacó una libreta del bolsillo y se dispuso a anotar tras las
preguntas que le iba a formular.
—Donde lo
podemos encontrar. ¡Veamos detalles para emprender y pasárselos a Evangelys!
—Se llama Cristopher
Dancingo. Es italiano y es un tipo muy silencioso y callado. Vive en Rochester
y tiene pocas aficiones. Suele correr por las mañanas en la avenida Pearson, y
va a misa los domingos a las once con su mujer.
—Has de darme
más referencias de este pájaro, donde frecuenta con quien trata, que horarios
tiene, en fin alguna cosa más sólida para encontrarlo. Manifestó Madison.
—¡Claro.! Deja
que piense. Le conozco bien, y además lo que te he contado, es de buena tinta. Sus
inquietudes las conozco. Igual que sus miserias. Su esposa y yo, mantenemos una
relación íntima desde hace unos meses. Ella es la que me ha informado de lo que
está tramando.
Cristopher
y yo, somos bastante colegas y socios desde hace años. Sin haber llegado a
intimar en nada. Somos diferentes.
—Ella sabe
que lo quieres liquidar, —le preguntó Madison, con regodeo.
—Se lo
imagina. Es una mujer muy resabiada y nada más le interesa el dinero y las
joyas. Creo que está harta de él. Por lo menos, según dice. No lo soporta.
—Eso que me
cuentas lo sabes a ciencia cierta, o te lo estás imaginando.
—Estoy casi
seguro que lo quiere frito. Aunque no me lo ha confesado abiertamente. A veces
suspira y dice si Cristopher no existiera, nosotros podríamos saltar al lujo.
Madison se
quedó escuchando a su colega, y sin estar demasiado seguro de sus deseos ni de
si tendría capital para abonar al matón le interrogó de forma muy seria.
—Te lo digo,
—adujo Madison. —No sea una bravata que te hayan montado entre los dos, para
fastidiarte.
—Lo sabría.
Contrastó Jefferson y declaró.
—Moderna,
me lo hubiera confesado. Está colada por mí. Asentó Jeff sin contundencia. Madison
continuó preguntando para seguir aclarando aquella formalización, que no
acababa de ser sincera.
—Tu amigo Cristopher.
¿Es de los que te caen bien.? Preguntó Madison para cerciorarse y tenerlo claro.
Intentando despejar las dudas que le brindó el desquiciado Jeff.
— De Cristus
me he aprovechado siempre. Es un tipo legal. Me lleva además asuntos privados.
— ¿Qué tipo
de asuntos? Inquirió Madison.
— Oye. ¡Porqué
preguntas tanto!, ¡solo quiero liquidarlo! Alertó Jeff.
— No seas
idiota, le dijo Madison, y cuéntame solo lo que pueda interesarle a Evangelys. Replicó
con dureza sin parangón ni excusas. Exigiéndole al solicitante.
—¿Qué
asuntos lleváis y traéis entre manos? Volvió a preguntar Madison. Jefferson le
contestó con apuros y vergüenza.
—Dancingo,
ya sabes. Cristofer. El que me gustaría quitarme de encima. Es abogado y
siempre me llevó los asuntos del divorcio de mi ex. No es mal tipo, pero sé,
conociéndolo que me delatará. Sin compasión, porque es muy riguroso con las
leyes. Se querellará conmigo, llevándome a juicio por fraude y me quedaré sin
trabajo y sin su mujer—siguió argumentando.
— Cristopher
es muy interesado y además muy sereno. Embauca a la gente, la convence y su
manera de ser, me molesta. Ahora además debe estar furioso conmigo, por haber
seducido a Moderna. Con seguridad lo sabe todo.
— ¿Cómo llegaste a intimar con su mujer? Porque no es sencillo, encandilar a la esposa de tu abogado sin más ni más. Curioseó Madison.
—Un día fui
a su casa y me recibió muy amable. Ella, sabía que iría a gestionar sobre unos
asuntos de mi divorcio. Temas que aún estaban pendientes de solución. Cristopher
no estaba, y sin pretenderlo, se acercó a mí y comenzó a acariciarme los
labios. Me sedujo sin darme cuenta. Ahí comenzó todo, en la cama de su
dormitorio.
Cuando Cristofer
regresó a su casa, ella se inmutó poco. Tuvimos tiempo de serenarnos y hacer ver
que esperábamos sentados en el sofá a que llegara. Nadie se puso nervioso, y me
atendió como si la cosa fuera normal.
Creo que no
llegó a imaginarse, que Moderna y yo, habíamos estado fuera de madre,
disfrutando en su ausencia. Jamás se imaginó que habíamos cohabitado y llegué a
trajinármela. En realidad, fue ella la que me trajinó a mí.
—No te
parece raro, todo este teatro amigo Jeff. Igual estás siendo llevado al lugar
que quieren ellos dos. La buena de Moderna y tu abogado el despistado de
Cristopher no parece sean actores contrastados, ¿Verdad?
—No lo sé,
pero yo debo actuar antes que las cosas se compliquen. Se miró a Madison y
esperó que este resolviera. Que lo hizo al instante sin quebrantos y sin equivocaciones,
diciéndole.
—Mira Jeff,
no lo veo claro. No voy a entrar en el enredo. De todo lo que me cuentas, no hay
nada que sea cierto. No sé si además, estás guardando algo en la manga. No voy
a mezclarme en esta trama y menos decirle nada para que intervenga Evangelys—hizo
un preámbulo y siguió.
— ¿Búscate
la vida por otro lado. Este encuentro no ha existido. No nos conocemos. Y por
supuesto de esto, jamás hemos hablado. Es más, tú y yo ni tan siquiera nos
conocemos. Es lo que diremos llegado el caso.
Madison
volvió a mostrar su diente metálico rojo, al sonreír. Se levantó de la mesa,
dejó un billete de diez euros bajo el botellín de cerveza y desapareció.
Autor: Emilio Moreno
Abril, 2 -año 2025