miércoles, 15 de abril de 2015

El wáter cósmico_ Desde las sábanas

En el capútulo anterior :  El wáter cósmico_Después del polvo
 


El wáter cósmico_Desde las sábanas


Volverás a tu tierra, todos creerán que eres un artífice fenomenal, un espléndido vendedor, por los grandes negocios firmados, con sus consecuencias en comisiones y en dinero.
Cuando en realidad, no ha sido así exactamente. Te lo encuentras casi todo preparado. Bien es verdad, que me gustas y ya me interesabas en el viaje de retorno desde España  a esta tierra, la providencia hace que conozcas en el avión a dos mujeres de Tacna, que son las que te sitúan en el lugar oportuno cuando correspondía, y gracias a una de ellas, la Quechua, que está muy bien relacionada y además se encaprichó de ti, pudiste llegar sin esfuerzos a firmar un negocio redondo.

 Incluso para conseguirlo, engañas a tu futura mujer, a tus jefes y compañeros, todos venidos de la tierra de los mal llamados descubridores, embaucas a tu suegro que te persigue los pasos porque duda de ti y ahora mismo, estás conmigo, una mujer madura que se ha encaprichado de ti y que quiere que le hagas pasar unos ratos excelentes.

Ángel, la escuchaba sin mediar palabra y ya repuesto del sofocón, esperaba que de un momento a otro se abriera la puerta de la limousine y les dieran semáforo verde para subir a apartamento cuando quiso añadir algo a lo que su amiga Glenda estaba pronosticando_ Siempre eres tan clara y tan directa, no mides las consecuencias. ¿A lo mejor yo, puedo enojarme por lo que dices? Cosa que no quiero precisamente ahora, que me tienes seducido y completamente histérico por tomarte como me place_. Glenda quiso contestar, pero Ángel le cerró los labios con un beso, para seguir aduciendo_, no te conozco demasiado, pero creo que en el fondo eres una mujer romántica y disfrutas cuando alguien se fija en ti, por tus propios  méritos, cuando te valora, escucha y te atiende.

Arreglándose el cabello y bajándose el vestido Glenda, sonrió pero ya no dijo nada, porque desde los difusos cristales del coche, observó que Sócrates, se acercaba para abrir la puerta y permitir que la pareja descendiera del automóvil de lujo y ocupara el ascensor que les llevaría a la planta de la suite de los Caudillos.
     
_ Señora, todo en orden, el ascensor les espera y en el apartamento el servicio está presto para lo que usted mande, muchas gracias, nosotros esperamos sus órdenes desde muy cerca, para cuando usted guste regresar a sus quehaceres_ dijo el asistente, sin mediar respiro, sin descansos, sin esperas, y mirando a las dos piernas de sus jefa_, que aunque ya estaba dispuesta para descender del vehículo, el vestido se le había quedado a medio muslo y enseñoreaba con desparpajo y sin ningún cuidado, sus piernas morenas.

_Gracias Sócrates, quedo muy contenta de tu labor, sigue al loro y que no se te escape nada, cualquier urgencia ya sabes cómo canalizarla para que no se quede sin atención. Te llamo cuando sea necesario.

El chofer, asintió con la cabeza, ayudando a Glenda en su acceso al ascensor, dándole la espalda a Ángel, que se quedaba petrificado por las atenciones que el personal de asistencia le daba a la mamá Glenda.

El montacargas se detuvo en el segundo piso, cuando se abrieron los amplios portones, apareciendo frente a ellos, una estancia pintada en un tono sepia que invitaba a la confianza, unos muebles antiguos restaurados, ya que pertenecían al periodo precolombino, unas lámparas suspendidas del techo que imaginaban unas tarántulas luminosas, y unos cuadros rupestres muy ajustados a la decoración del ambiente. En los suelos unas mullidas alfombras, que acariciaba el calzado de los recién llegados. Más allá, resguardando el espacio,  de la puerta, esperaban tres ayudantas de cámara,  dispuestas a facilitar todo aquello que Glenda demandara.

Las puertas se cerraron en la espaldas de ellos, y Glenda con la más graciosa normalidad, y a base de gestos les anunció a las muchachas, que desaparecieran que si las necesitaba ya les haría saber.

Ángel, no abría la boca, todo era expectación y asombro, ante tal manifiesta exposición de bienestar, en aquella casa que por lo visto, únicamente servía a Glenda y a sus amigos de divertimento y de escondite.

_ Quienes son, estas mujeres_ preguntó no sin curiosidad y mirándoles las espaldas, más que eso sus cabelleras largas y sensuales a medida que iban desapareciendo por el fondo del pasillo, contorneando sus bustos.

_ Ya las conocerás, son mi ayuda de cámara, entendidas en manicura, pedicura, masajes, caricias, fricciones, enfermería, y algo de brujería también llevan las muy lindas. Todas las necesidades que necesitan los humanos, baile, contorsiones, adulación y conversación especializada. Además de grandes cocineras y camareras, experiencia en cocteles, y bebidas afrodisiacas ¡Vamos lo necesario para que nadie se pueda encontrar aburrida, desesperada o a disgusto en un retiro sexual como el que estamos.

Recorrieron el amplio pasillo y llegaron a una estancia acogedora, con unos divanes comodísimos y un mobiliario en madera, que ofrecían una estampa grata, a juego con la luminaria ambiente que ofrecía la estancia, desde unos grandes ventanales que ocupaban parte del techo y el frontal principal y amplio muro que separaba aquella habitación del gran vergel selvático al otro lado de los cristales blindados en tonos rosa.

Las aparatosas puertas correderas se cerraron tras ellos, quedando los dos dentro de aquel recinto precioso, que no faltaba detalle. Glenda se acercó a un aparador que al accionar su mecanismo presentó un cantina llena de toda clase de bebidas, ofreciéndole alguna de ellas, a Ángel.

_ Te apetece alguna cosilla amor_ dijo Glenda con mimos a su amigo, retorciéndose ya de necesidad por comenzar aquello que tantas ansias tenia la preciosa tacneña.
_ No gracias, aún estoy anonadado de todo lo que has querido presentarme, parece como si quisieras sobrecogerme y dejarme paralizado por tanta modernidad mezclada con surtido de precisos detalles. Quiero decirte_ continuo diciendo el vendedor_ lo que más valoro es tu cuerpo, tu persona, tus detalles personales y tus labios que ardo en deseos en besarlos.






En Managua, Mechthild  Sröeder, y Manuel García de la Serrana, habían salido del teatro Rubén Darío, y por suerte se habían  deshecho de todas las compañías, de tantos amigos que querían darles las felicitaciones. Los dos ardían en deseos de tocarse, de besarse y de amarse en soledad, recorriendo cada milímetro de piel, recordando tantas noches en soledad, tras el cruel despido de la pantalla de su ordenador. El impar contacto y la única ilusión que les obligaba, día por día, tras tantos meses de espera.
Manuel propuso ir al hotel Los Robles, con la seguridad que no serían molestados y podrían disfrutar de su primera noche en compañía, en Managua, los dos solos y con el tiempo del mundo, además de cenar en compañía de los violines del comedor, los que ya mas o menos tenía dispuestos, y contrastados con la dirección del albergue. Ella, prefería ir a su domicilio, presentarle a su madre, a su hijo y a su perra canela, pero era demasiada urdimbre para tanto deseo enlatado a punto de explotar, con los daños colaterales que podía contrarrestar y accedió a dejarse llevar por Manolo, que la palpaba cada vez con más fruición. Un taxi les llevó en nada, a los parques de Altamira, la dirección del hotel, donde cenaron de forma frugal, por las prisas inaguantables del amor. Mechthild fue subida por Manolo casi en brazos, cerrando tras de sí, la puerta de aquella suite que les debería albergar en su inicial alianza entrañable.
Se dejó llevar por el hábito de Manuel, sin darse cuenta habían establecido un perfecto contacto, desde el mismo momento, que se quedaron desnudos, ansiosos por las prisas incontroladas, que supieron mitigar tras los primeros impulsos salvajes de la pareja. Parecía que se había de acabar el mundo, que los negocios de la mujer no importaban, que la presentación del vendedor dejaba de tener validez. Solo valían las sensaciones sensuales que le provocaba Mechthild a Manolo y viceversa.
La mujer más excitada que el vendedor, destrozó la camisa de Manolo, por las prisas de tirárselo y él, sabiendo lo que ocurriría le dijo con mucho amor_, ve despacio, que luego dirás que te quedas insatisfecha, deja que yo te lleve de la mano, te toque, te acaricie, te bese, y te derrita con mis encantos.

_ Ve deprisa, necesito un orgasmo ya, he esperado muchos meses, para sentirte y ahora no voy a demorarme más, en disfrutar de un éxtasis tuyo, ¡Manolo, desclávame la vida!

Sin prisas, la besó en el cuello, y poco a poco ya tirada en la cama, le fue quitando los zapatos y a la vez le daba su masaje para desinhibirla y que se fuera calmando poco a poco, o fuese teniendo sendos orgasmos precipitados.
Las medias indesmayables, ajustadísimas a los muslos, a la pierna, a los tobillos fue algo más tranquilo, con unos masajes armoniosos en el muslamen, ella se retorcía de placer, tocándose ella misma en sitios insospechados.

Manolo a la vez que iba desnudando a Mechthild iba dejando bien colocada su ropa y la de la hembra, sobre el perchero, así dándole mas enjundia al acto y más persuasión a la ya erizada mujer. La blusa fue un entre acto novelesco, besos, roces, arrumacos, ojos cerrados, espíritus ausentes, tendones erectos, caricias y abrazos, dejaron casi desvanecida a la chica, que ya saboreaba los efluvios de la piel del hispano, mezclada con los rigores del hechizo de los escapes normales.

Mechthild olía a flores silvestres, y sabía a pasteles de nata, con toque de cacao embriagado, un perfume dorado hacia que los términos nerviosos y las pituitarias de Manuel, se ensanchasen a dar de sí, hasta que el ritmo acompasado del corazón dejó su marcha pausada para saltar a desfilar, como lo hacen las motos alrededor de circuito rápido.  
Los pechos de la mujer quedaron al aire, tensos, henchidos, por la sangre contenida, por su justo grosor, con el plano de sus venas ocultas llenas de asechanza placentera, erectos de pasión y deseo y por necesitar un razonable y necesario masaje circular en sus extremos.
La boca de Manuel fue a parar a los pezones que esperaban ser presionados ni poco ni demasiado bruscamente, con apasionamiento.
Jadeaba Mechthild, pedía con grititos de tigresa mal entonada, que la empalmaran, que la poseyeran, que la amaran.
Dejó para el final, el descubrimiento del delta del deseo, la marisma del propio gozo, cuando le despojó de su tanga color negro, quedando su coraza descubierta, y con síntomas de ahogo, por las contracciones genitales que propagaba, semejante por el vaivén a unos parlantes cuando suenan por la cuantiosa música que reciben.
Un constante abrir y cerrar, del hocico sexual, una trayectoria vaginal inquieta que batía aquellos labios verticales a toda máquina, dieron pista al ya despojado de ropajes, que estaba realizando la operación de posesión, acabar el asalto sobre la cama del hotel y dejar a su amada Mechthild engrasada y libidinosa. Penetrándola completamente y acallando los refunfuños que aireaba.

Tras una noche intensa de arrumacos y sexo, quedaron exhaustos encima de la cama, habiendo quedado sus ansias y deseos consumados de forma precisa y salvaje.
Deseo latente que voló durmiente por encima de la alfombra y del suelo de aquella suite que los refugió en su primer coito amoroso, en su primer polvo físico, donde realmente se conocieron, se percataron del nivel sanguíneo, de la presión de sus músculos en una penetración ordenada, de la lividez de ambos en los momentos dulces del apareamiento, de sus alientos acompasados.

Sonó el teléfono móvil de Mechthild, cuando ya eran las nueve y media de la mañana. Al no haber pasado la noche en su heredad, la madre de la mujer preocupada, quería conocer el estado y la situación de su hija y precipitadamente intentó ponerse en contacto con su hija.

_ Dime mamá, como estás

_ Eso es lo que yo quisiera saber, como es que no has llamado para anunciar tu ausencia anoche.

_ No te llamó Carla para decírtelo _, quiso excusarse Mechthild con su mamá_, ya veo que no, pues habrás de dispensarme, pero se hizo tarde y he preferido quedarme en el hotel Los Robles, con Manuel, se nos hizo muy tarde y ya no era cuestión de presentaciones rápidas. Teníamos que hablar de varios conceptos y de las consecuencias de todo, para no caer en conflictos, ni en confusiones, y ya nos hemos acostado y ahora nos despiertas felizmente.

_ Lo que tu decidas hija mía_, dijo la madre convencida_, espero que en esta ocasión te asegures de todos los contra indicativos que tienen estas cosas, pero si tú lo decides, por nosotros será como digas.

_ Mamá, estoy feliz en esta ocasión las vibraciones son diferentes, es un hombre con los pies en el suelo, no le veo vicios, ni creo sea arrogante, también ha salido de una relación dificultosa, y está como yo. Falto de amor.



Continuará

To be continued...





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